Herlinda Sánchez Laurel: "La Esmeralda", ¡Presente!

miércoles, 27 de febrero de 2019
La pintora, fallecida el pasado 20 de febrero, jugó un papel vital en la escuela de arte La Esmeralda, centro de la expresión gráfica del movimiento estudiantil de 1968. Este trabajo forma parte del libro 1968: Ellas, con prólogo de Elena Poniatowska, que editará próximamente GM-Espejo Imagen. Son 20 testimonios de la presencia femenina en ese episodio que marcó con ideales y con represión la historia del México contemporáneo (entre ellos los de María García, Rina Lazo, Elisa Ramírez, Olivia Revueltas, Ana Ignacia Nacha Rodríguez, Alcira Soust y María Rojo). Aquí la entrevista inédita con Sánchez Laurel, efectuada en septiembre del año pasado. CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Uno de los más hermosos ejemplos de arte combativo en el mundo sucedió en México ese 1968: mientras la pintora Rina Lazo (egresada de La Esmeralda y colaboradora de Diego Rivera) sobrevivía en prisión haciendo las litografías de las otras presas políticas y no políticas que hoy son el más sensible retrato de ese instante de encierro, los jóvenes artistas de San Carlos y La Esmeralda –las dos grandes escuelas de arte del país– realizaban grafittis, grabados, litografías, esténciles, murales, carteles, e inundaban las calles y el alma del movimiento con esa estética de rebeldía y libertad. –Hablemos del olvidado papel de La Esmeralda–, se le pide a la pintora Herlinda Sánchez Laurel Zúñiga, quien en 1968 dirigía el taller de grabado en esa institución. –Es el más importante.  –¿Qué dio La Esmeralda en el 68? –Todo. Dio todo. Dio toda la propaganda que hizo ver al movimiento. Pegas, pintas, mantas, carteles. Todo lo gráfico se hizo en La Esmeralda y gran parte por un grupo de norteños desvelados, algunos de Monterrey; yo, que era de Ensenada; La Pilla Berlanga, también de Ensenada; María Shelley, prima del poeta Jaime Augusto Shelley, que vivía en Mexicali. Sé que se dice que La Esmeralda no participó en el movimiento. Fue la que más participó, porque a San Carlos la cerraron poco después. En La Esmeralda nos quedamos con todo el trabajo. Hicimos grabado, carteles y folletos. Hicimos propaganda de todo tipo que llevara ilustración. Las grandes mantas que llegaron a tener unos dibujos fascinantes. En La Esmeralda estuvimos entregados de día y de noche en todo el trabajo de arte del movimiento estudiantil. Brotaban impresos febriles, populares, finos. “Los vendíamos a cinco, a 10 pesos, eran carteles o grabaditos chiquitos”. Ella conserva parte del tesoro. “Tengo 65 placas, entre las mías, las de Humberto Pérez, que era mi pareja, y hay pocas, algunas, de otro de los compañeros que era ayudante de Siqueiros y que ya falleció”. * * * Herlinda Sánchez Laurel nació en Ensenada, ese puerto nostálgico de Baja California donde el cielo inunda el mar y viceversa. Donde cada atardecer es un cuadro al óleo. Y donde las palmeras, altas y estilizadas, podrían ser tema de cualquier grabado alucinante del Medio Oriente. Su padre, nacido en La Paz, fue desde muy joven ilustrador en el taller de Walt Disney, hasta que un accidente lo llevó a cambiar de vida, y terminó por aposentarse en el bello y calmo puerto norteño, donde trabajó “como carrocero, aquí le dicen hojalatero”. Allí se casó con la madre de Herlinda, oriunda de El Mármol, centro de Baja California, pero radicada en Ensenada desde niña. Herlinda creció en una familia muy tradicional. Estudió en el clásico Colegio México, dirigido por monjas. “Yo desde niña pintaba