Alfredo López Austin

López Austin por su hijo

La voz del historiador Alfredo López Austin es la voz del México antiguo e indígena. A su estudio y difusión dedicó su vida entera. Especialista en cultura mesoamericana, nacido en Ciudad Juárez, Chihuahua, el 12 de marzo de 1936, falleció el pasado viernes 15 de octubre a los 85 años en la CDMX.
domingo, 31 de octubre de 2021

La voz del historiador Alfredo López Austin es la voz del México antiguo e indígena. A su estudio y difusión dedicó su vida entera. Especialista en cultura mesoamericana, nacido en Ciudad Juárez, Chihuahua, el 12 de marzo de 1936, falleció el pasado viernes 15 de octubre a los 85 años en la Ciudad de México. A este perfil que lo sitúa en la cumbre de la investigación mesoamericana y la defensa de la crítica al poder omnipresente, se suma un texto escrito ex profeso por Leonardo López Luján, su hijo, investigador del Instituto Nacional de Antropología e Historia, agradecido por “la oportunidad de decir cosas que nunca he dicho...”.

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).– Hasta sus últimos días, y no obstante que el cáncer lo aquejaba hacía tiempo, el historiador Alfredo López Austin fue un combatiente, defensor de causas sociales, ya fueran de los trabajadores de la cultura o de las comunidades del país; crítico también del poder omnipresente, se opuso a las políticas de los gobiernos en turno que en nada contribuyeron a mejorar las condiciones de vida de la ciudadanía.

En una extensa entrevista con este semanario (Proceso 1946, del 16 de febrero de 2014), el investigador emérito del Instituto de Investigaciones Antropológicas de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) hizo un recorrido histórico, contundente no obstante su brevedad, de la idea del mito, desde la figura de Quetzalcóatl hasta los que el gobierno del entonces presidente Enrique Peña Nieto construía para imponer sus llamadas reformas estructurales.

Con esa misma actitud, consciente de que falta mucho para alcanzar los propósitos de sus luchas, apoyando hasta el límite la causa de los científicos investigados por la Fiscalía General de la República, el especialista en cultura mesoamericana, nacido en Ciudad Juárez, Chihuahua, el 12 de marzo de 1936, falleció el pasado viernes 15 de octubre a los 85 años en la Ciudad de México.

La triste noticia fue dada a conocer por su hijo, el arqueólogo Leonardo López Luján, director del Proyecto Templo Mayor, a través de un correo electrónico y de su cuenta de Twitter, en donde escribió:

“Alfredo López Austin (1936-2021).

“Och bi: ingresó al camino, inició su ruta…

“Con profunda tristeza, Martha Rosario Luján, sus hijos, nueras y nietos hacen de su conocimiento la culminación de la vida plena y fructífera de este hombre excepcional.”

Acompañan al mensaje dos fotografías del investigador, de esbelta figura y sonrisa discreta, con la piocha que siempre le caracterizó. La primera, frente a los vestigios del imperio Inca en Machu Picchu,­ Perú, y la segunda mostrando un reconocimiento de The Maya Meeting (Encuentros Maya) por sus aportaciones al estudio de Mesoamérica, en marzo de 2011.

Las incontables muestras de cariño y solidaridad de colegas, discípulos, amigos y cercanos no tardaron. Muchos acudieron también a su despedida en la Funeraria J. García López, de San Ángel, como el arqueólogo Eduardo Matos Moctezuma, amigo cercanísimo de la familia y con quien Leonardo comenzó a colaborar en 1980, cuando apenas tenía 16 años.

Salvo la titular de la Secretaría de Cultura, Alejandra Frausto, el gabinete de la 4T, como la secretaria de Educación Pública, Delfina Gómez, y el propio presidente Andrés Manuel López Obrador no emitieron comentario alguno.

Cuando fue entrevistado en 2014 en estas páginas, López Austin habló de sus trabajos de investigación de las culturas prehispánicas y de la realidad contemporánea, coincidentes justo en un punto: el mito. Explicó que en varias de sus obras, algunas de ellas realizadas con López Lujan, planteó que los mitos fundacionales del México antiguo sirvieron para apoyar ideas políticas. El de Quetzalcóatl fue el sustento religioso de una ideología política hegemónica de la Triple Alianza. Al respecto publicó en 1973 el libro Hombre-dios. Religión y política en el mundo náhuatl, reeditado en 1989.

Licenciado en Derecho por la UNAM, con la tesis La Constitución Real de México-Tenochtitlán, comentó entonces:

“Desde mi tesis de Derecho yo me adentré en el México antiguo. Y esa ha sido mi pasión desde entonces: el estudio de la cosmovisión mesoamericana, de la religión mesoamericana, los vínculos entre la sociedad en general y la religión en particular, todo eso ha sido el eje de mi trabajo.”

Enseguida deploró que sin estudios científicos que las avalaran, el gobierno de entonces pretendía imponer las reformas laboral, educativa, hacendaria y energética.

