Revista Proceso

Ricardo González Silva: historias de cine y de terror... fuera de la pantalla

Cinco mujeres ofrecen sus testimonios sobre varios casos de acoso sexual y laboral del director de cine Ricardo González Silva, cuyo segundo largometraje recibiría 6.4 millones de pesos del Fondo de Producción Cinematográfica del Imcine.
domingo, 22 de noviembre de 2020

Varios casos de acoso sexual y laboral comprometen al director de cine Ricardo González Silva, cuyo segundo largometraje recibiría 6.4 millones de pesos del Fondo de Producción Cinematográfica del Imcine. Después de las denuncias de jóvenes productoras para exponer al agresor ante sus socios, al principio sin resultado alguno, cinco víctimas del cineasta aceptaron publicar sus testimonios.

 

Él es un director que ganó el León de Oro en el festival de cine de Locarno, Suiza, en 2014; el Ariel en 2015, en la categoría de largometraje-documental, con su ópera prima "Navajazo"; participó en el festival de Milán; en 2017 asistió al festival de Rotterdam con su segunda película; en 2018 su obra fue una de las cinco películas mexicanas para el encuentro de coproducción México–Francia. Y este 2020, a punto de terminar el año, casi tiene en sus bolsillos 6.4 millones de pesos que el gobierno federal, a través del Instituto Mexicano de Cinematografía (Imcine), le entregará para grabar su tercera película.

Se trata de Ricardo González Silva, en pleno ascenso de poder y prestigio cinematográfico y fundador de la casa productora Spécola, donde cinco trabajadoras renunciaron después de sufrir durante meses agresiones sexuales de diferentes niveles de gravedad, lo que llevó a los socios de González Silva a “deslindarlo” de su propia empresa “hasta que sea aclarada la situación”.

Por la misma causa, el director fue relevado de la nueva escuela de cinematografía Observatorio, en Tijuana, ubicada en el emblemático e histórico cine Bujazán.

Ambas decisiones figuran en comunicados de prensa emitidos por Spécola y Observatorio. Los siguientes son los testimonios de las cinco mujeres, cuyos verdaderos nombres no se publican por respeto a su privacidad.

“Voy por ti”

Pasaba de la media noche. En tres horas más, Silvana y otros integrantes de la casa productora tomarían un avión para grabar en Wisconsin. Quería dormir un poco, así que fue al segundo nivel de las instalaciones de Spécola a recostarse. Poco después vino el sobresalto: 

“En algún momento Ricardo se mete al cuarto. Todos están abajo, hay música, se mete en mi cama y empieza a querer besarme y me mete los dedos…”

Mientras la agredía, el director le susurraba: “¡Poquito, poquito! ‘¡Ándale! ¡Qué rica estás! ¡Por favor, sólo un poquito!”

La reacción de Silvana fue inequívoca: “¡No, no, por favor, hazte para allá… déjame!”.

Fara, otra de las productoras, llamó a la puerta y entró a la habitación. Le dijo: “¿Qué haces allá adentro, Ricardo? ¡Vamos a la fiesta!”. Y se lo llevó de ahí.

“Ella sabía que algo estaba pasando. Yo estaba pasmada, no supe qué hacer, tenía miedo”, relata Silvana, asqueada al recordarlo.

Horas antes, mientras departía con el resto del personal en la planta baja, González Silva le detalló las ganancias que obtenía la empresa, le pintó un futuro prometedor y ensalzó lo que significaba para él tenerla como productora. “Vienen muchos proyectos y eventualmente podemos hacerte socia”, le dijo. 

Más tarde, en el cuarto, la tenía aprisionada bajo su pesado cuerpo. Mientras ella le suplicaba que se detuviera, trataba de pensar cómo escaparse: 

“Será mejor que me deje para que esto sea rápido y se vaya. ¿O si lucho? Pero está alcoholizado… ¿Y si hago un escándalo? El bato va a decir otra cosa.” 

Para esa fecha, septiembre 2018, Spécola y sus socios, González Silva, Adrián Durazo Silván y Alejandro Montalvo González, ocupaban los principales titulares del medio audiovisual. Sus logros fílmicos les habían dado prestigio y poder. 

