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El ascenso nazi y la nacionalización del petróleo

Dos personajes política e ideológicamente opuestos debieron aliarse para sobrevivir: Lázaro Cárdenas y Adolfo Hitler. Esto se revela en el libro México, ¿socio estratégico del Tercer Reich?, de Juan Alberto Cedillo, del que presentamos un fragmento.
viernes, 12 de agosto de 2022 · 18:17

Poco antes del inicio de la Segunda Guerra Mundial dos personajes política e ideológicamente opuestos debieron aliarse para sobrevivir. Lázaro Cárdenas llevaba adelante una lucha contra las empresas petroleras extranjeras que medraban en México y Adolfo Hitler necesitaba combustible para iniciar y mantener sus ansias expansionistas. A continuación ofrecemos un fragmento del primer capítulo del libro México, ¿socio estratégico del Tercer Reich?, de Juan Alberto Cedillo.

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Una serie de sobresalientes acontecimientos que se desencadenaron desde finales de 1937 y principios de 1938 en México y Alemania provocaron que dos personajes diametralmente opuestos política e ideológicamente terminaran aliándose en secreto para salvar sus respectivos planes y proyectos: el presidente Lázaro Cárdenas y el canciller Adolfo Hitler.

Cárdenas reflexiona en sus memorias sobre los relevantes sucesos ocurridos en la República Mexicana, los que lo orillaron a aliarse con Alemania:

“En los últimos días de diciembre de 1937, la situación económica del gobierno fue un tanto difícil debido a la campaña que las empresas petroleras han venido haciendo en contra del interés del país, negándose a obedecer el laudo de la Comisión Pericial, que estudió las posibilidades económicas de las propias empresas para atender las demandas de sus trabajadores, laudo que fue ratificado por la Junta. Simultáneamente emprendieron una intensa labor de prensa en el exterior; gestionaron ante sus gobiernos protección de sus intereses; suspendieron las ventas de sus productos a crédito, y retiraron de los bancos sus depósitos, ocasionando con todo esto que las reservas monetarias bajaran considerablemente.”

Desde el 28 de mayo de ese año los trabajadores mexicanos que laboraban en las compañías petroleras holandesas, inglesas y estadunidenses mantenían una huelga en demanda de aumento salarial y exigían el pago de los “salarios caídos”, petición que las compañías se negaban a conceder.

A Cárdenas le molestaba la actitud de esas empresas y escribió: “Compañías extranjeras apoyadas por los gobiernos de donde son originarias: rebeldes siempre a someterse a las leyes del país. Veremos”.

Desde el mes de diciembre de 1937 el gobierno de Franklin Delano Roosevelt intervino ante el gobierno de Cárdenas para defender a las firmas petroleras estadunidenses. Su embajador en México, Joseph Daniels, solicitó al gobierno mexicano que la Suprema Corte no obligara a las compañías extranjeras a pagar los salarios caídos que demandaban.

La administración Roosevelt llegó al extremo de suspender la adquisición de 35 millones de onzas de plata mexicana como medida de presión, dejando al gobierno mexicano sin divisas para impulsar los programas que pretendía llevar a cabo. 

“Washington estaba ligando el caso de la compra de plata con el conflicto de las empresas petroleras… Sirva esto de nueva experiencia, que el gobierno y el pueblo no deben olvidar y sí prepararse para futuras acometidas que seguramente se presentarán”, redactó el mandatario Cárdenas en sus memorias.

La “falta de respeto” de las compañías petroleras extranjeras a las leyes hizo reflexionar al presidente que, para asegurar el desarrollo del país, México necesitaba tener el control de sus propios recursos, así que comenzó los preparativos para nacionalizar el petróleo. 

No obstante, debía contar con una estrategia que neutralizara las “futuras acometidas” que esa medida traería contra su gobierno desde el extranjero.

Paralelamente, en Alemania el führer Adolfo Hitler impulsaba un acelerado proyecto de industrialización y rearme para sus futuros planes de conquistar Europa.

