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La CEM ante la migración: La falta de soluciones desemboca en crisis humanitaria

Para la Iglesia católica, que ofrece alojamiento y atención a las personas que cruzan el territorio nacional para llegar a Estados Unidos, la actual crisis migratoria se convirtió en crisis humanitaria.
domingo, 21 de noviembre de 2021

Para la Iglesia católica, que ofrece alojamiento y atención a las personas que cruzan el territorio nacional para llegar a Estados Unidos, la actual crisis migratoria se convirtió en crisis humanitaria. Los coordinadores de sus albergues señalan que éstos se saturaron con el aumento del flujo de migrantes (de 40% en México, según la OCDE); además acusan al gobierno federal de aplicar una política represiva y de minimizar el fenómeno, lo que empeora las condiciones de quienes se internan en el país en busca de una mejor vida.

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).– La Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM) acaba de prender sus focos rojos: el incremento de los flujos migratorios provenientes de distintas regiones del mundo ya provocó una “crisis humanitaria” que pone al borde del colapso a los más de 100 albergues y centros de atención para migrantes que la Iglesia católica tiene en todo el país.

A esto se suma –afirma la CEM– la política migratoria del gobierno de Andrés Manuel López Obrador, que lejos de proteger al migrante como lo marca la Constitución, más bien “ha recrudecido sus acciones de contención a los flujos migratorios”, provocando graves violaciones a los derechos humanos, como “secuestros, desapariciones forzadas, homicidios, detenciones ilegales, hacinamientos”.

Uno de los principales coordinadores a nivel nacional de estos albergues, el religioso Julio López Vivas, secretario ejecutivo de la Dimensión de Movilidad Humana de la CEM, alerta:

“Estamos ante una crisis migratoria y humanitaria que no quiere reconocer nuestro gobierno, pero que está impactando en nuestros albergues, donde nos faltan espacios para atender a los migrantes. Hay albergues que están al tope, otros están en los límites de las normas sanitarias de sana distancia que impone la pandemia del covid.

“Por ejemplo, el año pasado estuve trabajando en Casa Nazareth, de Nuevo Laredo, que tiene capacidad para 150 migrantes, pero llegábamos a tener hasta 300, cifra que representa el doble. Al migrante le basta con tener un lugar donde dormir y sentirse ahí seguro. De manera que por la noche les tendíamos colchonetas en el salón, los pasillos o el comedor… y ahí dormían. Convertíamos esos espacios en dormitorios”.

Miembro de la congregación religiosa de los hermanos scalabrinianos, cuya carisma es atender a migrantes y refugiados, López Vivas indica que actualmente la Iglesia católica maneja 50 casas para migrantes acondicionadas para dar hospedaje; tiene además alrededor de 60 centros de atención que pueden ser comedores, dispensarios médicos y, eventualmente, improvisados albergues.

Dice al respecto: “En total, la Iglesia tiene más de 100 centros de atención de este tipo. Aunque ahora, con el fenómeno de las caravanas de migrantes, hasta los patios de las casas parroquiales se ocupan para atender a estos hermanos que transitan buscando una mejor vida. Esto puede verse en los templos de la costa chiapaneca, que es una importante ruta de migrantes”.

Sostiene que el aumento del flujo migratorio a México se puede constatar en el incremento de solicitudes de asilo que tiene la Comar: más de 90 mil en los últimos 10 meses, siendo que anteriormente en ese mismo periodo no llegaban ni a 25% de esa cifra.

“Aparte –continúa– están los flujos migratorios de población haitiana que está llegando a México. Su cantidad es incalculable. Desafortunadamente, para minimizar el problema el gobierno mexicano maneja cifras muy bajas de esta inmigración, pero extraoficialmente se calcula que pueden ser cuatro o cinco veces más altas”.

Según el estudio Panorama de la Migración 2021, elaborado por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), debido a la pandemia de covid han disminuido 30% los flujos de migrantes en los 38 países que la integran, a excepción de México, donde se registró un incremento de 40%.

López Vivas indica que este alarmante incremento se refleja principalmente en los albergues de las fronteras: “Las casas de migrantes del centro del país son principalmente albergues de paso. Al contrario de lo que sucede en la frontera sur, donde tenemos que dar mayor atención porque ahí el flujo migratorio es muchísimo y está retenido. Lo mismo sucede con los albergues del norte, donde también hay un gran embotellamiento”.

–¿Hay diferencia entre los migrantes que atienden en los albergues del sur y del norte?

