Greta, la voz de la crisis ambiental

domingo, 29 de septiembre de 2019
NUEVA YORK (Proceso).- Greta Thunberg, una sueca de 16 años, se ha convertido en la más poderosa voz del movimiento internacional contra la crisis climática. Thunberg canalizó la angustia de millones de personas ante la inacción de la clase política mediante una protesta solitaria iniciada hace un año frente al Parlamento sueco, en la que sostuvo todos los días, y luego sólo los viernes, un cartel: “Huelga escolar por el clima”. Así originó un movimiento mundial. “El activismo funciona”, afirmó Thunberg el lunes 16, cuando recibió en esta ciudad el premio Embajadora de Conciencia 2019 de Amnistía Internacional (AI). “Por eso ahora les pido que actúen, porque nadie es demasiado pequeño para ser parte del cambio.” Este galardón, máximo reconocimiento a luchadores civiles excepcionales otorgado por AI, coloca a Thunberg al lado del expresidente sudafricano Nelson Mandela, la activista paquistaní Malala Yousafzai y el artista chino disidente Ai Weiwei. “Greta Thunberg es una de las grandes contadoras de verdades, de este o de cualquier otro momento en la historia”, escribió la activista y periodista Naomi Klein, quien la describió además como “una voz profética, que ha llevado la urgencia existencial de la crisis al corazón del poder”. Tras llegar a finales de agosto a Nueva York, a bordo de un velero impulsado por paneles solares, Thunberg viajó a Washington­ para participar en una protesta frente a la Casa Blanca a fin de subrayar la urgencia que supone el cambio climático, un fenómeno que el presidente Donald Trump ha calificado de “farsa”. El viernes 20 Thunberg encabezó una gran manifestación en Nueva York, replicada en más de un centenar de países. Un día más tarde tomó parte en la Cumbre de la Juventud sobre el Clima en la ONU, que precede a la Cumbre sobre la Acción Climática. El activismo de Thunberg se ha caracterizado no sólo por su persistencia –sus protestas de cada viernes desde el verano de 2018–, sino por la precisión de su mensaje. Cada uno de sus discursos es revisado por uno o varios científicos dedicados al cambio climático, quienes sugieren ajustes. En la vela del velero propulsado por paneles solares que la trajo a Nueva York, Thunberg dispuso rotular: “Unámonos en respaldo a la ciencia”. Ante la periodista Amy Goodman insistió: “No soy a quien deberíamos estar escuchando. Y lo digo todo el tiempo. Necesitamos escuchar a los científicos”. Ese rigor en su discurso le ha abierto las puertas ante medios de comunicación, grupos de la sociedad civil y líderes mundiales, aunque han sido sus críticas a los poderosos, a quienes recrimina su pasividad ante la catástrofe inminente, las que la han convertido en una celebridad internacional. En el Foro Económico Mundial de Davos respondió ante los elogios de la élite global: “No quiero su esperanza. Quiero que entren en pánico. Quiero que sientan el miedo que siento todos los días. Quiero que actúen. Quiero que actúen como lo harían en una crisis. Quiero que actúen como si la casa estuviera en llamas, porque así es.” Ante esa misma audiencia añadió que no es de todos la culpa de la crisis climática. “Hay culpables: algunas personas, empresas y tomadores de decisiones, que saben el enorme precio que debemos sacrificar para que hagan una inimaginable cantidad de dinero. Y creo que muchos de ustedes pertenecen a esa clase de gente”. La contundencia de Thunberg coincide con el cataclismo que ahora mismo afecta de manera profunda la biosfera. De acuerdo con el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático, la inacción ante esta crisis provocará en una década consecuencias desastrosas para la humanidad y para todos los sistemas naturales. Usando su superpoder Las protestas de Thunberg no fueron una ocurrencia, sino el resultado de un doloroso aprendizaje marcado por el síndrome de Asperger, un trastorno dentro del espectro autista que provoca resistencia al cambio, inflexibilidad de pensamiento e intereses muy delimitados y absorbentes. Thunberg se enteró del cambio climático a los siete u ocho años; a los 10 se había informado profundamente al respecto y a los 12 ya participaba en movimientos ecologistas. Su condición le permitía concentrarse en el tema y digerir compleja información científica. No ha rehuido hablar de su autismo, al que considera un “superpoder” que la ha situado como una especie de vidente capaz de contemplar lo que el resto del mundo se ha negado a aceptar. El síndrome de Asperger “fue una de las razones por las cuales reaccioné así a la crisis climática, porque no podía comprender cómo es que la gente seguía actuando como siempre mientras decía: ‘Sí, el cambio climático es muy importante’. No entiendo esa doble moral”, afirmó. Antes de concebir las protestas, Thunberg sufrió una severa depresión que le provocó “mutismo selectivo”, además de que dejó de alimentarse, lo que le causó una dramática pérdida de peso. Ahora, Thunberg no sólo es la voz del movimiento contra la crisis climática, es también el modelo de un estilo de vida radicalmente contemporáneo. Evita los aviones por la contaminación que provocan; sigue una dieta sin ningún componente animal; y rechaza comprar artículos nuevos, como prendas de vestir, a menos de que sea absolutamente necesario. Al principio, esas restricciones contrariaban a su familia y dificultaban sus planes de vacaciones. Actualmente, la familia trata de seguir también un régimen de vida con mínimo impacto ambiental. “Los convencí. Los hice sentir culpables, primero a mi mamá, luego a mi papá y ahora también a mi hermana”. Thunberg se ha erigido como la representante de una nueva estirpe, de una generación cansada de la hipocresía y los dobles discursos. En Polonia, frente a líderes mundiales, reclamó: “Dicen que quieren a sus hijos más que a nada en el mundo, pero frente a sus ojos ustedes mismos les están robando el futuro”. Este texto se publicó el 22 de septiembre de 2019 en la edición 2238 de la revista Proceso

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