Urquidy, el brazo poderoso y educado de la Serie Mundial

domingo, 10 de noviembre de 2019
Pocos han brillado en Grandes Ligas como José Urquidy. Debutante el 2 de junio, este sinaloense de 24 años se convirtió en el primer novato en abrir un juego de Serie Mundial para los Astros de Houston y en el cuarto novato de cualquier nacionalidad que en 30 años abre un juego de Serie Mundial sin permitir carreras. En entrevista, los cazatalentos que lo descubrieron hablan de los orígenes del pitcher que los sorprendió cuando era un niño, de la delicada operación que sufrió en el codo derecho y sobre la peculiaridad del pelotero que lanza hasta 156 kilómetros por hora.  CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Hace dos décadas, de la mano de su mamá, Alma Urquidy, José Luis Hernández llegó a los campos de beisbol de la liga Quintero Castañeda de Mazatlán. El niño de cinco añitos más tardó en agarrar una bola y el guante que en mostrar su estampa de pelotero. El tiempo lo transformó en un pitcher ponchador, sereno en la loma, con un control y comando de la pelota tan efectivos que requiere de unos cuantos lanzamientos para sacar muchos outs. De José Luis Hernández ya nadie se acuerda (dejó de usar el apellido de su papá). A José Urquidy, lanzador derecho de los Astros de Houston, todos lo conocen. Apareció en la alfombra roja del beisbol el 26 de octubre último en el juego cuatro de la Serie Mundial ante los Nacionales de Washington. Se apuntó un triunfo valiosísimo, el que empató la serie a dos victorias por bando. Urquidy, de 24 años, enfrentó a 17 bateadores en las cinco entradas que lanzó. Le conectaron dos hits y ponchó a cuatro rivales. No aceptó carrera. Necesitó 67 lanzamientos –45 en la zona de strike– para sacar 15 outs. Su actuación fue histórica porque es el primer novato en abrir un juego de Serie Mundial para los Astros de Houston. Es el cuarto novato de cualquier nacionalidad que en los últimos 30 años abre un juego de Serie Mundial sin permitir carreras. Junto con Jon Lester (de Cachorros de Chicago) son los únicos pitchers desde 1969 que en su primera apertura en Serie Mundial no aceptaron carrera. Es el tercer mexicano (Fernando Valenzuela en 1981 y Jaime García en 2011) en abrir un juego de Serie Mundial. Es también el tercer mexicano (Valenzuela como abridor en 1981 y Aurelio López como relevista en 1984) en ganar un juego de Serie Mundial. Antes de subir a la loma en el cuarto juego, Urquidy sólo había tenido nueve apariciones en la temporada regular: siete juegos como abridor y dos como relevista. Había lanzado 41 entradas en las que ponchó a 40 rivales. Es el pitcher que menos entradas había lanzado en temporada regular antes de tener una apertura sin permitir carreras en la Serie Mundial. Durante la Serie de Campeonato que ganaron a los Yankees de Nueva York, el manager de los Astros, A.J. Hinch, tuvo sentado a Urquidy. En el juego cuatro de la Serie Divisional (8 de octubre) contra los Rays de Tampa Bay lo utilizó durante una entrada y dos tercios. El mexicano aceptó tres hits, regaló una base por bola y abanicó a tres enemigos. Hizo 47 lanzamientos… 31 en la zona de strike. Durante 17 días esperó pacientemente la oportunidad de volver a lanzar. Se lució con una blanqueada, hazaña que en los últimos 50 años sólo han conseguido cinco lanzadores más en Serie Mundial: Walker Buehler (2018), Yordano Ventura (2014), Madison Bumgarner (2010), Les Straker (1987) y Gary Gentry (1969). José Urquidy abrió el juego cuatro de la Serie Mundial porque A.J. Hinch esperaba que tirara muchos strikes. Las estadísticas no mienten: 45.5% de los lanzamientos que hizo en la temporada regular cayeron en la zona de strike; 63.5% de las veces su primer pitcheo lo puso en