–Sí, claro. A la frontera sur llegan sólo extranjeros. En cambio, a la del norte llegan también muchísimos mexicanos que intentan cruzar hacia Estados Unidos. Generalmente nos hacemos ciegos y sordos ante la magnitud del problema de estos connacionales.

“Muchos de ellos son desplazados; salieron huyendo de sus comunidades por la situación de violencia que estaban viviendo. Incluso, en algunos puntos del norte ya hasta se han formado colonias enteras de desplazados. En Nuevo Laredo conocí una colonia de gente que salió huyendo de los estados de Oaxaca y Veracruz. Ahí se quedaron a vivir. No pudieron pasar a Estados Unidos.

“Aparte, están los mexicanos que trabajaban sin documentos en Estados Unidos y luego son capturados y deportados a la frontera norte. Es un fenómeno muy triste, porque mientras estos connacionales trabajan y envían remesas al país, se les aplaude. Pero al ser deportados pasan a ser unos desconocidos, un número estadístico más. Muchos se quedan en nuestros albergues, intentando cruzar nuevamente de manera ilegal, otros son presa fácil del crimen organizado, que les ofrece empleo. No hay una política de atención para ellos”.

La travesía desde el sur

El sacerdote César Cañaveral, a cargo del Albergue Belén, de la diócesis de Tapachula, Chiapas, relata: “En nuestro albergue tenemos capacidad para atender a 140 migrantes. Sin embargo, últimamente estamos muy sobrepoblados; hemos tenido hasta 500 personas”.

Refiere que un migrante puede estar en los albergues un mes o más: “Hay gente que ha permanecido hasta un año, se quedan hasta que terminan sus trámites migratorios”.

Responsable de la pastoral de movilidad humana de la diócesis, Cañaveral indica que han tenido que amoldarse a la ruta de las caravanas a lo largo de la costa chiapaneca, por lo que en todo ese trayecto abrieron casas de migrantes: además del Belén de Tapachula, tienen casas en las poblaciones costeñas de Huixtla, Mapastepec y Arriaga.

“Apoyamos a los migrantes hasta Arriaga. Ahí termina nuestra diócesis y empieza la de Tehuantepec, que ya está en territorio oaxaqueño. De Arriaga en adelante ellos siguen caminando a la buena de Dios. Hace falta coordinarnos con la diócesis de Tehuantepec para que los migrantes sigan acompañados en su trayecto”, comenta.

Pero es en Tapachula, dice, “donde se da el mayor flujo migratorio, ahí está el embotellamiento, el foco rojo en cuanto a la cantidad de migrantes”.

–¿Ha cambiado mucho la migración en esa frontera?

–Sí, por supuesto. Antes Tapachula era el paso de los migrantes que venían de Guatemala, Honduras y El Salvador. Después, en 2015, empezaron a llegar cubanos; venían con un salvoconducto y no pensaban vivir aquí, pero se fueron quedando.

“Luego llegaron los africanos y los haitianos, a quienes la población local confunde por su parecido en el color de piel. Cada vez con mayor fuerza, al albergue Belén están llegando africanos del Congo, Ghana y Angola. Lo mismo haitianos. Esto hace más complejo al fenómeno migratorio, pues ahora debemos tratar con gente que, a diferencia de los centroamericanos, tiene otra cultura, otro idioma y otra gastronomía.

“Además, anteriormente los migrantes eran hombres que llegaban solos, solicitando refugio. Después empezaron a llegar en pareja; hombre y mujer. Actualmente esto cambió, ya están llegando familias completas… y también muchísimos menores de edad, acompañados o no acompañados por adultos. Calculo que ha aumentado hasta 200% el flujo de menores”.

–¿Piensan abrir más albergues para poder atender a toda esta población?

–Sería muy complicado, porque la población local ya no quiere más migrantes. Está cansada de estos hermanos que buscan refugio.

Saturación en la capital

Hasta en la Ciudad de México, donde el flujo migratorio es menor, los albergues también comienzan a saturarse, como ocurre con la Casa de Acogida, Formación y Empoderamiento de la Mujer Internacional y Nacional (Cafemin), en la colonia Vallejo y manejada por religiosas josefinas.

“Estamos saturadísimas, en estos momentos damos acogida a 200 migrantes, siendo que nuestra capacidad es para 80 personas”, refiere la hermana María Magdalena Silva Rentería, encargada del albergue.

