Toledo vive

sábado, 14 de septiembre de 2019
Artista prolífico, defensor de la cultura y del maíz, incansable luchador social, Francisco Benjamín López Toledo partió el jueves 5 en la ciudad de Oaxaca, donde residía, si bien nació en Juchitán en 1940. Desde hace varios años era nuestro creador contemporáneo más reconocido en el mundo. La tristeza en México es grande. Las páginas siguientes recogen materiales que lo sitúan, lo describen, lo significan. La siguiente entrevista, originalmente titulada “Francisco Toledo: El arte le abre mundos a la gente”, se realizó para el volumen México: Su apuesta por la cultura (El siglo XX. Testimonios desde el presente), que Proceso publicó en 2003 en coedición con Grijalbo y la UNAM. OAXACA, Oax. (Proceso).- Desde la tarde septembrina de Oaxaca, año 2000, antes de intentar partir a su exilio artístico en California, Francisco Toledo mira el siglo que pasó: “Lo más relevante es el muralismo. A mí me parece que es un movimiento único, muy importante con aportes no solamente para la pintura. Creó un entusiasmo que no se ha vuelto a repetir. Fue un buen momento en cuanto a la cantidad de pintores talentosos que aparecieron, y claro que no todos tenían la vocación de muralistas; pero pintores como Frida o como Francisco Gutiérrez, el mismo Tamayo, Mérida… Todos ellos que crecieron alrededor del muralismo, o que tuvieron en algún momento dado contactos con muralistas. Pienso que es el mejor momento que ha vivido México en este siglo.” Con el reportero en el Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca, el IAGO, Toledo prepara uno de sus jardines públicos y una exposición de collages con viejas fotos pornográficas danesas. –¿Qué legado dieron los muralistas a las nuevas generaciones? –Creo que los muralistas hicieron muy buena pintura, y luego, el mensaje, todo este afán de enseñanza, una suerte de catequización que fue importante. Porque de alguna manera en las escuelas hubo murales, en iglesias, en los conventos abandonados, en los palacios municipales, en fin… Sin hablar de la calidad; nada más hablando de cómo hubo un arte público que llegó al público. Esto creo que fue muy importante y claro, ahí hay de todo: malo, regular y bueno; pero yo creo que crearon una efervescencia que se extendió por toda América Latina, incluso en Estados Unidos. Esa influencia que ha tenido México en todo el continente nunca se ha vuelto a dar. –Cuando hablamos del arte tras la Revolución Mexicana y el arte público, ¿dónde ubica su trabajo? Toledo suspira y responde con su voz queda, delgada: “Como obviamente estoy negado para los murales, pues nunca intenté nada. Abandoné alguno, pero realmente no estaba concebido como mural, porque fueron haciéndose pequeños fragmentos de la totalidad de un muro, o sea que nunca se pensó en una totalidad; más bien fueron ensayos a nivel de cuadros pequeños que después se fueron uniendo. “Usted sabe que estoy propuesto para hacer el mural en el Palacio de Bellas Artes en México y no he podido con el proyecto. Incluso tengo ya las telas y el material que se debió haber usado para realizar estos murales y no puedo; son medidas que necesita uno: andamios,­ escaleras, ayudantes,­ gente que le pase a uno los colores. Hay gente que trabaja muy bien en equipo y hay otros que no pueden­ trabajar en equipo. Yo soy de los que me cuesta mucho trabajo tener gente cerca. “A mi trabajo no le veo por ningún lado lo revolucionario; es público en tanto que en las galerías se exhibe o que en algún museo está en exhibición; de lo contrario, casi toda la obra está destinada a coleccionistas y ya. Ni una cosa ni otra. Claro, por otro lado he trabajado mucho el arte gráfico, que es público en el sentido de que tiene una difusión más fácil, y puedo hacer simultáneamente 20 exposiciones, de hecho hemos organizado con el Instituto Oaxaqueño de Cultura exposiciones que giran por el estado, en casas de cultura, en