la zona de strike. En ambos casos, el mexicano está por encima de los lanzadores de las Grandes Ligas que promedian 41.8% y 60.9%, respectivamente. También tiene un cambio de velocidad que es un arma mortal. Lo tira 44% de las veces que en la cuenta del bateador hay dos strikes. Sus ponches más espectaculares son con esa pichada cuya velocidad es de 84.4 millas por hora (cerca de los 136 kilómetros por hora). Es su mejor picheo secundario después de la recta de cuatro costuras que la tira en promedio a 93 millas por hora, pero que la ha lanzado hasta 97 (poco más de 156 kilómetros por hora). Nuevo brazo Nacido el 1 de mayo de 1995 en ­Mazatlán, debutó en las Grandes Ligas el 2 de julio último ante los Rockies de Colorado. Es el pelotero número 19 mil 577 en vestir un uniforme de un club ligamayorista. Fue firmado por los Astros de Houston en 2015 por un bono de 400 mil dólares que se repartieron Urquidy y los Sultanes de Monterrey, equipo al cual pertenecen sus derechos de retorno en la Liga Mexicana de Beisbol. En 2019, José Urquidy tuvo un desempeño espectacular en las Ligas Menores que le valió para que lo subieran al equipo grande y luego formara parte del roster para los playoffs. Con los Round Rock Express y con los Corpus Christy Hooks, los equipos de las categorías AAA y AA de los Astros, destacó por los 134 ponches que tuvo en 103 entradas lanzadas. De acuerdo con el portal de estadísticas Fan Graphs, de los 169 pitchers que este año lanzaron al menos 100 entradas en AAA y AA, Urquidy fue el líder con la mejor tasa de ponches: 11.71 por cada nueve entradas. Y es que el sinaloense está estrenando brazo. En enero de 2017 se sometió a la cirugía “Tommy John”. Tenía atrofiado el ligamento del codo derecho y se le inflamaba después de lanzar. No hubo más remedio que operarlo para corregir el daño que le causó la manera equivocada en la que finalizaba su mecánica de lanzamiento. En lugar de lanzar de una manera fluida, justamente para evitar lesiones, parecía como si se frenara. “La lesión se la causó por una mala mecánica al lanzar. No hacía la extensión correspondiente, lo que se conoce como follow through. Él no terminaba correctamente el movimiento. De ahí empezó el problema. Cuando comenzó a lanzar otra vez después de la rehabilitación, nos dijo: ‘Siento que mi brazo está diferente’. Empezó a tirar la pelota más fuerte. Antes de la operación tiraba 93-94 millas, después ya ha tirado rectas de hasta 97 millas”, explica Leo Figueroa, el scout que firmó a Urquidy para los Sultanes de Monterrey. La recta de cuatro costuras del mexicano promedió 93.38 millas por hora en 2019, pero –tal como apunta Figueroa– Urquidy tocó las 96.9 millas el día de su debut en Grandes Ligas, cuando enfrentó a David Dahl de los Rockies. Ese aumento en su velocidad lo ha convertido en un pitcher ponchador: 40 abanicados en las Mayores y 134 en Ligas Menores. Urquidy perfeccionó el cambio de velocidad en las Ligas Menores. Ahí le enseñaron a lanzarlo con un agarre en círculo. La manera como asía la pelota también le podía ocasionar molestias en el codo. El pelotero aprendió la nueva técnica. “Le quitaron el estilo que él tenía para tirar el cambio. El cambio que tira ahora es en círculo, pero él hace exactamente el mismo movimiento que cuando tira la recta, entonces saca de balance a los bateadores. También hay que decir que él ha agarrado mucha confianza y se siente capaz de tirar cualquier lanzamiento de su repertorio sin importar cuál sea la cuenta del bateador”, insiste Figueroa. Además de poseer un excelso cambio de velocidad y un sobresaliente control, Urquidy reta a los bateadores en la parte alta del home plate, lo cual genera una gran cantidad de swings abanicados, el sello de la escuela