Revista Proceso

Golpe a Excélsior: Un testimonio gráfico

Para nuestra generación, la existencia del diario resultó extraordinaria al proporcionarnos la información de diferentes temas políticos, sociales, culturales y deportivos, que se desmenuzaban en su sección editorial por auténticos especialistas del tema.
domingo, 11 de julio de 2021

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).– La fría mañana del jueves 8 de julio de 1976, en la redacción del semanario Sucesos para todos, fuimos presa del asombro que sacudió a todo el medio periodístico: atestiguábamos el golpe al principal matutino del país. En el restirador yacían la primera y la última página en blanco del diario Excélsior, clara evidencia de cómo se aplica el desmesurado poder.

La inteligencia y el arrojo de unos cuantos habían acorralado a un mandatario en México.

Para nuestra generación, la existencia del diario resultó extraordinaria al proporcionarnos la información de diferentes temas políticos, sociales, culturales y deportivos, que se desmenuzaban en su sección editorial por auténticos especialistas del tema. En una sentada quedaba satisfactoriamente informado.

Su interesante y veraz información me llevó a encontrar respuestas a grandes inquietudes para la realización de fotorreportajes en un país y una ciudad creciendo incesantemente.

La información evidenciando la desi­gualdad creaba conciencia a quienes luchaban por lo contrario. Esta acción causó el escozor del gobernante, y ahí estaba frente a nosotros tendida la primera y última página en blanco del periódico Excélsior. El Periódico de la Vida Nacional quedó en suspenso. Sólo faltaba saber qué sucedería durante la asamblea del Consejo dentro de las instalaciones del diario, donde reunidos trabajadores y directivos supuestamente decidirían libremente.

Apostado frente a Reforma 18 estaba un reportero de Televisa; con aparente interés leía mientras un grupo de gente identificada con sombreros gritaba arengas contra la dirección: “¡Ya basta!”, proyectaban los carteles. Del interior salían otros personajes para ponerlos al tanto de lo que sucedía en la reunión.

Testigo ciego

Por mi parte, frente a Reforma 18, veía cómo se desvanecía mi sueño de pertenecer a ese equipo de periodistas en pleno conocimiento y madurez.

Comencé a fustigarme por no haber tenido el valor de levantar la cámara fotográfica, cuatro meses atrás, para inmortalizar el duro puñetazo con el que recibió Mario Vargas Llosa, recargado en la barra del bar de la sala de proyección del Sindicato de Cinematógrafos, a Gabriel García Márquez, quien en ese mismo instante descubrió la presencia del peruano.

El colombiano platicaba con alguien en una mesita cuando volteó y descubrió la apolínea presencia del escritor con una maravillosa vestimenta color verde olivo, toda hecha para lucir su musculatura. Se levantó el autor de Cien años de soledad diciendo: “¡Mario, qué gusto!”, a la vez que extendía los brazos para abrazarlo. Pero éste no lo dejó llegar y de repente lo hizo rodar por el suelo. Apanicado, me salí del escenario, y a mi paso en el pequeño lobby encontré a las escritoras María Luisa Mendoza y Elena Poniatowska, que, ajenas a la trifulca,

platicaban.

Me obligué a regresar y había cambiado el escenario, ahora era Mercedes quien reclamaba: “¡Qué te pasa, Mario, Gabriel no tiene esos gustos! ¡Jamás se fijaría en Patricia!”. Paralizado, estaba siendo testigo de un incidente histórico en el universo cultural y no me atrevía a obturar. Volví a salir, ya las escritoras habían interrumpido su charla, y con el pañuelo de La China Mendoza aplicaban compresas de hielo al literato para bajarle la hinchazón.

Aturdido, terminé caminando solo en el silencio de mi soledad esa oscura noche.

A la mañana siguiente sonó el teléfono de la oficina de la revista Sucesos; era Elena Guerra, secretaria del director de Excélsior, preguntando si uno de nuestros fotógrafos había captado el desencuentro literario. Como a mí me tocó contestar la llamada, cínicamente respondí que no y aprendí a vivir con ello. Había perdido la oportunidad de ser fotógrafo de Excélsior, y muy en mi interior quedó el reclamo, que hoy hago público.