mucho”, recuerda. Vocación que impulsó su padre, “un hombre muy especial:  “Era él el que tenía una vocación tremenda, pero cuando vio que me gustaba dibujar me empezó a hacer regalos de colores. A los siete años me dio mi primer estuche de óleos”. Y, bien armada, la dejaba pintar, “todo yo solita, sin orientación de nadie, ni de él. Me permitía que hiciera yo lo que quisiera.” Fue la mayor de sus hermanos: Elsa, Esperanza, Angélica y Alejandro, y la única que pintaba, pero de pronto tuvo que ocuparse del sostén de la familia. “Yo fui de todo”. Estudió auxiliar de contador. Trabajó dos años en una notaría. Siete años en un banco. “Y como había hecho varias hazañas, como descubrir desfalcos muy importantes”, le ofrecieron la gerencia de una sucursal por abrir. Ya había ganado en 1964 un concurso de pintura organizado por la Universidad de Baja California. Fue entonces cuando se confesó a sí misma: “Lo que quiero es ser pintora”.  Y decidió volar. Más bien, tomar un camión con otros compañeros rumbo a la Ciudad de México e inscribirse en la reconocida Escuela Nacional de Pintura, Escultura y Grabado La Esmeralda.  La Esmeralda nació como parte de las Escuelas al Aire Libre impulsadas por José Vasconcelos después de la Revolución. En los años treinta se trasladó al callejón de La Esmeralda (luego calle de San Fernando), donde fue rebautizada, y en 1943, bajo el mando de Antonio Ruiz, El Corcito, comenzó su estructuración formal como escuela, con su primer plan de estudios y con maestros de la talla de Francisco Zúñiga, María Izquierdo, Diego Rivera y Frida Kahlo. Allí entró Herlinda Sánchez Laurel a los 25 años, tras un duro examen de admisión que pasó con excelencia. Un año después, en 1966, ya Herlinda pertenecía a las Juventudes Comunistas, y fue presidenta de la Sociedad de Alumnos hasta que salió de La Esmeralda. “En la Juventud Comunista teníamos una advertencia: debíamos ser los mejores en todo, en calificaciones, en obra, porque nunca se nos debería acusar de ser malos alumnos. Entonces todos procurábamos serlo, pero después del 68, después del 2 de octubre, más bien quedamos todos con una gran fatiga…  “Yo anduve a salto de mata mucho tiempo. No podía estar en un solo lugar, ni en el departamento donde vivíamos, porque nos iba a caer la policía. Huir, esconderse, vivir con el temor (o el terror) de que nos detuvieran fue muy cansado. “Y el 2 de octubre fue el golpe de gracia”, dice. 2 de octubre Fue “un milagro que yo me salvara ese 2 de octubre”. En el instante en que el helicóptero dejó caer las verdes luces de bengala, señal de inicio para la persecución contra los asistentes al mitin, “todo mundo se fue corriendo o arrastrándose pecho a tierra, pero yo me quedé pasmada, admirando las luces de bengala, hasta que un muchacho llegó, me tomó del brazo y me dijo: ¡Córrele! Desperté de mi absurda contemplación artística y corrí tras él. Saltamos la barda de la explanada que estaba llena de militares. Los recuerdo vestidos de verde…y disparando”. Herlinda suspira, reflexiona, 50 años después: “El otro día tome conciencia y me pregunté quién sería ese muchacho, quién será ahora ese hombre, ese señor que me salvó la vida… porque yo en ese momento terrible, como siempre, estaba perdida en las ondas de tipo estético, contemplativo”. Ríe. Y los recuerdos siguen: “Brincamos. Él se desesperó cuando vio que allí estaban los militares y quiso ir a patear a uno, que respondió dándole un piquetito, no lo quiso lastimar más, pero mi salvador sangró un poco y yo recuerdo que le dije: ¡Vamos a correr! ¡Corre tú –me