Antonio Helguera

Un monero a tres bandas

A algunos compañeros de la mesa de redacción de La Jornada nos gustaba jugar carambola y a veces nos citábamos en un billar cercano a las instalaciones de Balderas para darle rienda suelta a las tres bandas.
domingo, 11 de julio de 2021

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).– El 25 de junio último, al saber del fallecimiento, Rafael Menjívar Mérida escribió en Facebook: “(Helguera) llegaba a la casa de mi papá a comer fondue y se escondía en la cocina con la olla secuestrada para comerse hasta el último rastro de queso… fue un gran amigo de mi padre. Descansa en paz, Tony. Salúdame a mi padre”.

Traigo este comentario a colación porque fue precisamente el papá de Rafael, el escritor salvadoreño Rafael Menjívar Ochoa, quien me presentó a Helguera allá por el año de 1983.

Menjívar Ochoa dirigía la sección internacional del ya desaparecido periódico El Día –donde Helguera era el cartonista de planta–; yo no trabajaba en ese medio pero pasaba algunas tardes ahí, conversando con los amigos.

Así, una ocasión en la cual platicábamos Rafael y yo en su oficina, llegó Helguera a mostrarle el cartón de ese día. Ahí me lo presentó.

Helguera era entonces un jovencito que parecía haber salido de la adolescencia apenas una semana antes… en realidad no hacía mucho que había egresado de La Esmeralda y hacía sus pininos en el cartón político. Era muy serio y parecía algo tímido.

No volví a saber de él sino hasta dos años después, cuando empezó a trabajar en La Jornada, a donde llegó como veinteañero y donde, al correr del tiempo, alcanzó la madurez profesional, se despojó de la timidez y solía llenar el espacio de la redacción con algunas eventuales carcajadas difíciles de olvidar.

A algunos compañeros de la mesa de redacción de La Jornada nos gustaba jugar carambola y a veces nos citábamos en un billar cercano a las instalaciones de Balderas para darle rienda suelta a las tres bandas; una vez Helguera nos escuchó cuando nos poníamos de acuerdo para jugar al día siguiente… y pidió ser incluido en el grupo.

Por supuesto que le dijimos que sí, que podía acompañarnos, pero entre nosotros intercambiamos algunas miradas de complicidad: un jovencito que parecía haber nacido en una familia de clase alta se apuntaba a participar con nosotros en una actividad que era primordialmente “proletaria”… en aquellos años la carambola se disputaba en antros de barrio, estábamos habituados a eso. Pensamos: “Hay pichón”. Y sonreímos con soberbia.

Al día siguiente nos reunimos en el billar de marras y ahí llegó también Helguera. La primera sorpresa fue que él traía su propio taco (algo impensable entre nosotros), lo que debió ser la primera señal de alerta para nosotros. Armamos los equipos y empezamos a jugar.

Para nuestra sorpresa, Helguera era tan buen carambolista que nos hizo quedar en ridículo a todos los que el día anterior nos habíamos sentido superiores. Las tres bandas se le daban con una naturalidad pasmosa y, sin dejar un gesto adusto, hilaba carambola tras carambola ante nuestros ojos. (Luego me enteré –me lo contó Menjívar– que el cartonista venía de un hogar en el que había una mesa de billar… el tapete verde era parte de su educación doméstica).

Dejé de trabajar en La Jornada y años después coincidimos de nuevo en el ámbito laboral, ahora en la revista Milenio, donde él y Hernández publicaban cada semana lo que podría considerarse el embrión de “MonoSapiens”.

Y finalmente nuestros caminos laborales se reencontraron en Proceso.

No éramos amigos cercanos, debo decirlo, pero siempre nos llevamos muy bien y siempre tuve un gran respeto por su trabajo; lo que me queda como recuerdo de Helguera –lo que quiero que me quede como recuerdo– son sus sonoras carcajadas y sus elegantes carambolas.

Reportaje publicado el 4 de julio en la edición 2331 de la revista Proceso, cuya edición digital puede adquirir en este enlace.

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