El muro

domingo, 5 de febrero de 2017
CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- En “La construcción de la muralla china”, el narrador que Kafka escoge es un súbdito que asiste abismado a cumplir con una orden imperial que sabe imposible: levantar un muro infinito para un imperio sin fronteras. Lo que priva en él no es la obediencia sino las dudas. Confiesa que no sabe de qué enemigos (que vienen del Norte) se defiende su patria, ni para qué servirá un entramado de ladrillos que, en algunos puntos, no conecta con nada, y si la orden proviene del Emperador reinante o del que quizás haya muerto antes de que a su pueblo, en el sur, llegara la noticia. El súbdito que inventa Kafka revela, en cambio, el uso que se hace de la idea de irse a construir la muralla: “Como niños eternamente esperanzados decían adiós a sus hogares; el anhelo de volver al trabajo colectivo era irresistible. Emprendían viaje antes de lo necesario; media aldea los acompañaba un largo trecho. En todos los caminos había grupos, arcos de triunfo, banderas; no habían visto jamás qué grande, rica, amable y hermosa era su patria. Cada compatriota era un hermano para el que levantaban una muralla protectora y que les agradecería toda su vida, con todo lo que tenía y lo que era. ¡Unidad! ¡Unidad!”. Me acordé de ese célebre relato de Kafka escrito en 1919, como otros recordaron la fecha del anuncio del Muro de Berlín. Todo a raíz del anuncio del presidente de Estados Unidos de su “Muro Trump” en la frontera con México. Existe, en Nueva York, la “Torre Trump”, y Kafka, en una parte de su cuento, escribe de la posibilidad siempre remota de que la muralla china sea el cimiento de una nueva y exitosa Torre de Babel. Pero, como muchas cosas, el narrador no lo sabe, lo ha escuchado como un rumor que cita, sin nombre exacto, a un catedrático que asegura que la idea de una muralla infinita alberga, en realidad, el primer paso para levantar una torre sin límites. Para el súbdito chino todo esto es incomprensible y casi inimaginable pero, en su vida cotidiana, cobra un valor utilitario: a pesar de nunca haber visto a ningún “enemigo que amenaza nuestras fronteras”, se le menciona a los niños para asustarlos y que “se refugien en nuestros brazos”. Irse a levantar el muro se usa también para algo práctico: la unidad patriótica que acompaña a los albañiles voluntarios en su infinito trayecto hacia la frontera inalcanzable. Es de Kafka de quien tomo una de mis preocupaciones de estos días: la tentación de “la unidad nacional”. El tema de qué es una nación vuelve cada vez que, en nombre de una esencia, los humanos se ven despojados de su destino. Decir que “antes de pensar en las familias indocumentadas separadas, hay que pensar en las familias norteamericanas” (Trump), que “Canadá es primero” (Trudeau), o que los mexicanos debemos formarnos de 10 en fondo detrás de la “dignidad nacional” o del presidente es hablar de los seres humanos en jerarquías. Como decía Sartre sobre el antisemitismo: “Es una nostalgia de un orden vertical”. ¿Quién viene “primero” en la jerarquía del nacionalismo? Pues, claro, los que comparten una esencia necesariamente creada desde el poder, desde la orden del Emperador chino: la tradición, las costumbres, las maneras. Que los hombres y mujeres son primero seres humanos y, más tarde, castas, tribus o naciones se pierde ante lo que me ha parecido, en estos días, una histeria de nacionalismos. El muro, sin duda, no es el de los ladrillos, sino el de los llamados a la “unidad”. Para levantarlo no hay que poner ni siquiera la primera piedra, sólo hay que enunciarlo: la adversidad procede del adversario. Hay un enemigo que no conspira contra el imperio –los terroristas– sino que nació así: mexicano, indocumentado, no-norteamericano. En el caso de Trump, la invención de esta “norteamericanidad” –burda, políticamente incorrecta, descreída de las “teorías científicas”– se complace en plantearse un “deber” que está por encima de la compasión y en el que lo “riguroso” equivale a lo “virtuoso”. La literalidad de Trump es lo que me asusta: moldear al mundo es demostrar una voluntad que no se apiade del dolor ajeno. Las familias de indocumentados no