Cultura

Presidencialismo cultural: Sergio Raúl Arroyo

Las instituciones culturales "nunca vivieron en una edad dorada", pero había continuidad en los apoyos. Hoy se ve un "enorme desprecio", expresado no sólo en los recortes presupuestales, dice el exdirector del INAH, quien lamenta que desde el púlpito presidencial se condenen las voces disidentes.
jueves, 3 de junio de 2021

El etnólogo, recientemente exonerado por el proyecto Museo de Museos que nunca se realizó, instauró con Bolfy Cottom y David Huerta un ciclo virtual para discutir las políticas culturales (“La ciencia y la cultura como razón de Estado”), que de entrada le parecen equivocadas. Entre ellas el Proyecto Chapultepec y el programa de cuatro conmemoraciones históricas (pues la fundación de Tenochtilán en 1321 está manipulada y “se aplaude como en los mejores momentos del diazordacismo”). Al ciclo se han incorporado Nicolás Echeverría, Antonio Lazcano y Eduardo Matos Moctezuma, con invitados como Federico Reyes Heroles y Roger Bartra.

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- La cultura en México se encuentra en un momento iné­dito y enfrenta desafíos que abarcan otros campos, como democracia, cuestiones de género, medio ambiente, salud, violencia.

Las instituciones culturales, dice el etnólogo Sergio Raúl Arroyo García, doctor en Antropología y Arte, “nunca vivieron en una edad dorada”, pero había continuidad y consistencia en los apoyos. Hoy se ve un “enorme desprecio”, expresado no sólo en los recortes presupuestales. Y si bien la democracia “ha sido frágil”, lamenta que desde el púlpito presidencial se condenen las voces disidentes.

Para generar un espacio de reflexión donde tengan cabida múltiples voces, cuyos pensamientos van en diferentes sentidos y abarcan distintos temas, más allá de lo que estrictamente se concibe desde las instancias del Estado como cultura, Arroyo concibió, “en el marco de una democracia moderna”, el foro Diálogo Ciencia y Cultura, cuyo lema es “La ciencia y la cultura como razón de Estado”.

Inicialmente –cuenta vía telefónica a Proceso el también exdirector en dos periodos (1999-2005 y 2012-2013) del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) y fundador del Centro Cultural Universitario Tlatelolco (CCUT) de la UNAM– lo integraron el antropólogo Bolfy Cottom y el poeta David Huerta, y pronto se sumaron el biólogo Antonio Lazcano, el arqueólogo Eduardo Matos Moctezuma y el cineasta Nicolás Echevarría.

“Nuestra visión abarca diferentes temas y en todo caso estará ligada siempre a una reflexión abierta. No se trata de optar nada más por personas que piensen en un solo sentido, sino que tengan capacidades críticas para pensar el país en torno a problemas muy específicos y desde diferentes ópticas. Y creo que se ha logrado, cada vez ha sido mayor la presencia del público en nuestras transmisiones. Nuestro propósito, aun siendo modesto en cuanto al alcance, ha tenido un éxito notable”.

Cuando en noviembre de 2020 Cottom dio a conocer el proyecto en estas páginas, expuso la necesidad de los diálogos ante el “inesperado embate” a la cultura, desde el propio medio gubernamental. Se le pregunta a Arroyo si coincide con esa percepción, y tras reiterar que percibe un enorme desprecio, señala:

“Me parecen importantes las reflexiones hechas desde las instituciones de cultura, que nos han permitido tener una visión cada vez más extensa del patrimonio cultural. Son visiones que han transitado varias administraciones, pero nunca se había pensado, por lo menos yo nunca había visto, que la administración pública acotara de una manera ideológica los alcances de la investigación. Me parece una actitud ofensiva, creo que las instituciones académicas han actuado y trabajado de manera muy consistente en la investigación de diferentes fenómenos, experiencias culturales, patrimoniales, en el ámbito de la lingüística, de la historia.”

Menciona como ejemplo de ese acotamiento el caso más reciente del uso de la historia en torno a “lo que se llamó la ceremonia de fundación de Tenochtitlán, y lo único que muestra es que no solamente hay una desorientación, sino una especie de propuesta dogmática, en la que se pretende que con la alineación de los astros se fundó Tenochtitlán después de un banderazo que tuvo que haber dado algún tlatoani, y eso también coincide con 1521, 1821 y luego 2021”.

