Mesiánicos

domingo, 19 de junio de 2016
CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- El único hecho sobre el Mesías es que nunca llega. Y si llegara, nadie podría asegurar –como en el caso de Godot– que no sería un desastre. El Mesías que sí llegó –el de los católicos– fue preso político y lo torturaron. Por eso no entiendo que se aplique el término “mesiánico” a quienes creemos que todos deberíamos tener una vida humana más o menos decorosa. Para mí, pedir una comida decente para todos –o un techo, una escuela, un hospital– no tiene nada que ver con la Verdad Revelada. La esperanza es trascendente, en efecto, pero no religiosa: nos ayuda a caminar hacia ella. Y la espera nos ayuda a leer la obra de Samuel Beckett para ver si el tal Godot por fin llega. La esperanza no es una sensación ni depende realmente de que tal o cual cosa sea probable –eso sería una situación–, sino que es, como la imaginación y el deseo, una disposición. Se puede vivir sin deseos ni expectativas, desde luego. Si no confundimos deseo con simple apetito, el futuro que nos plantean hoy desde el poder es una especie de presente mejorado, es decir, no hay futuro. El tiempo mesiánico no es, como creyeron los neoliberales tras la caída del Muro de Berlín, el “final de la historia”, sino una dimensión para recapitular. Walter Benjamin, acosado por la persecución nazi y a punto de dispararse en la sien para no ser capturado, alcanzó a explicar esa recapitulación como un tiempo alternativo, un corte, al tedioso “avance” gradual en el que cada momento es igual al otro: “A los que vengan detrás, no les pedimos gratitud por nuestras victorias, sino que recuerden nuestras derrotas”. La aflicción debe contar con un significado y todos los invisibles de la historia deben ser recordados como una fuerza que –sí– redima el presente. Es el pasado el que nos da la fuerza para la esperanza. En la crónica del último día hasta el más humilde, el olvidado, el derrotado, será recordado y su existencia valdrá la pena. ¿Sueno mesiánico? Por supuesto que sí, comparado con el tiempo neoliberal en el que no existe la recapitulación, sino una sucesión de momentos degradados que confunden lo infinito con lo eterno. La progresión infinita de mercancías, del Iphone 1 al 6, es muy distinta de la expectativa de lo deseado. El tiempo de “ya verán en 20 años, cómo vender el petróleo de la nación resultó para bien”, no es futuro, es sólo optimismo banal. Por su lado, el tiempo de “nunca cambia nada, para qué hacemos algo”, es fatalismo lánguido. La esperanza no es vil optimismo o fatalismo. Se vislumbra en el presente, aunque no es una prospección: un futuro que sólo emplee datos del presente no es futuro. Anclado en lo posible, no depende de lo probable. Y, del otro lado, un cambio que irrumpiera de la nada en un presente degradado, sería más bien el “apocalipstick”, citando a Monsiváis. Ni resignados ni ilusos. Sólo mesiánicos. No se espera lo que ya se tiene, como quisiera el poder que nos pide paciencia o “realismo” (cada vez que alguien se define como “realista” es que está a punto de cometer algo que le avergüenza). La única entidad que nunca se rinde ante la injusticia es la conciencia humana, y para defenderse cuenta con la imaginación: memoria, en el caso del pasado; esperanza, en el del futuro. El tiempo mesiánico de Benjamin es el encuentro entre esas dos dimensiones: un repaso, una rememoración, de por qué estamos aquí y extraer de ahí fuerzas para decidir hacia dónde caminar. La esperanza no garantiza que el futuro imaginado sea el alcanzado. Al contrario, persiste debido a las decepciones: no lograr lo imaginado nunca será tan terrible como no haberlo siquiera imaginado. Con esa conciencia se espera. La esperanza, como nuestras vidas, es trágica, vista de lejos, y cómica, vista de cerca. Pero, no importa si lloramos o nos burlamos: lo incierto no es necesariamente imposible. Digo esto por el ánimo que recogí en esta semana. En la escalera para anunciar los resultados de las votaciones para elegir constituyentes en la ciudad, una mujer me dijo: –Este país es increíble: cuando parece que nada se mueve, es que se está moviendo. Unos escalones más arriba un hombre de edad murmuró: –Otra vez lo mismo: compra de votos, el PREP pasmado, los fraudes. No sé para qué seguimos haciendo lo mismo si siempre nos da el mismo resultado. Me acordé de otro cliché, el que Antonio Gramsci acuñó para afrontar la política: “pesimismo de la inteligencia y optimismo de la voluntad”. Esa noche en una escalera, ambos estaban presentes, y creo que lo están en otras muchas escaleras del país. Se me ocurren distintas respuestas para ambos. No sé si una especie de justo medio que ve en la esperanza un motor de la voluntad ahí donde los neoliberales nos habían dicho que se había terminado la historia, que ya no existían alternativas a gran escala –“metarrelatos”, los llamaron los posmodernos– y el futuro sería sólo la repetición del presente. A los que, frustrados por querer ser lo que no son y que, entonces, prefieren no ser nada, les pediría que subieran el escalón de la desesperanza: incluso si la rebelión no existiera ya, tendríamos como fuerza la del pasado, la de nuestros muertos. El tiempo mesiánico, esa rememoración. A los que confunden optimismo con esperanza, que bajaran otro escalón y aceptaran que la lucha por la justicia casi nunca nos ha conducido a la justicia. A la mitad de una escalera, como el Palinuro de Fernando del Paso, detenernos a pensar si la vida merece ser vivida sin entablar con ella una lucha. A muerte.

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