Perú

Un enigma llamado Pedro Castillo

Hasta principios de este año Pedro Castillo era prácticamente un desconocido en Perú; un golpe de suerte lo hizo candidato presidencial y derrotó en la segunda vuelta electoral a Keiko Fujimori. Pero el antiguo maestro rural sigue siendo un enigma.
sábado, 19 de junio de 2021

Hasta principios de este año Pedro Castillo era prácticamente un desconocido en Perú, su propio país; un golpe de suerte lo hizo candidato presidencial y el domingo pasado derrotó en la segunda vuelta electoral a Keiko Fujimori. Pero el antiguo maestro rural sigue siendo un enigma, pues si bien sus propuestas de campaña pueden calificarse de izquierdistas –promete una economía popular impulsada desde el Estado y meter en cintura a las empresas mineras–, su formación es acendradamente religiosa y se opone al aborto, a la eutanasia y a los matrimonios homosexuales; además, se dice admirador de Evo Morales... y de Hugo Chávez.

BOGOTÁ (Proceso).– Hasta hace pocos meses, el humilde profesor rural, agricultor y dirigente magisterial Pedro Castillo era un desconocido para la mayoría de los peruanos.

Incluso cuando el partido marxista-leninista Perú Libre lo oficializó como su candidato presidencial, en enero pasado, la noticia pasó inadvertida en el país, pues nadie pensaba que tuviera posibilidad de hacer un papel decoroso en la contienda.

De hecho, él acabó como abanderado de Perú Libre de forma circunstancial, luego de que el líder de ese partido, Vladimir Cerrón, no pudiera postularse por un caso de corrupción por el que está siendo procesado.

Castillo estaba en el lugar y en el momento indicados y era el hombre llamado a capitalizar el descontento ciudadano generalizado por la corrupción de la clase política y por los desequilibrios sociales que profundizó la pandemia de covid-19, en un país rico en recursos minerales que había logrado altas tasas de crecimiento económico en las últimas dos décadas.

Castillo promete una nueva Constitución, una profunda redistribución de la riqueza, una “economía popular” impulsada desde el Estado y la renegociación de contratos con los inversionistas del sector minero-energético; con ese discurso dio la sorpresa y resultó el candidato más votado en la primera vuelta de los comicios presidenciales, el pasado 11 de abril.

El profesor de 51 años, quien durante toda la campaña usó su sombrero cajamarquino de palma y una sencilla chamarra café, obtuvo en esos comicios 18.92% de los votos y pasó a la segunda vuelta junto con la candidata derechista Keiko Fujimori, quien quedó casi seis puntos atrás.

La hija del expresidente Alberto Fujimori, encarcelado por corrupción y delitos de lesa humanidad, ha estado también en prisión por recibir sobornos de la constructora brasileña Odebrecht y sigue procesada por ese caso.

Por eso la segunda vuelta electoral se convirtió en una contienda entre una política tradicional que representaba más de lo mismo y un activista social ajeno al establishment, que prometía acabar con los privilegios de las élites.

Castillo dijo con toda claridad que sus principales referentes políticos son los exmandatarios Evo Morales (Bolivia) y Rafael Correa (Ecuador), dos de los principales exponentes del llamado Socialismo del Siglo XXI que proclamó en 2005 el entonces gobernante venezolano Hugo Chávez.

Además, en la campaña habló de “nacionalizar” los enormes recursos minero-energéticos, principal fuente de riqueza del país; de potenciar el “rol regulador” del Estado; hacer una segunda reforma agraria y aumentar los impuestos a las ganancias de las empresas para combatir la pobreza.

“No más pobres en un país rico”, fue la proclama central de Castillo.

Para el profesor, quien declaró un patrimonio de 3 mil dólares, en estos comicios se definiría no sólo quién gobernará Perú en los próximos cinco años, sino la continuación o no “de este ciclo de desigualdad, corrupción, abandono a nuestras familias y remate de nuestras riquezas”.

Lo que viene, señaló, es “un camino de cambio progresivo pero profundo en beneficio de quienes nunca antes fueron escuchados”.

Aunque una parte de la sociedad peruana reaccionó con temor a esas ideas “comunistas” y Keiko Fujimori acortó su desventaja en las encuestas en la recta final de la campaña, Castillo triunfó en la segunda vuelta electoral del pasado domingo y el próximo mes asumirá como presidente.

Esto pese a lo cerrado de la contienda (la ventaja de Castillo fue de apenas 0.4 puntos o 70 mil votos) y a que Fujimori pidió anular la votación en 802 mesas electorales por supuestas irregularidades.

Activista provinciano

Hasta el año pasado la experiencia política de Castillo se reducía a una discreta participación, entre 2005 y 2017, en el comité del derechista partido Perú Posible, del expresidente Alejandro Toledo, en el noroccidental departamento de Cajamarca.

