Yemen

Yemen: "la peor crisis humanitaria del mundo"

Son muchos los países que en el siglo XXI se encuentran en una situación más que difícil y entre ellos destaca Yemen, donde, para colmo, las guerras intestinas causan los más graves estragos en la sociedad.
domingo, 14 de febrero de 2021

Son muchos los países que en el siglo XXI se encuentran en una situación más que difícil y entre ellos destaca Yemen, donde, para colmo, las guerras intestinas causan los más graves estragos en la sociedad. Y, como en otros, la geopolítica oculta la situación en que vive la mayor parte de la población, siempre de manera precaria.

Para acercarnos a esa sociedad puede mencionarse que en 2018, en el Seminario Universitario de las Culturas del Medio Oriente de la UNAM, por cortesía de la distribuidora, se exhibió por primera vez en México la película "Me llamo Nojoom, tengo diez años y quiero el divorcio" (2014), dirigida por Khadija Al-Salami, basada en un caso real según un relato del libro homónimo de Nojoud Ali y la periodista Delphine Monoui. El público no podía creer que se tratase de la historia verídica de una niña yemení que, tras haber sido obligada a desposar a un hombre de 30 años, aparece en un juzgado para solicitar el divorcio.

La película mostraba al público un país alejado y escasamente conocido, con un campo no tan apacible por los pleitos entre los campesinos, y una ciudad bulliciosa con gente abarrotando las calles. No es fácil entender de dónde sacó coraje Nojoom para enfrentarse sola a la burocracia. La película denuncia la situación a la que se enfrentan las niñas que en Yemen pueden ser desposadas desde los ocho años.

El asunto pudo resolverse por la intervención de quienes han adquirido una educación y de paso han conocido los valores del liberalismo. Además de su correcta narrativa, la película fue la primera producida en ese país, por lo que la directora se convirtió también en la primera y ella misma había tenido la experiencia de uno de esos matrimonios. Además, fue la primera vez que en ese país se permitió a una mujer defender un caso en los juzgados.

La película de primerizos le dio más fuerza y contundencia al relato. Se vive la tensión entre los jefes tribales que no logran entender lo impropio de las prácticas que autorizan, y son los profesores y abogados quienes se cuestionan sobre esa práctica ancestral. Los valores de la sociedad patriarcal son impugnados por quienes van en defensa de los derechos humanos, en ese caso de las mujeres desde que son niñas.

En los años en que se filmaba esa película surgía el conflicto que ha llevado a Yemen a ser uno de los Estados fallidos, con una sociedad que debe luchar a diario por su supervivencia. El 21 de septiembre de 2014, un aumento en el precio de los combustibles llevó a los manifestantes a tomar edificios gubernamentales en Saná, la capital de Yemen. Fueron de la tribu de los hutíes quienes reaccionaron así a los problemas; lograron la renuncia del primer ministro, Mohammed Basindawa. El presidente Abdrabbuh Mansur Hadi resistió hasta enero de 2015.

En las semanas siguientes, los hutíes formaron un Consejo de Gobierno con 300 integrantes del Parlamento, pero en seguida el conflicto dio un vuelco por la intervención de Arabia Saudita para frenar a un grupo que de tiempo atrás era contrario a sus intereses.

Pronto surgió el rumor de que Irán los apoyaba en el esquema ya reiterado de musulmanes sunitas contra chiitas. Aunque los hutíes se consideran cercanos al chiismo, se reconocen en la prédica del zaydismo, ligado a la segunda rama del Islam. Los hutíes no son un grupo étnico –ni siquiera una tribu–, sino un movimiento político religioso que reúne a varios grupos bajo el nombre de Ansar Allah, los Partidarios de Dios.

Ya en el segundo año del conflicto, la ONU expresó que se trataba de “la peor crisis humanitaria del mundo”, y eso que en 2017 apenas se reconocían 10 mil personas muertas, y para 2020 el organismo internacional afirma que se trata ya de 233 mil víctimas, la mayoría no por armas de fuego, sino por el hambre y las enfermedades.

En una población de apenas 22 millones, las víctimas representan algo más de 1% de la población. Esa ha sido la consecuencia del ingreso en la contienda de Arabia Saudita a la cabeza de una coalición para enfrentarse a los hutíes que, se insiste, son respaldados por Irán. Este país apoya a quienes, parapetados en la capital, Saná, se reclaman como gobierno legítimo contra las fuerzas gubernamentales apoyadas por la coalición árabe.