Antes de llegar a la agresión que relata, Silvana vivió cuatro meses de violencia sexual. González Silva la abordaba cuando estaba sola y tocaba sus partes íntimas. “Yo lo quitaba –cuenta indignada–, lo empujaba, le decía que no o ‘hazte para allá’… Cuando era de frente, sentía toda su fuerza e ímpetu, era como: ‘voy por ti’. Su mirada era de deseo y su actitud extraña, como ‘esto no es malo’”.

La joven productora no se atrevía a denunciarlo: “Creí que iba a ser juzgada, que dudarían de mí. Me sentí culpable por no hablarlo, como que sentía que era cómplice”. 

En otra ocasión, el director se abalanzó sobre Silvana en la oficina de posproducción. La tocó y la forzó a besarlo. 

“Le dije que no, lo empujaba. Logré sacarlo de la oficina y me encerré. Por algún tiempo miré cómo movía la perilla, luego desistió. Al amanecer, cuando ya había llegado gente a la oficina, salí del lugar.”

Finalmente el terror la obligó a romper el silencio. “Le dije a Montalvo: ‘Ayer Ricardo se metió a la oficina, me manoseó y yo tenía mucho miedo’. Montalvo cambió el tema. Me sentí desprotegida”.

En noviembre de 2018, Silvana explotó: su madre le mostró mensajes enviados por González Silva durante la madrugada. En ellos la invitaba a hacer un trío sexual con una prostituta. “Esto trasgrede todo”, pensó, y decidió contárselo a los socios. 

“De todas las cosas que le sé, ésta es la peor”, comentó Adrián Durazo. Ella empezó a sentirse miserable, triste, deprimida. Fue a terapia. “Un mes después entendí que debía renunciar y lo hice”.

“Miedo recurrente”

Al llegar a casa después de una jornada de trabajo en Spécola, Lucía se bañaba… lloraba. Se sentía sucia. Había pasado un par de años desde que  González Silva la acorraló en las oficinas de la empresa productora y todavía podía sentir un olor repugnante.

La agresión sucedió en julio de 2018 y aún hoy, al pasar cerca de la empresa, entra en pánico. Siente escalofríos y miedo.

Lucía ingreso en febrero de 2017 para realizar sus prácticas profesionales. Al concluirlas, fue contratada. Desde el primer momento Silva hizo lo posible por estar cerca de ella: iba a su casa con pretextos del trabajo, la llamaba frecuentemente por teléfono para contarle asuntos personales o le pedía que lo acompañara a producciones donde ella no participaba.

“Una vez íbamos rumbo a la locación y me tomó de la mano. Yo la retiré, pero me dijo: ‘No, estoy triste y nervioso, ahí está mi novia y vamos a cortar, necesito confort.”

El acoso prosiguió: “Si estábamos en un restaurante por algo de trabajo, él jalaba mi silla hacia él; lo hacía incluso frente a otras personas, dando a entender que teníamos una relación”.

Locación en la casa productora. Foto: facebook.com

La pasión de Lucía es la música. Con su grupo hace presentaciones nocturnas en algunos bares. Al poco tiempo de entrar a Spécola, González Silva empezó a aparecerse donde tocaban. Le llegó a entregar flores como si fuera su novio, pero también le tomaba fotos en locaciones o en el set de producción.

Aterrada, Lucía –entonces de 23 años– decidió hablar con Silvana, una de las productoras. Ésta le planteó la situación al cinefotógrafo, director y socio de la empresa Alejandro Montalvo, cuya respuesta la dejó helada: “Ricardo es el socio, dueño de esta empresa, y al que no le guste se puede ir”. Silvana recuerda: “Sentí que eso no sólo era para Lucía”.

Por su parte, Lucía ya no aguantaba y le relató a Adrián Durazo “las miradas de deseo y lo incómoda que me hacía sentir Ricardo”. El socio contestó: “Así es él. No le hagas caso y déjalo pasar”.