importan en un acto de gobernar que no tolera la metáfora, que es sólo literalidad, aunque se disfrace de simulacro televisivo: la “firma” de decretos que solidifican la voluntad. La guerra, según este inusitado fanatismo, sería tan sólo la consecuencia de la búsqueda patriótica del beneficio económico. Y, como en la economía neoliberal, el sistema no es uno que domina a los hombres y mujeres, sino el que los decreta como “estar de más”. Del lado mexicano, hay igualmente una idea de “autenticidad” que, como hemos aprendido en el siglo pasado, es sólo una retórica de la homogeneidad. Se habla de proteger a los indocumentados porque son “mexicanos”, no porque sean –creo yo, en mi infinita ingenuidad de la que siempre estaré orgulloso– seres humanos avasallados por la literalidad del poder. El Partido Único siempre fue una excrecencia de otra arbitrariedad, la “identidad cultural” y en la defensa de los indocumentados se apela a su fantasmal carácter ancestral que no sólo no es demostrable –¿qué español, qué tortillas, qué guadalupanismo?–, sino que pretender encontrarlo ya es una forma de glorificación de un particularismo de dominación. En México, el discurso de “la unidad nacional” engendró que, en la prohibición de la propaganda nazi en el territorio se aprobara el delito de “disolución social”, que facultó al tiempo la legalización de la represión contra los opositores en 1968. Lo Uno aplasta la diferencia. La Torre de Babel mexicana, durante casi un siglo, fue aplastada por la muralla de la identidad que nos protegía del “peligro extranjero”, que eran los “comunistas” y no tanto el capital estadunidense. Dentro de las histerias nacionalistas, en las que ya no hay tentación sino un deber, el discurso del alcalde de Nueva York, Bill de Blasio, tranquiliza: “La ciudad por excelencia de inmigrantes, un lugar que ha triunfado porque está abierto para todos, un sitio construido por generación tras generación de inmigrantes, dice que no. Haremos todo lo que sea posible para proteger a nuestros residentes y para asegurarnos de que las familias no sean separadas”. Recordé la historia de la guerra entre Francia y Alemania de 1870. Al contrario del levantamiento de una frontera, se trató de ampliarla en beneficio de uno de los países. Las víctimas: los alsacianos. El relato de esa guerra territorial viene a cuento por los argumentos que la empujaron. Los alemanes declararon una esencia natural de los alsacianos: “Hablan alemán, comen alemán, son protestantes. Son nuestros”. Los franceses pierden ese argumento. Pero ¿qué decían los habitantes de Alsacia y Lorena? Antes siquiera de juntarse al armisticio de Versalles, los alsacianos les dirigen a las partes una carta: “Declaramos nulo y sin efecto el pacto que dispone de nosotros sin nuestro consentimiento. La reivindicación de nuestros derechos permanece para siempre abierta para todos y cada uno de nosotros, en la forma y en la medida que nuestra conciencia nos dicte”. Hicieron valer la nación, no como esencia genética o histórica –el “alma colectiva”– sino como un contrato en el que la nacionalidad es un plebiscito cotidiano. No debe ser una fatalidad étnica, sino una elección. Y esa historia me lleva a tratar de pensar el muro de Kafka como propio. Los indocumentados, con independencia de su origen, deben reivindicar, como lo hizo De Blasio, su elección, múltiple, dudosa, revocable. Se han ido a Estados Unidos por necesidad pero, también y en cierta medida, por elección. No tuvieron derecho a votar en contra de Trump, pero deben tener hoy la posibilidad de expresar su palabra. El muro es sólo un medio para manifestar esas oscuridades que tienen nuestros enfrentamientos por las diferencias o semejanzas, siempre ficticias, aunque operantes. Como dice el narrador del relato de Kafka: “Prefiero sospechar que la decisión de hacer la Muralla no es por los inconscientes pueblos del Norte que imaginan ser el motivo, ni del venerable inconsciente Emperador que imaginó haberlo decretado. Los constructores de la Muralla conocemos la verdad y la callamos”. Esta columna se publicó en la edición 2100 de la revista Proceso del 29 de enero de 2017.

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