Historias del sismo bajo el cobijo de un albergue

miércoles, 20 de septiembre de 2017
CIUDAD DE MÉXICO (apro).- El miedo de un nuevo movimiento telúrico y la incertidumbre sobre las condiciones en que se encuentran sus viviendas mantienen a decenas de personas en los albergues de la delegación Cuauhtémoc. En el deportivo delegacional, entre aparatos y pesas para acondicionamiento físico, 87 adultos y 15 menores pasaron la primera noche del sismo, “conmemorativo” al que hace 32 años colapsó la Ciudad de México. A cargo del espacio está el doctor Teodoro Palomino Gutiérrez, director de Equidad Social de la delegación, quien admite que ha sido la solidaridad ciudadana la que ha permitido sostener el albergue. “La ayuda ciudadana se ha desbordado, nos han apoyado con alimentos y se han sumado profesionistas al equipo que ya tenemos de la subdirección de Servicios Médicos. Vienen voluntarios médicos y psicólogos que están atendiendo a la gente que viene con crisis nerviosas, depresiones o angustia porque no saben de sus familiares ni qué va a ser de sus hogares”, comenta. El funcionario –quien dice ser sobreviviente de cuatro momentos difíciles del Valle de México: la explosión de San Juanico en 1984, el temblor del 19 de septiembre de 1985 y los dos sismos de este año–, sostiene que las personas que han solicitado refugio son de las colonias Guerrero, Condesa, Roma, Doctores y Obrera y una familia en tránsito. “Por fortuna, la gente es ahora más consciente. No hemos registrado resistencias, han aceptado las recomendaciones de salir de los edificios que habitaban si están muy dañados o ellos mismos han decidido dejarlos si los ven en malas condiciones. Están en espera de que se realice el peritaje, la gente está ahora más consciente de que lo más importante es la vida”, apunta. Entre quienes esperan la supervisión de expertos está Dalia López quien, con sus pequeñas hijas, de dos y un año, está atenta a su teléfono celular al que su casero se comprometió marcarle una vez que llegué personal de Protección Civil al inmueble donde renta un cuarto, en la calle de Madero, a una cuadra del Zócalo y le confirme si puede regresar o tiene que permanecer en el albergue. “Yo andaba en la calle cuando ocurrió el temblor. Se oyó re’ feo cuando cayó una campana de la Catedral, quedó atorada ahí mismo. Me fui corriendo como pude y encontré a mi hermana con su hija y las dos mías en la calle. Estuvimos un rato ahí hasta que un poli nos dijo que nos fuéramos al Zócalo. Ya en la noche pasó un camión de la delegación por nosotros”, cuenta Dalia, sentada en una colchoneta que le fue facilitada por el personal de la delegación. En la plancha del Zócalo también se encontraba Alicia Hernández y sus cuatro hijas, procedentes de Paracho, Michoacán, quienes ya no pudieron retornar a su lugar de origen tras el sismo. Con deseo de regresar lo más próximo posible a su pueblo, la mujer cuenta que llegaron de compras a la Ciudad de México, donde ya tenían cinco días y se habían hospedado en un hotel cercano a la zona comercial de Mixcalco. “Teníamos pensado regresar ayer a mi pueblo y les dije a mis hijas ‘vamos a despedirnos de la virgencita de Guadalupe’. Estuvimos en el templo un rato, ya después entramos a un mercado a comer y apenas nos íbamos a sentar cuando sentimos el temblor. Nos salimos y nos quedamos en medio, en la avenida grande”, cuenta Alicia. Fue hasta las siete de la noche que ella y su familia pudieron retornar caminando al hotel donde se hospedaban para recuperar sus pertenencias e intentar regresar a su pueblo, pero ante el caos de la ciudad y los problemas de comunicación, decidieron quedarse en el Zócalo. “Antes de llegar al hotel, vimos bardas caídas, ambulancias que iban y venían. Nos queríamos ir luego al pueblo, pero cuando salíamos del hotel, vimos que había mucha gente. Pensamos quedarnos ahí sentadas, pero pasó un señor y nos dijo que no tuviéramos desconfianza, que nos subiéramos a un camión. Nos venimos para acá y nos dieron café, pan y agua. En la mañana nos