Religión

¿Por qué el papa Francisco va a Irak?

Resulta de gran interés la visita del papa Francisco a Irak, programada para el 8 y 9 de marzo, que no es la que haría algún otro jefe de Estado interesado en la economía o en la política, sino de quien busca aminorar el deterioro del cristianismo en la región.
lunes, 22 de febrero de 2021

La historia antigua de Irak, plena de expresiones culturales, ha sido sustituida por la de un presente de tragedias cotidianas, sobre todo a partir de la acción de Estados Unidos –cabeza de una coalición internacional con apoyo primordial de Inglaterra y la participación de varios países– en la guerra iniciada en 2003, basada en la gran mentira del armamento de destrucción masiva acumulado por el gobierno de Sadam Husein.

Fue también la respuesta mediática a los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York, para disimular la responsabilidad de Arabia Saudita. Había transcurrido una década de otra intervención estadunidense por la disputa de Irak con Kuwait.

Irak es un país de más de 38 millones de habitantes, con 97% de musulmanes y un pequeño porcentaje de cristianos. Debido a la sangrienta guerra y ocupación que se vivió en el país, hay aproximadamente 2 millones 600 mil desplazados internos o que han emigrado, con un alto porcentaje de cristianos.

Las condiciones del país se han deteriorado de forma considerable después de esa intervención que lo desplazó de albergar reservas de hidrocarburos que rivalizaban con las de Arabia Saudita y cuyos daños se calcularon en más de 100 mil millones de dólares.

Por todo eso resulta de gran interés la visita del papa Francisco a Irak, programada para el 8 y 9 de marzo, que no es la que haría algún otro jefe de Estado interesado en la economía o en la política, sino de quien busca aminorar el deterioro del cristianismo en la región. Va como un viajero solitario sin más armas que su prédica de paz y conciliación, y el afán de preservar los valores de la diversidad.

Entre los sitios que el papa Francisco se ha propuesto visitar se encuentran los de la antigua Nínive, con los evocadores lugares de Bagdad, Mosul y Basora, que el tiempo y las guerras han trasformado. Pero, ¿qué lo mueve a viajar a un país con su apabullante mayoría musulmana?

Contextualizado con las cifras duras, como nos recuerda Jean-Pierre Valognes, todo Medio Oriente era cristiano antes de la conquista musulmana. Es sin duda la defensa de un mundo diverso y permisivo con la presencia cristiana reducida a Egipto, Líbano y Siria lo que está en la intención papal de encontrarse con un país con las carencias y problemas que la guerra dejó, tales como el sectarismo sunitas-chiitas que generó animadversión contra los cristianos por la ruptura del laicismo del destruido régimen del partido Baaz.

La Comisión Internacional de Libertades Religiosas ha advertido que el éxodo “puede significar el final de la presencia en Irak de las antiguas comunidades cristianas que han vivido en estas mismas tierras 2 mil años”. Para constatarlo baste señalar que al comenzar la década de 1980 había cerca de un millón 400 mil cristianos, que se han reducido a 100 mil, la mayoría perteneciente al Rito Católico Caldeo Oriental, o asirio, que eran libres de practicar sus ritos bajo las reglas seculares; pero la guerra sacó a flote rivalidades sectarias que previamente no eran tan visibles.

Aunque se considera que la mayoría de los iraquíes son chiitas, una opinión orientada por Sadam Husein llevó a ampliar su número para complacer a Estados Unidos con argumentos no muy claros, salvo que podía restar influencia a la presencia de Arabia Saudita, guardián del sunismo. De cualquier forma, a esta rama del Islam pertenecía el grupo dirigente, y éste se reforzó con la alianza con los kurdos, que también son mayoritariamente sunitas.

La emigración de cristianos iraquíes estaba ya en curso luego de la primera Guerra del Golfo, y la invasión en 2004 la aceleró con un ataque coordinado por insurgentes suicidas contra cinco iglesias en Bagdad y Mosul. En unos días, 40 mil personas huyeron hacia Damasco y Alepo; millares más buscaron refugio al norte, en Kurdistán o en Jordania.

