Afganistán

Escondidos y amenazados, los excolaboradores de Francia

Se cuentan por cientos o miles... son afganos que prestaron servicios al ejército francés durante los 20 años de la guerra en su país y que ahora quedaron abandonados a su suerte y amenazados por los talibanes.
sábado, 18 de septiembre de 2021

Se cuentan por cientos o miles... son afganos que prestaron servicios al ejército francés durante los 20 años de la guerra en su país y que ahora quedaron abandonados a su suerte y amenazados por los talibanes. Viven escondidos, en condiciones dramáticas. Y lo peor es que hay listas de ellos, así como de quienes trabajaron para las tropas estadunidenses, y esas listas ya están en manos de los nuevos gobernantes de Afganistán, quienes advierten: “No se nos escaparán”.

PARÍS (Proceso).– “La noche del 30 de agosto unos ocho talibanes irrumpieron en mi casa con ‘ayuda’ de unos vecinos. Se justificaron diciendo que habían recibido denuncias anónimas en contra nuestra. Catearon toda la casa menos el sótano, donde mi padre y mis hermanos habían logrado refugiarse. Afortunadamente yo estaba fuera.”

Así empieza el testimonio de Siddik B., exintérprete del ejército francés en Afganistán, “atrapado sin salida” en Kabul, con quien la corresponsal pudo comunicarse vía correo electrónico.

“Pero se llevaron a mi hermano menor para interrogarlo”, sigue escribiendo. “Querían saber dónde estaba yo. Mi hermano estaba aterrado, pero tuvo la sensatez de contestar que yo estaba en Pakistán por razones de salud.

“‘Nos traes a tu hermano en cuanto regrese a Afganistán’, le ordenaron los talibanes antes de soltarlo, después de varias horas de detención. Desde entonces vivo escondido en casa de unos parientes con mi esposa y mis dos hijos, de cuatro años y cinco meses… Mi padre y mis hermanos se refugiaron también en casas ajenas. Mi madre y mis hermanas se quedaron solas en nuestra casa. Viven encerradas, angustiadas y desprotegidas. Dos veces a la semana mi hermanito toma el riesgo de visitarlas a escondidas para llevarles de comer.”

Según confía Siddik B., mucho antes de tomar el poder los talibanes ya lo tenían en la mira.

“En 2011 me desempeñé como traductor con el ejército francés dentro de un programa académico organizado por la embajada de Francia. Como tenía coche, cada mañana daba un aventón a compañeros y compañeras de la Facultad de Idiomas de la Universidad de Kabul que trabajaban conmigo y nos íbamos a trabajar juntos al KAIA (el aeropuerto internacional de Kabul, donde estaban concentradas las fuerzas militares estadunidenses y de la OTAN).

“Empecé a recibir amenazas porque colaboraba con extranjeros y porque además ‘transportaba a jóvenes de ambos sexos’ en mi coche. Las amenazas se hicieron más duras, temí por mi vida y acabé huyendo a India.”

En 2014, cuando el ejército francés se estaba retirando de Afganistán, Siddik pidió, desde India, su reubicación en Francia, como lo hicieron centenares de afganos reclutados como auxiliares de las fuerzas armadas galas. El joven no sabía que la embajada francesa sólo trataba los expedientes de los solicitantes radicados en Afganistán. Volvió a Kabul, contactó en Francia a un colectivo de abogados que mueven cielo y tierra para obligar a las autoridades a cumplir su deber legal y ético de “protección funcional” del personal contratado en Afganistán.

“Supe que mi nombre estaba incluido en la lista que estos abogados hicieron llegar a principios del pasado agosto a altos funcionarios, tanto en París como en Kabul. Pero no pasó nada. Y ahora toda mi familia está a merced de los talibanes, no sólo por mi trabajo sino también porque mi padre, hoy jubilado, acabó su carrera en la policía del régimen anterior con el grado de coronel. Los talibanes ya nos encontraron una vez. Podrán encontrarnos de nuevo…”

A salto de mata

Abdul K. también vive en la angustia permanente. Pero no teme por su vida sino por la de su hermano. Como Siddik B., se desempeñó como intérprete del ejército francés.

Abdul fue reubicado en enero de 2019 en la ciudad de Nantes, oeste de Francia. Su hermano no obtuvo la visa.

Entrevistado por teléfono confía, con voz tensa: “En Afganistán viví momentos muy peligrosos, pero nunca experimenté el estrés extremo que me agobia en este momento. Por primera vez en mi vida estoy tomando ansiolíticos. No soporto la idea de estar a salvo aquí en Francia mientras que mi hermano, su esposa y sus hijos viven en el pánico. Hace dos horas logré comunicarme con él. Su situación se torna cada vez más complicada. Mi cuñada y mis sobrinos viven con familiares. Mi hermano cambia de casa cada tres o cuatro días. Sólo sale a la calle para mudarse. Todo el resto del tiempo vive encerrado. Lo albergan primos o amigos cercanos”.

