Dylan recibe la Belisario

domingo, 30 de octubre de 2016
CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- En la oscuridad, Dylan escucha los pájaros nocturnos llamándolo, cree oír el resuello de un amante. Duerme en la cocina con los pies en el pasillo y piensa, con Henry Timrod, que dormir es como una muerte temporal. El teléfono suena a lo lejos. ¿Qué horas son en Suecia? Piensa en Henry Timrod, el poeta del Ejército Confederado, con su enorme bigote cayéndole hasta el mentón. Acostado, con los pies en el pasillo por el que caminan los niños blancos de la plantación pero que ningún esclavo conoce. Tiene tuberculosis y no logra ser soldado en esa guerra civil. Sólo puede ser su poeta: “Oda cantada en ocasión del decorado de las tumbas de los confederados enterrados en el Cementerio de Magnolia, Charleston, Carolina de Norte, 1866”. Cuando ser poeta era, también, una forma del combate: “Hay una sabiduría que crece mientras se pelea”. Cuando ser poeta era, de nuevo, hablar de la propia neblina esperanzada:
“Una ronda de horas preciosas Aquí, en el mediodía del verano, en el que me esforcé con una lógica más frágil que las flores.”
Cómo leyó periódicos viejos “hasta que me reventaba la cabeza y dejar todo eso, la guerra y a sus poetas, los cadáveres y los muertos, en una parte inaccesible de la memoria”. Después, pasar las páginas de las partituras del Tin Pan Alley –”sartenazos”, le llamaban a esa música que aporreaba los pianos, usándolos como instrumentos de percusión–, entre la Quinta y la Sexta de la 28 Oeste, en Manhattan, y encontrar el gospel “No more auction block”, la protesta contra las subastas de esclavos que se convirtió en “Blowing in the wind”. Las canciones hechas por todos y por nadie, por los hoy casi desconocidos Harold Arlen, Johnny Mercer, Hoagy Carmichael, y también por los coros de los negros siempre anónimos en las iglesias del sur, en los Apalaches, alterando las voces educadas de Sinatra y Ella con los peñascos del blues, con las subidas sin aliento a los trenes de carga, los demasiados cigarros, los gritos contra Vietnam y la segregación racial de Jim Crowe. Vuelve a replicar el teléfono. ¿Qué horas son en Suecia? “No soy tan cool o indulgente como puedo sonar. Lágrimas o no, es demasiado pedir”, advierte el mafioso de la yakuza de Junichi Saga, pero también lo dice él, de igual forma en que “Ser o no ser” se goteó en la canción de amor del profesor Prufrock: “No soy el príncipe Hamlet, no estaba llamado a ser”. Es demasiado pedir. Tratar de no ser a partir de ser muchos otros: trovador y eléctrico, antropólogo musical e innovador, político y ensimismado, amante y ladrón. Bob Dylan nunca existió aunque tenga de base a Robert Zimmerman. ¿Qué es Minnesota y qué horas son allá? Los poemas de Dylan Thomas son “para quienes no están satisfechos en la cama” pero, luego, es quien le da el nombre, “porque la D es más fuerte que la A”. Los segundos nombres son estorbosos. ¿Quién se llama Allen o Allyn? Suena el teléfono. Se levanta en calzones y calcetines y escucha en el pasillo. No hay un ruido más autoritario que el del teléfono. Él te impone que lo contestes, aun antes de que sepas quién llama. ¿Y quién podría ser si, realmente, no estamos llamados a ser? Enciende una luz, no la del juglar –que es una vela y ponerse sandalias– y afuera las hojas de los árboles se mueven con el viento: “No necesitas a un hombre del clima para saber hacia dónde sopla”. Y es la chica del clímax o la guerrilla ambientalista. Las alusiones son interminables, el lenguaje siempre quiere decir al menos dos cosas, a veces es una medicina mezclada en un sótano mientras se piensa en el gobierno y sus mangueras antimotines, pero también en que ya no se puede bombear el agua porque los vándalos se robaron las manijas (Blues de la nostalgia subterránea). La luz del teléfono parpadea. Alguien ha dejado un recado de voz. Lo escucha con el altavoz mientras se rasca la entrepierna. –Hablamos desde México –dice en un inglés chapoteado– y queremos que nos ayude a juzgar quién debe obtener este año la medalla Belisario Domínguez, que es una distinción del Senado mexicano creada para conmemorar a un legislador al que le cortaron la lengua después de criticar un golpe de Estado. –Esos mexicanos siempre tan literales –habla consigo mismo. –Se otorga para premiar a los hombres y mujeres mexicanos que se hayan distinguido por su ciencia y su virtud en grado eminente, como servidores de nuestra patria o de la humanidad. –Podría probar ser mexicano. Como en El tesoro de Sierra Madre. Un bandido sudoroso, con una valentía taimada. –Confiamos en un poeta, cantante, como usted, para que nos dé su opinión. –Dénselo a Dylan –piensa– o a un “compromiso incansable por México, un ejemplo inspirador para todos, en especial para los jóvenes, en quienes ha depositado gran parte de sus esperanzas en el porvenir y los ha exhortado siempre a que amen, que amen entrañablemente a esta tierra, a nuestras tradiciones, a nuestros valores, y que luchen con todo su talento y pasión, para que México sea una nación próspera” (del dictamen del año pasado al empresario de minas Alberto Bailleres, segundo hombre más acaudalado de México). O a un gasolinero. O a un prestanombres. O a un suicida. O a alguien que de verdad haya estado destinado a ser. No a alguien que fuera, así, en presente perpetuo, adicto del escenario o de su casa, con chicas en jaulas o en jardines, todos y por partes, angustiado porque no podemos escapar ya a la trampa de ser. It ain’t me, babe. Mira por la ventana. Para “ruiseñor” hay dos palabras: nightingale y mockingbird. El pájaro nocturno y el que se burla. Juglar, baila al son del ruiseñor que vuela alto. Bufón, baila con la tonada del pájaro burlón. Suena el teléfono. ¿Qué horas serán en Suecia? La luna es lo único que permanece, como una piedra que gira y, con frecuencia, ni eso.

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