Estro Armónico

De alfiles y teclados

James Pullés, un ajedrecista consumado con victorias en su haber, y orgulloso poseedor de una de las bibliotecas más completas sobre la literatura de ese “noble juego de la inteligencia”.
domingo, 12 de septiembre de 2021

A Emilio Ulloa, celebrando su victoriosa convalecencia

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).– En diversas ocasiones esta columna se ha visto beneficiada, en grado superlativo, con la participación del ínclito pianista mexicano James Pullés quien, en sus propias palabras, ha dicho que es una “tarea honrosa y un deber moral afiliarse a esta cruzada para rescatar nuestro pasado musical”. Y ciertamente la cruzada va y puede presumirse que, en sus meandros sonoros y gracias a su inestimable colaboración, hemos rescatado más de una decena de obras que estaban refundidas en un silencio inclemente (hablamos, por ejemplo, de piezas inéditas de Aniceto Ortega, su hijo José, Agustín Balderas, Quirino Mendoza, N. Navarro, Miguel Ríos Toledano, Manuel Neira Barragán, José Ribera Miró, etcétera).

Pero allende lo anterior, con el consecuente y desconfiado agradecimiento, lo interesante es que el maestro Pullés es, además, un ajedrecista consumado con victorias en su haber, y orgulloso poseedor de una de las bibliotecas más completas sobre la literatura de ese “noble juego de la inteligencia”, como lo describió Stefan Zweig. Por lo tanto, la oportunidad de hablar de este sugerente binomio entre música y ajedrez era, de nuevo, una “tarea honrosa” y un deber “editorial” que no podíamos soslayar…

–Querido James, los lectores y escuchas de Proceso ya están familiarizados con tus interpretaciones al piano, pero ignoran todo sobre tu trayectoria musical, y es necesario que la conozcan para que valoren aún más tus generosas contribuciones. Cuéntanos cómo se despertó en ti la vocación por los sonidos bien ordenados…

–En mi familia materna siempre se fomentó la educación musical. Mi madre aprendió a tocar el piano a temprana edad y lo adoptó como pasatiempo. Ella siempre ha tenido predilección por los valses mexicanos; la recuerdo en sus clases sabatinas tocando Olímpica, Sobre las olas, Alejandra, Dios nunca muere. Fue natural para mí sentir fascinación por el bello instrumento que escuchaba cada sábado y empecé a curiosear con él hasta que, a los seis años, una de mis tías me dio las primeras lecciones.

“Mi mamá siempre procuró que escuchara música. Me arrullaba con la programación de la extinta XELA y con el tiempo me aficioné a comprar el Carnet Musical, donde se publicaban las obras que la radiodifusora emitía mensualmente, por lo que yo sabía que a tal hora debía encender el radio para escuchar algo que había llamado mi atención. Así conocí obras poco frecuentes en las salas de concierto, como la Sinfonía Jeremías, de Leonard Bernstein o la Misa Glagolítica, de Leoš Janácek.

“En casa había una pequeña pero selecta colección de vinilos, de la que nació mi pasión por el repertorio operístico y gracias a la cual escuché a cantantes como Victoria de los Ángeles, Leontyne Price, Franco Corelli, y a pianistas como Arrau, Kempff, Van Cliburn y tantos otros. De igual manera, recuerdo emocionantes excursiones a Sala Margolín, la desa­parecida tienda de discos en la colonia Roma donde vio la luz mi afición por las grabaciones, que hasta la fecha es una de mis debilidades. Otro pasatiempo favorito era ir a Casa Veerkamp, en la calle de Durango, a perderme entre los estantes de partituras. Invariablemente regresaba a casa con obras de Mozart, Beethoven, Chopin, Debussy o Grieg, que luego devoraba en mis ratos libres; de esa manera desarrollé mi lectura a primera vista. Más tarde, en el Conservatorio Nacional estudié con la insigne Rosa María Delsordo, pianista y maestra fuera de serie que me adoptó como hijo musical y me formó desinteresada y rigurosamente en el arduo ejercicio de la técnica y la interpretación.”

–Para muchos es bien sabido que el cultivo del ajedrez es una constante para innumerables músicos; y vienen al recuerdo los casos de los soviéticos Sergei Prokofiev, David Oistrakh, Dmitri Shostakovich y el francés François-André Danican Philidor,1 a quien se consideró como el mejor ajedrecista del planeta. Sobre este último se sabe que publicó un tratado fundamental para su tiempo que se intitula Análisis del juego del ajedrez (1749) y que configuró muchas de las reglas básicas, como “pieza tocada, pieza jugada”. ¿Qué más nos puedes decir de sus contribuciones para el desarrollo del juego?