de pitcheo de los Astros de Houston. José Urquidy hizo en la clínica Fisio Sport de Mazatlán el proceso de rehabilitación de la cirugía Tommy John. Con indicaciones de los coaches de los Astros de Houston empezó a activar el brazo y luego a tirar sesiones de bullpen, prácticamente un año y medio después de la intervención. Leo Figueroa y Javier Montaño pasaron horas en las instalaciones de la Universidad Autónoma de Sinaloa (UAS), en ­Mazatlán, ayudándolo a ponerse en forma. Ellos le medían la velocidad, las distancias a las que debía lanzar y el número de disparos que tenía permitido hacer. Esas sesiones les recordaron aquellos días en los que José Urquidy era un adolescente que pintaba para ser prospecto de Grandes Ligas. Ni siquiera lo habían firmado para los Sultanes de Monterrey, pero ya lo tenían en su radar. Cómo no iban a cuidar esa joyita si con 15 años ya tiraba rectas de 88 millas por hora y destilaba control y comando de la pelota. Prodigio A mediados del año 2000, Alma Urquidy inscribió en la liga Quintero Castañeda al menor de sus tres hijos. La familia vivía a unas cuadras del lugar, en la unidad Infonavit Jabalines, en el centro de Mazatlán. La Quintero no es la mejor liga del puerto. Es una municipal que tiene en comodato unos terrenos cerca del Estero del Infiernillo. Si no fuera porque está cerca de un vaso, los 11 campos de beisbol que alberga serían de pura tierra todo el año. Por la humedad, el pasto está bien verde y bonito al menos unos meses. En la instalación no hay agua. Una pipa abastece para que por lo menos los baños funcionen. Ahí pasó su infancia y adolescencia José Urquidy. Nadie sabe exactamente por qué el niño siempre pidió que en su uniforme estuviera el apellido de su madre. En los rosters, ni modo, se le registraba como José Luis Hernández, y aunque todos sabían que ese era su nombre, él pedía que lo llamaran Urquidy. Sin importar que los juegos o entrenamientos fueran de noche o de día, la señora Alma siempre estaba en las gradas apoyando a su hijo. Así fuera un simple juego en la liga, un torneo regional o estatal, mamá Urquidy acompañaba a José. Por eso la conocieron Leo Figueroa y Javier Montaño un día en un juego en el club Polluelos. José tendría si acaso 13 años y lo fueron a ver lanzar. Javier Montaño, que por aquellos años era manager en la liga Mazatlán, le había tocado ver a Urquidy unas semanas atrás. Le lanzó a su equipo una blanqueada durante seis entradas y, por supuesto, le había hablado de él a Figueroa. Leo Figueroa babeó cuando lo vio. Se le escapó en voz alta un “¡qué bonito picha ese chamaco!”. Y de entre las gradas salió la mamá orgullosa: “Ese es mi hijo”. Alma Urquidy estaba sentada con el papá de José. Figueroa notó el parecido físico con el niño, vio la complexión robusta del señor, sus muñecas gruesas y empezó a hacer migas para obtener los datos de la fecha de nacimiento, estatura y peso del chamaco. Tiempo después, en un torneo interclubes de la región del noroeste, Figueroa y Montaño fueron a ver los juegos, igual que los scouts de Diablos Rojos del México, Leones de Yucatán, Acereros de Monclova y otros tantos equipos de la Liga Mexicana. Ese día a Urquidy no le tocó lanzar. Tomó un turno al bat y cuando corría para tratar de alcanzar la segunda base se cayó. Se quedó tirado. Estaba lesionado y no podía moverse. No había un médico que lo atendiera y la señora Urquidy estaba angustiada porque nadie ayudaba a su hijo. Entonces, Figueroa y Montaño se comunicaron con el director deportivo de Sultanes de Monterrey, Roberto Magdaleno, a quien le pidieron dinero para apoyar con atención médica a un muchacho que estaban viendo. Magdaleno les recriminó que ni siquiera estaba firmado, pero le insistieron en que no