Revista Proceso

Diplomacia cultural, dura herencia para la 4T

El periodista Eduardo Cruz Vázquez reflexiona sobre el reto del nuevo gobierno de crear su política exterior en la materia, condicionado por tres factores: la austeridad, la pandemia y un sólido modelo postrevolucionario
sábado, 31 de octubre de 2020

El periodista, exagregado cultural y director del Grupo de Economía y Cultura (Grecu), Eduardo Cruz Vázquez, compila en el libro Diplomacia cultural, la vida textos de la experiencia de 23 autores, en un intento por plasmar por vez primera el ejercicio de esa actividad en México. En entrevista, reflexiona sobre el reto del nuevo gobierno de crear su política exterior en la materia, condicionado por tres factores: la austeridad, la pandemia y un sólido modelo postrevolucionario.

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).– Obligado por la pandemia, el mundo exige un replanteamiento en la cooperación internacional y la diplomacia cultural, porque las comunicaciones virtuales no serán suficientes.

Y si bien México cuenta con una histórica tradición forjada desde su consolidación revolucionaria –lo cual le ha otorgado reconocimiento a sus diplomáticos y a su cultura a pesar de los cada vez más menguados presupuestos–, será un reto para el gobierno de la Cuarta Transformación (4T) recuperarse de la crisis y construir un modelo que siente las bases de una nueva política cultural exterior.

Así lo considera el periodista y exagregado cultural en Colombia y Chile, Eduardo Cruz Vázquez, quien recoge parte de esa tradición en el recién aparecido libro Diplomacia cultural, la vida, editado por la Universidad Autónoma de Nuevo León (UANL). Coordinado por el también fundador del Grupo de Reflexión en Economía y Cultura (Grecu), el volumen de 189 páginas reúne a 24 autores, incluyéndose.

Todos, diplomáticos de carrera o transitorios desempeñados en el ámbito de la cultura:

Camila del Carmen Aviña Zavala, Luz Elena Baños Rivas, Alejandra de la Paz, Mercedes de Vega, Alejandro Estivill, Gerardo Estrada Rodríguez, Alberto Fierro Garza, Agustín Gutiérrez Canet, Jorge Alberto Lozoya, Jaime Moreno Villarreal, Beatriz Nava Domínguez, Andrés Ordóñez.

Carlos Ortega Guerrero, Luis Ortiz Monasterio, Soileh Padilla Mayer, Susana Pliego Quijano, María Dolores Repetto Álvarez, Carlos Tejada, Sara Valdés Bolaño, Jorge Valdés Díaz-Vélez, Andrés Webster Henestrosa y Nuria P. Zúñiga Alaniz.

Cada uno cuenta los retos, vicisitudes, anécdotas o momentos significativos que vivieron en su tránsito por diferentes representaciones de nuestro país en el extranjero. De la Paz, por ejemplo, relata los detalles de una visita a Londres, en junio de 1996, del poeta Octavio Paz (quien además de haberse separado en 1968 como embajador en la India representó a México en Estados Unidos, Francia, Japón y Suiza).

Lozoya, a su vez, reflexiona sobre las imágenes de México que se difunden universalmente y recuerda el papel del llamado “poder blando” durante las negociaciones del Tratado de Libre Comercio con América del Norte, a través de la exposición México. Esplendores de treinta siglos en el Museo Metropolitano de Nueva York en 1990.

Jaime Moreno Villarreal cuestiona la promoción en el discurso de que México es “una potencia cultural” a partir de estereotipos, como la arqueología, las danzas folclóricas, el Día de Muertos, el mariachi, la figura “más que el arte” de Frida Kahlo, el Grito de Independencia y “lo que México ha dado el mundo”, como el maíz, el chocolate, el aguacate, el tequila…

Exembajador en Irlanda, Agustín Gutiérrez Canet lamenta no haber podido cumplir al poeta Seamus Heaney su encomienda de entregar a su colega Octavio Paz copia autografiada de su discurso de aceptación del Premio Nobel. En tanto Nualart contrasta el impulso a la Convención sobre la Protección y Promoción de la Diversidad de las Expresión Culturales en la Unesco, en 2005, con el nacimiento de la empresa estadunidense Netflix, que ha venido a trastocar la distribución y consumo de los productos audiovisuales.