Una noche de julio de 2018 Lucía y González Silva regresaban de una producción. El director la llevó a Spécola para que recogiera su auto; ella pidió entrar al baño, pero al salir el director la esperaba con dos vasos de whisky y había puesto música.

“¡Relájate!”, le dijo. Comenzó por hablarle de su novia; aseguró que no la quería y que deseaba estar era con Lucía. 

Ella no entendía. Se descontroló. Asustada, se sentó en una de las sillas, lo que el cineasta aprovechó para acorralarla. La jaló hacia él y trató de besarla a la fuerza. “¿Qué haces?”, reclamó la joven. Él dijo: “Es que quiero estar contigo”.

A partir de ahí el ataque cobró fuerza. Lucía recuerda:

“Me agarró de las piernas y las tallaba. Yo le decía ‘¡no, ya!’ Me hice para atrás y él intentaba besarme mientras me decía si no quería estar con él. ‘Estoy cansada, ya me quiero ir’, le insistía, y lo rechazaba con movimientos.

“¡Ya me quiero ir, ya me quiero ir!, repetía. Estaba tensa, no sabía cómo reaccionar, qué decirle, sólo me quería ir y sentía asco. Sabía que si me quedaba ahí, él iba a intentar más cosas sexualmente porque estaba muy insistente. Y yo asqueada. No recuerdo bien cómo, pero pude zafarme.”

Sin embargo, González Silva la siguió hasta el auto y ahí la besó de nuevo por la fuerza: “’Te dio asco, ¿verdad?’, me dijo, y me empezó a sobar el brazo y a decirme: ‘Qué bonita estás, qué bonita estás. Me gusta tu ropa’”. Al fin Lucía consiguió subir a su auto y huyó.

El 26 de agosto de 2020 Lucía inició tratamiento médico, según consta en la carta que emitió su psicóloga:

“A la fecha de la primera consulta, la paciente presenta síntomas clínicos tales como: nerviosismo, ideas de persecución, miedo recurrente, insomnio, falta de apetito y crisis de ansiedad, por lo que se puede concluir que hay una afectación psicológica derivada del acoso que sufrió.”

El último día de la producción se acercó a ella la nueva practicante, Dana. Lucía se sintió obligada a advertirle: “Ten cuidado como se llevan en Spécola”.

Acoso virtual y presencial

Dana ingresó a Spécola como practicante a los 21 años. Desde la primera semana González Silva se ganó su confianza: le hablaba por las noches para contarle de su infancia, la película que deseaba hacer o la música que le gustaba. 

Dana, quien sentía que no cumplía con las expectativas de su madre, se sintió rechazada desde los seis años. La sorprendió que el cineasta  reconociera su inteligencia, le dijera que era guapa y le pidiera consejos. 

A los seis meses de trabajar en la empresa, ella notó un cambio en la conversación con González Silva: él le preguntó cómo fue su primera relación sexual con su novio. “Me sentí incómoda –comenta Dana– y no sabía cómo actuar, sólo dije día y lugar. Él me compartió una experiencia de un trío, con detalles. Yo me quedé callada”.

A partir de ahí, el director ya no soltaría a Dana. En otra de las llamadas nocturnas, dejó las insinuaciones: “Si se diera la oportunidad de coger contigo, te cogería”. La joven respondió que eso nunca sucedería y que no debió hablarle de temas sexuales.

“Siempre supe que él estaba en una posición de poder y que él era el dueño de la productora”, dice Dana.

Víctimas. Hostigamiento sexual y laboral. Foto: Miguel Dimayuga / Recreación gráfica

Un día, luego de una fiesta de un miembro de la empresa, él ofreció llevarla a casa. En el camino se desvió hacia Spécola y le ofreció unas cervezas. “Le dije que no, que mi mamá me estaba esperando y que no quería que pasara nada con él. Me respondió: ‘Te prometo que no va a pasar nada’”.

Desde que salieron de la fiesta Dana estaba un poco ebria, pero aun así recuerda cada detalle. Al llegar a Spécola bebieron otras cervezas mientras él le hablaba de música, pero ella estaba muy nerviosa.

