La tragedia de una hondureña: 'Aunque pasen 30 años voy a recuperar a mi hija”

domingo, 15 de diciembre de 2019
Con cinco meses de embarazo, una hondureña llegó a Chiapas en 2018 en busca de un lugar seguro para trabajar y vivir con su futura bebé. Sin embargo, su sueño se fracturó ocho días después de su parto, cuando migración la deportó y una mujer se quedó con la pequeña y la registró con otro nombre en Huixtla. Semanas después, la madre regresó y reclamó a su hija, pero la señora nunca se la devolvió y a la centroamericana la obligó a prostituirse... Hasta que la hondureña la denunció. Año y medio después pudo ver a su niña, pero aún no puede recuperarla. CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Jessica tenía año y medio sin ver a su hija Marina. Por eso, al reencontrarse con ella, lo primero que hizo fue cargarla y abrazarla. Apenas pudo sonreír después de los meses de zozobra. La menor fue separada de su madre cuando tenía sólo ocho días de nacida en Huixtla, Chiapas, y registrada con otro nombre y otros apellidos por doña Ana, una presunta tratante de personas, quien hoy se encuentra presa por ese ilícito. La madre, una hondureña de 27 años que pidió ser identificada sólo como Jessi­ca, llegó 40 minutos antes de su cita la mañana del lunes 2 a las instalaciones del Sistema Nacional para el Desarrollo Integral de la Familia (DIF) en una ciudad cuya ubicación se reserva por seguridad de Jessica y la niña. Llevaba el cabello planchado, las pestañas pintadas y una mochila en la que cargaba una cobijita rosa para su bebé. El reencuentro estaba programado para las 09:00 horas, pero llegó a las 08:20. Estaba nerviosa y se sentó en una banca, donde esperó la hora convenida mirando su celular. Cinco minutos antes de las 09:00 decidió entrar a las oficinas del DIF. Una trabajadora le preguntó cuál era el nombre de la menor que buscaba. Jessica no supo contestar. No ha podido aprenderse el nombre que le puso la mujer que se la arrebató. Jessica fue conducida a una oficina donde la esperaba una trabajadora con la pequeña. “Ella es tu mamá”, le dijo la empleada a Marina, quien ahora tiene un año con cinco meses. “¡Mamá!”, balbuceo la pequeña, una palabra que siempre pronuncia ante las psicólogas y trabajadoras que la cuidan. “Yo soy tu mamá”, reiteró Jessica, quien sólo quería estar con su hija. Comenzaron a jugar con unas hojas de papel, como si nunca se hubieran separado.

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  Jessica salió de Honduras en febrero de 2018, amenazada de muerte por un grupo de maras, quienes ya habían asesinado a varios miembros de su familia por no ceder a sus extorsiones. Tenía cinco meses de embarazo cuando cruzó la frontera de su país, donde se quedaron su madre y sus otros tres hijos. Pensó en México como un refugio seguro para trabajar y parir a su hija. Como no sabe leer ni escribir, Jessica pensó también en estudiar. Llegó a Tapachula, pero a los pocos días se instaló a 40 kilómetros, en Huixtla, en el límite de la Sierra Madre y la llanura costera del Pacífico, una ciudad de paso y punto de apeadero para los migrantes centroamericanos. Su embarazo le impidió continuar y se quedó en Huixtla. Comenzó a trabajar en un comedor y rentó un cuarto en espera del nacimiento de su bebé. Ahí conoció a la señora Ana, una mexicana de 45 años que le ayudaba a lavar su ropa, pero luego terminó por quitarle a su hija y explotarla sexualmente. “Hicimos amistad –cuenta Jessica–. Siempre que me veía me hablaba bonito. Me decía: ahora que te alivies y no tengas quien la cuide, yo te ayudo”, pero las cosas se complicaron cuando nació la hija de la migrante hondureña. El 16 de octubre de 2018 Jessica interpuso una denuncia contra Ana ante la Fiscalía General del Estado de Chiapas, en Palenque, por trata de personas y retención de menores.

Secuestrada al nacer

El parto de Jessica fue el 19 de junio de 2018 en el hospital General de Huixtla, según consta en su certificado de nacimiento otorgado por la Secretaría de Salud. A los ocho días, Jessica tenía que regresar al hospital a recoger ese documento para registrar a su hija. Dejó a la pequeña en casa de Ana y salió rumbo al centro de salud. “Cuando iba en la combi, camino al hospital, estaba migración, a la altura del Seguro Social; los agentes migratorios pararon el vehículo y uno de ellos me dijo que me bajara. Yo le dije a los oficiales que no me podía bajar porque iba al hospital por los documentos de mi niña, pero me contestaron que no, que no llevaba documentos y que me iban a deportar”, cuenta Jessica en entrevista en vísperas del reencuentro con su hija. Jessica fue deportada el 2 de julio siguiente. Al llegar a Honduras se comunicó con Ana para avisarle que no había regresado por su hija porque migración la había capturado y deportado. “Ella me dijo que eso eran puras mentiras mías”, según la denuncia que presentó Jessica meses después. Jessica regresó a Chiapas en julio a recoger a su hija. La señora no quiso devolvérsela. Le dijo que si quería de vuelta a su niña tenía que trabajar para ella como prostituta. “Flaca, tú ya te fuiste para Honduras y dejaste a la niña, si quieres de regreso a la niña tienes que ir a trabajar a mi negocio y venderte con los hombres”, le dijo Ana, según expuso Jessica en su querella. “Me chantajeó con mi hija para que trabajara para ella. –comenta Jessica a la reportera–. Me decía que yo no era mexicana, que era hondureña y que no tenía papeles mexicanos. Me estuvo chantajeando, que si yo no trabajaba me iba a ir a denunciar a migración”, cuenta Jessica. Y añade: Ana “nos daba un cuarto para ocuparnos de los hombres y la paga de 80 pesos diarios. El resto de lo que ganaba se lo daba a ella, que eran aproximadamente de mil 500 a 2 mil pesos diarios. Los fines de semana, que era cuando mejor me iba, le daba 5 mil pesos a doña Ana y sólo me dejaba 100”. Al principio Ana le dejaba ver a su niña a cambio de dinero. Le pedía que llevara leche y pañales, pero después, en agosto, la mandó a trabajar a otros prostíbulos de Chiapas e incluso a un bar de Oaxaca, a donde se extendía la red de trata. Un día entró a un cuarto con un cliente y cuando el hombre ya estaba completamente desnudo, una de las cajeras del bar tocó la puerta y le pidió que saliera de la habitación porque el señor tenía sida. Jessi­ca salió atemorizada y regresó a Huixtla a buscar a su hija. Ana sacó una libreta y le dijo a Jessica que le debía 9 mil pesos. Y ella le contestó que no los tenía. La señora la mandó golpear, pues sospechaba que Jessica no le entregaba todo el dinero que ganaba. El 7 de septiembre Jessica iba caminando por las vías del tren en Huixtla cuando apareció Migración. Fue deportada de nuevo. “Esa fue la última vez que trabajé para ella y que supe de mi hija”, relata.