Y como si la entrevista se hubiese realizado apenas ahora, lamentó que la población viva aterrada: del mañana, de las enfermedades, del desempleo, de la inseguridad. La incertidumbre “es una situación totalmente anómala para una sociedad humana”.

La conversación con el profesor universitario –formador de varias generaciones de historiadores y especialistas que pelearon por un lugar en sus clases sobre Mesoamérica, entre ellos su hijo Leonardo– fue imposible de sintetizar en tres páginas. De hecho se extendió mucho más allá del tiempo de grabación, tornándose más íntima y más abierta cuando contó que alguna vez llamó a su hijo para mostrarle los planes de investigación que resguardaba en sus cajones, por si algún día “él faltara” y que pudiera continuarlos. Quizá no sucedería así, admitió, pues cada uno tenía sus propios intereses y proyectos.

Lo cierto es que la relación entre López Austin y López Luján trascendió el ámbito familiar en forma natural y desde muy temprano; al cariño fraterno y entrañable se añadió una suerte de complicidad y amor por la historia de nuestro país, que les permitió complementarse en varias investigaciones, algunas de las cuales se tradujeron en una vasta producción editorial.

El profesor e historiador David Carrasco le recordó al arqueólogo que en Harvard University los apodaban los “López Boys” por sus presentaciones conjuntas, dijo a través de un correo electrónico. Con suma presteza y disposición y hasta agradecimiento por “la oportunidad de decir cosas que nunca he dicho...”, López Luján, investigador del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), entregó a Proceso un texto en el que evoca con cariño y admiración a su padre y recuerda su relación profesional. Es el que sigue:

Mi padre y yo

“Cuando bebas agua, recuerda el manantial”, dice con mayúscula sabiduría el proverbio chino. En estos días de tristeza he recordado mi manantial, donde siempre aparece la imagen de mi padre. Ante todo, él fue mi maestro, mi tlamatini. De niño, me enseñó a andar en bicicleta, a tirar al arco (le traspasé la axila con una flecha), a escribir a máquina con todos los dedos de la mano y ortografía. De adolescente, mientras él soportaba con estoicismo mis exabruptos escolares, me transmitió sin siquiera mencionarlo su irrestricto sentido del deber, la ética y el bien común; también me llenó entonces los ojos de libros, museos y zonas arqueológicas. Ya de universitario, fui yo alumno sobresaliente de sus cursos de Mesoamérica y mediocre de los de lengua náhuatl.

Luego vivimos una relación virtuosa: él historiador y yo arqueólogo, él amante del papel y yo de la piedra. Descubrimos que nos complementábamos como el atl y el tlachinolli –el símbolo de la guerra– y comenzamos a escribir uno al lado del otro, algo más lento que la labor en solitario, pero mucho más gozoso y enriquecedor. Discutíamos todo, tal vez demasiado. Una vez me enojé, proferí palabras altisonantes y me fui dando un portazo. Al día siguiente, avergonzado, le pedí disculpas y él dulcemente me contestó: “¿dónde nos habíamos quedado?”.

Del amor compartido por el mundo indígena nacieron –y lo digo sin modestia– tres libros, cuatro capítulos, 14 artículos y 10 ponencias, tanto de carácter científico como de divulgación. El pasado indígena (1996) se lo dedicamos a Martha Luján y a Laura Filloy (sus respectivas compañeras de vida); Mito y realidad de Zuyuá (1999), a mi hija Mariana, y Monte Sagrado-Templo Mayor (2009), a mi hija Emilia. Cosechamos así el cariño de la familia y los amigos. Ganamos en dos ocasiones el Premio del Comité Mexicano de Ciencias Históricas por el mejor artículo del año, la Medalla Sahagún del Consejo Hidalguense de la Crónica por obra conjunta y, más importante, el respeto mutuo.

Mi padre murió por la metástasis ósea de un viejo cáncer de próstata. En abril pasado sufrió como pocas cosas la premonitoria noticia médica. No pudo dormir dos días, amaba la vida. Pero al tercero lo asimiló y disfrutó al doble los meses que le quedaban por delante, rodeado de su familia y de sus libros. Platicó, leyó y escribió. Culminó así los 85 largos años de un camino feliz, pleno, libre.

Al final, no lo puedo ocultar, tuvo un profundo desencanto por el México de hoy. Después de décadas de lucha, de tantas pesadillas, experimentó una nueva, distinta sí, pero pesadilla al fin. Científico de izquierda democrática, de una congruencia política legendaria, no logró ver su sueño realizado: un mundo mejor para los pueblos originarios. En fechas recientes lamentaba que los indígenas sólo fueran usados como elemento decorativo de la narrativa oficial: el descarado lucro del pasado con pirámides de tablarroca y serpientes emplumadas de oropel; la ficción de fundaciones lunares y de antiguos feminismos; los cambios insulsos de los nombres de las calles y los fenómenos históricos. Y lamentó la perpetuación del racismo y la explotación; la impunidad de los asesinatos de activistas indígenas, y la destrucción de comunidades y selvas enteras por un tren neocolonial…

Ahora sólo restan las cenizas de un ser crítico pero siempre respetuoso, agudo pero siempre tolerante, que supo que el gran propósito de esta vida es amar y ser amado. Su legado se encuentra en su obra y en la memoria de los estudiantes con los que siempre dialogó.