Para “efectos esotéricos” eso podría llamar mucho la atención, lamenta, pero fue importante la respuesta de muchos académicos del Templo Mayor de no asistir al acto, “justamente por considerarlo una manipulación de la historia de México”.

–¿Cuál es su resumen de la política cultural de este momento?, considerando los regímenes pasados, donde también hubo un desprecio con algunas circunstancias que motivaron su salida del INAH en las dos ocasiones que estuvo al frente, en el gobierno de Vicente Fox y de Enrique Peña Nieto.

–Desde luego, nunca hubo una edad de oro para las instituciones culturales. Sin embargo, sí cierta consistencia en los apoyos. Había siempre la prerrogativa de que quienes las dirigíamos podíamos hacer trabajos y acuerdos políticos con diferentes instancias de gobierno para contar con los presupuestos necesarios.

Menciona incluso que alrededor de 2003 pudo aumentar la plantilla de investigadores de base del INAH, abrir la Escuela de Conservación, Restauración y Museología, y reestructurar algunas salas de los museos nacionales de Antropología y de Historia. Su salida el 31 de marzo de 2005 se debió entonces a discrepancias por “manejos políticos, por ejemplo, era muy claro para mí que no podía estar de acuerdo con la Ley de Fomento y Difusión de la Cultura”. Su carta de renuncia se publicó íntegra en la edición 1483 de Proceso.

Chapultepec

El problema que se vive actualmente, en opinión del etnólogo, no sólo es la limitación de recursos (la hubo en otras administraciones), sino el viraje en la política cultural: ahora se utilizan los proyectos para favorecer decisiones tomadas desde la Presidencia de la República. Pone como ejemplo el caso del Proyecto Chapultepec: Naturaleza y Cultura, el cual considera “sumamente ominoso en función de la cantidad de recursos de los que se le está dotando”.

Ha implicado la disminución de presupuesto para otros programas. En opinión suya el proyecto no va más allá de “utilizar Chapultepec como un elemento referencial”, y bien podrían hacerse otras cosas:

“Conocí hace muchos años el proyecto de Alberto Kalach en función de la reestructuración urbana de Chapultepec, me pareció sumamente interesante. Pero lo que estamos viendo hasta la fecha, sin que haya mayores avances, es un poco desalentador, o muy desalentador, diría.”

Admite que no se puede meter todo en el mismo saco, y quizá desde que Jaime Torres Bodet fue secretario de Educación Pública, no hubo un ambiente tan favorable para el desarrollo cultural y educativo. Después de esa época, siempre hubo restricciones y dificultades, pero se iban trazando y alcanzando pequeñas metas.

Menciona que se llegó a hablar de la autonomía de los museos, ahora el tema ya ni siquiera está en la agenda; había dinero para mantener las instalaciones y para una o dos exposiciones “dignas” al año. Le parece que los problemas que eran graves se han complicado como si no hubiera sido suficiente con lo vivido, y para muestra están las condiciones laborales de los trabajadores de la cultura del capítulo 3000 y contratados, algunos de los cuales se han quedado de plano sin trabajo porque “no se les despidió, pero se les terminó el contrato y no se les volvió a extender”, según la explicación de la Secretaría de Cultura.

Suma como un “despropósito” que se haya buscado, desde el inicio, “hacer de la historia una saga a modo gubernamental, para fomentar el dogma de que por fin hemos llegado a un lugar paradisiaco donde todo va a ser fácil”. Y la descalificación que se ha hecho al trabajo y organización de la sociedad civil, en donde se trabajaba con “cierta autonomía” en temas culturales, de salud, género, medio ambiente.

“La democracia es muy frágil –dice–, sobre todo si no la proveemos de valores críticos. Nada en nuestra sociedad, en ningún lugar, que no responda a una cadena crítica puede ser suficientemente valioso. Y lo que vemos es una especie de liga de la obediencia, que no es para nada útil a la imaginación democrática. Esto es lo que me parece ha llegado a un punto límite.”

–Desde los últimos años ha habido un cuestionamiento a si realmente estábamos ya en un sistema democrático. Vamos a las elecciones y elegimos, pero después, tanto a ciudadanos como a políticos, se nos olvida la participación y la democracia.