municipios.” –Es interesante que mencione la gráfica. –La gráfica es un medio de difusión y de hecho el Taller de la Gráfica Popular así lo entendió. Usted sabe toda la carga política que tenía, es más: creo que el taller nació alrededor de una idea política, de una ideología, de apoyar las huelgas, a los maestros, más que como una difusión del grabado como tal. “Y en algunos casos, de apoyar también a los políticos que, ahí sí, es un pecado (ríe) de parte del Taller de la Gráfica Popular, como lo fue exaltar la figura de Adolfo López Mateos, ahí sí no se me hace… Pero ahí ya estaban al final de su ciclo, no eran los buenos tiempos. A mí me interesó mucho cuando llegué a Oaxaca. De hecho tuve a un maestro de la gráfica popular en Oaxaca que me enseñó el linóleo: Arturo García Bustos, aunque por las ideas era un tanto difícil la relación. Yo deserté muy rápido de su taller; pero cuando me fui a México a estudiar, me acerqué nuevamente al Taller de la Gráfica Popular porque quería ver de cerca cómo funcionaba. Y bueno, es admirable lo que hicieron también, como difusión de una técnica, como la presencia de un arte con sus limitaciones formales. Pero también es una preocupación loable.” –¿Qué le pareció la gráfica del 68? –De alguna manera es la continuación de lo del Taller de la Gráfica Popular y en ese sentido lo veo bien, como un grito de protesta, como un participar en lo que está sucediendo políticamente en el momento. Claro, ya la parte digamos artesanal o artística es limitada. Como lo que también le pasa muchas veces al Taller de la Gráfica. –Y al arte político en general, ¿verdad? –No en general, porque hay algunos de los murales de Siqueiros muy buenos como arte y quién sabe políticamente qué efecto hayan tenido. O si lo sigan teniendo. Yo diría que en algunos artistas se conjugan muy bien la ideología y la factura del mural. En Rivera, o en Orozco, hay algunos casos en que sí armonizan las dos cosas. En la Secretaría de Educación Pública, lo que hay en ese edificio de Rivera, son muchos fragmentos maravillosos de pintura. Y al mismo tiempo como hombre que se compadece, como hombre que está viendo el sufrir del campesino, en fin… “Cuando llegué por primera vez a México en 1957, 1958, fui como a los lugares santos en peregrinación: la SEP, el Hospital de Jesús… Y claro, veía la pintura y creía entenderla; pero me fascinaba también la parte ideológica, la parte humanista, el mensaje.” –¿Qué es lo fundamental para usted como artista ante el mercado? Toledo está vestido con mantas blancas y tiene las manos llenas de color: –Yo, para no sentirme tan mal de ser un capitalista, de ser un hacedor de dinero, lo gasto en instituciones que se abren a los jóvenes que no tienen posibilidades de viajar para ver exposiciones o tener libros. Esto que usted ve aquí, el cine, el centro fotográfico, todo está hecho un poco para pagar culpas, por el interés que tengo por la difusión. Esto me lo permite en parte el dinero que he tenido con este mercado, de todo esto que se mueve alrededor de un artista con éxito. He puesto casi todo para tener esto. Y no tengo que olvidar que el Estado ha apoyado los proyectos que he propuesto. Solo no podría. “Pero creo que Oaxaca en los últimos 10 años, y no sólo por mí, sino por Rodolfo Morales, se han abierto muchas posibilidades para los jóvenes en cuanto a galerías, museos, bibliotecas, lugares donde estar, ver buen cine. Esto se ha dado por este comercio que hemos hecho los pintores. Comenzamos en Juchitán hace 25 años con la Casa de la Cultura; desgraciadamente no he vuelto más en estos tiempos; tuve mis problemas pero ya es una historia vieja, que nos atacaron. La situación ha cambiado ya y al mismo tiempo todos mis familiares que vivían y a los que apresaron, han muerto: mi padre, mi madre, las tías, casi todos. Entonces, ir a Juchitán es un poco ir a un lugar donde no encontraría ni un lugar dónde alojarme. Pero