Para ello los nazis necesitaban desesperadamente petróleo para alimentar su maquinaria de guerra. La nación carecía de crudo y sus menguadas divisas impedían comprar grandes cantidades en el extranjero.

El almirante Erich Raeder, jefe supremo de la Armada, quien preparaba una nueva flota de guerra, le informó al führer las malas noticias, que no le gustaba escuchar: “El alto mando agotó completamente todas las posibilidades de comprar petróleo con marcos del Reich”, una moneda devaluada desde el Tratado de Versalles.

* * *

En ese contexto un audaz petrolero estadunidense, William Rhodes Davis, quien venía realizando operaciones esporádicas de compra venta de crudo para los nazis, se percató de la crisis que sufría Alemania por la falta de petróleo.

Con el objetivo de ampliar sus mercados se puso al servicio de los hombres de Hitler y muy particularmente a la orden del almirante Raeder.

Davis, de 48 años de edad y nacido en Montgomery, Alabama, en su juventud trabajó como fogonero en los ferrocarriles, pero para los 21 años ya contaba con su propia compañía petrolera. Para 1936 los proyectos y el carisma de Hitler lo alentaron, junto con las compañías petroleras estadounidenses de David Rockefeller y de Jean Paul Getty, a suministrar crudo a los nazis.

El arrojado Davis presentó varios proyectos para que Alemania tuviese un constante flujo de petróleo y acordó negociar la compra en el exterior de 7.5 millones de toneladas de petróleo con una nación en donde ya tenía proyectos para explorar pozos: México. 

Los planes de William Rhodes­ fueron aprobados por Hitler y para refinar el flujo del nuevo crudo, con fondos del Reichsbank (el banco central alemán) y del propio Davis se construyó una monumental refinería en el puerto de Hamburgo llamada Eurotank, dinero que fue suministrado por el presidente del banco Hjalmar Schacht por órdenes directas del führer.

Rhodes. Petrolero pronazi.

Gracias a las importantes acciones que estaba llevando a cabo para la Armada, William Rhodes Davis fue considerado uno más de sus agentes, así que el Servicio de Inteligencia Militar, la Abwehr, le designó el nombre clave de “C-80”.

Los informes sobre todas las acciones y operaciones “secretas” de Davis debieron ser destruidos cuando el Ejército Rojo estaba a pocos kilómetros de Berlín, ya que Heinrich Himmler y los altos mandos de la Wehrmacht ordenaron quemar todos los archivos de la inteligencia militar cuando sintieron que perdían la guerra.

No obstante, el coronel Reinhard Gehlen, Jefe del Fremde­ Heere Ost (FHO), la sección de la Abwehr que espiaba al ejército soviético, ordenó que los archivos de inteligencia se copiaran en microfilme, se almacenaran en cilindros metálicos herméticos y se enterraran en varios lugares en los Alpes austriacos.

Posteriormente de que fue capturado, Reinhard Gehlen negoció con los aliados y les informó sobre los sitios donde estaban enterrados los millones de documentos. Esos archivos, que debieron ser destruidos, ahora descansan en los anaqueles del Archivo Nacional de Washington.

Esos documentos describen las estratégicas misiones que William Rhodes Davis cumplió para los nazis. 

Entre otras, obstaculizar que el presidente Franklin Delano Roosevelt se reeligiera para un tercer mandato, en 1940. En esa operación participó con su amigo y socio, el poderoso líder sindical John L. Lewis, dirigente de la mayor Federación Sindical de Estados Unidos: la AFL-CIO.

Para descarrilar la reelección del presidente Roosevelt Davis­ tuvo acceso a millones de dólares de un fondo creado por el mariscal Hermann Göring expresamente para “la corrupción política”, dólares que también llegaron a México para sobornar a destacados generales del ejército y ministros del gabinete del presidente Manuel Ávila Camacho, incluyendo a su hermano Maximino Ávila Camacho, quien se desempeñó como secretario de Obras Públicas. 