Después de un breve silencio explica: “No se puede quedar más tiempo en cada casa por razones de seguridad y por razones económicas. La situación hoy en Afganistán es catastrófica, todos los bancos están cerrados, mucha gente se está quedando sin trabajo. No hay dinero. Todo está desorganizado. Mi hermano no quiere ser una carga económica para sus huéspedes, además de hacerles correr riesgos por su seguridad. A veces alguien de confianza logra llevarle comida. Pero él no siempre puede decir dónde está. En este momento, por ejemplo, no sé en casa de quién se está quedando ni dónde estará mañana”.

De 2006 a 2013 Abdul K. trabajó como intérprete para el ejército francés y durante los últimos tres años de su contrato lo hizo exclusivamente con militares de alto rango. A pesar de haberlo reconocido como profesional competente y de fiar, las autoridades francesas rechazaron dos veces su solicitud de relocalización, en 2013 y en 2015. Fue sólo a finales de 2018 que se tomó en cuenta su expediente y que pudo dejar Kabul junto con su esposa y sus tres hijos.

Dueño de una tarjeta de residente de 10 años y del estatuto de excombatiente de las fuerzas armadas francesas, ejerce hoy de nuevo su profesión de intérprete en la Oficina Francesa de Inmigración e Integración –instancia del Ministerio del Interior– de Nantes y ocasionalmente es intérprete voluntario con ONG que asesoran a migrantes afganos legales o clandestinos.

“Recomendé a mi hermano al coronel francés con quien trabajaba y fue así como a su vez fue contratado”, recuerda Abdul K. Al enterarnos de la salida de Afganistán de las tropas galas ambos pedimos nuestra reubicación en Francia. Fue una hazaña. Lo logré, pero mi hermano se quedó varado. En 2019 salí de mi país con sentimientos encontrados. Por un lado me aliviaba salvar a mi familia y, por otro, me preocupaba mucho dejar a mi hermano y a su propia familia a merced de los talibanes. Y ahora me espanta.”

A finales del pasado agosto, junto con responsables administrativos y de ONG de Nantes, Abdul K. acogió a parte de sus últimos compatriotas exfiltrados de Afganistán por los militares franceses.

“Eran alrededor de 80”, cuenta. “Estaban todos en un estado de agobio físico y moral terrible. Acababan de pasar tres días y tres noches en condiciones atroces fuera del aeropuerto de Kabul y dos días en Dubái en espera de un avión que los trajera a Francia. Luego les tocaron horas de carretera en autobús entre París y Nantes. Había todo tipo de personas. Algunas familias. Hombres solos de distintas edades… Me impactó verlos así. Estuve con los médicos que los atendieron. Fue realmente difícil. Ahora siguen en cuarentena.”

Se nota con ganas de dar más detalles y se disculpa por no hacerlo debido al deber de confidencialidad inherente a su profesión; retoma la palabra: “No hay que creerles a los talibanes cuando aseguran que han cambiado”, enfatiza. “En los últimos 20 años aprendieron a comunicarse con el mundo exterior, usan celulares y redes sociales, crearon websites, se dicen más modernos, pero en realidad su ideología sigue siendo la misma.

“Disponen de listas de excolaboradores de las fuerzas extranjeras y de funcionarios de la administración anterior. Y los van buscando sistemáticamente. No sólo en grandes ciudades, como Kabul o Herat, sino también en ciudades pequeñas y pueblos o aldeas…”

Listas negras

Nicolas de Sa-Pallix, abogado de la poeta afgana Karima Shabrang, amenazada con ser expulsada de Turquía, donde se refugió junto con su familia, precisa a la corresponsal que los talibanes llevan años constituyendo sus propias listas negras de “traidores”, pero que ahora cuentan con bases de datos que las fuerzas estadunidenses abandonaron en Kabul al salir precipitadamente de Afganistán.

Es lo que acaban de revelar los expertos de The Intercept, reconocido website estadunidense, en un documento publicado el pasado 29 de agosto. Según estos analistas, los servicios de inteligencia norteamericanos empezaron a recopilar datos sobre 3 millones de afganos en 2009. Un año más tarde habían registrado a 25 millones más. Su meta era tratar de identificar a talibanes infiltrados en todas las esferas del país.

Con el paso del tiempo, recalca The Intercept, se reorganizó y amplió esa base de datos creando distintas secciones, varias de las cuales estaban dedicadas a colabo­radores afganos de Estados Unidos y de las fuerzas de la OTAN –intérpretes, choferes, enfermeras, secretarias– cuyas huellas digitales, escaneos del iris y datos biométricos e informaciones personales fueron “cuidadosamente” clasificados. Es ese “botín de guerra” que está ahora en manos de los nuevos amos de Afganistán.

