La resistencia contra Hitler, otra herida abierta en Alemania

sábado, 7 de septiembre de 2019
El tema aún incomoda a los alemanes a tal grado que poco o no nada celebran el 20 de julio, día de la Resistencia Alemana. A propósito del 80 aniversario de la invasión nazi a Polonia, Proceso hace una breve reseña sobre los personajes y sus movimientos que intentaron frenar a Adolfo Hitler y que todavía son vistos, por ciertos sectores, como “traidores, débiles y oportunistas”. Sin embargo, para Johannes Tuchel, director del Museo de la Resistencia Alemana, “cualquiera que haya actuado contra la tiranía nacionalsocialista merece nuestro recuerdo”. BERLÍN (Proceso).– Con la suficiente sangre fría que ameritaba el momento, el coronel Claus Schenk Graf von Stauffenberg colocó a unos metros de Adolfo Hitler el portafolio que contenía el artefacto explosivo, lo puso debajo de la mesa donde se ubicaban los mapas con las estrategias de combate. La reunión en la Guarida del Lobo, como se conocía al cuartel militar del líder nazi ubicado en la antigua Prusia oriental –hoy Polonia–, había comenzado con algunos imprevistos que por algún momento hicieron pensar al conspirador que tendría que abortar el plan por tercera vez. Pero no fue así. Iniciada la junta y con el explosivo activado, Stauffenberg buscó un pretexto para abandonar la sala. Se dirigió al auto en el que su chofer ya lo esperaba y se alejó con calma. Alcanzó a ver y escuchar la detonación que –estaba seguro– había matado al dictador. Eran las 13:00 horas del 20 de julio de 1944. El atentado contra Hitler, organizado por miembros del ejército alemán, buscó desmantelar al régimen nacionalsocialista para poner fin a la guerra y rescatar a Alemania del precipicio. Los militares encabezados por el Stauffenberg apostaron a que una vez muerto Hitler, el ejército tomaría las riendas del país apoyándose en la denominada “Operación Valquiria”, un plan secreto elaborado en el Alto Mando del Ejército de Tierra, con el objetivo de sofocar posibles levantamientos y disturbios. Pero el plan falló: Hitler resultó con heridas leves; el saldo fue de cuatro muertos y 20 lesionados que se encontraban en la sala de juntas en la Guarida del Lobo. Tras horas de incertidumbre y confusión, los golpistas no lograron imponerse y Hitler y los suyos tomaron el control de la situación. La madrugada del 21 de julio los coroneles Claus Schenk Graf von Stauffenberg y Albrecht Ritter Mertz von ­Quirnheim, así como el teniente Werner von Haften fueron ejecutados. Se les señaló como cabezas del intento de asesinato y golpe de Estado contra el Fuhrer. En los días posteriores, la Gestapo –la policía secreta nazi– detuvo a cerca de 600 personas sospechosas de haber participado en el ataque. El Tribunal del Pueblo condenó a una centena de detenidos a la pena de muerte y fueron ejecutados. La oposición En el calendario de las efemérides alemanas, el día de la Resistencia Alemana (el 20 de julio) ha sido subestimado y poco entendido. Durante los años inmediatos de la posguerra, el atentado fallido y sus orquestadores fueron sinónimo de traición, debilidad y oportunismo para la mayoría de la población. Con el tiempo, los gobiernos de la República Federal Alemana han logrado revertir la percepción del suceso y dotar a sus protagonistas de un halo de heroísmo y reconocimiento por su valor de enfrentar a la dictadura. Hasta hoy, el tema causa polémica y no sólo carga con una connotación dudosa, sino que también ha comenzado a ser instrumentalizado por el creciente movimiento de extrema derecha que se expande por el país. “(Para entender la controversia sobre el tema) hay que recordar que entre 1933 y 1945 la mayoría de los alemanes siguieron a la dictadura nacionalsocialista con complacencia y convencimiento. “Por lo tanto, en el periodo posterior a 1945 la resistencia contra el nacionalsocialismo fue percibida por muchos como una traición. Esto causó largas discusiones sobre la justificación de la resistencia contra una dictadura totalitaria”, explica en entrevista con Proceso Johannes Tuchel, director del Museo de la Resistencia Alemana, en Berlín. Además, dentro de la oposición que enfrentó a Hitler no todos eran demócratas. Muchos eran conservadores e, incluso, nacionalistas, como refirió en 2013 el periodista y teórico Karl Heinz Bohrer. Incluso, numerosos militares de alto rango compartían el proyecto político de Hitler esbozado en 1933, de acabar con el marxismo, de tener un gobierno con rigor autoritario y conquistar un nuevo espacio vital en el este para germanizarlo. Muchos otros fueron omisos ante los crímenes cometidos contra los judíos, de los cuales se sabía. No eran, pues, opositores de conciencia. Tuchel señala al respecto: “Entre los implicados en el intento de golpe de Estado del 20 de julio de 1944 había un amplio espectro de opiniones políticas: desde socialistas y socialdemócratas, por un lado, hasta conservadores y conservadores nacionales, por el otro. “Es cierto que al principio muchos conservadores subestimaron el peligro del gobierno de Hitler y estaban bastante convencidos de su política. Sin embargo, cambiaron su rumbo político y en 1943-1944 se volvieron consistentemente contra la dictadura nacionalsocialista. Algunos oficiales también sabían de los crímenes violentos cometidos por los nacionalsocialistas o, incluso, estaban involucrados en ellos… y también se volvieron contra Hitler. “Lo interesante y positivo –agrega el también politólogo y miembro de la Asociación contra el Olvido por la