“La suerte ayuda”

El fotógrafo de prensa no debe darle alojo al hambre ni al frío mientras trabaja. Tarde lo aprendí, y a veces la suerte ayuda, como sucedió aquel 8 de julio:

El hambre vespertina arreciaba y se me ocurrió meterme a un restaurante italiano cercano al edificio de Excélsior, cuando a lo lejos se escuchó un grito a coro: “¡Scherer, Scherer, Scherer!”. Salí a toda prisa topándome de frente con un voluminoso equipo humano, un convoy de paso firme, los rostros con un claro gesto mezcla de frustración y tristeza. Habían ganado la fuerza y la traición.

“Golpe a Excélsior”, decía el cintillo de la portada del semanario Sucesos para todos del 11 de julio de 1976, que dedicó en ocho de sus páginas el testimonio del hecho histórico. Éramos ingenuos jóvenes que, ufanos, presumíamos nuestro logro periodístico: Armando López Becerra, editor, y el fotógrafo Juan Miranda habíamos logrado la exclusiva periodística desdeñada por los medios en general.

Pero eso provocó nuestra inminente salida del semanario, pues sin saberlo habíamos pisado los callos del dueño de la editorial, Gustavo Alatriste, dueño también de los cineclubes de arte apoyado por la familia Echeverría. Sin más, convocó a una reunión para presentarnos al chileno Alejandro Jodorowsky como director del medio.

También fue un jueves, pero de 1977, cuando llegué a la histórica puerta de Fresas 13. Era el día que la dirección de la revista Proceso se reunía para planear la siguiente edición. Llevaba mi paquete de fotos desparpajadas, entre ellas las del 8 de julio. Fue Carlos Marín, y no Julio Scherer –como yo deseaba–, quien me las recibió, llevándolas a la junta directamente, pero indicándome que lo esperara en la improvisada recepción.

Al salir de la junta me dijo: “Tienes trabajo, pero no puedes ganar más que el director”. Mi dispersión económica se despertó 15 años después cuando, sorprendidos, Carlos Marín y Rafael Rodríguez Castañeda se cercioraron de que nunca me habían actualizado mi sueldo, ni yo lo pedí nunca. Ese día mi economía sonrió.

Un favor…

Muchas y muy variadas han sido las vivencias, algunas inolvidables, como la invitación del maestro Héctor García para exponer en la apertura del Museo de la Fotografía que encabezaba el legendario fotógrafo Manuel Álvarez Bravo.

“Lo quiere inaugurar con una muestra de fotoperiodismo, lo más significativo de cada fotógrafo”, insistía. Imprimí las imágenes en papel de fibra del golpe a Excélsior para exponerlas. Por deferencia a su protagonista principal, las vimos una por una en su oficina. Julio Scherer estaba conmovido. Frente a mí veía al personaje que el 8 de julio de 1976 había salido acompañado por el grupo de periodistas, intelectuales y trabajadores identificados con su director, y mientras tanto pensaba que, entonces, la puerta de Reforma 18 se había abierto por última vez para dar paso a la transformación del periodismo con la intención de captar lectores analíticos. En Proceso se habían exigido un periodismo de investigación veraz sin importar ni jerarquizar personajes, anteponiendo siempre el responsable manejo de la información, un trabajo que marcó un antes y un después. Para Julio Scherer lo importante era la opinión del lector. Una de sus frases recurrentes era: “Nosotros nos debemos al lector, sobrevivimos gracias a su lealtad, no podemos defraudarlos”.

Luego de observar detenidamente las fotos, me dijo:

“Le voy a pedir un favor, don Juan, a nadie nos gusta vernos derrotados y estas imágenes son la viva imagen de ello. Si tiene material con qué suplir, hágalo. Existirá otro momento.”

Sin más, las recogí, diciéndole: “Ni hablar, don Julio, por alguna razón mi interés era que las viera. No exponerlas no cambia para nada el acontecimiento”.

Esa promesa, por mi parte, se ha cumplido siempre, pues nunca se creó el Museo de la Fotografía, aunque las imágenes –hay que decirlo– se han reproducido sin mi autorización en diferentes medios. Creo que don Julio puede estar tranquilo: cuando veo esas 30 fotografías, que cumplen hoy 45 años –un mismo jueves–, veo en ellas un testimonio, no de derrota, sino de herencia que dejó al lector con Proceso.

Reportaje publicado en la edición 2332 de la revista Proceso, cuya edición digital puede adquirir en este enlace.

Comentarios