El acercamiento del virtual presidente electo de Perú con la política nacional ocurrió en 2017, cuando fue uno de los principales dirigentes de una huelga nacional de maestros en demanda de mejores salarios.

El profesor y maestro en psicología educativa ha sido docente de la escuela primaria del poblado de Puña, departamento de Cajamarca, desde 1995, donde hay tres educadores para los seis grados que se imparten allí.

Enseñar a niños campesinos que carecen de servicios básicos y que no comen tres veces al día es, según ha dicho, su verdadera vocación y lo que lo impulsó a aceptar la candidatura presidencial de Perú Libre.

“Yo sé cómo están las escuelas públicas”. dijo en la campaña. “Algunas no tienen paredes, otras no tienen techo y la mayoría de los niños que van a estudiar están desnutridos. En mi escuela, de más de 100 niños, sólo uno tiene un celular inteligente, y no es de él, es de su familia, y para que tenga señal tienen que subir al cerro”.

La esposa de Castillo, Lilia Paredes Navarro, quien pertenece a la Iglesia Cristiana del Nazareno y también es profesora, lo animó a aceptar la candidatura presidencial de Perú Libre cuando el secretario general de ese partido, Cerrón, se la propuso en septiembre pasado.

“Le dije a Pedro que lo primero es pedir permiso a Dios. Desde ese momento le pedimos que ilumine este trabajo”, dijo la futura primera dama.

Castillo quiere elevar los presupuestos de educación y de salud al equivalente a 10% del PIB en cada caso, lo que suma unos 40 mil 400 millones de dólares al año. Cuando se le pregunta cómo piensa obtener esos recursos, que representan cuatro veces más del gasto actual en esos rubros, él dice que lo hará cambiando el régimen tributario de las empresas del sector minero-energético, que es el motor de la economía peruana.

“Hoy –dijo en un discurso–, del 100% que produce la minería, 70% se queda en manos de las empresas mineras y 30% va al Estado. Y tiene que ser al revés, 30% para ellos y 70% para el Estado. Así vamos a aumentar el gasto social.”

Castillo sostiene que el cambio de las reglas del juego se dará en la Asamblea Constituyente a la que piensa convocar en un plazo no mayor de seis meses a partir de su toma de posesión, el próximo 28 de julio.

“La Constituyente es el eje de este proyecto”, dijo.

La propuesta de una nueva Constitución es promovida por el partido Perú Libre, cuyo líder, Cerrón, un neurocirujano formado profesional e ideológicamente en Cuba entre 1991 y 2002, es el principal aliado de Castillo y jugará un papel decisivo en su gobierno.

Cerrón, quien fue gobernador del nororiental departamento de Junín, se autodefine como marxista, leninista y antimperialista. Admira a Fidel Castro y a Hugo Chávez y defiende al régimen de Nicolás Maduro.

El equipo de Cerrón elaboró el Plan Bicentenario, en el que Castillo define las medidas que tomará durante sus primeros 100 días de gobierno.

Entre ellas figuran un plan de emergencia para enfrentar la pandemia de covid-19, un paquete de inversión pública para crear empleos, la “nacionalización” de la riqueza minera y convocar a un referéndum para que los electores decidan si quieren una Asamblea Constituyente.

Las promesas de transformación de Castillo son descabelladas para la mitad de los peruanos, pero para la otra mitad están sintonizadas con la crítica coyuntura.

Desde principios de siglo hasta 2019, gracias al auge de las exportaciones minero-energéticas la economía de Perú creció a una tasa anual promedio de 4.77% (casi el triple que la de México en ese lapso), pero los beneficios de esa expansión se concentraron en los centros urbanos.

El año pasado, como consecuencia de la pandemia, la economía se contrajo -11.1%, la pobreza aumentó 10 puntos porcentuales y el ingreso per cápita se desplomó 22%.

Mientras que la pobreza afecta a 26% de la población de los centros urbanos, en las áreas rurales –que fueron las que le dieron el triunfo a Castillo– el porcentaje llega a 45.7%, según cifras oficiales.

Otra fuente de malestar es la manera en que el gobierno ha enfrentado la pandemia. Hace unos días las autoridades actualizaron la cifra de muertos por el coronavirus y la elevaron a 187 mil, lo que ubica a Perú como el país con la más alta tasa de mortalidad per cápita en el mundo.

Camino cuesta arriba

El politólogo peruano Carlos Meléndez define a Castillo como “un líder personalista atrapado en una estructura orgánica altamente ideologizada (Perú Libre) cuyo objetivo es cambiar el estatus político y la economía”.

En entrevista con Proceso, el doctor en ciencia política de la Universidad de Notre Dame, en Estados Unidos, considera que el profesor rural buscará desarrollar el programa de Perú Libre en un entorno político muy desfavorable, pues tendrá un Congreso “totalmente adverso”.

Perú Libre es la fuerza política que más diputados tiene en el Congreso unicameral, con 37, a los que se le podrían unir los cinco del izquierdista Juntos por el Perú, pero esos 42 legisladores sólo representan 32% del total.

