Caso Charlie Hebdo: la crudeza de los testimonios

sábado, 26 de septiembre de 2020 · 11:30
La Corte Penal Especial de París dio comienzo al juicio –que concluirá en noviembre– contra 11 de los 14 acusados de ser cómplices de los atentados de enero de 2015 contra el semanario satírico Charlie Hebdo y contra un supermercado kósher, hechos que costaron 17 vidas. Los autores de las matanzas no verán la cara de la justicia, pues fueron ultimados inmediatamente después de cometer sus ataques. Proceso estuvo presente en las audiencias presididas por Regis de Jorna... PARÍS (Proceso).- Cada día se repite el “ritual”. A las nueve de la mañana, media hora antes de la llegada solemne de los cinco magistrados que integran la Corte Penal Especial de París, los 11 inculpados ingresan a la sala de audiencias del tribunal. Entran uno tras otro. Llevan mascarillas anticoronavirus, como todos en el Palacio de Justicia. Visten ropa civil, común y corriente, tienen las manos esposadas detrás de la espalda y cada uno está custodiado por dos policías protegidos con chalecos antibalas, fuertemente armados y con los rostros cubiertos con pasamontañas negros. Uno de los policías sujeta el brazo izquierdo del preso. El otro lo sigue. Tiene en la mano el extremo de una cadena sujeta a las esposas. La escena evoca tiempos medievales. Los presos se reparten en dos “jaulas” de cristal antibalas. Se sientan. Sus custodios les quitan las esposas y toman asiento detrás de ellos. El único inculpado que comparece libre se sienta solo, cerca de una de esas jaulas. Estos 11 hombres están acusados de complicidad con los hermanos Cherif y Said Kouachi, que asaltaron la sede del semanario Charlie Hebdo y mataron a 12 personas el 7 de enero de 2015, y con Amedy Coulibaly, quien asesinó a una policía el 8 de enero de 2015 en Montrouge, suburbio sureño de París, y el día siguiente atacó un supermercado kósher en el que ejecutó a cuatro rehenes. Los tres terroristas fueron ultimados por unidades especiales la tarde del 9 de enero. Al final de la primera semana de este juicio –que empezó el miércoles 2 y acabará el 10 de noviembre–, Regis de Jorna, presidente de la Corte Penal Especial de París, se dirigió a los acusados para proceder a los “interrogatorios de personalidad”. “Usted nos va a hablar de su persona, de su infancia y de su itinerario”, pidió el magistrado con voz pausada a cada acusado. De sus relatos –bastante cautelosos y obviamente “inspirados” por sus abogados– se desprende que provienen de entornos modestos. Varios son franceses de origen magrebí, uno es de origen turco, otro tiene nacionalidad belga. Son delincuentes comunes. Todos, salvo uno, pasaron largas temporadas en la cárcel por hechos de violencia, atracos, tráfico de drogas, de coches o de armas. Todos insistieron en que no entendían por qué estaban implicados en “esta historia” y que no se habían percatado de la radicalización de Coulibaly ni de sus lazos con los hermanos Kouachi. Sus alusiones al islam fueron breves y moderadas. Las víctimas y los sobrevivientes de los atentados vivieron ese momento del juicio con una tensión emotiva extrema, pues por primera vez encaraban a los presuntos cómplices de los terroristas. Escucharon sus voces, midieron cada una de sus palabras, escrudiñaron cada gesto, intentaron percibir los rasgos de sus rostros detrás de las mascarillas. Algunos presos optaron por hablar a cara descubierta y fue, por cierto, el único día en que se les permitió hacerlo. Mucho más fuerte fue la tensión que imperó durante toda la segunda semana del juicio tanto en la sala principal de audiencias, que acoge a la Corte, los presos, parte de las víctimas y a los abogados, como en las otras cuatro salas, en las que se transmite el juicio en vivo en inmensas pantallas. Del 7 al 11 de septiembre las sesiones de trabajo de la Corte Penal Especial de París se dedicaron exclusivamente al ataque a la sede de Charlie Hebdo.