Ordóñez rememora cómo, durante su paso por la Dirección General de Asuntos Culturales de la Secretaría de Relaciones Exteriores (SRE), se logró que los recursos “tradicionalmente destinados a obsequiar los intereses de los grupos de poder del medio artístico e intelectual”, se reorientaran a creadores no consagrados y para otorgar becas a estudiantes de licenciatura y posgrado, abriendo la posibilidad para que jóvenes latinoamericanos vinieran a estudiar, y cómo el proyecto terminó por las ambiciones del canciller Luis Ernesto Derbez de ocupar la dirigencia de la Organización de los Estados Americanos.

Así, Cruz resume en la presentación:

“…mientras que en estas páginas evocamos un torbellino de escenarios humanos sobre los hombros de las relaciones culturales, ni idea tenemos de cómo se habrán de construir las historias por venir. Los años dirán qué modelos de gestión cultural internacional no sólo habrán sobrevivido al ajuste de paradigmas a raíz del coronavirus, sino que además esperamos muestren con creces haber resuelto los desafíos, con su consecuente influencia en el cotidiano de sus protagonistas en embajadas, consulados y organismos internacionales. También en cierto lapso podremos atestiguar la sepultura de aquellas estructuras que se consideraron prototípicas, o la obcecación por sostenerles en vida…”

En entrevista telefónica con Proceso, Cruz Vázquez indica que el volumen no juega con el futuro ni establece directrices o condiciones en las que deban desarrollarse la diplomacia o la cooperación internacional, pues no es su objetivo, pero “evidentemente un analista, un estudioso o una gente acuciosa” encontrará pistas y elementos que son constitutivos de la cooperación internacional y la diplomacia cultural, y no van a cambiar.

Menciona dos: la fuerza de la cultura de un país y las capacidades económicas, pues para desarrollar esa cultura, “lo que los estudiosos llaman el ejercicio del poder suave”, se requieren recursos y además movilidad, la diplomacia cultural no puede ser solamente virtual:

“Tarde o temprano se tendrá que superar este proceso pandémico y la diplomacia va a regresar. El tema es de qué manera, si será capaz de innovar a partir de la escasez de recursos y de un debilitamiento de los propios organismos internacionales. Ése es el desafío, cómo se replanteará el ejercicio de la cooperación y la diplomacia cultural después del coronavirus, y esa es una labor internacional conjunta.”

Añade que será definitiva la acción multilateral en la cual intervengan instituciones extranjeras, como la Organización de las Naciones Unidas, la Unesco, la Organización de Estados Iberoamericanos y el Convenio Andrés Bello, por citar algunos.

“Pero hasta que recomiencen los desplazamientos se verá qué tanto afectó el coronavirus el desarrollo de la diplomacia cultural o sólo fue un parón que se superará y regresará a sus propios carriles con su velocidad.”

Historia en construcción

Para hablar del origen de Diplomacia cultural, la vida, Cruz Vázquez se remonta a 1996, cuando llegó a la embajada en Chile como agregado cultural:

“Lo primero que me impactó, por la naturaleza del país al que llegué, fue la vigencia de la cultura mexicana, además de un amplio catálogo de experiencias, recuerdos, testimonios de lo que México significó para Chile en la época de Salvador Allende y en lo que fue el exilio chileno.”

Desde entonces le surgió la necesidad de meterse en el rescate de la memoria de los diplomáticos, con el fin de recobrar episodios que consideró importantes para la historia de la diplomacia y del sector cultural. Su interés se fortaleció al ser llamado por el embajador Luis Ortiz Monasterio como agregado en Colombia, de 2001 a 2005.

