Apocalipsync

domingo, 23 de abril de 2017
CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- La esperanza y el miedo –decía Thomas Hobbes en Leviatán– se reflejan en “la voluntad de hacer o de no hacer”. Nos proyectamos más allá del instante “maniobrando nuestras velas entre las inclinaciones y las posibilidades” (Plutarco) o nos inhibimos por el temor a un mal futuro. La esperanza y el miedo nos mueven. Imaginamos un porvenir venturoso o un destino fatal y, respecto de esa sensación rodeada de calma o escalofríos, accionamos o no. Hay esperanzas condenadas y hay temores fundados. Hay pánicos cuyo objeto es inexistente y esperanzas que excavan en la mejor versión de nosotros mismos. El año pasado se cumplieron 500 años de la Utopía de Tomás Moro. Su autor fue canonizado por el Papa Pío XI en 1935, no por haber descrito una sociedad comunitaria, sino por haberse opuesto a que Enrique VIII se casara, sin dispensa del Vaticano, con Ana Bolena. Juan Pablo II lo convirtió en “santo de los políticos y gobernantes” en 2000 para que se le celebre el 6 de julio, fecha en la que, en 1535, le cortaron la cabeza por negarse, junto con el obispo John Fischer, a aceptar que otra cabeza –no pontificia– fuera la que dirigiera una entonces insólita Iglesia Anglicana. Héroe del Vaticano también lo es de los comunistas: Lenin inscribe su nombre, junto al de Marx, Engels y otros 19 pensadores libertarios, en el Parque Alexander, uno de cuyos lados da al Kremlin; ostenta en otro una torre en honor a los zares –restaurada por órdenes de Putin– y da finalmente a una entrada del metro. Si uno fuera vivaracho podría hacer un chiste sobre la utopía, entre los tiranos de la monarquía rusa, sus bolcheviques, y el metro. Pero esta columna no es tan sagaz. La posteridad de este diálogo entre Moro y el viajero Rafael Hitlodeo sobre la isla americana Utopía engendró todo un género literario dedicado a pensar una sociedad en la que no existiera la propiedad privada, origen de toda violencia. Un siglo después, Daniel Defoe reinventó la utopía, no colectiva, sino individual, con Robinson Crusoe. Es el náufrago que llega a una isla desconocida que fue, para Rousseau, la vuelta a lo natural como liberación; para Kant, la necia civilización como destino humano; y para Marx la imposibilidad de un hombre fuera de lo histórico. Si revisamos la utopía de Defoe, su Robinson es una fantasía del colonizador: crea a Viernes como el perfecto esclavo, inferior, sometido a los cálculos de costo y beneficio del conquistador de tierras “desiertas”. Con el tiempo las ciudades del sol produjeron su contraparte, la distopía, la descripción de lo mal que puede resultar: la novela El talón de hierro de Jack London, publicada en 1908, sirve de modelo, tanto a 1984, de George Orwell, como a Farenheit 451, de Ray Bradbury: una hija de la aristocracia universitaria –Avis– conoce a un revolucionario –Ernest Everhard– que le muestra las injusticias de la sociedad en la que viven y la convence para que se unan a los obreros y los campesinos para derrocar a la oligarquía, “El talón de hierro”, que controla los sindicatos, los medios de comunicación, y lo mismo utiliza autoatentados terroristas que guerras inexistentes para someter a las mayorías esclavizadas. Antes de Hitler y Stalin, Jack London ve la distopía en los monopolios empresariales ligados a las élites políticas, y la rebelión como única salida. Al final de la novela, el levantamiento obrero es aplastado y, suponemos por las notas a pie, todo fue escrito por un historiador que ha encontrado el relato de Avis. La distopía que en estos días fue releída con entusiasmo por los que no votaron por Donald Trump es La conjura contra América, de Philip Roth. Si bien, como casi todas las novelas de Roth, fue un bestseller en su momento, ahora, 15 años después, es leída como profecía. The