Zócalo sitiado

domingo, 10 de julio de 2016
CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Álvaro Obregón había dicho: “Nadie tiene o no tiene a esta ciudad, es más o menos igual”. Era el año de 1915 cuando zapatistas, villistas y carrancistas entraron y salieron seis veces de la Ciudad de México. Nadie se quedó: era difícil de defender –los zapatistas bajaban de Xochimilco como deslizándose al fondo de una olla–, no había hortalizas ni maíz y su sistema de trenes estaba desecho. No había comida ni vestido, ni podían alumbrarse sus calles (el carbón no llegaba por las acciones de Pancho Villa en el norte) y se impone, por primera vez, un “horario de verano”, al que se le llama “astronómico”, para que los chilangos no se expongan a los asaltos cuando la luz del sol desaparece. Para los tres generales de la Revolución después de la derrota de Victoriano Huerta, la Ciudad de México es inasible. Zapata la ve como la entrada a su zona de influencia –Milpa Alta, Xochimilco, Tláhuac, Morelos y el Estado de México– y la asoló en una guerra de guerrillas, pillajes y sabotajes. Sus soldados regresaban a sus tierras cuando había que cosechar la caña de azúcar y la milpa. A Villa le quedó siempre muy lejos de donde se surtía de armas y municiones, la frontera norte. Para Obregón era simplemente el punto de un arco que protegía la retaguardia del Primer Jefe Constitucionalista, Carranza, que hizo del puerto de Veracruz la capital momentánea del país tras la intervención estadunidense. La desconfianza de los jefes revolucionarios provenía de que jamás, en toda la lucha de facciones entre convencionistas y constitucionalistas, la Ciudad de México se alió a un bando. La “rectitud” que fue bandera del ayuntamiento nunca se dobló. En una sesión de las municipalidades se les pide a sus funcionarios electos que le rindan un informe del estado de la ciudad a Venustiano Carranza. La respuesta es muy clara: “No podemos hacerlo porque pasaríamos de ser constitucionales a ser constitucionalistas”. Cuento esto porque pareciera que a los partidos del Pacto por México y a sus dirigentes en la Ciudad de México se les ha olvidado que nadie la tiene nunca. La privatización que del Zócalo ha hecho la actual burocracia es ridícula: organiza carreras de coches, exhibiciones impúdicas de las fuerzas armadas y conciertos que promueven lo que ya se promueve en la televisión monopólica, pero –¡ah!– no deja entrar a los maestros disidentes. El episodio de la marcha en defensa de la educación pública terminó con una declaración de la secretaria de Gobierno: “Todo mundo se puede expresar, pero no en el Zócalo”. Había comparado una “feria de los servicios que brinda la CDMX” a la indignación por la masacre de profesores en Nochixtlán,- Oaxaca: “Es un problema de logística”, dijo la funcionaria. Y se fue a autopromoverse sin el menor remordimiento. Hay una idea de los partidos de “tener” la Ciudad de México porque la saben inasible: para el Constituyente, el partido del Pacto por México se aseguró 40 puestos de 98 por “adjudicación directa”, como se dice en las oficinas burocráticas cuando se quiere beneficiar a los amigos con los contratos: “Amistad que no se refleja en el presupuesto es perecedera”. Pero también tratarán de usar el naciente texto constitucional de la ciudad para legalizar la rapiña inmobiliaria que hemos padecido en la última década, privatizar el agua y justificar la deforestación en marcha. Con el pretexto de “la movilidad” tratarán de legalizar los cercos a la libre manifestación. La ciudad –estoy seguro– se mantendrá firme en su reclamo de no privatización de los espacios públicos y en la defensa de los derechos civiles y sociales. Ya escucho a los burócratas en turno quejándose de sus habitantes como lo hizo el general Pablo González, a quien se le encargó pacificarla tras cinco meses de hambruna, en 1915: “Después de conocido lo que hacíamos a favor del obrero, del artesano, el industrial, el comerciante, el labriego, los desheredados, persistió la criminal hostilidad hacia nuestra causa, que debía ser vista como propia por cuantos aspiraran a salir de la oprobiosa miseria en que un régimen injusto los traía colocados desde la cuna hasta la tumba. Y no me explico tampoco el extravío de estas clases al mostrarse más gratas al zapatismo mendicante, que establece escuelas de vagancia, y al villismo criminal, que funda dogmas de impunidad, que al constitucionalismo altivo y severo, que en cada ciudadano reclama el privilegio de querer y saber serlo”. Siempre “desagradecidos” con la salvación que se les brinda, los chilangos se han opuesto con “rectitud” a lo que no se percibe como equitativo. “Entre la libertad y la igualdad, hay que preferir las dos”, le dice la maestra de primaria María Bernal a Álvaro Obregón a su llegada a la ciudad en la estación de Buenavista. Obregón, en un gesto insólito que se convirtió en una de esas leyendas que ya no aparecen en los libros de historia para los niños, le da a la maestra una pistola para que las defienda. Obregón sabía que la lucha de la ciudad no iba a terminar nunca porque sus combates son propios. Los Batallones Rojos que ayudaron a Álvaro Obregón a tomarla fueron licenciados en febrero de 1916, sin salario en una moneda intercambiable, y ni las gracias. Encabezaron una huelga general de 100 mil trabajadores en junio que dejó sin agua y sin luz a la Ciudad de México. Su líder, Ernesto Velasco, terminó en la cárcel. Desde ahí escribió: “Aquí no hay alivio, ni una vida sin sobresaltos. Vivir en esta ciudad es defenderse. Nada está dado y habrá que conquistarlo todo con cada nueva mañana”. Y, salvo su mejor opinión, creo que sigue siendo el caso.

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