Democracia– es que hoy es posible hablar abiertamente sobre esto, es decir, sobre los distintos caminos de la resistencia.” El propio Tuchel ha señalado dentro del debate cómo el tema de la resistencia alemana resulta por demás incómodo para muchos alemanes; demostró que sí existían alternativas políticas de acción, incluso, bajo las duras condiciones de la dictadura. La Rosa Blanca El volante fue titulado Llamado a todos los alemanes. En él se leía: “La guerra está llegando a un final seguro (…) Con certeza matemática, Hitler conduce al pueblo alemán al abismo. No puede ganar la guerra, sólo prolongarla. La culpa de él y de sus cómplices ha excedido cualquier medida. El castigo justo se acerca cada vez más (…) Pero ¿qué hace el pueblo alemán? No ve ni escucha. Ciego, sigue a sus seductores hasta la perdición”. El panfleto de dos hojas, escrito a máquina y fotocopiado con un tiraje que alcanzó los 9 mil ejemplares, continuaba así: “Alemanes, ¿quieren que ustedes y sus hijos sufran el mismo destino de los judíos? ¿Quieren ser medidos con la misma vara con la que serán medidos sus seductores? ¿Seremos eternamente el pueblo odiado y proscrito? ¡No! ¡Sepárense de la subhumanidad nacionalsocialista! ¡Demuestren con hechos que piensan distinto! ¡Rompan el manto de indiferencia que rodea su corazón y defínanse antes de que sea demasiado tarde!”. Era enero de 1943 y el escrito fue el quinto de un total de seis volantes que un grupo de jóvenes, bajo el liderazgo de Hans Scholl y Alexander Schmorell, alumnos de la Universidad de Múnich, se propuso difundir a la opinión pública; en ellos llamaban a oponer resistencia contra la dictadura nazi. También denunciaban los crímenes y las ejecuciones masivas contra los judíos. A partir del verano de 1942 el grupo que se autonombró la Rosa Blanca –cuya historia saltó a la fama en 2005, gracias a la película Sophie Scholl: los último días– comenzó a reunirse para discutir cuestiones del nuevo orden político. Pese a que Hans Scholl y su hermana, Sophie, fueron entusiastas miembros de las juventudes de Hitler al inicio del régimen, no pasó mucho tiempo para que se dieran cuenta de lo torcido del sistema. Junto a Schmorell, Willi Graf y el profesor Kurt Huber formaron un grupo compacto que procedió a la acción. La célula logró establecer conexiones en otras ciudades y gracias a ello es posible que sus folletos llegaran, además de Múnich, a Augsburg, Stuttgart, Frankfurt y a las ciudades austriacas de Salzburg, Linz y Viena. El 18 de febrero de 1943, cuando los hermanos Scholl distribuían el sexto volante en la Universidad de Múnich, el conserje de la institución los sorprendió, la Gestapo los aprehendió y fueron ejecutados cuatro días después. La Orquesta Roja Desde 1940, hombres y mujeres procedentes de diferentes clases sociales, tradiciones y valores morales confluyeron en las ciudades de Berlín, Múnich y en la finca de Kreisau en la región de Silesia, hoy Polonia. Convocados por Helmut James Graf von Moltke y Peter Graf Yorck von Wartenburg discutían y buscaban elaborar las bases del nuevo orden espiritual, político y social, una vez que cayera el Tercer Reich. El Círculo de Kreisau, como los bautizo la Gestapo, influyó intelectualmente en muchos de los opositores que posteriormente pasaron a la acción, incluidos aquellos que se unieron a la conjura para atentar contra Hitler. En 1944 muchos de los miembros del grupo fueron detenidos y condenados a muerte por su vinculación al intento de golpe de Estado. Desde mediados de los años 30, amigos y conocidos en torno a Arvid Harnack, alto funcionario en el Ministerio de Economía del Reich, y Harro Schulze-Boysen, empleado del Ministerio del Aire, formaron círculos de debate y reflexión sobre los temas actuales. Para 1940 se había conformado una red de siete grupos de resistencia berlinesa, compuesta por más de 150 opositores con orígenes sociales y políticos muy diversos. Su trabajo no se redujo a la discusión intelectual, también prestaron auxilio a los perseguidos, documentaron los actos atroces del régimen y se aventuraron a imprimir volantes y pasquines para dirigirse a la opinión pública. Harnack y Schulze-Boysen, incluso, entregaron información militar a la Unión Soviética. En el verano de 1942 la Gestapo descubrió la organización. La investigó y bautizó con el nombre de Orquesta Roja, intentando desacreditar al grupo y reducirlo a una organización de espionaje de la Unión Soviética. Cerca de 50 miembros fueron enjuiciados por el Tribunal del Pueblo y condenados a muerte. –En retrospectiva, y concediendo incluso a quienes acusan a los conspiradores de carecer de argumentos y objetivos democráticos y humanísticos para derrocar a Hitler, ¿la resistencia pierde valor o pasa a segundo plano la autenticidad de sus motivos? –Cualquiera que haya actuado contra la tiranía nacionalsocialista merece nuestro recuerdo. Aunque también siempre es necesario tener en cuenta el margen de maniobra y las posibilidades que cada uno de ellos tuvo, y cómo las utilizaron –dice Tuchel. Concluye: “Con ello obtenemos una imagen muy diferenciada de la resistencia que, como la realidad histórica, no puede estar exenta de contradicciones: qué hizo cada individuo, cómo se comportó, cuánto tiempo apoyó al nacionalsocialismo, por qué se alejó y qué hizo después. Y tales cuestiones aplican tanto para hombres como para mujeres”. Este reportaje se publicó el 1 de septiembre de 2019 en la edición 2235 de la revista Proceso

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