Palabras, imágenes, reflexiones

El lunes 7, Christian Deau, investigador de la sección antiterrorista de la Brigada Criminal, presentó las imágenes filmadas en la redacción del semanario por los camarógrafos de su servicio justo después de la matanza y antes de la evacuación de los cadáveres. Fueron imágenes inaguantables de cuerpos acribillados, unos aislados, otros enredados, como entrelazados y amontonados, todos bañados en sangre: El cuerpo de Stéphane Charbonnier, Charb, caricaturista y entonces director del semanario satírico, alcanzado por siete balas, tres de las cuales le destrozaron la cabeza. “Todas fueron disparadas a una distancia de 10 centímetros”, precisó Deau. Los cuerpos de Frank Brinsolaro, policía encargado de la seguridad de Charb, y de Philippe Honoré, diseñador, atravesados por cinco proyectiles. Los cuerpos de Georges Wolinski, de 81 años, caricaturista, decano del equipo; y de Mustapha Ourrad, corrector de Charlie, impactados cada uno por cuatro balas. Los de Jean Cabut, Cabu, y de Bernard Verlhac,­ Tignous, caricaturistas, ambos heridos mortalmente por dos balas. Los cuerpos de Elsa Cayat, psicoanalista, y de Bernard Maris, economista, cronistas del semanario, alcanzados cada uno por un balazo también disparado a quemarropa. “En el ojo derecho, en el caso de Elsa Cayat”, especificó Deau. Y finalmente el cuerpo de Michel Renaud, invitado por Charb, que visitaba por primera vez el semanario y recibió tres proyectiles. En esa filmación no aparecieron los sobrevivientes, gravemente lesionados, que fueron evacuados de inmediato: Fabrice Nicolino, periodista de Charlie, herido en la pierna; Laurent Sourisseau, Riss, caricaturista, actual director del semanario, quien recibió balazos en el hombro; Simon Fieschi,­ webmaster de la revista, con la médula espinal lesionada; y Philippe Lançon, periodista cuya mandíbula fue arrancada por un proyectil y que debió someterse a 17 operaciones para recobrar un rostro. Tampoco se vio a los sobrevivientes, físicamente ilesos pero profundamente traumados, que fueron llevados al Hospital del Hôtel-Dieu para ser atendidos por psicólogos. Casi todos estos rescatados se expresaron ante la Corte Penal Especial de París el miércoles 9 y el jueves 10. Todos sus testimonios merecerían ser integralmente transcritos y publicados por la fuerza, la dignidad y la autenticidad que emanan de ellos, por las interrogantes que plantean sobre la condición humana, el destino, el odio, la compasión, la resistencia, el fanatismo, el compromiso político, la libertad de expresión, el sentido de la vida, la soledad abisal de quien sobrevive a lo invivible… Unos se presentaron con apuntes que nunca leyeron, otros empezaron diciendo que habían reflexionado mucho sobre lo que les importaba decir… Sin embargo, solos y de pie ante la Corte, de espaldas a los asistentes y de cara a las cámaras, conscientemente o no, todos hicieron a un lado el relato que habían elaborado y dejaron que emergieran de lo más hondo de su ser palabras, imágenes, reflexiones, pensamientos, sentimientos de una intensidad inconmensurable. Cada uno habló no sólo con su propia voz, a menudo alterada por la emoción, sino con todo su cuerpo: manos apretadas, brazos crispados, hombros cansados, piernas sacudidas por temblores, movimientos de cabeza incontrolados, espaldas encorvadas o rígidas, respiración entrecortada, lagrimas irreprimibles… A veces sus rostros, ocultos por las mascarillas, ocupaban toda la pantalla. Sobresalían las expresiones de sus ojos, que parecían mirar más allá de lo visible.