no está dicho que no volveré.” –¿Puede el arte transformar la sociedad? –No sé. Creo que el arte enriquece a la gente. Da, le abre mundos; cambiar en el sentido de que nos haga mejores el arte, ahí sí no creo, no sé… Pero bueno, creo que el que haya bibliotecas, exposiciones, conciertos, poesía, todo esto enriquece a la gente y es bueno para la gente sensible… –¿Es ahora Oaxaca importante para las artes plásticas? –Como pintores muralistas no hubo muchos; excepto Tamayo, que nunca dio el ancho en el mural. Sus murales son flojos. Pero no hay que hablar mal de los maestros... Su pintura de caballete es extraordinaria, una maravilla. “Aparte de Tamayo, vinieron las generaciones de Nieto, un poco me incluyo, Morales, Sergio Hernández, Zárate… Creo que hay algo, esperemos que den más; los más jóvenes, ahora: Sergio, Olguín, deben tener entre 30 y 40 años, creo que tienen tiempo para aportar más, madurar, qué sé yo.” –¿Cómo se ubica usted a fin de siglo y comienzos de otro? –No sé, a veces se nos ha ubicado a las gentes que nos desarrollamos en los años sesenta como una generación de ruptura; pero yo no me considero realmente, porque cuando se creó este grupo y se empezó a hablar de él yo estaba en París. “Posteriormente, cuando regresé a México, me fui a Juchitán a vivir; entonces yo realmente participé muy poco y nunca sentí la necesidad de romper con nada. Nunca sentí de cerca la tiranía de los muralistas, ni un peso de las generaciones que me precedieron como dueñas de un mercado o dueñas de una situación cultural. Me fue ajeno todo ese movimiento. Entonces, bueno… Soy una generación pues a lo mejor de ruptura aunque no quiera.” –Actualmente con el performance y las instalaciones, ¿dónde se ubica Toledo? –Yo creo que yo no me puedo poner al día, porque soy un artista tradicional en el sentido de que trabajo sobre el papel, sobre la tela y todos los materiales tradicionales del artista con las técnicas de hace 400 o 500 años... He intentado tal vez algo que me acerca a los jóvenes, meterme a diseñar algún jardín, como el caso del Pochote, que se inaugura pronto acá en Oaxaca. No sé si esto sea un movimiento o una clasificación, que le llaman land-art, no sé si lo que hice allí entra en esta categoría; pero también, bueno, de algún modo es algo arquitectónico, si es paisaje o arquitectura de paisaje, no sé cómo se le llame; pero de todos modos no es mi preocupación tampoco ponerme al día ni acercarme a los jóvenes. Como quiera que sea tengo mi ámbito limitado y ahí me quedo. No me queda otra. Soy resignado en el sentido de pues ya: donde estoy, estoy. No estoy en edad de hacer desfiguros. Me pesan mis 60 años; la espalda, mucho.” –Raquel Tibol decía que usted ha abandonado su internacionalización. –Hago, lo que pasa es que es en forma esporádica, no muy ordenada, lo que pasa es que no ha habido mucha obra y he tratado de buscar otros materiales que no sean el óleo o la acuarela. Voy con otros materiales, como lo que es la mica, porque Oaxaca fue un gran productor de mica desde los tiempos prehispánicos y es un material muy bello. En Monte Albán había grandes pisos y en Teotihuacán también, parece ser que Oaxaca exportaba esta mica a los valles de México; sí se ha visto para qué la usaban, por ejemplo, en algunas urnas les ponían los ojos de mica o algunas cosas, en adornos de las urnas teotihuacanas hay restos de mica. Y como la mica aguanta la entrada al fuego, no se derrite, se podía poner la mica, cocer la pieza y la mica quedaba. –En los próximos años, ¿qué será de Toledo? –Ay, ay, ay… Quiero imaginar, pero con esta espalda... Yo quisiera que viniera mucho trabajo y estar yo más concentrado en lo mío; para eso tendría que aislarme y, bueno: en esos años voy a tratar de salirme de Oaxaca. Si es que puedo. Este texto se publicó el 8 de septiembre de 2019 en la edición 2236 de la revista Proceso

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