Perú

Un fantasma llamado Abimael Guzmán

No se trata de cualquier cadáver. Se trata del cuerpo de Abimael Guzmán, el líder de Sendero Luminoso. Y tan importantes se volvieron sus despojos, que el Congreso peruano tuvo que expedir una ley para evitar que los mismos tuvieran una tumba que pudiera convertirse en lugar de culto.
sábado, 16 de octubre de 2021

No se trata de cualquier cadáver. Se trata del cuerpo de Abimael Guzmán, el líder de Sendero Luminoso, guerrilla que, según la Comisión de la Verdad, asesinó o desapareció a unas 32 mil personas entre 1980 y 2000. Y tan importantes se volvieron sus despojos, que el Congreso peruano tuvo que expedir una ley para evitar que los mismos tuvieran una tumba que pudiera convertirse en lugar de culto.

BOGOTÁ (Proceso).– Abimael Guzmán es un muerto que perturba a Perú. Y lo hace con tal intensidad, que cuando el cuerpo del fundador de la guerrilla maoísta Sendero Luminoso yacía en una morgue, tras morir en prisión el mes pasado, el Congreso de ese país sesionaba para expedir una ley que determinaría qué hacer con el cadáver.

Por esa ley dedicada a un cadáver, el líder del grupo que desató una guerra terrorista contra el Estado peruano y que asesinó o desapareció a unas 32 mil personas entre 1980 y 2000, según la Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR), no tendrá una tumba en la que algunos probables seguidores puedan rendirle culto.

Nadie fuera de la cúpula gubernamental sabe el lugar donde fueron esparcidas sus cenizas después de que sus restos fueran cremados el pasado 25 de septiembre. La Ley Número 31352 ordena que la última morada de Guzmán y de cualquier acusado de terrorismo que muera en prisión debe ser “de naturaleza reservada”.

En Perú la gran mayoría de los ciudadanos –79% según la firma Ipsos– quieren que se conozca el sitio donde quedaron las cenizas del exprofesor universitario, a quien sus fanáticos seguidores llamaban “presidente Gonzalo”.

El fallecido líder de Sendero Luminoso es considerado un “terrorista” o un “genocida” por 80% de los peruanos, aunque 10% lo define después de su muerte como un “líder político” o un “ideólogo”, indica Ipsos.

Por ello, los restos de Guzmán tuvieron un final parecido al del líder del grupo terrorista Al-Qaeda Osama bin Laden, cuyo cadáver fue arrojado al mar tras ser abatido por fuerzas militares de Estados Unidos en 2011.

Es un hecho que Perú no ha superado el trauma que causó la guerra terrorista de Sendero Luminoso ni se ha reconciliado con esa etapa, en la que también las fuerzas de seguridad del Estado que combatieron a esa guerrilla violaron en forma masiva derechos humanos y cometieron unos 21 mil asesinatos y desapariciones, la mayoría de civiles inocentes.

Sendero Luminoso, que se definía como “marxista-leninista-maoísta-pensamiento Gonzalo” y que asumía a Guzmán como su venerado líder supremo, fue el “máximo responsable” de ese conflicto, según la CVR, y fue el autor intelectual de cientos de masacres, atentados dinamiteros y asesinatos selectivos cuyas principales víctimas fueron campesinos pobres y civiles indefensos, entre los que había niños, mujeres y ancianos que en muchos casos murieron degollados o por torturas.

Guzmán simboliza esos delitos atroces porque él se encargó de justificarlos una y otra vez, y nunca, ni siquiera durante los 29 años que permaneció en prisión cumpliendo una condena de cadena perpetua, pidió perdón por ellos.

“Él diseñó y ordenó la puesta en práctica de planes que incluían expresamente la realización sistemática de asesinatos y masacres como parte de su estrategia subversiva armada en contra del Estado y la sociedad de Perú. Hizo mucho daño y eso no se olvida”, dice a Proceso el expresidente de la CVR Salomón Lerner.