“No hay jerarquía en la muerte”

¡Que difícil resulta “seleccionar” voces para esta crónica, ser el eco de unas y callar las otras! Pero si hay una voz que tiene que ser oída es la de Jérémie Ganz, amigo de Frédéric Boisseau, primera víctima de la matanza perpetrada por los hermanos Kouachi y “última en ser enterrada”, precisó Ganz en tono amargo, aludiendo a la dificultad que tuvo la familia para “recuperar” el cuerpo del difunto. Jérémie Ganz, Frédéric Boisseau y un tercer hombre, Claude (no se mencionó su apellido), trabajaban con la empresa Sodexo, especializada en mantenimiento de sistemas de calefacción. Los tres técnicos llegaron al número 10 de la calle Nicolas-Appert­ poco después de las 11 de la mañana del 7 de enero de 2015. Era su primer día de trabajo en ese lugar. No tenían la menor idea de que la sede de Charlie Hebdo se encontraba en el segundo piso del edificio. Lo que les importaba era tener acceso al sótano del inmueble. No entendían a qué cerraduras correspondía el juego de llaves que les había entregado su jefe. Finalmente descubrieron que les permitía entrar a la portería. Los tres entraron a ese local exiguo donde encontraron la tarjeta magnética que correspondía al sótano. De pronto se abrió violentamente la puerta de la portería. Ganz revivió la escena: “Aparecen dos cuates vestidos de negro, con chalecos antibalas, pasamontañas negros y armados con Kalashnikov. Uno de los cuates aúlla: ‘¡Charlie! ¡Charlie! ¿Dónde está Charlie?’. Y dispara. Veo el humo que sale del cañón del arma. Me siento ensordecido por el ruido del disparo. ‘¿Dónde está Charlie?’, sigue aullando el tipo. “No entiendo de qué está hablando. No entiendo nada. Siento que estoy alucinando. Busco protegerme el rostro con los brazos. Pongo una rodilla en el piso y les grito: ‘Somos de mantenimiento. Es nuestro primer día aquí. No somos porteros’. Los cuates se van. “Entonces oigo la voz de Fredo (Frédéric) que me dice: ‘Jérémie, estoy herido. Llama a Catherine (su esposa)’. Me doy la vuelta y veo que Fredo está tirado en el piso. Antes de la llegada de los tipos estaba sentado, pero el balazo lo propulsó contra la pared al fondo de la portería. Chorrea sangre…” Convencido de que los terroristas pueden volver en cualquier momento, Ganz jala el cuerpo de su amigo hasta el baño, donde se encierran los dos. Oyen disparos, muchos disparos. Son los de la masacre perpetrada por los hermanos Kouachi en la sede de Charlie Hebdo. “Encontramos 36 casquillos en el piso de la sala de redacción, casi todos provenían de la Kalashnikov de Cherif Kouachi”, había explicado Deau el día anterior. “Después se hizo un gran silencio”, siguió contando Ganz. “Luego oímos nuevas ráfagas. Esta vez en la calle. Y otro largo silencio. ‘Di a mis hijos que los amo’, me susurró Fredo. Se congeló su mirada. Alguien buscó abrir la puerta del baño. Me aterré. Pero pronto entendí que era Claude.­ Sacamos el cuerpo de Fredo. Llegaron seis bomberos. No pudieron hacer nada. Fredo había muerto.” Ganz describió las terribles horas que siguieron a la tragedia y sus cinco años de lenta reconstrucción psicológica, que dista de haber acabado. Pero fue sobre todo hablar de Fredo lo que parecía importarle. Y fue tan hermoso el retrato que hizo de su “amigo y hermano”, que el presidente de la Corte le agradeció por haber ofrecido “un gran momento de humanidad en este juicio tan duro”. Pero cuando al final de su testimonio el mismo presidente le preguntó cómo había vivido todos estos acontecimientos, Ganz contestó furioso: “Estoy enojado con todos los medios de comunicación. Ninguno habló de Fredo. Sólo se habló de los periodistas. ¡Pero no hay jerarquía en la muerte! ¡La vida tiene el mismo precio para cada uno de nosotros! Los medios se olvidaron de Fredo. No les importó. ¡Es terrible, porque en realidad es al pueblo al que la prensa ninguneó en esa historia! ¡Fredo era un anónimo y les valió! Es por eso que estoy aquí y que me constituí parte civil del juicio. Quiero honrar la memoria de Fredo. Quiero que se haga justicia y entender cómo todo eso fue posible”.