“Ricardo se percató y me dijo: ‘Relájate, Dana’. Se acercó y me intentó besar. Me quité y le dije que debía irme. Respondió que no, insistió en que me relajara. Prácticamente me estaba forzando.” 

Fueron muchas las veces que Dana dijo que no, pero Ricardo no paró. “Me sentía paralizada, ansiosa, asqueada de la situación”, reitera.

También cayó en una confusión: “En algún punto cedí a darle lo que él quería. Me sentí obligada, sabía que él era el dueño de la empresa, lo tenía muy presente. Pensaba en mi trabajo, en que era mi jefe, pero también mi amigo. Pensaba que si alguien se enteraba, todos me iban a juzgar a mí, que me correrían. Pero más miedo me daban los juicios”.

Antes de esa noche, estaba segura de que González Silva nunca le haría daño, pues ella lo apreciaba y lo consideraba su amigo. Pero el acoso siguió.

Otro día, el director se ofreció a darle un aventón a su casa, pero antes de llegar se desvió, paró el auto y se fue sobre ella. Empezó a besarla a pesar de que ella se negaba.

Él seguía con las llamadas nocturnas, así que Dana cedió. Pensó que quizá funcionaria como una relación. Duraron dos meses, pues al ser contratada como productora le advirtió que no seguirían manteniendo intimidad.

El director no respetó esa decisión. Seguía buscándola en todo momento. Cuando la veía sola en la oficina la tocaba y besaba pese a que ella hacía el intento de esquivarlo. “Yo me sentía obligada y presionada… y no dejaba de ser una persona en la que confiaba”, admite la joven.

En julio de 2019 un familiar de González Silva falleció. “Yo traté de apoyarlo”, señala Dana. Tuvieron sexo consensuado en dos ocasiones más.

La llegada de la pandemia fue un remanso para la productora. Aunque a González Silva lo tomó por sorpresa en la Ciudad de México, todas las noches le hablaba. Empezó a hacerle llamadas “sucias”, a las que ella no correspondía, pero él era cada vez más descriptivo. Cuando regresó a Tijuana, Dana se negó a verlo con el pretexto de la pandemia, pero en mayo regresaron al trabajo presencial y con ello el acoso directo. Su situación se volvió insostenible: 

“Me sentía culpable; tenía vergüenza por mí misma. Jamás le dije a nadie lo que pasaba, me aterraba que alguien se enterara. Sentía que todos me iban a juzgar y culpar.”

Dana se calló durante un año. Al enterarse que no fue la única que vivió agresiones sexuales, decidió hablar.

Narra que en las últimas veces que tuvo sexo con el cineasta, él la golpeaba, le decía groserías, le jalaba el cabello y dos veces intentó ahorcarla. “En algún momento, sin consultármelo, empezó a hacerlo. Un día llegó a faltarme el aire. Eso a mí no me gusta; entiendo que hay gente que sí, pero eso se habla. En este caso no fue así. De nuevo se impuso”.

El odio

“Yo trabajo en vestuario y me contratan por proyectos. En 2017 empecé uno en Spécola y en 2018 directamente con Ricardo. Me llamo Claudia”. Así inicia su testimonio la diseñadora de vestuario, quien se siente más cómoda al escribir sobre su caso.

“Desde el día que lo conocí hablamos de nuestras respectivas parejas, pero horas más tarde, cuando iba a tomar mi Uber, me tomó de la mano, por instinto la quité y aparenté no estar nerviosa, pues venían nuevos proyectos y pretendía que se me considerara. Supe que tenía una intención sexual.” 

La historia de Claudia es similar al resto: llamadas constantes, mensajes nocturnos, invitaciones a Spécola para ver películas o jugar a cartas. Cuando estaba sola en alguna producción la adulaba y susurraba: “Qué bonita eres” o “me gusta tu ropa”. La seguía con la mirada. Pero a medida que Claudia lo rechazaba, González Silva empezó a manifestarle menosprecio y a decirle al oído “Cuánto te odio”.

En octubre de 2018 se encontraron solos en un elevador de una locación y él aprovechó para atacarla: “Se abalanzó sobre mí y lo quité a la fuerza. ‘¿Por qué lo haces?’ No respondió”. 