–Bueno, te digo yo que es frágil, soy el primero en reconocerlo. Ha sido frágil por varias cuestiones: siempre hemos tenido una especie de dominio estatista, que en algunos momentos se llegó a resquebrajar, en el cual se decidía todo desde el poder público. Había tenido variaciones hasta cierto punto, y las opiniones y cierta pluralidad existían. No digo que eso nos constituyera en una potencia democrática, para nada, pero sí que había intersticios por los cuales las opiniones de científicos, de especialistas, de activistas relacionados con diferentes temas, como el medio ambiente o el de género, tenían logros específicos, independientemente de que el gobierno, como reconocimiento, hubiera tenido que abrir algún tipo de oficina pública para atender los problemas en ciertos temas.

Riesgos

Arroyo considera que hay una especie de “regresión a la nada”, pues desde el mismo gobierno se busca la unanimidad, se desalienta la discrepancia y parece difícil tratar de generar un ámbito de opinión favorable para el análisis. Afirma incluso que “cada vez es más difícil opinar”, y se ha entrado en terrenos difíciles porque se están borrando las fronteras entre los poderes públicos; ya no sólo es centralismo político o geográfico, sino en las decisiones, lo cual es “cada vez más grave y peligroso”.

Vuelve al caso Chapultepec y al de la ceremonia por Tenochtitlán, en la que se invitó a la expresidenta de Brasil, Dilma Rousseff. Le parece que, en esto y en los macroproyectos, la Secretaría de Cultura no es la que centraliza, sino que actúa como “una especie de acompañante” de las decisiones presidenciales:

“Por ejemplo, la ocurrencia de la ceremonia, que podía ser perfectamente trivial, no lo es porque es una especie de relato de cómo se están tomando las decisiones: ¿Quién decide que 1321 es un especie de año cabalístico? Nadie que haya revisado la historia de México lo podrá decir. Alfredo López Austin y Eduardo Matos han insistido en la falsedad de todo esto, pero no ha importado, se celebra y además con invitados, con bombos, y se aplaude como en los mejores tiempos del diazordacismo. Se aplaude como si se estuviera celebrando un acto verdaderamente republicano.”

–¿Compararía a Andrés Manuel López Obrador con Gustavo Díaz Ordaz?

–No, yo no puedo comparar –puntualiza–. Lo que estoy diciendo es sobre la magnanimidad que se buscaba en aquellos años. No quisiera que sea el tono de la entrevista, lo que digo es que es muy peligroso cuando no encuentras división de poderes. ¿Qué pasaba en el diazordacismo? Recuerda que fui quien hizo el Memorial del 68 (en Tlatelolco), una de las cosas más graves en todo lo que estuvimos revisando fue justamente la desaparición de la división de poderes: la gente del Legislativo, del Ejecutivo y del poder Judicial estaba en la misma línea del presidente, siempre, no había discrepancia.

“El Ejército, las fuerzas armadas, siempre estaban al lado de esta razón, como una especie de escudo contra las propias decisiones, así era en el 68, una clara embestida contra las decisiones populares, contra la ruptura que estableció un sector de la clase media estudiantil con respecto a lo que era el poder público en México”.

Advierte que un regreso a un país “sin división de poderes es riesgosísimo y no sabemos en qué va a parar. No estoy hablando exactamente de la misma situación, pero esa búsqueda de consensos más allá de la verdad me parece un problema patológico de poder. Lo que te quiero decir es que ese es un riesgo real que está viviendo el país”.

Cabe señalar que, tras casos como la ampliación de mandato del ministro presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN), Arturo Zaldívar, y el desafuero del gobernador de Tamaulipas, Francisco Javier García Cabeza de Vaca (expuestos por Proceso), diversos analistas políticos de varios medios impresos, televisión y radio han hablado de “desaparición de poderes”.

Arroyo recomienda ver en la plataforma YouTube el video del discurso de Díaz Ordaz del 1 de septiembre de 1968, donde se refiere a México como una “isla intocada” que no debería ser “contaminada por el mundo exterior”; y luego de condenar el movimiento estudiantil, Díaz Ordaz señala: “Hemos sido tolerantes hasta excesos criticables”, y amenazó con utilizar al ejército contra los jóvenes.

Cree Arroyo que el expresidente representa una de las cúspides del autoritarismo, de la sinrazón política, la arbitrariedad, y “hay que tenerlo como un referente ominoso frente al cual hay que estar advertidos porque, siempre, la tentación del poder es muy grande”.

–Pero cuando cita a López Obrador y Díaz Ordaz…

–No, yo lo que dije es sobre los aplausos que vienen de todas las esferas, donde no hay disidencia. Si tú terminas con la división de poderes públicos, lo que logras es la unanimidad, una especie de país que vive en un soliloquio.