dijo–, corre tú! “¡No te puedo dejar aquí! –gritaba Herlinda–. Corre tú –insistía él–, yo me voy a ir, déjame reponer. No podía tomar aire…” Herlinda siguió huyendo. “En la corredera me encontré a una de las compañeras de Ensenada, que era líder en la Facultad de Derecho. Una mujer a la que nadie ha nombrado. Era una líder muy importante, Cecilia Soto Blanco, que dirigió teórica e ideológicamente a La Nacha y a La Tita; yo las conocí por ella. Ella se fue a Ensenada y allá hizo su movimiento. Desgraciadamente falleció. “Cecilia Soto y yo pensamos que si salíamos entre los tanques no nos iba a pasar nada. Y nos fuimos corriendo, zigzagueando, yo con la lengua de fuera, porque ella, como era deportista, corría muy bien. En el camino veíamos señoras que querían quitarle el rifle a los soldados, pero nosotros corrimos, pasamos Tlatelolco, nos aventamos otra calle y nos paramos porque ya no podíamos. Dije: ‘Cecilia, mira, viene un camión, vamos a tomarlo’. ‘¿Pero a dónde nos va a llevar?’. ‘Pues a donde nos lleve, que nos saque de aquí’. Total que le hicimos la parada. Venía lleno de estudiantes. Y cuando ya observamos bien, la mayoría venía llorando. Entonces yo también me solté llorando, me deshice. Porque entre el susto, el miedo, la deses­peración, el que no puedes hacer nada, que estás viendo cómo están hiriendo, cómo están disparando, que no es un juego, que es la guerra, que era la guerra... Pues ya nos fuimos llorando, era un lloradero. Y yo me acuerdo que nos dejaron en San Juan de Letrán, en Bellas Artes, cerca del Teatro Blanquita. Donde otros muchachos ya estaban protestando a su manera, quemando un trolebús. Nosotros no teníamos a dónde caminar. Ya no podíamos ir a nuestro departamento, donde vivíamos en grupo. Ella porque era líder en Derecho, y yo porque era líder de La Esmeralda. Y nuestros compañeros no se querían meter en nada. “Y entonces dijimos: ‘¿A dónde vamos?’. ‘Pues vámonos a la Facultad de Filosofía’. Y pedimos raite”. A los que les dieron aventón les contaron lo que estaba pasando en Tlatelolco. “Y no nos creían. Ya en la UNAM tuvimos una asamblea hasta muy noche, pero como nosotras vivíamos prácticamente enfrente, nos arriesgamos a ir a dormir al departamento. Cuando me fui a acostar seguía llorando. Recuerdo que lloré mucho, ahora sí que hasta que me quedé dormida, como cuando era niña…” 3 de octubre “Y al otro día a levantarse temprano, a ir a la escuela y ver quiénes de los compañeros llegaban. Porque yo era la cabeza de La Esmeralda. Y esperaba también que llegara Humberto, mi compañero de lucha y andanzas. “Humberto tenía pelo largo y barba. Era entre un Cristo y el Che Guevara. Se veía muy bien. Ese 3 de octubre llegó pelón, porque le abrieron en un departamento para esconderlo, y ahí se tuvo que cortar el pelo y quitarse las barbas para salir el otro día en la mañana.  “Empezaron a llegar unos a una hora, otros a otra hora, hasta que vi que estábamos completos, que no había pasado nada con los nuestros, y que era hora de volverse a reunir en CU para ver qué seguía. Pero la verdad es que después del 2 de octubre quedamos muy, muy, muy golpeados, muy cansados. Se nos vino todo el cansancio encima. Yo tenía tanto… de andar de la casa de un amigo que nos daba posada a la casa de otro amigo que nos daba posada, a la casa de otro amigo que nos daba posada. Así anduvimos. Desplomados.” El 2 de octubre empezaba al mismo tiempo el quinto año de la carrera, donde aprenderían puro arte mural. Ella y Humberto tenían orden de aprehensión. Pero siguieron en la escuela. “Si no nos agarraron