dieron de desayunar. Pero queremos irnos, tenemos miedo de que nos agarre otro temblor”, dice Alicia Hernández. Las historias El espacio delegacional también es ocupado como punto de encuentro, al menos así lo es para Miriam Medina, una mujer con seis meses de embarazo, con domicilio en la colonia Prohogar, en la delegación Azcapotzalco, cuya vivienda aún no ha sido dictaminada. “Yo andaba por Barranca del Muerto cuando sentí el temblor. Me sentí muy mal y me quedé sentada en una parada de autobús como hasta las siete de la noche que me pude mover de ahí, porque no había transporte ni se podía caminar por la calle. Decían que había muchas explosiones”, cuenta. Sentada sobre una colchoneta, Miriam asegura que ha recibido atención médica en el refugio y cuenta que sólo regresó a su casa para sacar documentos, una muda de ropa, agua y papel sanitario, mientras espera a que su esposo pase por ella. “Mi esposo trabaja en Santa Fe y se tuvo que quedar ahí porque ya no pudo regresar. Cuando me pude comunicar con él, le dije que estaba aquí y ahora lo espero para que venga por mí. Quiero irme porque mi bebé y yo estamos muy inquietos, anoche y en la madrugada hubo dos falsas alarmas y todos nos salimos de aquí, estábamos muy asustados”, agrega. Desde que llegaron al albergue, Berta Cabrera y Leticia Flores, sobrevivientes del sismo de 1985, decidieron pasar la noche frente a la cancha de futbol del Deportivo Cuauhtémoc. No por miedo, sino porque ambas huyeron de sus casas con sus respectivas mascotas. Berta, una mujer jubilada, comparte su casa de campaña con tres perros, todos adoptados, mientras espera a sus hijos quienes han decidido sumarse como voluntarios ante la catástrofe. “En el 85 nomás tenía un hijo y vivíamos en un cuartito en la colonia Portales y se nos cayó el techo. Ahora vivimos en Comonfort y Jaime Nunó donde hay 350 viviendas. Decidimos salirnos porque no quiero pasar lo mismo que hace 32 años. Menos porque enfrente de mi casa hay una gasolinera y es muy peligroso”, comenta. La mujer dice que el movimiento telúrico lo sintió cuando estaba en la colonia Del Valle. Unos conocidos la trasladaron a su casa cerca de la Lagunilla, donde apreció daños severos en el mercado tradicional. “Antes de llegar, vi cómo estaban dañados los edificios de las colonias Del Valle, la Condesa, la Roma. Cuando llegué a mi casa estaba muy asustada, así que nos salimos mis hijos, mis perros y yo a Tlatelolco, con la idea de quedarnos en la calle. Por eso nos trajimos la casa de campaña, pero ya en la noche pasó una camioneta de la delegación y nos dijeron que no teníamos que pasar la noche en la calle y nos trajeron aquí”, platica Berta. Leticia, quien vive en el séptimo piso de un edificio en la colonia Doctores, confía que al sentir el sismo y recordar lo que vivió hace 32 años, entró en shock y estuvo a punto de saltar al vacío con sus cuatro perros, pero uno de ellos, una chihuahueña llamada Mandela, se le escapó de los brazos y corrió hacia las escaleras del inmueble. “El edificio parecía gelatina y no podía caminar por las escaleras cuando perseguía a Mandela. No había luz. Y yo estaba desesperada, hasta que la hallé, abracé a mis cuatro perritos y me bajé arrastrándome por la espalda, como gusano”, narra Leticia conteniendo el llanto. Con su bolsa de mano y sus perros, la mujer que en 1985 vivía en un edificio también en la Doctores que sigue en reconstrucción, llegó con crisis nerviosa al Jardín Puskin, sobre Álvaro Obregón y Cuauhtémoc, donde médicos voluntarios le dieron calmantes y después la trasladaron con sus mascotas al albergue donde le han proporcionado alimentos para ella y sus perros. Ahí piensa quedarse indefinidamente. “No sé qué fue de mi edificio ni me importa. Lo único que me preocupaban son mis perritos, son mis bebés. Lo que se quedó en mi casa, lo material no importa, se vuelve a comprar y ya”, dice la mujer mientras acaricia a su pequeña Mandela y en sus pies descansan sus otras tres mascotas.

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