“Les tengo compasión”

También merece espacio en esta crónica Gala Renaud, quien al final de su testimonio dejó atónita a toda la asistencia, incluyendo a los acusados. De origen bielorruso, Gala es la viuda de Michel Renaud, invitado por Charb, junto con su amigo Gérard Gaillard, a asistir a la primera junta de redacción de 2015 de Charlie Hebdo. Renaud y Gaillard crearon en 2000 Rendez-Vous Carnets de Voya­ges, un festival internacional que reúne cada año en Clermont Ferrand a autores de cuadernos ilustrados de viajes. Charb, una de las estrellas de la edición 2014 del festival, había prestado dibujos suyos a Renaud y Gaillard, que viajaron a París para devolvérselos. El 7 de enero de 2015 ambos estaban felices de poder convivir algunas horas con el “legendario” equipo de Charlie Hebdo. Por falta de espacio no se sentaron a la mesa de juntas. Cada uno se instaló en un rincón distinto de la sala. Cuando los hermanos Kouachi irrumpieron en la redacción, Gérard Gaillard se ocultó debajo de una mesa y, presa del terror, se desmayó. Sobrevivió. Michel Renaud saltó de su silla y cayó acribillado. Gala estaba en la calle, en Clermont-Ferrand, cuando el alcalde de la ciudad llamó a su celular para anunciarle que su esposo había sido asesinado. “Me aterré”, recordó con voz descompuesta, “y empecé a aullar. No podía dejar de aullar. Aullé. Aullé… Semanas después la gente me contó que todo el barrio había oído mis alaridos…” Como todos los familiares de las víctimas asesinadas, Gala habló de su vida feliz antes del atentado y de la dureza de los últimos cinco años. Mencionó largos periodos depresivos, múltiples trastornos de estrés postraumático, accesos de paranoia, falta de concentración, agorafobia… Habló de sus esfuerzos por ofrecerle a su hija, de 10 años al momento de los hechos, una infancia y una juventud dignas de ese nombre, pese a todo. De pronto Gala giró la cabeza hacia la izquierda y miró brevemente a los acusados, luego hizo el mismo movimiento hacia la derecha y de igual forma encaró a los presos al tiempo que les dijo con su suave acento eslavo: “No sé cual es su grado de responsabilidad en esa barbarie. Lo dirá la justicia. Yo solo puedo decir que les tengo compasión”. La escena pareció haber sido escrita por Dostoievski. Al igual que Gérard Gaillard, Simon Fieschi perdió el conocimiento en el ataque de los hermanos Kouachi, pero no fue por terror, sino porque una bala le atravesó el cuerpo. Entró por la base del cuello del lado derecho. “En su trayectoria la bala me destrozó varias costillas, me reventó la escápula pero sobre todo alcanzó la médula espinal”, explicó Fieschi, primer herido del equipo del semanario satírico. En el momento del asalto el webmaster trabajaba en su oficina, a la entrada de Charlie Hebdo. Fieschi pasó ocho meses en el Hôpital des Invalides, donde luchó con todas sus fuerzas contra la parálisis general que lo afectó después del atentado. Hoy camina con dificultad, apoyado en una muleta, pero rehusó sentarse durante su largo testimonio ante la Corte. “Hablar hoy me planteó un dilema”, resaltó. “Por un lado, no quiero ofrecer el espectáculo de mi dolor a quienes me lo infligieron, y por otro, no quiero esconder las secuelas que sufro.” Entre los múltiples estragos causados por el balazo que lo hirió, señaló “un fenómeno de disociación”. “Es un sentimiento de algo irreal. Es como si lo que yo viví le hubiera ocurrido a otra persona. Es extraño, incómodo, pero en cierta forma eso me protege…”, comentó en tono ligeramente irónico y de una tristeza infinita. Fieschi confió que no lo gusta la palabra “víctima”, que tiene para él “una connotación pasiva y lastimera”. “Prefiero el término de ‘sobreviviente’”, enfatizó. “La víctima tiene derechos, el sobreviviente tiene deberes. Mi deber es seguir vivo, testimoniar y demostrar que su bala me alcanzó mas no me tumbó”. Fieschi sigue trabajando en Charlie Hebdo. Lo hace desde su casa.

