El perdón y el olvido

domingo, 28 de agosto de 2016
CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Cuentan que Arquitas de Tarento fue gravemente ofendido por un criado de la ciudad que gobernaba, hace unos dos mil trescientos años. Tratando de aplicarle una sanción, llegó a una conclusión asombrosa: –Te impondría un grave castigo si no estuviera tan enojado. Arquitas era un matemático que soñaba con la duplicación del cubo –problema irresoluble que el oráculo en Delfos les había impuesto para liberar a las ciudades de la peste–, en una máquina de vapor para volar y con estrategias militares. Como gobernante, y pensando en lo justo, dividió la cólera en dos: la legítima indignación y los deseos de venganza. La indignación, como derecho a la ira, es indispensable para cambiar una situación injusta u ofensiva. La venganza es su satisfacción. Pero el gobernante –nos dice Platón contando la historia de Arquitas– no puede hacer prevalecer su interés personal sobre el de la ciudad. Por eso se calma y piensa en las opciones que tiene –suponemos: la ejecución, el destierro, los azotes hasta la disculpa pública. No omite la sanción, sino que la retrasa para no disfrazar la simple venganza como si se tratara de justicia. Por supuesto, esta historia del matemático sirve para explicar que la obligación del gobernante es traicionar su motivación privada en bien de los objetivos de la ciudad y sus habitantes. Cuando se habla de perdón y olvido, solemos volver a la distinción del alcalde griego. Si se calma hasta el punto de no ejercer una sanción, habrá cometido él mismo una falta por omisión. El perdón es bajar la intensidad de la ofensa recibida y omitir la pena. Por su lado, el olvido es dejar que ofensa y pena se pierdan en las brumas de la desmemoria. Cuando se invocan –como en el caso de las leyes de “obediencia debida” y “punto final” en la Argentina de Menem– se dice que están en el interés de la paz y la estabilidad. Pero no es así. Hace un año y medio, el cronista Javier Cercas vino a la ciudad a presentar su libro El impostor. Se trata de la historia de un mecánico franquista que, durante la transición española, se hizo pasar por republicano, víctima de los nazis, y acabó hablando a nombre de los refugiados en la ONU. En la sobremesa con Cercas lo interrogué sobre qué pregunta –todo libro es una– había detrás de su crónica. Me respondió sin parpadear: –La transición en mi país está construida sobre una mentira –se calzó los lentes–. La amnesia no es reconciliación. Se refería, por supuesto, a una España en la que casi cualquier familia tenía a un franquista y a un republicano comiendo los domingos. A diferencia de Argentina, Chile, Guatemala y Perú, España –similar a México– quiso emprender un “punto final”, un “borrón y cuenta nueva” con la injusticia esencial: una parte de sus ciudadanos pagaron con la cárcel, el exilio, la desaparición y la muerte por sus ideas y acciones; pero la otra –los poderosos– murieron en sus camas. Lo cito, con su permiso, en extenso: “El silencio llegó en los años ochenta, cuando a la derecha que provenía del franquismo y estaba en la oposición seguía sin interesarle hablar del pasado, porque haciéndolo, tenía mucho que perder. La izquierda socialista en el poder no lo hizo porque no tenía nada que ganar. En cuanto a los demás, estábamos demasiado pendientes en disfrutar de nuestra limpia modernidad, flamante, de europeos ricos y civilizados, como para ocuparnos de nuestra sucia historia inmediata de españoles harapientos y fratricidas. Sólo que ya sabemos que el pasado, aunque lo parezca, no pasa nunca. No puede pasar porque ni siquiera es ya pasado.” El pasado es una narrativa, no el tiempo igual que se nos olvida que ha sucedido sólo en el segundero del reloj. Con su “alternancia” con Fox, México no pudo organizar un juicio al pasado del Partido y sus guerras sucias contra los opositores –guerrilleros, estudiantes, maestros, médicos, ferrocarrileros, sindicalistas– que pagaron y siguen pagando la amnesia pactada. Seis años después, una reedición de esa misma impunidad comenzó de nuevo con Calderón –incluyendo la muerte de niños– y, ahora, con las masacres de Ayotzinapa, Nochixtlán, y las demás. En México, los poderosos nunca pagan. Lo mismo va para los corruptos, es decir, los que obtienen ganancias a expensas de lo público. Hay víctimas del enriquecimiento de las camarillas de los cazadores gubernamentales de rentas rápidas: ¿cuántos hospitales, escuelas, universidades, tuberías, cableados se dejan de recibir para que alguien obtenga una casa millonaria en la que se usó lo público para un beneficio privado? ¿No somos víctimas de la corrupción todos los que no usamos las posiciones de gobierno a favor de nuestra cuenta bancaria? ¿Castigarlos para que les sea adverso a los que planean usar sus decisiones de autoridad en beneficio propio no es minar la posibilidad de la impunidad? Supongo que equiparar la represión y matanzas sin castigo de 1968 a la fecha con los actos de corrupción de los que se acompañó podría resultar poco balanceado. Pero los robos en el sindicato petrolero y los rescates bancarios, por ejemplo, han privado a millones de poder contar con un mínimo que les permita incluso pensar en la forma de su propia felicidad. Que existan familias que pueden comer sólo tres veces a la semana al lado de un avión comprado con dinero público para disfrute privado, ¿no es un crimen que debe llamar a la indignación, pero sobre todo, al castigo? Lo que queda claro es que, sin una narrativa sobre nuestro pasado vil y cruel, no puede construirse una nueva república. España lo intentó evadiéndose en Europa de sus guerras, venganzas y, también, de su propia amnesia: lo que pasó, ha pasado. Pero las naciones necesitan un sentido de justicia, de entenderse a partir de mirar su rostro más ruin. Para no repetirlo, para poder desviar la mirada pero con la imagen fija en la memoria de su propia monstruosidad. Perdonar no es eximir. Perdonar es decidir omitir la pena, pero al culpable no se le libera de la carga de su responsabilidad y, claro, del peso de la culpa. Perdonar es un ejercicio personal, no puede ser colectivo. Lo es, en cambio, la justicia porque parte de un acuerdo social básico. Como cuando nos contamos nuestra historia común. Uno de los infiernos de Dante está dedicado a los políticos corruptos y a los jueces que venden sus fallos, pero también hay uno para los coléricos. A los iracundos, Dante los pone de vecinos de los indolentes. Castigar en exceso y no hacer nada son la misma cosa: la nebulosa del enojo y la tristeza de la resignación son parientes cercanos. Por eso la pausa del matemático de Tarento: como su decisión tiene que ser en el mejor interés de la ciudad, no puede tomarse en medio de una reacción personal. Platón no nos cuenta qué ocurrió con el criado, sólo nos da el ritmo de la decisión del gobernante. Pero no olvida señalarnos que se trata de un criado. Y es que, en efecto, la justicia es más noble cuando castiga a los poderosos y perdona a los indefensos.

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