Autorretratista

sábado, 14 de septiembre de 2019 · 12:03
Parte importante de su pasión creativa la dedicó Toledo al autorretrato. A examinar la casi infinita forma de verse a sí mismo del artista juchiteco, dedica a su vez el poeta David Huerta, recién galardonado con el Premio Nacional de Literatura en Lenguas Romances 2019 de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, el texto titulado “Automimesis con iguanas en el trasfondo”, que forma parte del volumen de arte publicado en 2016 por Banamex con una amplia recopilación de la obra del maestro. Con autorización del escritor y de la institución bancaria, reproducimos aquí fragmentos del ensayo. CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Los autorretratos de Francisco Toledo forman uno de los centros móviles del trabajo de este artista. ¿Cómo pueden ser un centro móvil, empero, si la idea misma de centro implica, por sí sola, una idea concomitante de fijeza? Precisamente por la mutabilidad del rostro, sujeto a los estragos del tiempo, del clima, del humor, de las vicisitudes y de los accidentes. Gracias a estos trabajos, podemos explorar las variaciones de una mirada, una postura en el mundo: el trayecto de una vida contada en imágenes. Atestiguamos cómo se estudia: Toledo se asoma al espejo, al agua, se mira en un cristal y observa un rostro hecho con partes animales, cubierto con la epidermis de un reptil. Se mira mirarse, se pinta pintándose, con un animal o con la muerte sobre la cabeza. Se ve a sí mismo en el acto de pensar, de leer, de pesarse en una báscula. Brilla un pañuelo rojo en la garganta del pintor, un relámpago escarlata en la oscuridad del retrato; relucen los ojos redondos y fijos de pez; lucen blancas las palmas de las manos; resplandece el papel de oro, el cobre de la placa, siempre a contraluz, siempre en la oscuridad parduzca, roja y quemada, negra. Se ha retratado sobre la piedra de las litografías, con el ácido que marca las placas de grabado, con pasteles, tintas, óleos, lápices. Vemos a Toledo encogido o tendido cuan largo es, sentado, vestido o desnudo. Miramos las plantas de sus pies recubiertas de oro; vemos esos mismos pies calzados con huaraches pisando un suelo áureo. Toledo se convierte en la materia dura y frágil de la cerámica y se transfigura en un insecto mágico; aparece en el caparazón de un cangrejo, como los rostros samuráis que distinguen y protegen de los pescadores a los cangrejos de la especie Heikea japonica; se repite convertido en un pulpo. Se pinta en cartas, tarjetas postales, papeles, telas, tablas. Se autorretrata en los metales usando la línea capilar y definitiva de la punta seca o la mancha gruesa y flexible del azúcar; les da relieve a sus facciones con la cera de la encáustica; se encierra dentro de una pedregosa superficie cubierta con cáscaras de pistache. Interviene fotografías, se autorretrata y no incluye su rostro; fotografía su sexo enmarcado por sus manos, sus pies, sus rodillas, falo-faro, falo-guía, falo-vereda, falo-culebra, falo-flecha, lanza, dedo de santo, péndulo, gnomon que marca la hora del retrato. La costumbre de los pintores de registrar su rostro como una dimensión habitual de la práctica artística es usual, sobre todo del Renacimiento a esta parte. Eso significa, asimismo, lo siguiente: el autorretrato es un género moderno, pues tiene su primer florecimiento en el momento auroral de la modernidad. En el caso de un pintor como Francisco Toledo, no es posible pensar en el conjunto de esa obra de varias décadas sin tener en cuenta los autorretratos; excluidos de cualquier consideración sobre su obra, ésta queda como mutilada, incompleta. Hay en su obra tantas versiones de sí mismo que muchas no se parecen a las otras. Y algunas no se parecen a él. Se asemejan, quizás, a lo que Toledo pensaba. A la tierra de Toledo. A los animales que pueblan la tierra de Toledo, al ánimo de Toledo, a la Oaxaca de Toledo, a las criaturas de la imaginación que impulsan la mano