Dos veces sobreviviente

Extraño es el destino de Fabrice Nicolino, reportero de Charlie Hebdo desde 2009, que se presentó ante la Corte como “obsesionado por temas ecológicos” y confesó que este atentado era el segundo ataque islámico que había padecido. “El primero se dio en 1985 en el cine Rivoli Beaubourg durante un festival cinematográfico judío”, refirió. “Fue reivindicado por una organización que se llamaba Yihad Islámica y que al parecer defendía intereses iraníes. La bomba que explotó en el cine derrumbó el techo. Salí herido en el pie.” Nicolino no quiso mencionar las consecuencias postraumáticas que lo afectan. Su testimonio fue eminentemente político, como lo fueron los de Fabrice Sourisseau, Riss, director del semanario; de Corinne Rey, caricaturista; de Sigolene Vinson, periodista, y de Patrice Pelloux, médico de urgencias y colaborador de la revista. En su conjunto el equipo actual del semanario denuncia con virulencia la soledad en la que se encuentra Charlie Hebdo. Acusan a los políticos y a la mayoría de los medios franceses de no tomar la medida del peligro creciente que representa para la democracia el “fascismo islámico” y se sienten totalmente aislados en su “lucha frontal” contra “la amenaza cada vez más apremiante de esa ideología mortífera”. Nicolino describió las condiciones de trabajo en Charlie Hebdo, cuya dirección se mantiene secreta. “Les voy a contar cómo se hace para llegar a la sala de redacción de Charlie hoy, en 2020, en una democracia como Francia”, enfatizó. “Hay una primera puerta metálica arriba de la cual se colocaron cámaras de vigilancia. Después uno entra en una primera esclusa de seguridad, luego se topa con una segunda puerta metálica. Se debe atravesar un patio interno dotado de un sistema de detección con rayos X, parecido a los que existen en los aeropuertos. Eso sirve para detectar los paquetes bomba. Luego hay una tercera puerta especialmente concebida para resistir balas y una segunda esclusa de seguridad. Y hay una cuarta puerta detrás de la cual se encuentra una oficina llena de policías armados hasta los dientes. Después se puede tomar el elevador, y al salir pues hay una quinta puerta supergruesa que resulta siempre muy difícil de abrir. Se sube unos escalones y se llega a una sexta puerta igual a la quinta. Uno entra, saluda al agente de seguridad y se sienta con los compañeros para pasar un buen rato riéndonos… porque no hay que olvidar que Charlie es una semanario chistoso…” Nicolino pronunció la última frase de su relato en tono lúgubre. Siguió: “En 2018 publiqué un articulo en el que describí lo que les acabo de contar. Expliqué que nosotros, en Charlie, vivimos en estado de sitio en pleno París. ¡Nadie, absolutamente nadie en Francia retomó esa crónica ni aludió a ella! ¡Nadie! ¡Ningún medio! ¡Nadie nos contactó!” Enfurecido, concluyó: “¡Es insoportable!” Un abogado le preguntó como podía trabajar en semejantes condiciones. “No sé qué contestarle” respondió Nicolino. “No me pregunto cómo hago para seguir. Sigo. Punto. No nos podemos doblegar. Sé que hay que seguir resistiendo. Muchos intelectuales en Francia no perciben la naturaleza totalitaria del islamismo radical, no ven que hay una continuidad entre el nazismo, el estalinismo y el islamismo radical. Se ciegan.” Corinne Rey, Coco, que entró a trabajar en Charlie Hebdo como aprendiz de caricaturista en 2007 y se capacitó con ese grupo de dibujantes talentosos, deliberadamente iconoclastas y dotados de un sentido del humor bastante polémico, se mostró tan implacable como