Fiódor Dostoyevski

"La novela del joven Dostoyevski"*

En 2008, el narrador, dramaturgo y periodista fundador de Proceso el 6 de noviembre de hace 45 años (Guadalajara, 1933-DF, 2014), presentó 17 historias de enorme fuerza y originalidad en Gente así. Verdades y mentiras (Alfaguara).
domingo, 14 de noviembre de 2021

En 2008, el narrador, dramaturgo y periodista fundador de Proceso el 6 de noviembre de hace 45 años (Guadalajara, 1933-DF, 2014), presentó 17 historias de enorme fuerza y originalidad en Gente así. Verdades y mentiras (Alfaguara). Abrió con una cita de Antonio Porchia: “Quien dice la verdad, casi no dice nada”. Del relato referido a Pobres gentes (1945) –primera novela del escritor ruso–, reproducimos el Capítulo 1, en el que Leñero –autor de una versión teatral de Las noches blancas– se ahonda en el alma de Dostoyevski para escudriñar el conflicto entre ideas sociales y fe religiosa.

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).– El despacho de Nekrásov era pequeño y estaba repleto de libros: rebosaban los dos o tres estantes de puertas encristaladas y se amontonaban en el piso o se perdían en desorden por dondequiera. En un extremo había una mesa llena de libretas, manuscritos y papeles: la mayoría pruebas de imprenta del Almanaque de San Petersburgo y Noticias de la Patria: publicaciones editadas por Nekrásov, que él se llevaba a casa para corregirlas por las noches.

En ese despacho, para discutir únicamente de literatura, se reunían casi todas las tardes de los jueves tres amigos: Nekrásov, Grigoróvich y Fiódor.

Fiódor acababa de cumplir veintitrés años. Como lo describiría más tarde Avdotya Panaev, “era delgado, bajo, de pelo claro, y su piel tenía un tono enfermizo; sus pequeños ojos grises saltaban inquietamente de un objeto a otro, y sus labios descoloridos se retorcían en muecas nerviosas”. El padre de Fiódor había muerto asesinado cuatro años atrás mientras él concluía sus estudios de ingeniero en la Academia Militar. Ahora vivía en San Petersburgo, en una vivienda que alquilaba con Grigoróvich, empeñado en no pensar más en la ingeniería ni en el ejército. Estaba decidido a convertirse en escritor. Sobrevivía gracias a las traducciones del francés que le encargaba Nekrásov y a los rublos que de vez en cuando le enviaba su hermano Mijail desde la ciudad de Revel, en Estonia.

Aquella tarde en casa del editor, los tres amigos habían empezado a beber té verde –que tanto le gustaba a Grigoróvich–, y llegada la noche bebían ya vodka frío en pequeños vasos de cristal. El tema de la charla, apasionante para los tres, era Vissarion Belinski, el gran crítico literario del momento.

Proveniente de Moscú, Belinski había llegado a San Petersburgo tres años antes y concentrado en torno suyo la atención de los intelectuales rusos. En sus ensayos publicados en Noticias de la Patria, pero sobre todo en los discursos que profería durante las reuniones literarias como si impartiera cátedra, divulgaba con apasionamiento las ideas del Hegel de La fenomenología del espíritu. El Hegel que empieza proclamando el realismo utópico para derivar después al Hegel dialéctico del “todo lo real es racional”. Esos principios terminan por generar –opinaba Belinski– un hegelianismo de izquierda que conlleva primordialmente una crítica frontal a la religión.

Aunque tanto Grigoróvich como Fiódor eran lectores asiduos de los artículos de Belinski, sólo Nekrásov lo conocía personalmente: frecuentaba sus tertulias-conferencias y le publicaba casi todos sus ensayos. Belinski era un hombre elegante pero feo: cabello rubio y lacio lloviéndole más abajo de las orejas; ojos saltones. Su perfil lo hacía parecer una gallina alertada. A Fiódor le molestaba el ateísmo militante de Belinski. Atendía con mayor atención –aunque también lo perturbaban– sus teorías artísticas compendiadas en su más reciente artículo en Noticias de la Patria: Meditaciones literarias.