de Toledo, a las pesadillas de Toledo. Lo que apenas cambia en este rostro que se metamorfosea una y otra vez, en este cuerpo que es por turnos humano o animal, pura carne o soplo aéreo, son los ojos. Ojos asombrados, recelosos, atentos. Los ojos del pintor que busca su rostro en el paisaje, en la abigarrada zoología mexicana, en el universo material. Es la mirada de la pareidolia, la tendencia del cerebro a identificar rostros humanos en todo lo que lo rodea. No hay complacencia ni pudor. La belleza no la encontraremos en el misterio velado. Nos interpelará desde la fuerza de la imagen, desde la desnudez más abierta y difícil de comprender. No es lo mismo colocarse frente al autorretrato de un pintor que nos mira desde su rostro hecho a imagen y semejanza que ante aquel que se pinta oculto bajo una variedad de disfraces, de apariencias, velado por un caleidoscopio de matices y texturas o inerme como en un consultorio médico. No dice “soy y te miro”. Pide que el espectador descifre las claves de su máscara. En una serie fechada en el año 1987, el rostro se transfigura hasta convertirse en dos –y en un caso, tres– círculos. Nos miran dos pupilas colocadas en el centro de discos de oro, de antifaces, de manchas, de una ordenada dispersión de partículas. Luego nos enfrentará con la muerte sentada en el sombrero, hablando con ella en una radiografía o enmarcado por dos manos esqueléticas. Toledo no retrocede a la hora de mostrar su cuerpo o sus emociones. Nos desafía serenamente, agazapado, con el rostro apoyado en las rodillas y los brazos, ciñéndose las piernas en el gesto de un hombre ensimismado. En la serie de polaroids intervenidas exhibe el pene, el ano, las nalgas, el nacimiento frágil de la espalda, los pies, los labios estrujados por los dedos. Es tal la franqueza de estas fotografías intervenidas, es tal el arrojo, que el resultado linda con la apariencia del éxtasis solitario del asceta, más que con la figura del amante que busca el momento del placer físico. Es Toledo con la boca distendida en un gesto de dolor; es Toledo doble o medio Toledo; es él, con un lagarto blanco en las piernas, con el sexo amarrado, con oro en las nalgas, doblado sobre sí mismo, asomado apenas en un ángulo, indefinido como un fantasma, rojo dios de barro, huesudo y flexible trapecista. Porque así se mira y considera y así se ofrece a nuestros ojos, con la actitud indiferente y al mismo tiempo retadora de un sadhu: desnudo como lo ordenan las leyes que rigen la vida de los ascetas, el pelo revuelto, como en los nudos sagrados llamados jata, el cuerpo fibroso, la pose ardua, los ojos ardientes. Semejante a Shiva, el dios que caminaba inclinado y ascético sobre los rescoldos vivos de los cadáveres que arden en las riberas del Ganga. Toledo emerge en la foto con el estómago cóncavo. Como la frente de Shiva, untada con grasa y blanca ceniza, vemos la de Toledo, el ceño fruncido, la mirada interrogante que se vuelve sobre sí misma. He aquí a un Francisco Toledo que nos muestra los pies blancos, el cuerpo de cobre, los muslos tendinosos. Así, en esa sinceridad casi brutal encontraremos las respuestas, lejos de la pintura que sólo busca la belleza y omite la humanidad del cuerpo. Como Goya o Velázquez, como Beckmann o Ensor, Toledo busca el alma que enciende la porción de carne y sangre que pinta, que respira, que queda, como en un herético Lienzo de Turín, trazada con la piel como instrumento y superficie. Forman los autorretratos de Francisco Toledo parte de una vertiginosa tradición milenaria, desde luego: un ancho rio de muchos siglos. En esa tradición, no se trata nada más de imágenes pintadas por los artistas plásticos. También hay una rica tradición de autorretratos literarios. Y con éstos, literarios, los autorretratos visibles coexisten de una manera incitadora de la reflexión. Este texto se publicó el 8 de septiembre de 2019 en la edición 2236 de la revista Proceso.

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