Bad hombres

domingo, 12 de febrero de 2017
CIUDAD DE MÉXICO (Proceso):- “Nuestros militares no están asustados, así que podría enviártelos para atender ese asunto”. El 9 de mayo de 1914, Ricardo Flores Magón, recién salido de una de sus prisiones en Estados Unidos, publica en Regeneración una crónica sobre la intervención yanqui en Veracruz. Para él está claro que el presidente Woodrow Wilson ha tomado lo que él llama “el incidente de los trapos” –la pretensión de que los marinos mexicanos le ofrendaran a los yanquis una salva de 21 cañonazos en disculpa por haberlos apresado en Tampico– para distraer al ejército leal al usurpador Victoriano Huerta y así apoyar al constitucionalista de Venustiano Carranza. Pero la invasión a México se complica en el puerto de Veracruz, no por la incierta valentía de la armada dirigida por el general Maas, sino por la gente. Flores Magón relata que las fuerzas de ocupación del general Funston comienzan a perder soldados por las noches. Los cadáveres uniformados aparecen con uno o dos disparos, y se extiende el rumor de que hay francotiradores en las montañas de Jalapa. Las fuerzas de ocupación enfilan sus cañones hacia ese punto pero, por más que los agobian con balas, los muertos siguen apareciendo. Intrigado, Funston envía un mensaje al presidente Wilson pidiendo autorización para avanzar hacia la ciudad de México. Veracruz se le está convirtiendo en una trampa. Necesitará, además, 10 veces más hombres y pide que se realice una leva. Mientras Wilson piensa que la invasión a México quizás fue precipitada, los soldados de Funston notan que a diario los mexicanos depositan, sin enterrarlos, de 20 a 30 ataúdes en el cementerio principal, y que los asistentes a los cortejos fúnebres, a veces, se repiten. –Aquí todos son parientes –responde el contralmirante Badger–. Los mexicanos son así, muy familiares. Pero un soldado no se aguanta el misterio y decide pedir que se abran las cajas de muerto que pasean, solemnes, detrás de la banda de música y las flores. Al abrirlas, se da cuenta de que están llenas de rifles. Desenfunda su revólver y le apunta a la procesión. Del cementerio sale una bala que lo mata a plena luz del día. Con sorpresa los marines descubren el otro secreto: los ataúdes que tienen días sin enterrar, se abren y de ellos emergen, terregosos, los campesinos veracruzanos que disparan sus rifles contra el ejército invasor. Funston disimula el engaño al escribirle a su presidente: –Pensaron que le temíamos a los muertos. “El mundo está en apuros. Lo vamos a arreglar. Vamos a ser un poquito duros” El primer libro comprado en Amazon fue Finnegans Wake, de James Joyce. Era julio de 1995. Un libro que remite a todas las lenguas y que refiere lo simultáneo a lo disperso hizo pensar a muchos críticos que la era de la red, en la que supuestamente desaparecería el libro, estaba inventando a un nuevo tipo de lector, uno joyceano, sincrónico. Después recapacitaron al ver que la lectura seguía siendo descifrar una letra tras otra, que no se estaba creando nada nuevo, salvo un incremento de lo accesible y, con ello, de las interrupciones. El lector salteado no es distinto del anterior, el de los libros físicos, aunque sí más distraído. Es voraz y discontinuo. Los lectores del Finnegans Wake, en la era de Bill Clinton, dieron paso a los de Trump: el libro más vendido en Amazon desde que ganó la Presidencia de Estados Unidos es 1984, de George Orwell. Quizás sea por la peculiar forma en que tanto Big Brother como Trump utilizan el lenguaje: como reserva de mezquindad, histeria e ignorancia. Supongo que es el neoidioma lo que buscan los lectores y no la distopía (¿por qué no Un mundo feliz, de Aldous Huxley, o Fahrenheit 451, de Ray Bradbury?). Y es que el lenguaje de Trump apunta con bastante precisión al neoidioma de la novela que Orwell escribió: “La ignorancia es la fuerza”, “La guerra es la paz”. De su propia novela, Orwell dijo: “La pensé bajo una sospecha de lo que podría pasarnos en la posguerra. Si el jefe dice de tal o cual acontecimiento que no ha sucedido, pues no ha sucedido; si dice que dos y dos son cinco, dos y dos serán cinco. Esta perspectiva me asusta mucho más que las bombas”. En efecto, 1984 es una novela sobre la explotación de las reservas menos humanistas