El cambio de nombre

El 14 de agosto de 2018 doña Ana aprovechó que Jessica estaba fuera de la ciudad para tramitar un documento como tutora de la niña. En la Procuraduría de Protección de Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes, perteneciente al DIF de Huixtla la señora declaró que Jessica llegó a su casa con la niña recién nacida. Y añadió: “Me dijo que me la dejaba para que me hiciera cargo de la niña porque ella no podía, ya que su trabajo no se lo permitía y no tenía donde más dejarla y que ahí le iba a mandar dinero. Desde ese día hasta la presente fecha no había llegado a verla para nada, lo único que sé es que sigue trabajando como sexoservidora, toma mucho y se droga. “Conmigo a la niña no le hace falta nada. Yo le brindo amor, cuidados, atenciones y todo lo necesario para su desarrollo y plena vida. Es por ese motivo que estoy haciendo del conocimiento que la niña estaba conmigo y le seguiré brindando todo lo necesario para su buen y sano desarrollo, y le proporcionaré un registro para que pueda tener una identidad.” La dependencia le expidió a Ana un acta administrativa para que pudiera hacerse cargo de la menor, “prevaleciendo en todo momento el interés superior de los infantes y se realicen los trámites y diligencias correspondientes a fin de salvaguardar su integridad física y buen desarrollo psicosocial”. Pese a que el documento le otorgaba la tutoría de la niña de manera temporal, el 16 de octubre de 2018 Ana lo exhibió al registrar a Marina como su hija con otro nombre y otros apellidos ante la Oficialía 01 del Registro Civil en Huixtla. “Hay documentos de ciertas autoridades locales que le dieron una especie de autorización para hacer lo que ella hizo. Yo francamente cuestiono cómo esas autoridades locales, específicamente el DIF, le dieron la autoridad para registrar a la niña”, sostiene el abogado Netzaí Sandoval, director del Instituto Federal de Defensoría Pública (IFDP), quien encabeza el equipo que lleva el caso de la menor. Sandoval y sus colaboradores consiguieron la orden de un juez para que Jessica y Marina puedan convivir. Por el momento sólo pueden verse una hora a la semana en un DIF. Los abogados intentan invalidar el acta de nacimiento de la niña que tramitó Ana y conseguirle una nueva, con su verdadera identidad. El argumento que utilizaron Sandoval y sus colaboradores para el recurso de amparo indirecto fue el derecho a la familia, a la identidad de la niña (quien fue robada), enmarcado en el interés superior de la niñez. “Incluso, haciéndole ver al juez que alejar a una niña de su madre, prácticamente desde que nace, puede incluso constituir un trato cruel e inhumano”, dice Ayesha Borja, secretaria técnica de atención a grupos en situación de vulnerabilidad de la IFDP. Miguel Ángel Ortega, asesor legal en este caso, la secunda: “Manejamos que se puede generar un estrés tanto para la madre, como para la niña, el hecho de no estar juntas y cómo eso les puede afectar en su relación, simplemente en el desarrollo de la niñez, y cómo eso es algo irreparable.”

Larga espera

El lunes 2 eran las 10:00 horas y Jessica seguía jugando con su hija. Cuando las trabajadoras le dijeron a la madre que la visita había terminado, ella, cariñosa, se despidió y la pequeña le aventó besitos con la mano. “Se me hizo muy corto el tiempo”, dijo Jessica al salir del DIF, pero se veía feliz. “Fue como volverla a tener. Yo pensé que nunca la iba a volver a ver”, añadió. Jessica le preguntó a la abogada Borja cuánto tiempo falta para que le den a su hija; ésta le respondió que el proceso puede tardar algunos meses. Jessica comenta que le preocupa Ana, pues ha recibido llamadas en las que le piden retirar la denuncia; también ha recibido amenazas. “Tengo miedo de que salga de prisión y me quiera hacer algo”, comenta. Por lo pronto, Jessica está aprendiendo a leer y a escribir. Le gustaría conseguir un empleo, dice. Asegura que cuando recupere a su hija va a empezar de nuevo en otro lugar, lejos del peligro. “Ahora estoy más viva que antes –dice–. Aunque pasen 20 o 30 años, voy a recuperar a mi hija.” Este reportaje se publicó el 8 de diciembre de 2019 en la edición 2249 de la revista Proceso

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