Revista Proceso

¿Qué hacer con Chapultepec?

La arquitectura está siendo anulada en la obra gubernamental, no se aprecian sus productos, no aparece en ninguna política pública ni en ningún propósito de transparencia e información, a los que tenemos derecho.

Pionero del ecologismo en México con Pro-Habitat que fundó a principios de los setenta en Guadalajara, su ciudad natal, el autor de estas reflexiones en torno al controvertido proyecto oficial Bosque de Chapultepec: Naturaleza y Cultura –que encabeza el artista Gabriel Orozco–, es arquitecto, escultor y urbanista. Debido a su experimentada trayectoria, a su postura crítica y a su amor por Chapultepec, Proceso le solicitó este artículo que tituló “Por la ciudad, por la naturaleza, por la arquitectura”.

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).– Es evidente que varios funcionarios actuales, tanto federales como de la Ciudad de México, comparten la extendida creencia de que los arquitectos somos unos artículos de lujo al servicio de los ricos, unos elitistas pedantes, costosos y prescindibles. Muy tristemente, esa visión no es del todo falsa: abundan mis colegas que cumplen cabalmente con el estereotipo; el maestro Ignacio Díaz Morales los llamaba “petimetres petulantes”, y eso suelen ser. 

Pero ni lo son todos el día de hoy ni fue siempre el caso en el pasado reciente, sino al contrario: precisamente, una de las glorias de nuestra arquitectura del último siglo han sido las grandes causas sociales que encabezó, para dotar a este país de una infraestructura al servicio de todos, hasta en los rincones más apartados: la infraestructura de salud, la escolar, las de comunicaciones y vivienda popular, entre otras varias. Una verdadera arquitectura que resolvía problemas ingentes y apremiantes, y aportaba además sólidos valores culturales. Sus logros fueron parciales, pero así es todo en la vida.

Aquel impulso del Estado se apagó, y muchos arquitectos se refugiaron cada vez más en la práctica privada, dejando al grueso de la sociedad sin sus servicios y lastimando seriamente su calidad de vida. Pero una vez más, no fueron todos: aquellos dedicados a la planeación regional, al urbanismo, al paisajismo y a asuntos como la vivienda autoconstruida –todos ellos, parte de la arquitectura–, o simplemente los que trabajan seria y responsablemente, alejados de la “arquitectura espectáculo” que sólo puede ser pagada por el rey Midas, cumplen una fundamental labor social. 

Aprender a hacer arquitectura y asumir un compromiso con sus valores –siempre encabezados por el “valor social”, según nos enseñaron aunque pocos lo aprendieron: no son muchos los arquitectos que creen en la arquitectura– es una tarea difícil que requiere un arduo y largo entrenamiento escolar y práctico, una estricta y permanente disciplina interior, una militancia ciudadana a través del ejercicio honesto y comprometido de un oficio noble. Hacer ciudad, hacer arquitectura, resolver los infinitos problemas individuales de millones de personas de carne y hueso, preservar y mejorar el medio ambiente, crear identidad colectiva, no es una tarea que pueda improvisarse.

Pero es claro que, para las personas que he citado, todo lo que digo es pura palabrería. La arquitectura está siendo anulada en la obra gubernamental, no se aprecian sus productos, no aparece en ninguna política pública ni en ningún propósito de transparencia e información, a los que tenemos derecho. ¿Alguien de nosotros sabe quién o quiénes están proyectando el aeropuerto Felipe Ángeles, por citar un solo ejemplo? Espero que no sea algún ingeniero militar, pero no me parecería imposible siguiendo los criterios actuales. 

Y así, cuando se proyecta la obra cumbre sexenal de planeación, urbanismo, rescate ambiental, paisajismo y otras cosas (claro que todo hecho en la Ciudad de México, pues el centralismo quiere estar en su apogeo), le encargan dirigir esa gran empresa a un diletante en los campos mencionados. Yo he seguido la carrera y la obra de Gabriel Orozco durante décadas, pues me importa y me resulta casi siempre interesante. Pero como sucede con todos, su talento no sirve para cualquier cosa, y pienso que fue un error de sus clientes el habérselo pedido, y suyo el haberlo aceptado. Además, fue una injuria para el gremio al que pertenezco y los muchos profesionales verdaderamente calificados que tenemos en este país, aunque no estén a la moda.

Hace pocos días, se celebró una ­reunión entre la Secretaría de Cultura, el INBAL y “representantes de la comunidad artística” para hablar del tema. De entrada, ¿quién otorgó a esas personas la representatividad que ostentaron? ¿Cómo fueron seleccionados, y por quién? Todo parece hecho a la medida oficial y, una vez más, entre ellas no había ningún urbanista ni arquitecto: ¿es que el INBAL olvidó que la arquitectura es una de las bellas artes?

