Medio Ambiente

San Miguel Topilejo: un bosque en cenizas, una comunidad amenazada

En los márgenes de la CDMX y Morelos se extraen de manera clandestina alrededor de 50 toneladas de madera al día. Habitantes de esa comunidad originaria han sido golpeados y amenazados de muerte por los talamontes que ahí operan.
jueves, 3 de junio de 2021

En los márgenes de la CDMX y Morelos, dentro del bosque de San Miguel Topilejo, se extraen de manera clandestina alrededor de 50 toneladas de madera al día. Habitantes de esa comunidad originaria han sido golpeados y amenazados de muerte por los talamontes que ahí operan. Con tal de mantener a salvo la integridad de los árboles, los defensores ecológicos en Topilejo se han vuelto expertos en explorar los senderos y su espacio aéreo, lo mismo para combatir incendios que para documentar la devastación en la alcaldía de Tlalpan.

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Los troncos permanecen heridos en un paisaje convertido en cenizas. En el paraje Astillero Viejo, en el bosque limítrofe con Morelos, pinos enormes se desparraman en el terreno sobre zacates chamuscados, abonando a una geografía trastocada por las motosierras y el fuego.

“Hay un descontrol de la tala clandestina en el último año; se llegan a tirar hasta 100 árboles al día. Es una zona complicada, los incendios son provocados por los mismos talamontes para distraer, para limpiar zonas boscosas y poder cometer su delito”, cuenta uno de los brigadistas que recorre cotidianamente los caminos del bosque.

Dentro de ese bosque dominado por distintos tipos de pino, cada sendero tiene un trazo distinto, donde es fácil extraviarse. Los teporingos –un grupo de guardabosques comunitario, así llamados por el animal en peligro de extinción– conocen sus caminos y el proceso de deterioro que ha sufrido el área en los últimos meses, no sólo por la tala clandestina, sino también por los incendios que diariamente localizan y controlan con brechas de tierra.

Como si fuera un pórtico al ecocidio, una estrecha vereda permanece bloqueada con troncos y copas de pino mutiladas, advirtiendo la presencia de talamontes en la zona. “Este derribo lo hacen para que no suban las camionetas, para que no tengamos acceso a los árboles que derriban más adelante”, comenta el brigadista antes de luchar por desbloquear el camino. Mientras la cuadrilla de teporingos arrastra un tronco para usarlo como palanca, explica: “Con éstos ruedan los trozos de madera para subirlos a la plataforma, se les llama caballos”.

Los talamontes son expertos en derribos direccionales. Con una motosierra y un machete realizan muescas al pie de los árboles. La madera cruje algunos segundos y luego el tronco se desploma sobre otros troncos que funcionan como rieles para cargar en vehículos. Una vez en el suelo, eliminan las ramas y la copa es utilizada para bloquear los caminos que conducen a los parajes deforestados.

En uno de sus recorridos de vigilancia en el mismo paraje, el 20 de noviembre pasado, el sonido de las motosierras desgarrando la corteza de los árboles llamó la atención de la comunidad agraria. “Eran como las seis de la mañana cuando se oye el primer derribo: ¡plaf!”, cuenta uno de los integrantes del Comisariado de Bienes Comunales.

Recuerda un diálogo con las autoridades que en esa ocasión los acompañaban en un operativo para detener a los talamontes.

–Nosotros conocemos el bosque. ¿Quieren agarrar a los talamontes o nomás espantarlos? –ofreció el comunero.

–Vamos a agarrarlos –exclamó un agente de la Procuraduría Federal de Protección al Ambiente (Profepa).

–Pero vamos a estar conscientes de que nos van a aventar de balazos, nos pueden golpear y hasta matar. ¿Quieren?

–Sí, adelante –indicó un mando de la Guardia Nacional (GN).

Este texto es un adelanto del reportaje publicado en el número 2326 de la edición impresa de Proceso, en circulación desde el 30 de mayo de 2021.

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