El botón del Constituyente

domingo, 22 de enero de 2017
CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Desde la primera vez que alguien me dijo “diputado” sentí un hueco. Eran los días posteriores a la elección de 60% de la Asamblea que aprobaría la Constitución del Defe. Sin información del IEDF ni de los partidos, había votado 28% de los electores y no estaba para sentirme muy legítimo. Aunque había participado en una lista, la de Morena, donde había abogados, profesores y artistas notables, la gente entiende una cosa muy contundente por la palabra “diputado”. Mi vecino me encontró en la calle y propuso: –Yo sé manejar muy bien, dipu-tado –hueco–. ¿Me lleva de su chofer? Los cercanos se burlaban si me veían una nueva chamarra u otros zapatos: “Ya se te empieza a notar lo diputado”. La quinta o sexta vez que tuve que decir que el puesto de asambleísta era honorífico, que no cobraba un peso, y que iría y vendría a base de recargar mi tarjeta del Metro –la verdadera llave de la ciudad–, me di por vencido tras una sonrisa tensa. Lo demás era tirantez: el proyecto de Constitución del jefe de Gobierno era redactado por “grupos de expertos”, pero nadie sabía qué contenía; la designación de los otros 40 asambleístas también permanecía en secreto; y muchos nos preguntábamos si tanto misterio era la vernácula intención de madrugar o simple ineficacia. En el heterogéneo grupo de Morena había la idea de aprobar una Constitución que limitara a los poderosos y ampliara los derechos de los ciudadanos. Una ciudad imaginada, sí, porque es justo entre la vigilia y el sueño donde habitan las composiciones más lúcidas. Una Constitución aspiracional, sí, también, si no, ¿cuándo sería el momento de anhelarla? Sobre todo una que reflejara, a pesar de la precaria votación, el rostro del Defe: desde 1968-71 hasta la aprobación del aborto y el matrimonio gay, pasando por el terremoto, las movilizaciones a favor del respeto al voto en 1988, el zapatismo, la resistencia contra el desafuero de su jefe de Gobierno Andrés Manuel López Obrador, los encuerados de Spencer Tunick y las marchas pachecas. La ciudad de la izquierda como autodeterminación sobre el propio cuerpo. Unos meses después, en una fría madrugada de octubre, esa sería la pregunta que le hice al panista Juan Carlos Gelista: –¿De quién es tu cuerpo? ¿De Dios, del Estado? No, es todo tuyo, para hacer con él, si quieres, un parque de diversiones. Pero no me adelanto porque lo que cambió todo fue precisamente la parte de la Asamblea que no fue electa. El presidente de la República nombró casi por joder a un Gómez Villanueva, cuya última nueva fue el fraude a los ejidatarios de Bahía de Banderas en el echeverrismo; a un señor dueño de la comida chatarra que se come en las escuelas; a una abogada típicamente prepotente de la Libre de Derecho, la Universidad Panamericana –ahí, en la que no importan las tesis– y defensora de los accionistas de la Bolsa Mexicana de Valores; y a un magistrado en funciones (ya sabemos que, en el peñismo, el conflicto de intereses es un mito urbano). La ciudad imaginada se fue llenando, ya en el recinto de la calle de Xicoténcatl, atrás del Caballito al que ya nunca se le terminó de desfigurar, de lo que llamamos la “clase política”: los perredistas de Dolores Padierna y Chucho Ortega; los priistas del Atracomucho de Camacho Quiroz con los que podías coincidir en privado pero a los que les queda una sola arma: disciplinarse. Los panistas de Santiago Creel, pero también los de Gil Zuarth, Cordero y Döring, a los que se les mal oyó alguna vez confundiendo en sus airados cierres “oratorios” La Ilíada con La Odisea y el acento en la palabra “mástil”. A los partidos llamados “misoginions”, el evangelista, el Verde. Un bombero cuya única pasión era crear la Secretaría de la Bombería. Y lo más pulcro de la catacumba: los líderes de ambulantes, los del sindicato de los burócratas y, en la otra esquina, los que creen que el Defe sería “moderno” si le quitáramos a la gente. Esos fueron los primeros días para mis ojos: vestida como para primera comunión, la “clase política” es la del besito y la palmadita trapera, la del aftershave y el gel, la de los ojos inyectados por la mañana porque “la cena” acaba de terminar. Unos