El manejo del fondo estaba bajo las manos del Dr. Joachim A. Hertslet, un joven funcionario del Ministerio de Asuntos Económicos, quien posteriormente fue enviado a México, por órdenes de Göring, para conseguir petróleo adquirido por países aliados de los nazis y posteriormente llevarlo de contrabando a Hamburgo.

Para cabildear contra el presidente Roosevelt, Davis recibió un primer envío de 160 mil dólares. Con ese dinero intentaron comprar a 40 miembros de la delegación de Pensilvania a la Convención Demócrata para que votaran contra uno de los rivales de Roosevelt, el senador Burton K. Wheeler, quien se oponía a que los Estados Unidos entraran en la Segunda Guerra Mundial.

Otra de las acciones fundamentales que realizó el petrolero estadunidense para los nazis fue extraer ilegalmente combustible de una refinería mexicana ubicada en Cerro Azul, Veracruz, para posteriormente trasladarlo a la Isla de Lobos, así como a una serie de pequeños y desconocidos islotes ubicados en el Golfo de México, donde construyeron bases para que los submarinos de la Kriegsmarine se restituyeran de diésel sin tener que regresar a Europa para ello.

No obstante, la más importante y estratégica misión que cumplió William Rhodes Davis para Adolfo Hitler fue conseguir millones de toneladas de petróleo mexicano, el cual sirvió para que la Armada, la Luftwaffe y las divisiones de Panzer tomaran Polonia, Bélgica, Francia, etcétera. 

Incluso para que los camiones de los nazis movieran a los miles de judíos que fueron llevados a los campos de concentración fuera de Alemania.

El acuerdo entre el presidente Lázaro Cárdenas y el petrolero al servicio de los nazis se comenzó a fraguar desde las primeras semanas del año 1938. El arquitecto de esa extraña alianza fue el líder sindical estadounidense John L. Lewis.

Para el mes de febrero de 1938 se le presentó al presidente mexicano la oportunidad que estaba esperando para expropiar la industria petrolera con la posibilidad de eludir las “acometidas que seguramente presentarán” las compañías inglesas, holandesas y estadunidenses contra esa medida.

Para esos días el magnate Rhodes Davis arribó a la capital mexicana con un primer fondo de 600 mil libras esterlinas proporcionado directamente por el almirante Raeder y que estaba destinado a comprar petróleo.

Sin embargo, los proyectos que tenía en mente el magnate estadunidense eran más ambiciosos: pretendía obtener del gobierno mexicano una concesión para explotar y exportar al menos 7.5 millones de toneladas de crudo por año para la Alemania nazi. En esa época la capacidad de producción de México apenas se aproximaba a las 4 millones de toneladas anuales.

El petrolero primero expuso sus proyectos a diversos miembros del gabinete, entre ellos al secretario de Hacienda, Eduardo Suárez, quienes lo calificaron como “uno de esos sujetos internacionales que ocupan los departamentos presidenciales en los más suntuosos hoteles, que saben gastar dinero, que son inteligentes y audaces.” 

Posteriormente gestionó a través de su amigo John L. Lewis una entrevista con el presidente Cárdenas. La cita se concretó los primeros días de abril.

“Entre las cinco y las seis de la tarde, Lewis hizo una llamada telefónica a la Ciudad de México, a Vicente Lombardo Toledano, líder de la Confederación de Trabajadores de México (CTM). Cuando se le informó que Toledano no se encontraba allí, pidió que le comunicaran con un colaborador de Toledano y uno de los amigos más íntimos del presidente Cárdenas”.

Gracias a su amistad con el líder de la CTM, Lewis conocía muy bien las intenciones de Cárdenas de nacionalizar la industria petrolera, así que le explicó al amigo del presidente que Davis era una persona muy importante en el negocio petrolero. De “absoluta confianza” y que tenía una proposición muy favorable que merecía la atención del gobierno de México, la cual ayudaría a la próxima medida que consideraban tomar.

Además de cabildear para que Rhodes Davis obtuviera una concesión, Lewis añadió que, en caso de expropiar el petróleo, “Alemania e Italia son los únicos países con los que puede hacer trato México sin riesgo”.