Insiste el etnólogo en las palabras de Díaz Ordaz cuando incluso “él se considera una víctima del movimiento estudiantil”, y todos al unísono, incluso la prensa, “salvo honrosas excepciones”, se sumaron a la condena a los estudiantes.

Se le pregunta entonces si no se ha caído en una descalificación a priori de López Obrador. Tras recordar que, como director del INAH, colaboró con él cuando fue jefe de Gobierno para el rescate del Centro Histórico de la Ciudad de México, enfatiza que él no lo descalifica:

“No, lo que hago es usar ejemplos de lo que está haciendo. Si piensas en lo que está pasando en la Suprema Corte y en las concesiones que se le están dando a su actual presidente; si piensas en la composición del Poder Legislativo actualmente, te das cuenta de que la posibilidad de confrontar, analizar, reflexionar sobre las decisiones gubernamentales se vuelve cada vez menos posible, menos factible, y lo señalo como algo profundamente grave.”

Los invitados

Otro aspecto del cual se le pregunta al investigador es el de los invitados, entre quienes se encuentran intelectuales a los cuales se ha ligado con gobiernos anteriores o se les considera abiertamente en contra de AMLO, y se le mencionan a Federico Reyes Heroles y a Roger Bartra.

Señala que se deciden de manera colegiada y agrega que seguramente Reyes Heroles tuvo que ver, por su trabajo, con alguna oficina estatal por cuestiones de publicidad, pero “es un hombre absolutamente probo”. Y Bartra “ha sido un hombre crítico del sistema, desde que yo lo conozco, hace muchos años; fue profesor de la Escuela Nacional de Antropología e Historia, ha sido uno de los grandes críticos del priismo, su trabajo La jaula de la melancolía y lo que vino después hace una gran crítica a lo que fue la formación de la política gubernamental y también la crítica de un cierto sector enorme de la izquierda en México”.

Para él no deberían ser motivos de descalificaciones, que parecen “muy chatas” y no responden a un análisis serio, lo importante es entrar en la discusión en términos intelectuales “y no decir que la gente simplemente está vendida porque alguna vez tuvo una vinculación con el gobierno, pues entonces solamente los puros, que no han querido tocar jamás una oficina pública y han vivido en una especie de burbuja toda su vida, podrían militar en lo que actualmente es el gobierno. Pero te puedo decir que varios políticos actuales formaron parte de las filas priistas, y en algunos casos hasta panistas que están en este momento trabajando en el gobierno”.

–En el sentido de la pluralidad, ¿han pensado invitar a voces más cercanas al gobierno actual, por ejemplo a Lorenzo Meyer?

–Mira, lo que nos interesa es llegar a acuerdos entre nosotros, ya el gobierno tiene suficientes salidas en la mañanera, tiene ya unas cuantas horas diarias para difundir sus propósitos, sus burlas, incluso sus humillaciones, como para seguir haciendo eso. Más bien quisiéramos constituir un contrapeso, serio, formal y que, si se rebate algo, sean nuestras ideas, lo que opinan los pensadores que invitamos, y no sea una prolongación de las líneas de difusión del gobierno.

–Preguntaba porque quizá, como se ha dicho que Reyes Heroles o Bartra son anti-AMLO, a Meyer se le ha querido vincular con el gobierno actual y se le ha acusado de estar pagado.

–No, yo tengo respeto por Lorenzo Meyer y creo que puede ser un buen invitado, me has dado una buena idea, no hay muchos que yo pueda decir tampoco, lo confieso, pero Meyer es una persona con la que podríamos platicar. A lo que me niego es a entrar en esas descalificaciones a la gente, absolutamente ridículas, por una especie de mancha, que no lo es, en su pasado.

Arroyo remarca que la única posibilidad de desarrollar una sociedad democrática es la reflexión plural, abierta, sistemática, que esté libre de la intimidación de instituciones “puestas para perseguir y para humillar”. Y tal es el propósito de las mesas de reflexión que pueden seguirse por YouTube. Las próximas emisiones serán, luego de las elecciones, el 15 de junio, con José Woldenberg, expresidente del entonces Instituto Federal Electoral, y posteriormente con el exministro José Ramón Cossío. 

Texto publicado en el número 2326 de la edición impresa de Proceso, en circulación desde el 30 de mayo de 2021.

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