Consultó primero el propio acervo que guardaba Ortiz Monasterio, luego comenzó a estudiar el Acervo Histórico Diplomático de la Secretaría de Relaciones Exteriores para revisar informes de los cancilleres, fotocopiar, filmar, microfilmar “lo que era posible” para reunir información. Se empapó, por ejemplo, del legado de Jaime Torres Bodet, quien además de haber sido secretario de Educación Pública en dos ocasiones, fue embajador de México en Francia y director general de la Unesco.

Todo ello detonó un libro colectivo, Diplomacia y cooperación cultural de México: Una aproximación (coeditado por la UANL y la Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas, en 2007), resultado de un reportaje tras meses de investigación en el Acervo Diplomático.

Hizo otros trabajos colectivos relacionados con la gestión cultural, pero le faltaba recabar el testimonio de los diplomáticos o de personas que, sin pertenecer al Servicio Exterior Mexicano, tuvieran historias que contar.

Algunos de los 24 autores relatan historias muy personales; otras, según describe el propio Cruz Vázquez, son aleccionadoras por lo que se refiere al servicio diplomático y al hecho cultural mismo. Al final, “la hechura de cada texto respondió al interés de cada uno y a su deseo de comunicar aquello que consideraran relevante para los lectores”.

Cuando se planeó el libro en 2019, obviamente no se preveía el escenario provocado por la epidemia, por lo cual su introducción se intitula “La diplomacia cultural a.C. (antes del coronavirus) y d.C. (después del coronavirus)”, cuyo juego con la referencia histórica de Cristo alude a una trascendencia de este fenómeno.

Se le pregunta si con los dos libros se podría decir que hay una suerte de historia de la diplomacia cultural mexicana.

Para responder, Cruz Vázquez evoca que como periodista cultural tiene cuatro décadas escudriñando el sector Cultura. Sus libros de diplomacia son parte de ese quehacer. Admite que no son exhaustivos, sino ilustrativos, y expresa la necesidad de que se recupere la historia de ese campo cultural, pues no se habían hecho libros sobre el tema.

¿Ni la propia Cancillería? –se le cuestiona, dado que existen por ejemplo las obras completas de Genaro Estrada, de Luis Mario Schneider (Siglo XXI, 1988), el diario de Federico Gamboa, o los trabajos de Torres Bodet citados por el propio Cruz Vázquez.

Indica que, efectivamente, hay escritores diplomáticos y que se han hecho obras sobre diplomáticos, como el fallecido canciller Jorge Castañeda y Álvarez de la Rosa. Y está la Revista Mexicana de Política Exterior, en la cual el mismo Cruz ha publicado, pero es la naturaleza del nuevo libro y su especialización lo que permanecía inédito.

Hace hincapié entonces en la experiencia de cada uno de los autores. Imposible mencionarlos a todos, por lo cual recuerda, por ejemplo, el caso de Nualart, quien se desempeñó tanto dentro de la Cancillería como en el exterior e igualmente en el desaparecido Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (hoy Secretaría de Cultura). O el de Valdés Díaz-Vélez, quien “prácticamente toda su vida ha sido agregado o consejero cultural”.

Y como “paradigmático” cita el de Jorge Alberto Lozoya (exsecretario de Cultura en Puebla y creador del controvertido Museo Internacional del Barroco), al considerarlo “uno de los internacionalistas del Servicio Exterior más relevantes que ha tenido este país en muchos años”, y si bien era salinista, dice, “eso no le quita que es un embajador de carrera, políglota, historiador, secretario general iberoamericano”.

Están representadas en la compilación, puntualiza, varias generaciones de diplomáticos a partir de los años cincuenta del siglo pasado, “cuando se asienta el país de su proceso revolucionario y hay toda una transformación que curiosamente cierra el ciclo con la llegada de Andrés Manuel López Obrador”.

