Eric Zemmour

El largo camino de Argelia a CNews

Zemmour fue un adolescente serio y ambicioso que, según él dice, descubrió “fascinado” la riqueza de la historia y la literatura francesas. Las ilusiones perdidas, de Balzac, es su libro de cabecera.
domingo, 26 de diciembre de 2021 · 14:04

PARÍS (proceso).- En 1952, dos años antes del inicio de la guerra de liberación argelina, la familia de Eric Zemmour dejó su Argelia natal para instalarse en esta capital. El candidato de extrema derecha no pierde oportunidad de mencionar sus raíces judías sefarditas y bereberes ni de precisar que éstos “fueron colonizados, masacrados y perseguidos por los árabes”.

Seis años después, el 31 de agosto de 1958, Eric Zemmour nació en Montreuil, un municipio modesto contiguo a la capital; luego la familia se mudó a Drancy, otro suburbio oriental de París donde el experiodista asegura haber pasado los años más felices de su vida. Roger Zemmour, su padre, trabajaba como conductor de una ambulancia; su madre, Lucette, se dedicaba al cuidado del hogar y a la educación de sus dos hijos.

Zemmour fue un adolescente serio y ambicioso que, según él dice, descubrió “fascinado” la riqueza de la historia y la literatura francesas. Las ilusiones perdidas, de Balzac, es su libro de cabecera.

Al salir del liceo y después de graduarse en ciencias políticas, Zemmour intentó integrar la prestigiosa Escuela Nacional de Administración, paso casi indispensable para quien aspira a convertirse en alto funcionario, líder económico o lanzarse en una carrera política. Un examen de alto grado de competitividad abre las puertas de esa institución de élite. Zemmour reprobó dos veces.

Según Lucien Girard, autor de la biografía más reciente del controvertido polemista, Zemmour se sintió humillado. Después de una larga depresión probó suerte en Nueva York. En vano. Volvió a Francia y acabó ganándose la vida en una agencia de comunicación que le pedía elaborar estrategias de publicidad para radio y televisión. A sus 27 años escribió una novela que no se publicó.

En 1985 vislumbró otro futuro al ser contratado por Le Quotidien de Paris, diario de debates y polémicas en el que escriben y se enfrentan periodistas de derecha e izquierda. El flamante reportero se encargaba de notas culturales, pero muy pronto le tocó cubrir la fuente política.

Así arranca la carrera periodística de Zemmour.­ Según sus excolegas, sus primeros reportajes sobre la integración social en Francia de la población del Magreb eran equilibrados. Todo cambió en 1989 con la polémica desatada en el país por “el pañuelo islámico”, que jóvenes musulmanas intentan llevar puesto en su recinto escolar. Hoy, 32 años después el tema sigue siendo explosivo.

“Fue en ese momento que tomé conciencia de la fuerza inaudita del islamismo”, subrayaba Zemmour en sus ensayos políticos.

Conforme pasa el tiempo se convierte en el periodista político estrella del diario. Come y cena con líderes de partidos y ministros, arranca confidencias a unos y otros y escribe con estilo mordaz y a veces ofensivo sobre la élite política y social “a la que pretendía pertenecer y que no pudo integrar”, aseguran sus adversarios.

En 1996, después de la quiebra de Le Quotidien de Paris, Zemmour integra la redacción de Le Figaro, diario de referencia de la derecha francesa. La dirección le confía reportajes políticos especiales y es en 1997 cuando cubre la campaña de Jean-Marie Le Pen para las elecciones legislativas, recorriendo toda Francia con él. Así nace su amistad con el entonces líder del Frente Nacional.

La carrera del periodista va viento en popa hasta la llegada de Nicolas Beytout a la dirección del diario, en 2004. El afán de protagonismo de Zemmour exaspera al nuevo director, que rehúsa tratarlo como “estrella intocable”. Frustrado, pero sin renunciar a Le Figaro, el polemista sigue su marcha hacia la fama en radioemisoras y canales de televisión privados que libran una guerra sin cuartel por las audiencias.

A lo largo de una década y media brinca de una radiodifusora a otra, de un programa televisivo a otro. Da rienda suelta a su personalidad displicente, imponiéndose en nuevos tipos de programas que tratan con el mismo tono burlón, agresivo, al límite de la vulgaridad, temas ligeros, cuestiones políticas o problemas sociales.

Zemmour es uno de los miembros más hirientes de estas tertulias que se vuelven tan “taquilleras”, que políticos de todo el espectro galo hacen cola para participar en ellas.