Durante ese mes de abril del año 1938 comenzaron las negociaciones con el presidente Cárdenas, las cuales concluyeron con el acuerdo de que el petróleo nacionalizado sería vendido a Italia para disfrazar los acuerdos con Hitler. No obstante, el crudo posteriormente sería trasladado al puerto de Hamburgo.

Alemania lo pagaría en especie, como tres barcos petroleros que se construirían en astilleros de Génova, así como productos químicos, como aristela, de que México carecía para su desarrollo, y “productos de la industria pesada alemana”. 

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Las negociaciones duraron semanas, con altibajos. En ellas también participó, por parte de Alemania, el Dr. Joachim Hertslet. Intervinieron a favor del acuerdo con los nazis los sindicalistas Vicente Lombardo Toledano, John L. Lewis y miembros del gabinete como Eduardo Suárez.

Antes de la expropiación petrolera, Cárdenas firmó un contrato para otorgarle a Davis una concesión para explorar nuevos pozos en la región de Poza Rica, y el petrolero comprometió una inversión de 10 millones de dólares.

Gracias al acuerdo firmado con la Alemania de Adolfo Hitler, el 18 de marzo de 1938 se convirtió en una fecha histórica para la República Mexicana: A las 22:00 horas de esa noche Cárdenas anunció a través de la cadena nacional de radio que les expropió la industria petrolera a esa compañías “rebeldes siempre a someterse a las leyes del país”. 

Como se preveía, vino la respuesta de las compañías petroleras; encabezadas por la Standard Oil y la Royal Dutch Shell, declararon un boicot internacional para que no se comprara el crudo expropiado.

Para justificar la venta de su petróleo a las dictaduras europeas, el gobierno emitió una carta a los clientes internacionales advirtiendo:

Si México no vende su petróleo a las democracias se vería obligado a venderlo a las potencias del Eje, porque no podía tirar su petróleo al mar. La carta contenía un “párrafo profético”, aseguraba que al venderle petróleo a “Alemania, el petróleo de México podría servir para que los aviones alemanes y los tanques atacaran al ejército y al pueblo francés”. 

El boicot se mantuvo a pesar de la advertencia. Para el mes de septiembre de ese año partió de Veracruz rumbo al puerto de Hamburgo el primer barco cargando 10 mil toneladas de crudo, surtido ahora por una empresa recién creada: Petróleos Mexicanos (Pemex). 

Durante los próximos dos años le seguirían muchos más, hasta sumar alrededor de 400 mil toneladas, lo que permitió a la armada y al ejército alemán solucionar su escasez de combustible.

Posteriormente de acumular durante un año las reservas suficientes de petróleo mexicano se cumplió la profecía de Cárdenas: el gobierno nazi lanzó la invasión de Polonia, el 1 de septiembre de 1939, dando inicio así a la Segunda Guerra Mundial.

En los albores del año 1940, antes de dejar el poder, Lázaro Cárdenas comenzó a cortar el suministro a Alemania debido a presiones de los Estados Unidos. Además, en ningún momento el presidente simpatizó con el canciller Hitler, incluso lo condenó cuando la invasión a Austria, el Anschluss, a pesar de que sucedió en los días en que negociaban sus acuerdos.

En esa época el almirante de la Kriegsmarine, Erich Raeder, estaba estudiando la invasión a Inglaterra, plan que posteriormente aprobaría Hitler con el nombre de Operación León Marino. Debido a ello la armada no debía perder el flujo de combustible que les llegaba desde puertos de Veracruz, ya que ahora era estratégico para su flota y fundamental para avanzar en ese proyecto.

Para evitar perder esa materia prima, el 22 de mayo de 1940 el gobierno de los nazis le envió la siguiente propuesta al presidente mexicano: 

“Hoy me informó el señor licenciado Eduardo Juárez, secretario de Hacienda, haber recibido la visita del agregado comercial de Alemania, comunicándole, a nombre del ministro de su país, tener instrucciones de decir a México que estando seguro su gobierno del triunfo sobre los aliados, ofrecía, si México lo aceptaba, imponer a Inglaterra entre las condiciones de paz la cancelación de la deuda correspondientes a los bienes petroleros expropiados a El Águila”.