Difícil paquete

Al hablar de la 4T pone el dedo en la llaga. En su opinión, el modelo de diplomacia cultural y de cooperación internacional está sufriendo, como otros ámbitos de la actual administración, un recorte importante, en el cual se combina no sólo la austeridad republicana, sino también el coronavirus. No se sabe cómo se modificará el esquema, dice, pues la movilidad es parte de su naturaleza; piensa en los pabellones de cultura, las ferias de libro, las giras:

“¡Imagínate! Por más virtualidad que haya en la diplomacia cultural, por más que hagamos el festival de la presencia de México en Budapest, nada puede suplir la presencia física de artistas, de intelectuales en los espacios. El contacto es fundamental... como lo que está tras bambalinas, en las comidas, las convivencias, los paseos, las historias… la confesión de un músico en medio de un trayecto de una a otra parte de Guatemala en medio del diluvio. Lo que hizo, por ejemplo, Luz Elena Baños en su relato al filo del conflicto salvadoreño y el intento de pacificación que culminó con los Acuerdos de Chapultepec.”

El futuro es incierto, claro, pero está convencido de que el libro hace un señalamiento a la 4T, que espera se sepa leer:

“Y es justamente la herencia que le deja, no sólo el neoliberalismo, sino todo el proceso postrevolucionario, como lo anoto en la presentación. Vista en bloque, la diplomacia cultural mexicana de finales de los años veinte hasta 2018 es sumamente poderosa, independientemente del partido que la ejerció, y tiene protagonistas muy importantes, algunos ya fallecidos.

“Entonces no es un paquete fácil para la 4T sentar las bases de una nueva cooperación y diplomacia cultural que con el paso del tiempo –porque en esto hay que ser muy conscientes y justos, van a necesitar tiempo– sea capaz de superar el modelo que le fue dejado.”

Al final de su introducción reflexiona si lo que el nuevo gobierno se estaba planteando ofrece algo distinto, porque cuando comenzaba a querer tener su propia perspectiva llegó la pandemia. Había, sin embargo, ciertas señales, como el presupuesto, pues “es un área que ya venía mermada”: Para 2019 se le asignaron, por ejemplo, 10 millones de pesos (https://www.proceso.com.mx/605593/4t-exterior-contra-los-supremacistas-la-cultura).

Además del problema de los bajos recursos, agrega el de la indefinición jurídica del área de Diplomacia Cultural, tema tratado en su columna “En el Paredón” (página web Paso Libre del Grecu, titulada “Ilegalidad en la diplomacia cultural; ¿por qué así, Marcelo Ebrard?”). Ahí señaló que el director ejecutivo, Enrique Márquez, lo es de una dependencia que formalmente no existe en la estructura administrativa de la SRE:

“Luego le echas el coronavirus y prácticamente la diplomacia cultural de la 4T está en cero: cero dinero, cero proyecto, cero todo. Sin duda han hecho cosas, más por mérito de cada representación diplomática que por una articulación de política. Pero también entiendo, quiero ser muy claro y enfático en que es comprensible que no les ha resultado tan fácil. Insisto, no hay definición jurídica del área y su engranaje con la Agencia Mexicana de Cooperación Internacional para el Desarrollo (Amexcid).”

En su afán por cambiar las cosas, la 4T creó esa dirección ejecutiva que “no tiene viabilidad legal”; así, a casi dos años del actual gobierno, no se destraba, por lo cual infiere que “habrá una razón muy profunda para que no hayan logrado las autorizaciones respectivas”.

Y concluye:

“Está difícil remar contra todo eso. No hay elementos para pensar que estamos ante una etapa innovadora, diferente, audaz, que sea realmente un corte de caja en relación con el pasado, como se ha dado en salud o en la política social. Tanto en la Secretaría de Cultura como en la Cancillería, no hay acciones ni programas significativos en diplomacia cultural.”

Reportaje publicado el 25 de octubre en la edición 2295 de la revista Proceso.

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