–Como bien lo mencionas, Philidor –músico de la corte de Luis XV, quien en tiempos recientes se ha visto favorecido por el interés de los sellos discográficos– fue el primer tratadista que comprendió la importancia del peón. Una de sus recetas para ganar una partida era crear una mayoría de peones en un flanco, avanzarla y obtener un peón pasado (esto es, uno que no tenga peones enemigos en su misma columna o en alguna adyacente) que finalmente marchaba hasta la coronación (el acto de cambiarlo por una dama, o cualquier otra pieza). Este es un procedimiento básico en nuestros días, conocido por todos los aficionados al juego, pero en el remoto siglo XVIII fue una revelación.

“Es de citar también a Robert Schumann, quien gustaba de resolver problemas ajedrecísticos y apuntar las soluciones en sus diarios. Al parecer, él enseñó a jugar a Brahms, probablemente en aquel importante año de 1853, cuando se conocieron.

“Ya que mencionas a Oistrakh y Prokofiev, vale la pena recordar que ambos jugaron un match ampliamente publicitado en las revistas soviéticas de los años treinta. Fueron amigos y tuvieron una amable rivalidad en los tableros, como lo demuestra el siempre interesante ejercicio de reproducir la única partida que de ellos se conserva. Prokofiev sentía una inmensa pasión por el ajedrez (logró ganarle en sendas partidas de exhibición a los campeones mundiales Capablanca y Alekhine). Gracias a un testimonio del hijo de Oistrakh sabemos que su padre se sentía incómodo cuando le ganaba al compositor, pues intuía que por la noche ‘no dormiría bien y no podría componer su hermosa música’.”

–Ahora te pregunto, ¿qué analogías encuentras entre el arte sonoro y el arte del ajedrez? ¿Es cierto que puede hablarse de una musicalidad en las partidas y que un buen juego puede ligarse con la creación musical?

–El ajedrez y la música comparten una cualidad que siempre ha fascinado al ser humano: el misterio. Todo lo que no puede ser controlado porque está más allá de nuestras capacidades. La música siempre me ha parecido un misterio insondable, y el ajedrez no escapa a esta definición: en esencia, es una fuente inagotable de recursos que están fuera de nuestro control; puede ser estudiado, teorizado, analizado con los más potentes módulos informáticos contemporáneos y, a pesar de ello, siempre aparece en él algo que atenta contra la lógica, contra lo esperado. Ahí es donde yo encuentro el concepto de belleza en ajedrez. Una jugada bella es aquella que escapa al radar de la lógica y nos elude por su aparente imposibilidad. Paralelamente, en la música también nos resulta atractivo lo inesperado; por ejemplo, un giro melódico o una modulación armónica que no logramos anticipar. Todo esto nos atrae y da placer. Hay más analogías, pero por cuestiones de espacio acaso podremos hablar de ellas en otra oportunidad.”

–Volvamos a tu origen. Tu apellido paterno es catalán y en tus rasgos puede denotarse esa procedencia. ¿Sientes que por ello tienes mayor afinidad con la música catalana?

–Admiro genuinamente a Isaac Albéniz, Enrique Granados y Federico Mompou, lúcidos compositores que nos legaron un corpus pianístico de trascendencia mundial. Goyescas e Iberia son dos monumentos musicales que nunca dejan de maravillarme, y en cuyas páginas encuentro no sólo el retrato macroscópico de toda una cultura, sino también la gozosa sensualidad que reside en los detalles más diminutos. Voy a confesar, además, un amor secreto: la música del germano, aunque de ascendencia catalana, Joaquín Nin-Culmell, un hombre que expresó verdades hondas y serias en su obra.

–¿Qué interpretación tuya quieres compartirnos para que cerremos con broche diamantino esta necesaria conversación?

–En consonancia con el recuerdo de mi madre y sus valses mexicanos, propongo ahora el Vals Carmen, de Juventino Rosas,2 dedicado a doña Carmen Romero Rubio, segunda esposa de Porfirio Díaz, que es parte de una grabación profesional que realicé en 2007 gracias a un mecenazgo de la Universidad Autónoma Metropolitana y que, sorprendentemente, tiene registradas más de medio millón de visitas en su versión de YouTube.  l

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1 Se sugiere la escucha de un extracto de sus cuartetos parisinos sobre el “Arte de la Modulación”. Acceder al vínculo: https://youtu.be/63CSD3xT98I

2 Accédase al vínculo https://youtu.be/bpE4j4UnU3U

Opinión publicada el 5 de septiembre en la edición 2340 de la revista Proceso, cuya edición digital puede adquirir en este enlace.

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