defendiendo sus clientelas sustentadas en que la mayoría se conserve pobre pero esperanzada. Otros en la idea de que el que no pueda pagar una ciudad en la que haya un JC Penney en cada esquina que se vaya a Tultepec a celebrar su miseria. En una palabra, con ustedes: los diputados. –¡Qué ganas de ser el Benny! –decía Damián Alcázar en referencia a su personaje, en la película El infierno, que ametralla un acto cívico de jerarcas corruptos. –Una cosa es escribir sobre el Pacto por México –me decía asombrado el poeta náhuatl Mardonio Carballo– y otra es vivirlo. Yo me daba ánimos pensando que aparecería la sociedad civil. Esa ciega confianza en los ciudadanos, el último de los reductos utópicos. Un día los ciudadanos organizados llegaron a la comisión en la que yo estaba inscrito: los ambulantes de Alejandra Barrios nos manotearon por algo que los no iniciados en el corporativismo pirata jamás comprendimos; los defensores de los animales y contra las corridas de toros nos dijeron corruptos, carnívoros, y nos señalaron con furia: –Se van ya con sus choferes y fumando –refiriéndose a los uber, muertos de frío a las tres de la mañana. Y otros: los dueños de teibols que pedían que el baile de tubo y el frotamiento se enfocaran como “artes escénicas”; los compositores inspirados que pedían que su canción se convirtiera en el “himno de la CDMX” (nunca rimaban las siglas); los extraños que fueron a explicar el uso de las piedras como alimento, en una perorata de la que Rulfo hubiera extraído lágrimas. Solos, caminábamos entre cordones de granaderos que también esperaban a la sociedad civil. Pero nunca llegó. Se le pusieron sillas y altavoces pero a diario los que se sentaban ahí iban a rezar, a reproducir el latido del feto en la panza de una acarreada, a decirnos que estábamos aprobando “una Constitución para la muerte”. Los medios, por su parte, descalificaron todo de antemano. Los primeros días creyeron que las inasistencias al Pleno lo eran a las comisiones y jamás enmendaron sus imputaciones. Los opinólogos le llamaron “bodrio” al proyecto de Constitución –“mejor que ni se apruebe”, se aventó uno muy leído– y, luego, inventaron que terminaría con la propiedad privada en el Defe, a razón de que a un impuesto predial se le llamaba “a la plusvalía”. Los partidos se deshicieron en explicaciones, no fuera a ser que los acusaran de atentar contra las ganancias de las inmobiliarias. Por pura propaganda, la palabra “plusvalía” quedó vetada del texto. Las aguas de las ganancias se calmaron y volvimos a nuestra soledad de llegar a las 10 de la mañana e irnos en la noche, viendo la silueta de la Torre Latinoamericana recortarse contra el Palacio de Minería. Así, quietas. Adentro del Pleno se fueron consolidando las marcas de gel en un grupo que nada tenía que ver ni con la elección en urnas ni con la ciudad imaginada. Son los que a toda propuesta preguntan “¿Cuánto cuesta ese derecho?”. Y a toda posibilidad afirman: “Eso es de competencia federal”. Así, la educación siguió en manos de la Federación, los no-asalariados (más de un millón y medio de chilangos) se quedaron sin pensiones respaldadas por el Estado; la “renta básica” asustó a los que, si cada habitante pudiera disponer de 500 pesos para sobrevivir, verían encarecer la compra de votos. La de los 40 designados era también la sobrerrepresentación del PRI: con su votación más baja en la historia de la ciudad (7.8), de cinco diputados legítimos que debió tener, obtuvo 21. Y no hay forma de aprobar nada que no pase por ellos o por Acción Nacional, que sólo arañó 10% de los electores. El fiel de la balanza son, en términos ciudadanos, los infieles. No les interesan los derechos simbólicos, extremadamente importantes para la ciudad. Sólo ponen atención cuando se trata de dinero. –El agua es incosteable en esta ciudad. Se debe abrir a la inversión privada. En este país en el que se dice que el Estado es ineficiente y corrupto para no decir que lo es también la iniciativa privada, escuché esto de un líder del PRI. Privatizar el agua es meter al mercado en 75% de nuestros cuerpos. Fue ese día que me quité de la solapa el botón dorado de la Asamblea Constituyente, y lo guardé en el fondo de un cajón.

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