se arrepentiría. Se llevaron a Urquidy al hospital San José donde le hicieron unas radiografías que enseñaron las costillas fisuradas. Le compraron los medicamentos que necesitaba y estuvieron al pendiente de que se le atendiera hasta su recuperación. “Creo que tuvimos algo de suerte. Ganamos en confianza con la señora, por el trato que vio. Ella me dijo: ‘Si mi hijo va a jugar profesional, lo hará con ustedes, para Sultanes. Sin haberlo firmado, lo llevamos a un campamento a Monterrey, a la Academia de El Carmen. Finalmente hicimos el papeleo (lo firmaron en julio de 2014), pero su mamá nos pidió como condición que no nos lo lleváramos de tiempo completo hasta que terminara la prepa. Además, lo andábamos apurando a que sacara buenas calificaciones para que lo dejaran seguir yendo a jugar”, cuenta Figueroa. En 2012, Miguel Flores dirigía a los Cachorros de Acaponeta, el equipo que los Sultanes de Monterrey tenía en la hoy extinta liga del Noreste que se jugaba en el invierno.  Necesitaban un pitcher y Figueroa les mandó a Urquidy para que lanzara máximo dos entradas. “Me habló Miguel Flores para reclamarme: ‘Me mandaste un niño, pero cuando lo vi en la loma y como sacó las dos entradas parecía un veterano’. Ahí le dije va a seguir yendo y sólo va a tirar una vez. Fue su primer contacto con el beisbol profesional. Ganó su primer dinero. No me pregunte cuánto. Era poco (5 mil pesos). Enseñó que podía ser un pitcher excelente porque mostraba mucha madurez”, recuerda Figueroa. El caso de José Urquidy fue tan especial que sólo los fines de semana podía ir a jugar a la liga de Noroeste. Para que la señora Alma estuviera tranquila, Figueroa y Montaño pasaban por José a su casa, lo subían al camión que lo transportaba de Mazatlán a Acaponeta para los juegos y allá lo recogía un compadre de Figueroa. Lo llevaba a su casa a comer y después al estadio a jugar. Después del juego, de vuelta al autobús y otra vez Figueroa y Montaño se lo dejaban a la mamá en la puerta. En 13 juegos con los Cachorros de Acaponeta en la temporada 2014–15, Urquidy lanzó 16 entradas y un tercio. Ponchó a 22 rivales y sólo concedió cuatro bases por bolas. Roberto Magdaleno invitó a Urquidy a estar con los Sultanes, fuera de roster, para que comenzara a convivir con los jugadores profesionales del primer equipo. Una vez que terminó la escuela, se concentró durante unos meses en la Academia de la Liga Mexicana hasta que los scouts de los Astros de Houston, Raúl López y Carlos Alfonso, lo firmaron el 2 de marzo de 2015 cuando estaba por cumplir 20 años. El equipo lo mandó a la liga Rookie de República Dominicana, donde los coaches detectaron el defecto en su mecánica, el mismo que quedó asentado en el reporte de scouts que Figueroa y Montaño entregaron en Sultanes de Monterrey. El que en los campos de la UAS trataron de quitarle. “Nos llamó por teléfono un día para decirnos que allá le estaban diciendo lo mismo que le decíamos: ‘No estás extendiendo bien’. Es algo que no es fácil quitar, lo está trabajando, pero son vicios que muchos agarran desde niños y cuesta quitarlos”, dice Figueroa. Los Astros de Houston perdieron en siete juegos una Serie Mundial atípica, la primera en la que ninguno de los dos equipos pudo ganar como local. En ese juego, José Urquidy fue el último lanzador que utilizó Hinch en un manejo sin sentido de su bullpen. Lo metió con la casa llena y un out cuando Houston ya perdía 4-2. Adam Eaton le pegó un hit con el que entraron las dos carreras que terminaron de sepultar a los Astros y, de paso, arruinaron el sueño de José Urquidy de ceñirse un anillo de Serie Mundial en su primer viaje al Clásico de Otoño. Este texto se publicó el 3 de noviembre de 2019 en la edición 2244 de la revista Proceso