Informe de mudos

domingo, 26 de marzo de 2017
CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Como escribió Charles Péguy, hoy vengo a “decir la verdad, toda la verdad, nada más que la verdad, estúpidamente la verdad estúpida, tediosamente la verdad tediosa, tristemente la verdad triste”. En Veracruz, el Día de las Madres del año pasado, un colectivo dedicado a la búsqueda de desaparecidos recibió, como “regalo”, un mapa con cruces dibujadas. Debajo de esas tierras, conocidas como Colinas de Santa Fe, las madres, hermanas, amigas, esposas, descubrieron más de 120 fosas secretas. “Unos cuerpos todavía con piel; otros, ya esqueleto”. Oigo la voz de mujer en la computadora y no parpadeo. De tantos desaparecidos, tumbas sin nombre, a nadie impresiona el hallazgo: la verdad no llega a ser acontecimiento, sino interminable continuación de nebulosas tragedias. Para distinguirla, se le trata de “la más grande fosa clandestina del mundo”, o se da cuenta de que, por la corrupción, el gobierno no cuenta con los recursos para identificar 250, mil 500, restos humanos. La cifra se exime a sí misma. El hecho narrado por la madre de un desaparecido ya no conmueve. Con un resignado “México es un cementerio clandestino”, se evade la deuda irreparable que todos tenemos con esas muertes violentas. La verdad es tediosa. La verdad es triste. La verdad es como escribió Ernesto Sábato en el prólogo al informe sobre los desaparecidos de la dictadura en Argentina: “Desde el momento del secuestro, la víctima perdía todos los derechos; privada de toda comunicación con el mundo exterior, confinada en lugares desconocidos, sometida a suplicios infernales, ignorante de su destino mediato o inmediato, susceptible de ser arrojada al río o al mar, con bloques de cemento en sus pies, o reducida a cenizas; seres que sin embargo no eran cosas, sino que conservaban atributos de la criatura humana: la sensibilidad para el tormento, la memoria de su madre o de su hijo o de su mujer, la infinita vergüenza por la violación en público; seres no sólo poseídos por esa infinita angustia y ese supremo pavor, sino, y quizás por eso mismo, guardando en algún rincón de su alma alguna descabellada esperanza”. ¿Qué nos ha ocurrido cuando el anuncio de una fosa clandestina no nos cimbra? En La razón en la Historia, Hegel nos había profetizado a todos: “La razón no puede detenerse ante las heridas infligidas en los individuos, pues los objetivos particulares se diluyen en el objetivo universal”. Ninguna religión contribuye más a justificar la sangre derramada como esa idea: los hombres son mortales pero no la Humanidad. Ese fue, balbuceado, el origen de humo de “la guerra contra el crimen organizado” en la Marcha Blanca “contra” la inseguridad de 2004, fundamento del imperativo presidencial de Felipe Calderón. Las tragedias eran “particulares” en la medida en que la paz –una serenidad de sillón frente a la tele– se desdoblaba como un manto protector. Se planteó como una “guerra” de dos bandos: el crimen y todos los que no pertenecían a él (se asumió que el Ejército, la Marina, y los miembros de la burocracia política no eran orquestadores). Las palabras “crimen organizado” no se anclan en nada, sino en todos. No son un hecho, sino una etiqueta. No se enlistan actos delictivos, sino que sólo se les exhibe con una palabra. Como membrete, el poder la usa para todo lo que se opone a la marcha por la seguridad mexicana. Las atrocidades cometidas no tienen que ver nada con una “guerra”. Los cuerpos de los jóvenes –muchas mujeres– encontrados en las fosas ilegales por todo el país no son de “enemigos”, sino de presas. Ellos y ellas no estaban en una confrontación, sino que se encontraron en una trampa. Para el poder son lo mismo un sicario del narco que una de estas víctimas llamadas por Calderón “colaterales” –hasta donde sabemos, 120 mil personas– para quitarles la calidad de seres humanos. En una guerra, los combatientes toman decisiones de sobrevivir o arriesgarse. En esta inmundicia mexicana, las víctimas son escogidas, quizás al azar. No pagan culpa alguna, más que haber nacido. Fueron despojados de sus vidas porque, antes, el poder les quitó la libertad de decidir qué iban a hacer con ellas. Muy pocos se detuvieron ante sus heridas. Una de ellas, Sara Uribe, la dramaturga de Ciudad Victoria que escribió “Antígona González” –testimonios de las mujeres a las que el poder les ha negado enterrar a sus hermanos– me lo cuenta: –Todos los días pasaba por un cine abandonado, con mis audífonos. Luego se supo que, en ese edificio, había 30 personas secuestradas. Me enteré demasiado tarde. No sé qué hubiera hecho o podido hacer, al menos saber. Parece que tendríamos que invertir la certeza de Hegel: la Humanidad muere cuando mueren con violencia sus hombres y mujeres. La responsabilidad moral no debiera terminarse donde se acaba nuestro cuerpo, nuestra casa, nuestra “paz”, sino hasta donde la herida del otro nos cimbre. Por lo menos saber. Pero no es así. Hay una porción de la sociedad que está dispuesta a voltear la vista, a taparse los oídos ante los gritos de los familiares de los desaparecidos. Creen que hay alguna razón que debe estar por encima de la existencia de las personas, que “la paz social” seca la sangre del exterminio. O, ya que todo es inhumano, se disuelve la responsabilidad de los funcionarios del Estado como criminales de lesa humanidad, en el pantano de “así de violento es México: aquí la primera reacción ante el conflicto es sacar la pistola”. No escuchar a los desaparecidos y disolver las responsabilidades del que tiene la fuerza legal –el Estado– es la misma tediosa verdad. No reparan en que “la ley” dejó de ser el marco en el que se delimitan nuestras acciones para convertirse en la acción misma. Como escribió el suizo Max Picard en Hitler en nosotros (1947): “El crimen se convierte en doctrina y ley cuando la fantasía de exterminar el antagonismo entre los hombres acaba por eliminar a los hombres mismos”. Quienes no se conmueven ahora quisieran esa vida sin conflictos del cuento de hadas del Milagro Mexicano: los muertos bien valen una Olimpiada. Y Calderón abusó de esa aspiración de las clases medias torvas, ignorantes, narcisas: los desaparecidos, desplazados, torturados, ejecutados eran el precio de un “deber” o de una “necesidad”. Jamás escuchó la historia del secuestro de Aldo Moro en el verano de 1978. Cuando el dos veces primer ministro de Italia seguía secuestrado por las Brigadas Rojas, un policía le propuso al general Carlo Alberto dalla Chiesa que sometieran a la tortura a algunos detenidos para sacarles la verdad sobre el paradero del político democristiano. El general, al mando de los carabineros, contestó: célebremente: “Italia puede permitirse perder un Aldo Moro. No, en cambio, implantar la tortura”. Della Chiesa dejó morir a Aldo Moro y fue asesinado por la mafia siciliana en 1982. Nunca se enteró que su defensa de la ley y el debido proceso contrastaba con la Operación Gladio de la ultraderecha italiana, que buscaba, precisamente, la muerte de Aldo Moro para desprestigiar a la izquierda y evitar que ganara en las urnas. No importa su ignorancia. El general, a diferencia de los mexicanos, jamás infringió la ley para hacer cumplir la ley. Siguió pensando que era un cerco para la acción del Estado, no una acción disciplinaria contra la población. Los crímenes y atrocidades que se han cometido desde hace más de una década en México no son personales –comunes–, ni siquiera “de guerra”. Son de lesa humanidad, un ejercicio criminal del ejercicio del poder estatal. Y nadie se ha detenido ante las heridas. Los mudos no lo son porque no puedan hablar, sino porque nadie quiere escucharlos. Oigo a la mujer denunciando la fosa clandestina. No sabe si su desaparecido es o no uno de los restos encontrados. Quizás nunca lo sabrá. Recuerdo una historia muy antigua que leí en Una historia breve del mundo, de H.G. Wells. Doscientos sesenta años antes de nuestra era, Asoka lideró una cruel guerra contra Kalinga para pacificar a la India. Después de vencer, mandó inscribir en las rocas de los principales cruceros de los caminos: “Esta es la penitencia del rey por haber sometido a Kalinga: fueron deportadas 150 mil personas, 100 mil fueron asesinadas, y centenares de miles murieron como consecuencia. Esta ruina, muerte, cautiverio de los hombres y mujeres es fuente de tristeza y humillación para el rey querido de los dioses”. Cuando han sucedido estos duelos, tenemos obligación, al menos, de dejarlo en las piedras. Esta columna se publicó en la edición 2107 de la revista Proceso del 19 de marzo de 2017.

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