Sobre esas meditaciones literarias de Belinski se centró esa noche, al fragor de los vodkas, la discusión entre los tres amigos. Nekrásov defendía con pasión los puntos de vista del crítico, mientras Grigoróvich los relativizaba. Fiódor elegía el silencio. Quería escuchar a sus compañeros para rumiar después sus propios juicios.

Éste era el gran momento de la literatura rusa –escribía Belinski– para desha­cerse de una vez por todas del romanticismo que impregna las novelas de Rusia y de Europa. Ya no es tiempo de contar historias de amantes que se suicidan a la manera de Flaubert, ni repetir los desplantes mágicos de Pushkin en La dama de picas, ni abundar en los regodeos de Balzac sobre los exquisitos burgueses. Se hace más bien necesario llevar a sus últimas consecuencias la literatura de Gógol, sin concesiones románticas, y despojar de amaneramientos las novelas de las generaciones jóvenes. En una Europa donde los obreros impulsaban movimientos revolucionarios –escribía Belinski–, en un país donde la gran mayoría de nuestros rusos sufren esclavitud, hambre, miserias, la novela que quiera ser verdaderamente realista debe convertir a los desheredados, que sólo sirven como telón de fondo a los dramas de la alta sociedad, en los genuinos protagonistas de la literatura actual. Se ha hecho el intento, pero los escritores rusos no se atreven a reflejar con valentía esa realidad, y como Krilov o el empalagoso Karamsin, se escudan en el sentimentalismo y en las buenas intenciones. Nuestra realidad no necesita de la piedad de Dios ni de la compasión tramposa del propio novelista condicionado por sus principios ideológicos. Necesita verdades, verdades, verdades. La gran novela rusa sobre nuestras pobres gentes –remataba Belinski en su ardiente ensayo– debe ser realista, social, atea.

Cuando Nekrásov mostró la intención de abrir otra botella de vodka, Fiódor se levantó de su silla.

–Me voy –dijo, y se aproximó a Grigoróvich para avisarle que se verían más tarde en la vivienda.

Salió a la calle. Se sentía aturdido, ligeramente borracho. Impresionado sobre todo por la discusión de las teorías de Belinski. No, Belinski no tenía razón. Al menos no respondía a lo que él deseaba hacer como novelista. El romanticismo, los sentimientos religiosos, la mirada compasiva sobre los personajes no eran tanto un problema de concepción sociológica, sino un problema de estilo: de cómo se acomodan los problemas de los personajes y se les hace participar de la propia realidad del escritor. Al fin de cuentas él era un romántico y le gustaba la Ana Bovary de Flaubert y la Eugenia Grandet de Balzac que acababa de traducir para el Almanaque de San Petersburgo de Nekrásov. Y si él, Fiódor, era un romántico sin remedio, no podría hacer otra cosa a sus veintitrés años que escribir novelas románticas.

Caminó hasta el puente más cercano de los que brincaban el río Neva y lo cruzó para dirigirse al rumbo tenebroso de las prostitutas.

Una de ellas era su preferida: se hacía llamar Sonia; jovenzuela de cabellos rubios, delgadita, de tez muy blanca pero de semblante triste. Fornicaba con Sonia de mes en mes y le gustaba, casi hasta el enamoramiento, porque después de la cópula se ponían a platicar: él de sus sueños de escritor; ella de su padre borracho que se gastaba en tragos lo poco que ganaba cargando costales en una bodega de víveres.

Frente al portón abierto a los malolientes tugurios preguntó por Sonia a la robusta Maretta, única amiga de la muchacha. Maretta le respondió que Sonia estaba con un cliente y tardaría. Ahí estaba ella, sin embargo, sonrió Maretta enhiestando sus pechos como pasteles.