La respuesta del presidente fue: “México no toma en cuenta tal ofrecimiento”.

* * *

El gobierno de Cárdenas estaba en los últimos días. Para sucederlo en las elecciones de 1940 se perfilaron dos candidatos: el oficial, el general Manuel Ávila Camacho, y el opositor, el general Juan Andrew Almazán, de tendencia derechista y simpatizante de los nazis, que había alcanzado gran popularidad debido a las medidas radicales del presidente saliente. 

Con el objetivo de que se mantuviera el fundamental acuerdo con el presidente Lázaro Cárdenas, la inteligencia del ejército, la Abwehr, ordenó abrir una central de Operaciones en la República Mexicana. Acordaron enviar a una serie de agentes y colaboradores, entre ellos a uno de los multimillonarios más sobresalientes de esa época, que servía como enlace entre el mundo de los negocios de Estados Unidos y los nazis: Axel Wenner Gren, empresario sueco dueño de la empresa Electrolux y un conglomerado de industrias que proveían de material de guerra a la Wehrmacht. 

Wenner Gren. Multimillonario y espía

Los oficiales que mandó la inteligencia militar para abrir su centro de operaciones o Kriegs-Organization (Organización de Guerra) estaban encabezados por el mayor George Nicolaus, héroe de la Primera Guerra Mundial; el teniente coronel Friedrich Karl Von Schleebrugge, además de los oficiales Joachim Ruge, Edgard Hilgert, así como importantes agentes de la Gestapo, como Sebastián Weisbalt, quien también traía un fondo para la corrupción política, entre otros. 

También mandaron a colaboradores que pudiesen influir sobre el nuevo gabinete del general Manuel Ávila Camacho, de quien sabían que era un simpatizante moderado de los nazis. Para ese propósito, qué mejor que una mujer, así que se seleccionó a una bella actriz que se encontraba intentando hacer carrera en Hollywood y quien en el pasado fue amante del ministro de Propaganda, Joseph Goebbels: Hilda Kruger.

Prácticamente desde su llegada a México, Hilda hizo caer en sus redes, y en su cama, a importantes miembros del nuevo gabinete. Sobresalen dos: Mario Ramón Beteta, subsecretario de Finanzas, y el más importante fue Miguel Alemán, secretario de Gobernación, el segundo hombre con más poder después del presidente.

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Además del petróleo, otra de las prioridades del ejército alemán consistió en conocer los movimientos del ejército y de la flota de los Estados Unidos, incluyendo todos los aspectos de su industria militar, espionaje que se realizó desde la frontera mexicana, por lo que era fundamental contar con un excelso sistema de comunicación para poder alertar en “tiempo real” a los altos mandos de Berlín. 

Con ese objetivo el almirante Willhem Canaris, titular de la Abwehr, construyó una red mundial clandestina de radios de onda corta que en clave enviara información sobre movimientos estratégicos de los ejércitos rivales. La empresa Telefunken, la fábrica alemana de radios y aparatos eléctricos, edificó el modelo piloto con las especificaciones sobre los mejores lugares para colocar antenas, para evitar que las señalas fueran ubicadas por los enemigos, cómo evadir los problemas meteorológicos, etcétera, para que la comunicación fuera eficaz y no se interrumpiera. 

Para Latinoamérica se diseñó la “Red Bolívar” y la primera estación que Telefunken montó en el continente tuvo como sede un terreno que perteneció a la embajada de Alemania en la Ciudad de México.

El inicio de la “Red Bolívar” rápidamente se extendió a Colombia, Brasil, Argentina y al resto de los países de Sudamérica. Se consideró uno de los principales éxitos de la Organización de Guerra, encabezada por Nicolaus, a las pocas semanas de su arribo a la república latinoamericana.  

Texto publicado en el número 2388 de la edición impresa de Proceso, en circulación desde el 7 de agosto de 2022. 

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