Luego del asedio yihadista del llamado Estado Islámico, recibió 300 mil desplazados de Mosul y otros miles huyeron hacia Siria para encontrarse con otra guerra. Atrapados por la violencia chiita-sunita, sospechosos por ambas partes de colaboración con los “cruzados estadunidenses”, los cristianos se encontraron sitiados sin contar con una milicia propia.

La policía en Dora, un suburbio popular habitado por cristianos al sur de Bagdad, dice que por lo menos se ha ido 70% de su población. Esto siguió a los secuestros, los bombardeos y las demandas de los pistoleros musulmanes para que los cristianos se fueran o pagaran el jizya, impuesto establecido hace tiempo para residentes no musulmanes.

Ya en abril de 2017 el papa Francisco visitó Egipto, de mayoría musulmana y con 20% de cristianos coptos, que habían sufrido serios atentados. En su discurso en la universidad de Al Azhar, donde lo acompañó la máxima autoridad del Islam sunita, Ahmad al-Tayeb, lamentó la persecución de los cristianos coptos y propuso “…dialogar sinceramente con el otro, reconociendo sus derechos y libertades fundamentales, especialmente la religiosa…”.

Entonces Al-Tayeb fue enfático en su discurso, que pudo interpretarse como una airada respuesta: “Si abrimos las puertas a las acusaciones contra el Islam, ninguna religión, régimen, civilización o historia será inocente”. Quiso reafirmar que su religión no era responsable de los actos de los radicales islamistas.

El papa Francisco mostró su intención de viajar a Irak desde 2019, lo cual confirmó al finalizar 2020 ya con un programa más o menos claro, que incluye su llegada a Bagdad, donde quizá sea recibido por el primer ministro Mustafá al Kazemi.

Luego se propone trasladarse a Ur, cuyas llanuras se ligan a la tradición bíblica del patriarca Abraham, incluyendo las ciudades de Mosul –el mayor centro petrolero y que fuera la capital proclamada por el Estado Islámico (EI) entre 2018 y 2019–, Erbil y Qaraqosh, donde EI dañó a muchos civiles, entre ellos a los cristianos que formaban la mayor parte de la población. Oficiará una misa en compañía del patriarca Louis Raphaël Sako, de Babilonia de los Caldeos, y ofrecerá su homilía por las víctimas de la guerra.

También el papa estará en el Kurdistán iraquí, donde será recibido por las autoridades civiles y militares. La preo­cupación del papa Francisco por esa región ha sido expresada en varias oportunidades. Dijo al diario barcelonés La Vanguardia el 13 de junio de 2014 que “…La persecución contra los cristianos es hoy más fuerte que en los primeros años de la Iglesia”.

Solamente en Siria se calcula que desde la guerra que comenzó en 2011 unos 450 mil cristianos abandonaron el país, reduciendo su número a cerca de 700 mil. Aunque las cifras deben manejarse con prudencia, porque es difícil encontrar estadísticas con fuentes oficiales en esos países, todo indica que las tendencias llevan a lo que alguien ha calificado en forma extrema como el fin de los cristianos en Medio Oriente.

Ese proceso es lo que el papa quiere revertir, porque es alto el riesgo, según han afirmado los especialistas, de que el cristianismo deje de ser una opción en la región. Las intenciones del papa con esa visita están plenamente justificadas y de paso no está de más atraer la atención del mundo a una región tan olvidada, salvo cuando se trata de la economía y de recurrir a las reservas de hidrocarburos. Insistir en la defensa de los derechos humanos y en el respeto al otro es un llamado no sólo a los países de la región, sino a todos donde puedan tener eco las palabras del papa Francisco.

Este texto forma parte del número 2312 de la edición impresa de Proceso, publicado el 21 de febrero de 2021 y cuya versión digitalizada puedes adquirir aquí

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