Reconocido y popular

Además de los libros mencionados por López Luján, el historiador López Austin es autor de una vasta obra individual, y con otros colegas fue editor y coordinador. Se pueden mencionar Juegos rituales aztecas, Textos de medicina náhuatl, La educación de los antiguos nahuas, Tamoanchan y Tlalocan, Un día en la vida de una partera mexica, Calpulli. Mitología de Mesoamérica y Juego de tiempos.

Asimismo escribió innumerables ensayos, algunos de los cuales se pueden leer íntegros en el sitio https://www.mesoweb.com/about/alfredo.html; se citan “Los mexicas y el chacmol”, “El sacrificio humano entre los mexicas”, “El Templo Mayor de Tenochtitlan, el Tonacatépetl y el mito del robo del maíz”, “La historia póstuma de la Piedra de Tizoc”, todos con López Luján. Individuales “Los reyes subterráneos”, “Los gigantes que viven en las piedras. Reflexiones metodológicas”, “La constitución real de México-Tenochti­tlan”, “El hacha nocturna”, “Los juegos rituales aztecas” y un sinfín.

Diríase que compartió insistentemente el universo azteca (de ahí su resistencia al acomodo ficticio y político de la fecha de fundación de Tenochtitlán que quiso hacer la 4T este 2021), pero una revisión profunda de sus temas da cuenta de la variedad de culturas que abrazó, y los diversos medios donde publicó.

Reconocido en 1976 con la Beca de la Fundación Guggenheim de Nueva York, fue también Premio Universidad Nacional en 1993, miembro corresponsal honorario de la Académie Royale des Sciences d’Outre-mer (Academia Real de Ciencias del Exterior), de Bruselas, Bélgica; Medalla y diploma del Senado de la Universidad de Varsovia, en Polonia; Doctor Honoris Causa por la Universidad Veracruzana, de Xalapa; Premio Internacional de Ensayo Pedro Henríquez Ureña 2017; Medalla Fray Bernardino de Sahagún, del Consejo Hidalguense de la Crónica y gobierno del estado de Hidalgo en 2019, por su obra conjunta con Leonardo López Luján. Asimismo obtuvo el Premio Nacional de Artes y Literatura 2020, pero se fue sin recibirlo, pues no se ha realizado la ceremonia correspondiente que tendría que encabezar López Obrador.

El 17 marzo de 2019 los “López Boys” compartieron páginas en Proceso (no. 2211): López Luján fue entrevistado por su ingreso a El Colegio Nacional. Al margen de lo publicado, narró que en la sobremesa de su casa siempre se habló de historia y arqueología, por lo cual su inclinación hacia esa disciplina fue natural:

“Donde vive mi padre siempre hubo muchos libros del México prehispánico, del México indígena. Y siempre que hacía las visitas con sus estudiantes a museos o a zonas arqueológicas íbamos. Mi padre ha sido muy popular, entre otras cosas, por sus excursiones, que al Tajín, que a Palenque, a Monte Albán… Yo iba a todas. Un día le dije: ‘Oye, papá, pero ya fui como treinta veces a Monte Albán’. Me dijo: ‘Véngase, usted no se puede quedar solo en la casa’. Así que la arqueología la vivía, la amaba y la sufría.”

En aquel número López Austin publicó por su parte el texto Una mirada sobre “Arqueología Mexicana”, con motivo del 25 aniversario de esa publicación, en el que evaluó su trascendencia como medio de difusión científica, especialmente porque “las instituciones públicas no cuentan con los recursos técnicos, administrativos y logísticos para difundir su propia producción científica…”.

Y puso énfasis en su papel formativo, no sólo instructivo, “fuente de conocimiento para maestros de primaria, media y superior”:

“Los formadores de la niñez y la juventud mexicanas modelan para sí mismos, gracias en buena parte al material de la revista, un sentimiento de identidad nacional fundado en la ciencia; es un sentimiento sólido y documentado, y es el que pueden transmitir a las generaciones a su cargo. Es el sano nacionalismo que aleja tanto de la indiferencia social creciente que lamentablemente vive el país, como de un patrioterismo soso e ideologizado. Hay material suficiente para entender a México como un mosaico cultural, para mostrar la realidad de nuestro componente indígena, para entendernos como entidad compleja en la complejidad planetaria.”

Fiel reflejo de su pensar y sentir.   

Reportaje publicado el 24 de octubre en la edición 2347 de la revista Proceso cuya edición digital puede adquirir en este enlace.

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