Por si fuera poco, la nueva “celebridad” de la televisión se va convirtiendo también en ensayista exitoso con libros vitriólicos. Resalta El golpe de Estado de los jueces, en el que arremete contra la justicia, el Consejo de Estado y el Consejo Constitucional, “demasiado poderosos”.

Es sin embargo con la publicación en 2006 de El primer sexo –alusión nada subliminal al Segundo sexo, de Simone de Beauvoir– que se afirma como polemista iconoclasta. Zemmour aborrece a las feministas, culpables, según él, de la “desvirilización” –neologismo que acuña– de la sociedad, y defiende con virulencia la cultura patriarcal. Amplios sectores conservadores y reaccionarios de Francia se deleitan.

Se venden más de 100 mil ejemplares del libro. Pero es nada comparado con los 330 mil ejemplares de El suicidio francés, publicado en 2014, donde denuncia el debilitamiento del Estado-nación francés y la amenaza que le hacen correr los flujos migratorios.

Francia no dijo su última palabra, publicado hace tres meses, ya alcanza los 205 mil ejemplares vendidos. En ese ensayo el periodista cada vez más radical desarrolla su postulado obsesivo de la “Gran Sustitución”.

Escribe: “No es un mito ni una conspiración, es un proceso implacable. Esa problemática identitaria vital vuelve subalternas todas las demás, aun las más esenciales, como la educación pública, la industria, la protección social, el lugar de Francia en el mundo. Estoy convencido de que ningún candidato, ni siquiera Marine Le Pen, se atreverá a colocar esa lucha identitaria y civilizacional en el centro de su campaña electoral”.

Es su irrupción en 2019 en el canal CNews lo que le permite captar la atención como nunca antes. Vincent Bolloré, magnate de la prensa y dueño del canal, lo invita a participar en Face à l’Info (Frente a la información), un debate político cotidiano programado a la hora de más audiencia.

Zemmour monopoliza la palabra y día tras día se desata contra el islam, los delincuentes del norte de África que saturan las cárceles, “lo políticamente correcto” y los derechos humanos, que abomina, el islamo-gauchisme (izquierda complaciente con el radicalismo islámico) y el feminismo o de las reivindicaciones LGBT.

CNews rompe récords de audiencia: entre 700 mil y 900 mil televidentes siguen Face à l’Info. Todo mundo comenta los exabruptos del polemista. Llueven anuncios. Bolloré está exultante. Zemmour se convierte en la gallina de los huevos de oro de CNews. Empieza a sentirse todopoderoso y a soñar con un destino excepcional.

El 1 de octubre de 2020 proclama que “todos los migrantes menores de edad no acompañados son delincuentes, ladrones y violadores”. El Consejo Superior de Medios Audiovisuales (CSA) condena a CNews a pagar una multa de 200 mil euros. Asociaciones antirracistas demandan a Zemmour. El juicio se celebrará el próximo 17 de enero.

A principios de septiembre el mismo CSA advierte que sus horas de presencia en Face à l’Info deben ser descontadas del tiempo de antena legalmente otorgado a cada candidato. Zemmour tiene que salir de CNews.

Tagaday, plataforma independiente de vigilancia de los medios, enfatiza que durante los pasados septiembre y octubre la prensa gala publicó 14 mil notas sobre Zemmour. Hoy, parte del gremio tiene la honestidad de hacer un examen de conciencia y analiza el papel que jugó en la metamorfosis fulgurante de un polemista de extrema derecha en candidato.

Bolloré

Presidente del Consejo de Administración de Vivendi –considerado el mayor conglomerado europeo de medios de comunicación e industrias de entretenimiento–, Bolloré acaba de cumplir 70 años y el año próximo entregará las riendas de su imperio empresarial a sus dos hijos, pero el dueño de la decimocuarta fortuna gala no aspira a jubilarse, por el contrario, pretende ampliar la influencia política que ejerce en Francia.

Amigo de Nicolas Sarkozy, Bolloré tiene actualmente dos obsesiones: impedir la reelección de Emmanuel Macron y “salvar a Francia del ocaso”. En menos de un año consolidó su imperio mediático, al que pertenecen Canal+ y CNews, con la compra de casas editoriales y una radioemisora. Y ya es casi dueño del famoso semanario Paris Match.

Como Zemmour, se propone “defender la identidad francesa” y al “macho blanco amenazado por el neofeminismo”. Católico conservador, se ha vuelto adepto de la tesis de “la Gran Sustitución”.

Analistas y expertos galos se pierden en conjeturas ante su relación con el experiodista. Si bien Bolloré le brindó CNews en una bandeja de plata para su precampaña, nada parece indicar que el magnate esté dispuesto a financiar su verdadera campaña. Por lo menos hasta la fecha.

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