“Altos mandos militares estadunidenses intentaron minimizar el desastre diciendo que los talibanes no podían sacar provecho de ese “botín” y fingiendo olvidar que los pakistanos sí lo pueden hacer”, comenta, sarcástico, De Sa-Pallix.

De hecho Zenger News, plataforma informativa independiente con sede en Washington, citada por The Intercept, señala que el Inter-Services Intelligence, poderoso y sofisticado servicio secreto de Pakistán, asesoró a Al Isha, unidad especial de inteligencia de los talibanes, a desen­criptar esas bases de datos.

Entrevistado por Zenger News, Nawazuddin Haqqani, uno de los altos mandos de Al Isha, afirmó que tenía bajo su control esa enorme cantidad de informaciones que incluyen, agregó, datos sobre periodistas, “supuestas” ONG de defensa de los derechos humanos y colaboradores afganos de los servicios secretos de India.

Magali Guadalupe Miranda, de la red francesa de abogados de los intérpretes y auxiliares afganos de las fuerzas armadas galas que aún se encuentran en Kabul, enseña a la corresponsal su buzón electrónico.

“Fíjese. Esta mañana ya tengo más de 280 correos, en dari y farsi (los dos idiomas oficiales de Afganistán), en inglés, en francés”, comenta mirando la pantalla de su computadora. Son personas desesperadas por salir. No todas trabajaron con las fuerzas francesas… Las direcciones electrónicas de nuestro colectivo circulan en todo el país. Pero sólo podemos asesorar a exempleados del ejército que llevan meses y a veces años pidiendo su reubicación en Francia y que hoy se juegan la vida todos los días.”

Miranda lee en voz alta algunos de estos mensajes:

“Estoy aterrado. ¿Qué me aconseja?, ¿quedarme y esperar mi visa?, ¿irme? No me olvide”. Es un intérprete, comenta.

“No tengo abogado. Ayúdeme a encontrar uno”. Se trata de otro exintérprete.

Sigue leyendo. Para. Se nota exasperada.

“Lo peor del caso”, explica, “es que no sabemos qué contestarles. El último avión militar francés salió de Kabul el 29 de agosto. Desde entonces no dejamos de contactar al Ministerio de Relaciones Exteriores para preguntarle qué instrucciones debemos dar a todos los PCRL (personal civil de reclutamiento local) que nos contactan. Nos topamos con un muro de silencio.”

El colectivo de abogados tiene ubicados a 179 PCRL con sus respectivas familias, atrapadas en Kabul, viviendo en las mismas condiciones que Siddik B., o que el hermano de Abdul K.

“Algunos se van dispersando fuera de Afganistán, corriendo riesgos enormes. Estamos en contacto con 11 de ellos, uno en Pakistán, otro en India, tres en Irán, cinco en Turquía y otro en Uzbekistán.”

Si bien todos salvaron la vida, falta saber ahora cómo podrán salir de estos países para llegar legalmente a Francia…

Según explica la abogada, Berlín y Taskent (capital de Uzbekistán) llegaron a un acuerdo para exfiltrar a afganos con visa para Alemania. Lo mismo hicieron Islamabad y Viena, lo que permite sólo a afganos que trabajaron para Austria y que tienen visa para ese país cruzar la Puerta de Torkham, paso fronterizo entre Afganistán y Pakistán.

“El gobierno francés se nota lento”, se indigna Miranda. “Fue sólo el pasado martes 7 que Yves le Drian, ministro de Relaciones Exteriores, anunció en la Asamblea Nacional que Francia ‘había iniciado’ negociaciones con Catar –Qatar Airways procedió a la evacuación de 200 extranjeros, muchos oriundos de Estados Unidos, el 9 de agosto, tres días después de la entrevista con Miranda. Se esperan más vuelos en los próximos días–. ¿Cuánto tiempo más podrán esconderse de los talibanes todos los PCRL perseguidos?”

Entre ellos destacan 34 afganos entrenados en Francia por oficiales de la Dirección General de la Seguridad Exterior que luego integraron los servicios de inteligencia de la administración afgana anterior y cuya información figura en los bancos de datos estadunidenses ahora en poder de los talibanes.

En la entrevista que dio a Zenger News, Haqqani enfatizó: “No se nos escaparán los títeres de Estados Unidos ni los de la NDS (Dirección Nacional de Seguridad, antiguos servicios de inteligencia de Afganistán) y del RAW (Research and Analysis Wing, servicio secreto de India). Al Isha siempre los tendrá en la mira y quienes se vanagloriaban hace poco de tener los bolsillos llenos de dólares no se escaparán”.

Se calcula que varios miles de colaboradores de Estados Unidos siguen esperando, escondidos, al igual que sus pares franceses, su exfiltración de Afganistán.

Reportaje publicado el 12 de septiembre en la edición 2341 de la revista Proceso, cuya edición digital puede adquirir en este enlace.

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