En Monterrey, un grito que demanda sosiego y paz

jueves, 19 de enero de 2017
MONTERREY, NL (apro).- “Estudiar para ser libres”, reza el logotipo del Colegio Americano del Noreste (CAN), al que se ingresa por la calle Paseo del Lago. A la vuelta, en Paseo de Varsovia, sobre una pared larga y blanca resaltan las siluetas estilizadas de varios infantes tomados de la mano, y detrás un trazo azul y amarillo en forma de serpentina. Las clases en ese colegio de educación bilingüe fueron suspendidas este jueves, en señal de duelo, luego de la tragedia ocurrida ayer en el interior del plantel ubicado al sur de esta capital. En una de las aulas, un chico apacible de 15 años, identificado como Federico, sacó de su mochila una pistola calibre 22 y disparó contra su maestra y tres compañeros, y luego se mató de un tiro. Afuera de la escuela hay una Patrulla de Fuerza Civil con dos agentes, hombre y mujer, impecablemente vestidos de negro, vigilando el sitio de la calamidad. Una maestra ingresa al lugar, pero la regresan. Por orden de la Dirección se suspendieron las clases. En la fachada predomina el color azul, y lleva el mismo tono el toldo que cubre por completo el largo portón metálico por donde entran y salen los alumnos de preescolar, primaria y secundaria. Pero este día no se parece a ningún otro. Nuevo León y todo México amanecieron con una nueva realidad, porque nunca antes un estudiante había metido a su salón de clases una pistola y disparado a sus compañeros y a una profesora. “Esto sólo pasaba en Estados Unidos”, se escuchó ayer a muchas personas tras conocer el cruento episodio. A un lado del alto portón hay una pared blanca convertida en “muro de los lamentos”, donde alumnos, padres de familia y regiomontanos solidarios colocaron veladoras con imágenes de Cristo para iluminar el “viaje” de Federico, pero también para pedir por la salud de la maestra Cecilia y los estudiantes Ana y Luis, a quienes Federico sorprendió con disparos a corta distancia, directo a la cabeza. Hasta este jueves los médicos luchan por arrebatarle a la muerte a las tres víctimas. En la pared blanca, escritos en cartulinas, hojas y papeles sueltos, hay decenas de mensajes: “Estamos con ustedes. Jesús es nuestra esperanza”. “Dios te ama”. “No más violencia”. “Todos unidos en oración por ustedes”. “Todo lo que hagas, hazlo por amor”. “Paz en el mundo”. Muchas manos dibujaron también corazones e imágenes de Jesús. Los mensajes, algunos redactados en inglés, se repiten, y por encima fueron colocados cinco globos blancos, en representación de cada una de las personas heridas la fatal mañana. En la acera, dispersos, hay alrededor de 12 ramos de rosas rojas y blancas envueltos en celofán. Cada palabra es una representación del llanto colectivo de una sociedad que se duele porque la ciudad cambió. Todas las expresiones son de amor. Un grito que demanda sosiego y paz. Por una de las rendijas del portón se observa rota la cinta amarilla con la que los investigadores obstruyeron el paso hacia la planta alta. Y nada se mueve en el patio, los corredores, los pasillos. Una escuela inerte. En la Dirección, ubicada en una residencia de la esquina, nadie sale a atender a quienes tocan. Alrededor de las 12 horas, en un día inusualmente soleado y cálido para el invierno regiomontano, llegan los periodistas a tomar nuevas fotografías de la fachada. Los noticiarios televisivos del mediodía están por iniciar. Arriban las unidades de las cadenas de TV y los policías encienden la torreta de la patrulla para confirmar su presencia. Se alistan los reporteros para hacer los enlaces de las últimas novedades de la balacera de ayer. Repentinamente, una camioneta se detiene frente a la puerta de la Dirección y descienden una mujer y su hijo. Ambos van en pijama y calzan pantuflas. El muchacho, Mauricio de la Peña Cuevas, lleva una veladora de cristal en la mano, la coloca junto a las otras y la enciende con un cerillo. Fotógrafos y camarógrafos captan el dramático momento. Es un exalumno del CAN, pero su mejor amigo es hermano de Ana, herida de gravedad por Federico. Dice sentir mucha tristeza, y rechaza que las redes sociales hubieran “torcido” la conducta de Federico. “Cada quien es responsable de sus actos”, afirma. Antes de retirarse, los fotógrafos piden al joven un favor: que recoja la vela y vuelva a colocarla para captar mejor su imagen. Mauricio los obedece de buena gana. Los reporteros hacen sus enlaces. Y, mientras, en Palacio de Gobierno se notifica que tres de los heridos siguen graves, y la niña herida en el brazo regresará a su casa.

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