En vez de hablar, su jefe tomó impulso para volver a agredirla: “Me besó a la fuerza y metió la lengua. Cuando salí del elevador me sentí ultrajada y llena de miedo. No sabía qué hacer y aún faltaba una semana de producción”.

Al comentarlo con un amigo de la producción, concluyeron que González Silva tiene mucho poder en la industria cinematográfica: “La más afectada sería yo. Al exponerlo, él me difamaría ¿y a quién le harían caso?”. Claudia guardó silencio y continuó en la producción bajo el cuidado de su amigo.

Encubrimiento y desbandada

Fara comenzó a trabajar en Spécola en agosto de 2016. Era su primer empleo y estaba emocionada, pues a sus 25 años tenía ya esbozados algunos documentales.

Desde que conoció a González Silva, éste se mostró amable y dispuesto a orientarla en sus proyectos. “Para mí era evidente que quería algo, pero no me interesaba”.

En una ocasión se quedó a dormir en la oficina porque empezaría a filmar temprano. Su jefe vivía en las mismas instalaciones. “Cuando él llegó en la madrugada pensé que se quedaría en otro cuarto, pero no: se metió a la cama conmigo y me abrazó fuerte, violento. Lo quité con mi mano y me dijo: ‘Si sólo es un abrazo’. No hice más”. Así pasó la noche, aunque Fara no concilió el sueño.

“Me sentí desprotegida, pero en algún punto de la noche se quitó. Él siempre me hacía sentir que en la empresa iba a progresar... En otra ocasión me volvió a abrazar, forcejeamos, intentó besarme, no me dejé y dije que no. En otra ocasión un nuevo intento y ahí cedo. A partir de ese momento iniciamos una relación consensuada. Duró un mes”, relata.

Para 2020, Fara efectivamente había progresado. Era productora y estaba al frente de la empresa. Al iniciar el confinamiento por el coronavirus, el cineasta estaba en la Ciudad de México, pero al regresar a Tijuana empezó a llamarla insistentemente: quería verla. Ella se negaba. Él ponía de pretexto el trabajo y ella el virus.

“A partir de ahí me bloqueó para que no participara en producciones, incluyendo las que yo encabezaba. Hablaba mal de mí e intentaba poner a todos en mi contra. Lo discutí con el otro socio, Adrián, y decidí renunciar al puesto que ocupaba; me mantuve como productora.”

Para ese momento, abril de 2020, Fara sabía de dos mujeres de la Ciudad de México que señalaban a Ricardo González Silva de acoso. “Lo hablé con Alejandro Montalvo; le comenté que era 100% probable que fuera cierto y me respondió: ‘Pues sí, pero nadie lo puede comprobar’”.

Spécola, Ricardo Silva y la productora Helena (nombre ficticio) estaban por abrir la escuela de cine Observatorio. Fara manifestó su preocupación, ya que Silva la dirigiría y estaría en contacto con jóvenes. “Eso no puede ser y pedí que lo confrontaran”, recuerda. 

En mayo de 2020, Helena, quien producía la tercera película de Silva (Sleepwalk, que se hizo acreedora a 6.4 millones de pesos del Fondo de Producción Cinematográfica de Imcine), se enteró de un señalamiento más de acoso sexual ocurrido en la Ciudad de México y decidió abandonar la película en solidaridad con las víctimas. Así lo comunicó al Imcine.

En junio Fara volvió a hablar del tema con Adrián Durazo, socio de Silva en Spécola, y le advirtió:

“Ya hay tres productoras que han renunciado, analízalo. Yo me voy, pero esto va a seguir sucediendo. Yo quitaría a Ricardo de la sociedad y de Observatorio. ‘OK, eso no se va a poder porque él es el socio y te cuadras o te vas’, me dijo. ‘Pues me voy’, le contesté”. Al siguiente día Fara renunció. De inmediato, Helena hizo lo mismo en Spécola y en Observatorio como protesta.

Este reportaje forma parte del número 2299 de la edición impresa de Proceso, publicado el 22 de noviembre de 2020 y cuya versión digitalizada puedes adquirir aquí