Nicolino con quienes “insultan” al semanario satírico, muchos desde los rangos de la izquierda, por su empeño en “defender el derecho de reírse de todo”. “Acepté hablar en este juicio porque me costó mucho trabajo dejar de sentirme culpable por todo lo que pasó. Finalmente entendí que los únicos culpables son los terroristas islámicos, los Kouachi, sus cómplices, todos les prestaron ayuda. Y todos aquellos que se bajan los pantalones ante el islamismo radical. Estoy aquí para decir que eso es un grave problema en nuestra sociedad.” El 7 de enero de 2015 Corinne Rey salió de las oficinas de Charlie Hebdo a la 11 y media de la mañana, sin esperar a que acabara la junta de redacción, porque debía ir a recoger a su hija a la guardería. Acababa de bajar las escaleras con Angélique le Corre, encargada de las suscripciones, cuando oyó que alguien gritó Coco, su sobrenombre. Levantó la cabeza y vio a los hermanos Kouachi: “Fue algo fulgurante”, relató. “Uno me agarró por el brazo, otro se puso detrás de mí, sentí el cañón de su Kalashnikov en mi espalda. Me dijeron: ‘Queremos Charlie Hebdo, queremos Charb’. Subimos las escaleras. Sentí un terror total y absoluto. Llegamos al primer piso. Me acerqué de la puerta y me di cuenta de que me había equivocado de piso. Pensé que me iban a matar. Entonces me puse en cuclillas, me protegí la cabeza con los brazos y les dije: ‘Disculpen, disculpen, me equivoqué de piso’. Me dijeron: ‘Déjate de bromas o te matamos’. Sentí un pavor indescriptible. Me dijeron: ‘Ustedes insultaron al profeta. Somos Al Qaeda en Yemen’. “Estaba devastada. Llegamos al segundo piso. Pensé en mi hijita y marqué el código para abrir la puerta. Percibía la excitación de los terroristas. Uno de ellos me empujó. Caminé hacia adelante como un autómata. Oí disparos. Vi como Simon se derrumbaba de su asiento…” Habló, habló, habló Corinne Rey… A veces de un jalón durante largos momentos… A veces se quedaba en blanco… Otras luchaba para controlar su llanto… Y volvía a hablar, hablar, hablar ante la audiencia literalmente paralizada, trastornada, estupefacta, petrificada. “Es difícil hablar de si mismo en público, siguió diciendo Coco. Es difícil hablar de su hija cuando aquí hay personas que perdieron a sus seres queridos. No me mataron. No me hirieron físicamente. Pero esa cosa que me atravesó es horrorosa. Viviré con ella hasta el final de mis días. Nunca hablé de eso con mis amigos ni con mis colegas. Nunca hablé como hablo hoy. “Nadie puede imaginar estos instantes impactantes… estas armas… su sangre fría. Estaban como habitados por su ideología. Querían matar. Estaban aquí para matar.” La masacre en la redacción de Charlie Hebdo duró exactamente un minuto y 49 segundos. El viernes 11 el presidente de la Corte clausuró esa semana de audiencias pidiendo a cada uno de los acusados decir cómo la habían vivido. Uno tras otro presentaron sus condolencias a las familias, todos se dijeron trastornados por las imágenes de la matanza y los relatos de los sobrevivientes. “Detesto esa ideología mortífera”, profirió uno. “Es inaceptable asesinar a alguien por un dibujo”, dictaminó otro. “¡Condeno lo que pasó y escupo sobre los hermanos Kouachi, que no conocí, y sobre Amedy Coulibaly que creía conocer”, clamó un tercero. “ Me impresionó la señora que nos miró”, confió el cuarto… Cuando todos callaron, una abogada pidió la palabra:“¡Me sentí profundamente incómoda al escuchar todo esto!”, dijo. Resumió el sentir general.
Reportaje publicado el 20 de septiembre en la edición 2290 de la revista Proceso.