Los partidos de derecha, que observan con pavor la llegada de Castillo al poder, tienen el control de dos tercios del Parlamento, el cual debe aprobar, por ejemplo, la convocatoria a un referéndum sobre la Asamblea Constituyente.

“Castillo –dice Meléndez– tiene un escenario bastante complicado y no tiene la experiencia política para mantenerse en el poder por sí solo. Está en la necesidad de pactar, pero ahora es difícil saber con quién va a pactar en un Congreso dominado por la derecha.”

El parlamento peruano no sólo puede ser un muro de contención para el proyecto del próximo mandatario, sino un desafío para su continuidad.

En noviembre pasado el Congreso destituyó “por incapacidad moral” al presidente Martín Vizcarra, quien había sustituido a Pedro Pablo Kuczynski en 2018, cuando éste renunció antes de que lo destituyera el Parlamento.

El sucesor de Vizcarra, Manuel Merino, sólo duró cinco días en el cargo. Fue reemplazado por el líder del legislativo, Francisco Sagasti, quien le entregará el cargo a Castillo el mes próximo.

Meléndez dice que la Constituyente no es sólo una promesa de campaña de Castillo, sino un instrumento político para ganar gobernabilidad.

La clave para Castillo, señala el politólogo, es que mantenga altos niveles de popularidad al inicio de su mandato para que sus rivales políticos en el Congreso –como la bancada de 24 diputados de Keiko Fujimori– no obstaculicen su convocatoria a una Constituyente.

En un país como Perú, donde los partidos están atomizados, la popularidad es el principal capital político de los presidentes, asegura el investigador del Centro de Estudios de Conflicto y Cohesión Social.

Un enigma

Castillo ha negado en forma reiterada que Cerrón se vaya a convertir en el poder detrás del trono en su futuro gobierno. “Él no va a gobernar, tampoco yo. Va a gobernar el pueblo”, ha dicho con cautela. También ha aclarado que él no es marxista.

El futuro mandatario peruano incluso tiene una faceta conservadora que no oculta. Él está en contra de la despenalización del aborto, de la eutanasia, de la legalización del consumo de mariguana y no le importan los temas de género, aunque no se opone a que se debatan en una Constituyente.

Cuando el periodista Diego Acuña le preguntó, en enero pasado, si apoyaría los matrimonios entre personas del mismo sexo, dijo contrariado: “No, no, eso es peor todavía. Yo vengo de una familia que me ha inculcado valores y me ha criado con las uñas cortadas”.

Castillo tiene un acentuado sentido de la austeridad y ha prometido reducir a la mitad los salarios del presidente, de los ministros y de los congresistas. También dice que los gastos en publicad que el gobierno destina a los medios privados se van a repartir más equitativamente para favorecer, también, a los medios públicos y comunitarios.

Hace unos días, luego de que el triunfo electoral de Castillo causó volatilidad en los mercados de capital de Perú, el asesor económico del futuro presidente, Pedro Francke, divulgó un comunicado en el que sostuvo que no están consideradas estatizaciones, expropiaciones, confiscaciones de ahorros, controles de cambios, controles de precios o prohibición de importaciones.

De acuerdo con Francke, el profesor rural de Cajamarca no hará una reforma drástica como la que se plantea en el ideario de Perú Libre. Hace unas semanas, el mismo Castillo había dicho que “el ideario no es una camisa de fuerza”.

Eduardo Dargent, profesor de ciencia política de la Pontificia Universidad Católica del Perú, considera que Castillo se debate entre dos discursos: uno “intuitivo y simplista” en el que unas élites se han apropiado de la riqueza nacional y el día que eso acabe al país le irá mejor, y el discurso de su partido, que refleja la visión ideológica de la izquierda dura de los sesenta.

“Creo que su mayor problema es su precariedad –dice el doctor en ciencia política por la Universidad de Texas en Austin–, porque no tiene cuadros, no tiene capacidad de hacer alianzas y su partido no lo deja moverse hacia el centro, lo que casi lo hace perder esta elección”.

Para Meléndez, Castillo es una incógnita porque cuando los ciudadanos eligen a un candidato ajeno al establishment político “están votando por la incertidumbre”.

Y eso lo hacen, explica, “porque cuando el malestar contra el orden establecido es tan profundo, se vota por lo desconocido con tal de cambiar la situación”, como ocurrió en 1990, cuando Perú eligió como presidente a Alberto Fujimori, quien acabó implantando un gobierno autoritario.

“Hoy –dice– hemos optado nuevamente por una incógnita, que es Castillo, cuya promesa profunda es que va a terminar con esta clase política corrupta. Lo que sabemos es que Castillo va a intentar desmontar el orden establecido, pero lo que no sabemos es cómo lo va a hacer.” 

Reportaje publicado el 13 de junio en la edición 2328 de la revista Proceso, cuya edición digital puede adquirir en este enlace.

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