Pero no es sólo un tema del pasado. El debate sobre Sendero Luminoso y el terrorismo es un asunto de absoluta actualidad en Perú, no sólo porque en los últimos años han surgido en el país movimientos radicales minoritarios que impulsan una lectura reivindicativa del senderismo, sino por la llegada a la Presidencia, hace dos meses, de Pedro Castillo, un profesor de izquierda que fue postulado al cargo por el partido marxista-leninista Perú Libre.

También, porque en mayo pasado el ejército atribuyó a una supuesta “columna de Sedero Luminoso” un ataque armado en el que murieron 18 personas, entre ellas dos niños, en el central departamento de Junín.

La muerte de Guzmán, ocurrida por neumonía el pasado 11 de septiembre en el penal militar donde cumplía su sentencia por terrorismo, se produjo precisamente cuando Sendero Luminoso había vuelto a ser noticia y mientras el debate político por la supuesta cercanía de colaboradores de Castillo con esa guerrilla extremista estaba en ascenso.

El “terruqueo”

Al asumir el cargo, en julio pasado, Castillo nombró como presidente del Consejo de Ministros a Guido Bellido, un político marxista indagado por la fiscalía por “apología del terrorismo” desde 2017, cuando conmemoró en Facebook el 35 aniversario de la muerte de Edith Lagos, joven dirigente de Sendero Luminoso.

Y como ministro de Trabajo, Castillo designó al dirigente magisterial Iber Maraví, quien fue acusado en el Congreso de haber pertenecido al Movimiento por la Amnistía y los Derechos Fundamentales (Movadef), una organización considerada por gobiernos anteriores como “el brazo político” de Sendero Luminoso y la cual pedía la liberación de Guzmán.

El 30 de septiembre pasado Maraví compareció ante el Congreso para responder, además, por su supuesta participación en atentados de Sendero Luminoso en los ochenta y por su presunta cercanía con ese grupo a través de su suegro, el escritor y dirigente senderista Hildebrando Pérez Huarancca.

El ministro negó ante el órgano legislativo pertenecer al Movadef; dijo que los testigos que lo vincularon con acciones terroristas declararon bajo tortura por parte de la policía y afirmó que ni siquiera conoce a su suegro, pues está desaparecido desde 1982, cuando se fugó de un penal.

Lo que ocurría con Maraví y con Bellido es que estaban siendo “terruqueados”, como se le dice coloquialmente en Perú a la acción de vincular por sospecha a ciertos políticos y dirigentes de izquierda con Sendero Luminoso, una suerte de estigmatización que pocas veces tiene sustento.

Y, en este caso, el “terruqueo” político y mediático contra la presencia de Maraví y Bellido en el gobierno llegó a tales niveles que el pasado miércoles 6 Castillo pidió la renuncia a todo su gabinete y decretó la salida del gobierno de los dos ministros sospechosos de vínculos con la guerrilla de Abimael Guzmán.

Es evidente que nadie en Perú asumió la muerte del Guzmán como el cierre de un ciclo traumático en la historia del país, sino como un asunto de la coyuntura política en la que Castillo fue puesto a prueba. Había expectativa para ver si el gobernante izquierdista, quien también ha sido insistentemente “terruqueado”, se comportaba a la altura de su investidura.

El presidente reaccionó a la muerte de Guzmán con un tuit en el que llamó al difunto “cabecilla terrorista”; lo responsabilizó “de la pérdida de incontables vidas” y señaló que su posición de condena al terrorismo “es firme e indeclinable”. Luego firmó el decreto de ley que ordenó cremar a Guzmán y esparcir sus cenizas en un sitio que se mantendrá en reserva.

La doctora en ciencia política Lucía Dammert considera, en entrevista con este semanario, que el gobierno de Castillo “perdió una oportunidad fantástica” con la muerte de Guzmán para propiciar un proceso de reflexión nacional orientado a cerrar las heridas del pasado.