Arabia Saudita es acusada de la miseria y la hambruna que ha provocado su bloqueo de alimentos desde 2015. También se denuncia que, junto a la coalición que formó, ha hecho uso desmedido de la fuerza sin diferenciar los objetivos militares de los civiles al atacar mercados y hoteles. Pero lo más lamentable, y de proporciones inimaginables, es ese uso del bloqueo por hambre contra los grupos rebeldes, convirtiendo la carencia de alimentos en un arma de guerra. Según las agencias internacionales, eso está provocando que 22 millones de personas sufran hambre al día de hoy.

El conflicto internacional arreció cuando, a cinco años del asalto a Saná, el corazón de la industria petrolera saudita en Khurais fue atacado mediante drones, poniendo en jaque la producción petrolera mundial que encabeza la compañía Aramco­. Debido a ese ataque, la oferta diaria de Arabia Saudita cayó de 9.7 a 5 millones de barriles, elevando el precio del Brent en el mercado internacional. El asunto se mitigó debido a que Donald Trump liberó parte de las reservas de Estados Unidos y amortiguó el golpe al mercado mundial. Y desde luego su impacto llegó hasta México, provocando más desequi­librios en el precio del petróleo.

Sin embargo, los especialistas se cuestionan sobre si los hutíes, aunque se responsabilizaron del ataque, fueron capaces de hacerlo. Y entonces nada más cómodo que descargar la culpa en Irán, que está allí para explicar lo que no puede entenderse en Medio Oriente. Como en otros asuntos, se afirma que, aunque no se sabe cómo, es Irán el país que dota de misiles y municiones al grupo rebelde. Y también estuvo allí Estados Unidos para demostrar que los ataques llegaron por el norte, es decir por Irán, y no por el sur, donde se encuentran los rebeldes.

Se esperaba la respuesta del gobierno de Riad, que no llegó, con lo cual cabe preguntar a los especialistas en geopolítica si de haberse demostrado la participación iraní, los sauditas no respondieron. No se vislumbra algún posible arreglo político debido a la miríada de grupos armados financiados por la coalición árabe.

Las fuerzas locales se enfrentan a los hutíes y a la franquicia jihadista de Al-Qaeda para la península arábiga. Su involucramiento apunta más a la fragmentación que a la reunificación de Yemen. En un amplio informe, expertos de la ONU afirman que “Yemen es un Estado que prácticamente ha dejado de existir”, y es que ha sido desplazado por todos esos pequeños Estados que se hacen la guerra, ninguno con la fuerza militar para alcanzar la victoria.

Lo social, que siempre se subordina a lo político y a lo militar, es lo que debe atenderse para evitar que mueran más yemenitas de los diferentes bandos por la hambruna provocada y por las enfermedades a las que lleva la desnutrición.

Arabia Saudita, con su coalición, bombardea pueblos inermes donde mujeres, niños y varones indefensos mueren por esos ataques o por lo que eufemísticamente se llama daños colaterales, que allí no es más que la hambruna. Y por extraño que parezca se dice que la epidemia de covid-19, hasta el 1 de enero de 2021, apenas había causado la muerte de 607 yemeníes. Eso puede ser tan creíble como las cifras que pueden darse en un país en esa situación, dividido en varias regiones y grupos en disputa. Y Amnistía Internacional es contundente cuando afirma que “todas las partes del conflicto están implicadas en ataques indiscriminados, detenciones arbitrarias, desapariciones forzadas y tortura…”.

Además de los casos documentados de las atrocidades de los grupos contendientes, entre las consecuencias de la guerra está el desplazamiento de más de 3 millones de personas que abandonaron sus hogares, lo que quiere decir más de 10% de su población.

Después de seguir esa guerra sin fin, valdría preguntarse dónde se encuentra Nojoom –o la niña que hizo su papel en la película– cuando ha cumplido 16 años, si es que los cumplió y no murió en uno de los ataques. Quizá, dada su valentía, estudia en una universidad en el extranjero mientras espera volver a lo que quede de Yemen, o del poblado recóndito donde comenzó su historia. Puede también estar en un sitio desde donde se pregunta, azorada, por qué el mundo hace tan poco frente a la mortandad de su pueblo y la crisis humanitaria que viven los diferentes grupos enfrentados en su país.

Este texto forma parte del número 2310 de la edición impresa de Proceso, publicado el 7 de febrero de 2021 y cuya versión digitalizada puedes adqurir aquí

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