es porque teníamos cuates en la policía. Eran buena onda y avisaban: te van a caer hoy en la noche. Una vez que iba a ir yo a Moscú y quería sacar una maleta de mi departamento, me dieron el pitazo: ‘Hay uno en cada esquina, no llegues, pide prestado una maleta…’, y así nos la llevábamos”. Herlinda trató de ignorar la situación. “De todas maneras había andado a salto de mata siempre, porque toda la vida había estado en riesgo, y trabajé como loca el último año de La Esmeralda. Al terminar decidí: me voy a Ensenada”. El puerto le devolvió la paz. Y le encargaron un mural sobre ese 2 de octubre para el sindicato estatal de maestros. “Y estoy ya casi terminando el mural cuando llega Luis Echeverría a hacer proselitismo como candidato a la Presidencia”. Pero no era todo tan simple. “Pues resulta que los agentes de Gobernación que lo acompañan van y asustan a mi mamá. Le dicen que si me encuentran me van a detener. “Y mi mamá me dice: ‘¿Sabes qué, mijita? Lo siento mucho pero te vas a tener que ir, no puedes exponer a tus hermanos a esto’. Me puse a pintar de día, de noche, lo que pude, terminé el mural Alegoría a la lucha. El sindicato hizo una inauguración así, rápida. “Un maestro en su carro me trajo a México porque me iban a agarrar en la terminal de autobuses o en alguna línea aérea.” Al poco tiempo de regresar a la Ciudad de México, Herlinda entró a trabajar a Difusión Cultural de la UNAM como diseñadora gráfica. Estuvo 14 años ahí y en San Carlos, y después fue maestra de la Escuela Nacional de Artes Plásticas. La crítica de arte Raquel Tibol, “que era amiga mía desde el movimiento estudiantil, me ayudó a exponer en galerías”. Y en 1985, tras una exposición individual en Bellas Artes, entró a trabajar allí de tiempo completo. Hoy En ese 1968, que no se olvida, tuvo un papel también inolvidable el entonces director de La Esmeralda, el pintor Fernando Castro Pacheco. “Cuando se vino la primera huelga cerramos la escuela. Él me dijo: ‘Mira, tú eres la presidenta de la Sociedad de Alumnos, aquí están las llaves de La Esmeralda, tú eres la responsable’. Entonces yo conservé La Esmeralda perfecto. Nada más usábamos el taller de grabado, y todavía nos dio permiso de tomar material de la bodega. Y entregué La Esmeralda completita, como la recibí.” Fue un episodio intenso, feliz, creativo y nada fácil, recuerda Herlinda. “Nos partíamos la madre. Teníamos que botear para conseguir los materiales, o hacer mítines relámpago. Humberto boteaba. La gente cooperaba siempre. Entre la mucha solidaridad había dos restaurantes, ahí que me surtían de comida, de desayuno para los muchachos.”  Entre sus recuerdos que hoy, en 2019, bañan de dolor y de color un nuevo mural sobre Tlatelolco en el 68, Herlinda Sánchez Laurel Zúñiga tiene éste, donde hasta su infancia y su adolescencia cuentan: “Nosotros a ciegas trabajamos, luchamos a ciegas, y el 2 de octubre nos partió la madre. Al menos a nosotros, los de La Esmeralda, nos partió la madre. Fue un tiempo de entrega total. Yo a veces pienso que absurdamente. Yo tenía un salón donde por turnos unos dormían y otros producían, y cuando se me enfermaba alguno, había que conseguir doctor, botear más porque había que darle suero, por ejemplo. Era estar resolviendo todo. Y lo pude hacer porque tenía experiencia en manejar una casa, con muchos hermanos.” ________________________ * Escritora, periodista, guionista y promotora cultural. Este texto se publicó el 24 de febrero de 2019 en la edición 2208 de la revista Proceso.

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