Me preocupa que, en las muchas entrevistas que le han hecho a Gabriel Orozco, repita constantemente la palabra “cultural”. Un parque no es eso, y menos lo es un bosque. Se está prolongando el arraigado y pernicioso criterio que mira los espacios verdes de las ciudades como meros terrenos de reserva, de los que se echa mano para construir en ellos toda clase de cosas. La gran mancha urbana de la capital necesita vitalmente de áreas verdes, sitios de esparcimiento y recreación, oasis de reposo físico y mental alejados de los ruidos y las imágenes de la urbe, de propiciar una convivencia que fortalezca el tejido social y el sentido de pertenencia, no de nuevos museos cuyo destino se inventa muy forzadamente porque no hacen falta alguna, y cuya precariedad, como tantas voces lúcidas han insistido, será igual o mayor que la de aquellos que existen actualmente.

Y luego, el asunto del dinero: digamos que el horno no está para bollos. A México lo agobian mil problemas, se anuncia que, económicamente, el año próximo será el peor en un siglo, se agotaron los “colchones” monetarios que existían para enfrentar emergencias, y las necesidades de la comunidad son interminables. Un gasto descabellado no puede hacerse con el tan escaso dinero de todos; se sigue actuando de espaldas a la dura y muy triste realidad. 

¿Qué hacer con Chapultepec? Desde mi punto de vista, la Primera Sección debe ser declarada monumento histórico, cultural y ambiental, volverse intocable, y por lo tanto no admitir en ella ninguna modificación y ninguna adición, salvo en casos de necesidad absoluta y con criterios bien establecidos: ¡ya dejen en paz a esa zona del bosque, en la que a todos les gusta lucirse!

En cuanto a las otras tres, su condición difiere grandemente: mientras el interior de la segunda se encuentra en estado aceptable, la tercera está abandonada y carece de cualquier atractivo, y la cuarta simplemente no existe. Creo que todos coincidimos en que el enorme problema que hay que resolver en estas extensas superficies, es romper su aislamiento y ligarlas eficaz, segura y fácilmente con la ciudad, y en que eso probablemente implica realizar modificaciones sustanciales de la avenida Constituyentes y la vialidad general de la zona, entre otras acciones de interconexión: hagámoslo sin dudar y de la mejor manera.

Aunque puedo decir que no conozco la futura Sección Cuatro, entiendo que hay en ella varias construcciones (especialmente militares) que deben desaparecer o cumplir otras funciones, según el caso. Pero los dos últimos tramos del Bosque de Chapultepec tienen otro gran problema en común: la degradación del suelo, que se ha erosionado durante siglos y prácticamente carece de tierra fértil. No es fácil reinstalar a la naturaleza en tales condiciones: será un proceso lento que excederá con mucho lo que resta del sexenio, y habrá que sustituir los predominantes eucaliptos, que sólo agravan las cosas, por especies vegetales que no sean agresivas con el medio ambiente y resistan la escasez de nutrientes del suelo; pero, con paciencia y conocimiento, nada de esto es imposible, contando además con un óptimo diseño del paisaje.

¿Cuánto costaría una obra así, una vez descartadas las “banalidades” que mencionó el pintor Luis Zárate en su carta que publicó Proceso? El Bosque de Chapultepec es eso: un bosque del que ya se ha abusado muchísimo, no una “obra de arte público”. Es un espacio de la naturaleza dentro de la ciudad, que debe contar, mesuradamente, con instalaciones de recreación, ejercicio físico, cultura y otros muchos servicios, y desde luego con obras de arte, que lo complementen sin protagonismos excesivos.

La naturaleza debe ser parte de toda cultura, y el no tenerla ha sido una de las tragedias de México. Enseñar a valorarla es una labor civilizatoria en la que tenemos que avanzar. No existe ningún antagonismo entre ella y la cultura, en su sentido amplio, siempre que ambas ocupen el lugar que les corresponde en cada caso. Esto sería el “qué” hacer, en mi opinión. El “cómo”, debería ser resuelto por un amplio equipo multidisciplinario de técnicos y creadores muy diversos, los mejores que puedan encontrarse (no necesariamente los más afamados), en el que, por supuesto, habría lugar para los artistas conceptuales y multidisciplinarios, y hasta para los poetas.

No sé cuál sería el costo de algo como lo que muy someramente planteo, pero seguramente una fracción no muy grande de los desproporcionados presupuestos que se manejan ahora. Esa sería una obra de servicio: ¿o es que se pretende hacer uno más de los megaproyectos sexenales que se conciben como monumentos al régimen? ¿Será imposible pedir que se haga una adecuada jerarquización de las prioridades del país y se actúe de acuerdo a ellas?

La sensatez, la imaginación y la “austeridad republicana” tienen la palabra.

Reportaje publicado el 18 de diciembre en la edición 2294 de la revista Proceso.