“Al gobierno le faltó hacer un reconocimiento más enfático a las miles de víctimas de Sendero Luminoso y de la violencia en general en Perú –asegura la académica peruana– y pudo haber puesto paños fríos respecto a las acusaciones que vinculan a algunos de sus miembros con ese grupo, pero no lo hizo, y hubo actuaciones poco alentadoras del partido oficial (Perú Libre).”

La bancada de ese partido votó contra la ley para cremar los restos de Guzmán con el argumento de que la aplicación retroactiva de cualquier legislación –y más ésta, destinada a un difunto– es inconstitucional.

Incluso el pasado miércoles 6, cuando Castillo destituyó como presidente del Consejo de Ministros a Bellido –un político muy cercano al líder de Perú Libre, Vladimir Cerrón– la bancada de ese partido acusó al mandatario de “traición” y exigió “un gabinete que represente al pueblo peruano”.

Bellido, que ocupaba el cargo más importante del gabinete y cuyos pronunciamientos desataron varias controversias en su breve gestión, fue sustituido por Mirtha Vásquez, una izquierdista moderada que ha presidido el Congreso, que tiene prestigio como operadora política dialogante y eficaz, y que considera a Guzmán responsable de la “historia injustificable de horror y sangre” que vivió Perú a finales del siglo XX.

Chivo expiatorio

Manuel Jerjes Loayza, doctor en sociología de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos en Perú, señala en entrevista que Guzmán se ha convertido “en una suerte de chivo expiatorio” de lo que representó para el país Sendero Luminoso y el conflicto interno en los ochenta y noventa.

“Es más fácil encontrar un culpable y simplificar un periodo de violencia como el que vivió Perú señalando a Abimael Guzmán, que explicar el evento en toda su complejidad y en sus diferentes dinámicas”, dice el investigador.

De acuerdo con Loayza, Guzmán fue denominado “profeta del odio” y encabezó la agrupación terrorista Sendero Luminoso, que fue el principal victimario de esa guerra, pero también las Fuerzas Armadas produjeron miles de víctimas y cometieron crímenes de lesa humanidad.

A pesar de que la CVR documentó esa realidad, los organismos de seguridad del Estado la niegan y señalan que eso es falso y que lo único que hicieron fue enfrentar una amenaza terrorista de la que es responsable Guzmán, asegura.

El sociólogo añade que con la muerte de Guzmán y la polémica por el destino de sus restos quedó en evidencia que no hay todavía condiciones para generar un debate mayor de ese periodo de la historia y para iniciar un proceso de reconciliación nacional.

Loayza señala que el informe final de la CVR, institución plural e independiente que trabajó entre 2001 y 2003, establece con claridad que Guzmán es “uno de muchos victimarios” y que mientras no se asuma “esa verdad” no hay posibilidades de conciliar posiciones.

“Hay hechos que no se debaten pero que son importantes –indica–: por ejemplo, durante los primeros años de Sendero Luminoso el gobierno central no enfrentó el fenómeno a pesar de que entre 1983 y 1985 produjo más de 20 mil víctimas.”

Simplemente, agrega, esa guerra que transcurría en áreas rurales empobrecidas “no les llamaba la atención, no les parecía importante, y ahora es fácil culpar a Guzmán, que por supuesto es el autor intelectual de miles de crímenes; pero el tema es mucho más amplio y complejo”.

Para el sociólogo hay otra narrativa “falsa” que se está configurando en estos días a partir de la masacre de 18 personas en Junín hace cuatro meses: el supuesto resurgimiento de Sendero Luminoso.

“Eso es mentira –asegura–, acá no hay un resurgimiento de Sendero Luminoso, no hay pruebas de eso. Lo que se quiso hacer en plena campaña electoral es atemorizar a la población sobre lo que fue Sendero y lo que podría ser un eventual gobierno de Pedro Castillo. Lo más probable es que esa masacre haya sido por asuntos de drogas.”

Reportaje publicado el 10 de octubre en la edición 2345 de la revista Proceso, cuya edición digital puede adquirir en este enlace.

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