Actualmente, dice, 80% de la población del albergue son haitianos, quienes llegan en familia y con sus niños. Vienen sobre todo de Ciudad Acuña, Coahuila, donde infructuosamente intentaron pasar a Estados Unidos.

Agrega: “Hace poco más de un mes empezaron a llegar los haitianos. Quieren quedarse en la Ciudad de México. Sufrieron muchísimo en su trayecto, llegan con problemas de salud, física y mental”.

–¿Tienen ustedes capacidad para atender a más migrantes?

–Es muy difícil, nuestro albergue ya se convirtió en un campamento, por eso estoy pidiendo ayuda a otras congregaciones religiosas. Conseguí una casa que pusieron las hermanas vicentinas en Coyoacán; también las instalaciones de un colegio que está en la colonia obrera, de los misioneros josefinos.

–¿Ha conseguido apoyo gubernamental?

–No, ninguno. Pedí ayuda al gobierno de la Ciudad de México, pero me contestó que no va a gastar en albergues. Mientras tanto, aquí a la ciudad están llegando solicitantes de refugio. Consiguen alojo en algunas casas de migrantes, como Casa Fuentes, Casa Mambré o el albergue de la Arquidiócesis de México.

Por lo que respecta al suyo, Cafemin, Silva refiere que tiene un modelo de atención dividido en áreas: de salud integral, capacitación laboral, formación educativa, integración local, área jurídica y, por último, de vinculación con organizaciones civiles.

La religiosa añade: “Para responder al desafío de los nuevos flujos migratorios y a la política represiva del gobierno, acabamos de tener un encuentro quienes estamos a cargo de los albergues. Ahí refrendamos el compromiso de seguir fortaleciendo nuestra atención al migrante”.

Se refiere al Encuentro Nacional de Coordinadores de Pastoral de Movilidad Humana y Directores de Casas para Migrantes, realizado en la Ciudad de México del 11 al 15 del pasado octubre. Al término de la reunión los participantes dieron a conocer un pronunciamiento, en el que afirman:

“La actual política migratoria del gobierno de México ha recrudecido sus acciones de contención a los flujos migratorios, y se aleja cada vez más de una visión humanitaria para la atención integral de las personas en contexto de migración, lo que ha derivado en violaciones a los derechos humanos de estas personas: secuestros, desapariciones forzadas, homicidios, detenciones ilegales, hacinamientos, por mencionar algunos.

“…Lamentablemente, el gobierno de México ha delegado a las Casas de Migrantes de la Iglesia Católica, de otras Iglesias y de la sociedad en general, la responsabilidad de atender a las personas en contexto de migración, y ha sido omiso en cumplir con el mandato de promover y defender los derechos humanos de todas las personas, sin importar su nacionalidad, credo religioso o situación migratoria, establecido en el artículo primero de nuestra Constitución Política”.

En la entrevista, López Vivas se expresa sobre este punto: “¿El gobierno está dando alojo a los migrantes? ¿Realmente los apoya con alimento, ropa, medicinas? ¡No! No está haciendo absolutamente nada, a pesar de ser su responsabilidad. Más bien hace lo contrario: aplica una política de contención, detención y deportación de migrantes.

“Eso sí, intenta maquillar esta realidad: a las detenciones les llama ‘rescates’; a las deportaciones ‘retorno asistido’ y a sus estaciones migratorias, que son parecidas a un centro de detención, las llama ‘albergues’.

“Por eso, si uno revisa las estadísticas del Instituto Nacional de Migración durante este gobierno, ahí aparece que no se ha deportado a su país de origen ni a una sola persona. ¡No hay deportaciones! ¡No existen! Pero todos sabemos que la realidad es muy distinta. Basta ver los vuelos que constantemente llegan de Estados Unidos al sur de México. Bajan a los migrantes de los aviones, los suben a los autobuses y los avientan a la frontera con Guatemala”.

–¿Este ocultamiento hace difícil conocer la magnitud del problema migratorio?

–Así es. Y repito: ya estamos viviendo una crisis humanitaria que se ve reflejada en nuestros albergues. Pero el gobierno no quiere reconocerla, pues eso implicaría abrirse a otras posibilidades de solución del problema. Se requiere una solución política, como el establecer otras formas de estancia migratoria en México. Pero esta tarea le corresponde al gobierno.

Reportaje publicado el 14 de noviembre en la edición 2350 de la revista Proceso cuya edición digital puede adquirir en este enlace.

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