del lenguaje: el disimulo (“ofrecimos tropas a México, pero era una broma cordial que se refiere a nuestra estrecha colaboración”), la vulgaridad disfrazada de sinceridad, y la literalidad (“si dijimos que íbamos a construir un muro, lo vamos a construir. Dijimos que lo pagaría México y lo va a pagar”). Sucedió en la Rusia de Stalin y en la Alemania de Hitler, cuyas utopías parodia Orwell, y que hicieron escribir en una entrada de su diario (1940) a Klaus Mann: “No puedo leer libros nuevos en alemán. Es posible que Hitler haya contaminado el idioma de Hölderlin y Nietzsche para siempre”. Referirse a los judíos como “cucarachas” o a su asesinato como “solución final” es lo mismo que hoy hacerlo con los adjetivos “violadores” para los indocumentados, o “terroristas” para los musulmanes. La deportación como arma de la “seguridad nacional” es orwelliana. No es por ello sorprendente que una universidad, Berkeley, haya estallado en protestas incendiarias ante la presencia de un conferencista, Milo Yiannopoulos, que es abiertamente homosexual pero que exige que “todos regresen al clóset” y cuya misoginia provocó que lo expulsaran definitivamente de la red Twitter. Pero nada más neolengua que el gurú de Trump, Stephen Bannon: “Soy leninista porque Lenin quería, como yo, desaparecer al Estado”; “Los anticonceptivos hacen menos atractivas a las mujeres porque las vuelve histéricas”; “Preferiría que mi hija tuviera cáncer a que fuera feminista”; “No estoy dispuesto a que mis hijos vayan a la escuela con judíos”. Parecen bromas, pero son lenguaje. Parecen ser ataques de sinceridad pero son agresiones. Después de todo, si lo políticamente correcto es compensar en el lenguaje lo que la política social no puede o no quieren los empresarios, la neolengua de Trump busca escandalizar con la dudosa virtud del ultraje: la exhibición de fuerza en la victoria era, después de todo, la primera demostración de que el emperador se había alejado de la realidad. El lenguaje que pierde toda posibilidad de interpretación (una broma que no suena a tal) pertenece al mundo del que han desertado los dioses. Cuando todo se puede decir, cuando todo puede ser cualquier otra cosa, también, todo puede suceder. Dos más dos, en efecto, puede ser cinco. O todo ser una gran broma. La “gran broma infinita”, como el título de la novela de David Foster Wallace sobre una nación México-Estados Unidos-Canadá, que vive en la persecución de una película tan divertida que, después de verla, entras en una apatía patológica. “El tono fue constructivo y se llegó al acuerdo entre los presidentes de seguir trabajando” En su célebre carta al rector de la Universidad de Bonn, Thomas Mann explica por qué no puede, como escritor, apoyar al Tercer Reich: “La responsabilidad ante un idioma es de naturaleza simbólica y espiritual, no simplemente estética. Es humana. ¿Debe un escritor guardar silencio ante los males irreparables que se han cometido y cometen día tras día en mi país, contra el cuerpo, el alma y el espíritu, contra la justicia y la verdad, contra los hombres y el hombre?” Mann, como casi todos los garantes del idioma alemán, prefirió el exilio a la complicidad. ¿Cuántos de nuestros escritores tendrían hoy ese gesto sin el temor a caer en el olvido oficialista? La neolengua mexicana que inauguró el presidente de la “guerra contra el narcotráfico”, Felipe Calderón, se erige sobre el silencio de los crímenes del pasado –el 68, la Guerra Sucia– para cometer otros, de lesa humanidad. El lenguaje es orwelliano en la medida en que tortura la noción de víctimas, desaparecidos, y muertos como “parte del crimen organizado”. Su lema del fraude electoral sobre el que se asentó su presidencia, “haiga sido como haiga sido”, que parece una broma es, en realidad, un manto del silencio que impuso el empleo de la fuerza. La humillación puede ser, ahora, con Enrique Peña Nieto, un “diálogo constructivo”. Pero hay algo de los lectores acostumbrados a la sospecha que certifica nuestras más finas suspicacias. Como escribió Isak Bashevis Singer, sabemos “que toda mentira sólo puede florecer sobre la verdad”. Y, en un mundo en el que ya todo puede querer decir cualquier cosa, ese es el auténtico escudo de los good hombres..

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