CDMX

Un oasis educativo en la selva urbana

En el sur de la Ciudad de México, una iniciativa ciudadana a la que se suman vecinos y amigos está rescatando a decenas de jóvenes de los riesgos de las drogas, la delincuencia, la deserción escolar y la depresión por el confinamiento. Se llama:; El Rinconcito de la Esperanza.
jueves, 22 de abril de 2021

En el sur de la Ciudad de México, una iniciativa ciudadana a la que se suman vecinos y amigos está rescatando a decenas de jóvenes de los riesgos de las drogas, la delincuencia, la deserción escolar y la depresión por el confinamiento. Creada por Dalia Dávila y su esposo Fernando Lozano, la atípica escuela en la colonia Héroes de Padierna tiene un nombre de profundo significado: El Rinconcito de la Esperanza.

CIUDAD DE MÉXICO (proceso).- Minutos antes de las 09:00 horas, dos adolescentes llegan acompañados de sus madres a un pequeño lugar de la colonia Héroes de Padierna, una de las zonas más marginadas y violentas de la alcaldía Tlalpan, en el sur de la Ciudad de México. De sus mochilas sacan sus trajes tyvek que los cubren de pies a cabeza, se acomodan su cubrebocas y su mascarilla, se frotan las manos con gel antibacterial y se sientan, listos para tomar su clase de regularización de matemáticas.

No es un salón de clases normal. Es un local de unos cuatro metros cuadrados, en la calle Huehuetán, casi esquina con Tekal, el cual el matrimonio de Dalia Dávila y Fernando Lozano llamó Rinconcito de la Esperanza. Es ahí donde enfocan su tiempo, su poco dinero y sus muchas ganas de ayudar a los niños a fin de que no abandonen la escuela ante las dificultades para adaptarse al sistema de clases por televisión abierta que la SEP implantó el año pasado a causa de la pandemia por covid-19.

Clases seguras. Foto: Germán Canseco

“Le dije a mi mamá que me sacara de la escuela porque ya no le entendía nada a los maestros, me quedaba con muchas dudas y no tenía a quién preguntarle. Me ponía muy triste porque a mí sí me gusta estudiar, pero así ya no estaba aprendiendo”, recuerda Julián, de 13 años, al terminar su clase de regularización de inglés, de primer año de secundaria.

Su frustración creció cuando perdió la beca que tenía por parte del trabajo de su mamá, pues debía mantener un promedio mínimo de nueve, pero las dificultades para entender las clases en la tele lo llevaron a bajar hasta siete. “Iba mal en historia, inglés, matemáticas y física, por eso me quitaron la beca y me puse muy triste, por eso me quería salir. Con la beca me podía comprar mis cosas, ahorré para comprarme la consola (de videojuegos) que quería, y podía ayudar a mis papás; sentí muy feo”, recuerda.

Por los jóvenes. Foto: Germán Canseco

La preocupación de Julián por ayudar económicamente a su familia tiene fundamentos: él nació con problemas intestinales, una arritmia cardiaca y asma. Hace siete años regresaba a casa con sus papás a bordo de una motocicleta, después de darle a los abuelos la noticia de que se iban a casar. Pero esa felicidad terminó cuando un conductor ebrio los atropelló.

Su madre tuvo múltiples fracturas en el cráneo, la cadera y la mano y el pie derechos. Le dijeron que no volvería a caminar, pero lo hizo. Ahora tiene un par de cirugías pendientes que le han aplazado en el Hospital General del Ajusco Medio, de la Secretaría de Salud del gobierno de Claudia Sheinbaum, porque sólo atiende casos de covid. Así espera, mientras el tumor que se le generó en la cabeza le provoca pérdida de memoria.

Niños. Motivación. Foto: Germán Canseco

La familia creció con la llegada de una hermanita y los gastos se incrementaron. Su papá tuvo que cambiar su trabajo por uno que le dejara tiempo para cuidarlos, pero el sueldo es menor. La pandemia de covid-19 fue el acabose, pues el virus los atacó a los cuatro y el padre fue el que más grave estuvo, incluso hizo una carta poder para ceder la patria potestad de sus hijos a su cuñado.

Toda esa situación llevó a Julián a una depresión profunda. “Lloraba de desesperación. Es un niño muy sensible. Por eso me pidió que lo sacara de la escuela y lo dejara vender dulces en la calle. Me decía que no quería pasar el año sin aprender nada, que prefería repetirlo, pero ya cuando pudieran ir a los salones. Entramos en pánico porque no queríamos que se empezara a juntar con la gente mala que hay en la zona o que se fuera a suicidar, como ya hemos sabido de casos”, comenta Carmen Soto, su madre.

Como vecina de la colonia Héroes de Padierna conocía a Dalia y a Fernando. Sabía que ayudan a la gente desde su tortillería, La Abuela, pero en particular a los niños que necesitan asesoría para resolver las lagunas que les deja el Aprende en Casa. Entonces se acercó a ellos, le ofrecieron ayuda psicológica profesional para Julián y le dieron la bienvenida al Rinconcito.

Dalia y Fernando. Iniciativa amorosa

En apenas un mes vio resultados: “Fue un cambio inmenso, lo veo muy animado, con muchas ganas de estudiar. Se levanta temprano para su clase en el Rinconcito, luego regresamos a casa para sus clases en la televisión. Más tarde regresa aquí a su repaso de inglés, y en la tarde lo acompaño a vender sus dulces en la carretera Picacho-Ajusco”, dice.

Inglés presencial. Foto: Germán Canseco

Fragmento del reportaje publicado en la edición 2320 del semanario Proceso, cuya versión digital puedes adquirir aquí.

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