Fiódor negó con la cabeza y se dirigió de nuevo hacia el río Neva. Caminó por los andadores para buscar el puente donde pensaba ubicar la acción de su primera novela. A nadie le había contado del proyecto; lo mantenía en secreto para no echarlo a perder con pláticas antes de escribir los primeros párrafos. Ocurría en junio, durante esas noches blancas de San Petersburgo en las que no se oculta el sol y la ciudad parece cubierta, durante toda la noche, por la claridad opaca de un atardecer que se prolonga. La contaría en primera persona con la voz de un Soñador en el momento de descubrir en ese puente a una linda joven en actitud de espera. La joven se llamaría Nástenka y confesaría al Soñador la historia desgraciada de su vida: su amante la abandonó de improviso pero le prometió regresar al año siguiente; se reencontrarían ahí, en el barandal frente al Neva durante las noches blancas de San Petersburgo.

La historia nada tenía que ver con las teorías del realismo social de Belinski, pero era la novela que él quería y necesitaba contar desde su experiencia de soledad y desamparo.

Estaba seguro de que sería una buena novela aunque Belinski la reprobara por sentimental, precisamente por romántica. ¡Y qué importa!, pensó Fiódor. Él no estaba dispuesto a escribir para halagar a los críticos. Él necesitaba escribir para él mismo, para desahogarse como se desahogaba con Sonia durante el abrazo sexual.

Llegó al puente de su proyectada novela con el fin de imaginar ahí, en el lugar de los hechos, el encuentro entre el Soñador y Nástenka, aunque el ruido que seguía turbándole el cerebro a causa de la discusión sobre Belinski no le permitía concentrarse en ese encuentro. Cómo entablarían conversación sus personajes. Qué truco literario necesitaba poner en juego para que el acercamiento del Soñador fuera suave, espontáneo, verosímil.

No, no encontraba la solución. Se interponía Belinski, siempre Belinski, el soberano juez que mandaba al infierno del anonimato a los escritores despreciados, mientras elevaba a la fama pública a sus preferidos dóciles. Según los rumores de Grigoróvich, Belinski estaba inventando a Turguénev, ese joven de la edad de Fiódor que había viajado por Europa antes de aproximarse con zamalerías al célebre oráculo. Turguénev planeaba escribir teatro –le contó Grigoróvich–, aunque evidentemente –según el propio Grigoróvich– ese muchacho no era capaz de hacer algo digno de su mentor.

Al pensar en el tal Turguénev y en las habladurías de su amigo, ahí mismo, en el puente del Soñador y Nástenka, Fiódor sintió el puntazo de una puñalada. Era una tentación. Lo había herido desde que leyó las Meditaciones literarias de Belinski, y aunque la rechazó como quien rechaza un parricidio, se le volvió a presentar en la mente en casa de Nekrásov. No quería reconocerlo ante sí mismo, pero apareció entonces y aparecía de nuevo penetrando el caparazón de su dignidad.

Fiódor no necesitaba de caravanas para aproximarse al crítico. Lo que necesitaba hacer –y tenía recursos literarios suficientes para hacerlo– era escribir una novela, otra novela –¡al diablo con el Soñador y con Nástenka!– capaz de cumplir con todo rigor el canon establecido por Belinski en sus alegatos. La gran novela rusa que necesitaba Belinski para demostrar su tesis hegeliana sobre el realismo social, la escribiría él, Fiódor. Aunque se violentara a sí mismo y traicionara sus propios sentimientos románticos. La fama era lo primero. Y si quería que Belinski lo encaramara a la fama, debería por fuerza escribir una novela a la medida de Belinski.

Pensó regresar corriendo al barrio de Sonia porque solamente con Sonia podría compartir el plan de su artimaña. Nadie lo sabría. Belinski menos que nadie.

Se detuvo a medio viaje, de sopetón. De seguro ella ya habría terminado con su cliente y estaría bien dispuesta como siempre, sólo que a Fiódor, sintió Fiódor, el deseo se le había marchitado ya entre las piernas. Entonces se dirigió despacio hacia la vivienda que compartía con Grigoróvich.­  l

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*       Las verdades de este relato provienen de algunos biógrafos: Orest Miller, Rafael Cansinos Asséns y, sobre todo, el investigador Joseph Frank.

Reportaje publicado el 7 de noviembre en la edición 2349 de la revista Proceso cuya edición digital puede adquirir en este enlace.

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