New Yorker y el suplemento literario del Times asistieron asombrados a este renacimiento. Como en La contravida (1986), Roth escribe sobre una de sus obsesiones: si la vida presente no fuera ésta, ¿qué camino habría tomado? En la novela distópica –“contrafactual”, la llaman–, Charles Lindberg, el héroe de la aviación estadunidense, gana las elecciones para presidente de Estados Unidos en 1940. Es, como el verdadero Lindberg, un simpatizante de los nazis y un republicano. Ya en el poder comienza a instaurar una política de “reubicación” de los judíos. Entre otras medidas raciales, manda cerrar la frontera con Canadá. Su lema es “Primero América”. La familia de Roth sufre todas estas decisiones en su casa de Newark y están a punto de participar de una revuelta, organizada por los mafiosos italianos. Pero al final, Roth da un giro del temor por un pasado que no sucedió hacia lo factual: Roosevelt gana la Presidencia, Lindberg desaparece, y Estados Unidos entran a la guerra contra los nazis. Los nuevos lectores anti Trump encontraron en esta novela un miedo del presente y sus posibilidades. Si bien una parte de electorado republicano votó con una mezcla de esperanza y resentimiento, otra se atemorizó ante la idea de un futuro puramente blanco, masculino y orientado al espectáculo semanal. Sin tiempo colectivo –toda utopía es una vuelta al pasado–, el mismo Trump tiene como guía para el futuro una profecía temerosa. The New York Times y The Washington Post revisaron las lecturas tutelares de Steve Bannon, hasta hace unos días, el estratega del presidente republicano, y encontraron la obra de dos historiadores amateurs, William Strauss y Neil Howe, The fourth turning, La cuarta vuelta. Este libro, del que Bannon produjo una película, Generation zero, se basa en una idea de la predicción un tanto dudosa: la existencia de “generaciones” y de “ciclos” en la historia. Seguramente tomando a José Ortega y Gasset vieron ciclos de cuatro generaciones en la “historia norteamericana” –léase los blancos estadunidenses de clase media–: la de la posguerra “con instituciones fuertes y los GI’s” (government issues, o sea, soldados); la revolución de las conciencias en los sesenta; los “cínicos” e individualistas años noventa; y la cuarta vuelta que inicia con el desfalco de Wall Street en 2008. Steve Bannon ha hablado de que ellos encabezarán esa última porque es una crisis en la que Estados Unidos podría desaparecer. La profecía, como la de un moderno Apocalipsis de Juan de Patmos, es la de una oligarquía de mártires –la Puta de Babilonia sería, ahora, un Wall Street demócrata, los universitarios y su corrección política– que “necesitan” que los ciudadanos les obedezcan para poder llevarlos por la tormenta de “la seguridad nacional” hacia otra generación. Con base en el miedo al futuro, la administración de Trump se erige en conductora de los “millennials, los que ahora tienen entre 20 y 35 años, sin más esperanza que una extraña vuelta al pasado de la posguerra, cuando “América” fue “grande”. Tal cual como la película icónica del reaganismo, Volver al futuro (1985) –mencionada por Reagan en su Discurso a la Nación del año siguiente–, la utopía es un arreglo de la propia historia: del futuro se viaja a un pasado, 1955, brincándose las décadas más conflictiva de Estados Unidos, la Guerra de Vietnam, las protestas por los derechos civiles, los sesenta y setenta, que empequeñecieron a la patria de las barras y las estrellas. A veces funcionamos como en la fábula de Esopo, la de la zorra y las uvas: si no podemos alcanzarlas, las tildamos de no estar maduras. Le ha pasado a las utopías comunitarias pero también a los individualistas que ahora atiborran las gráficas del fracaso del autocontrol: anorexia, depresión, “sensación de anonimato”. Lo que no sabemos –ni en la versión de La Fontaine ni en la de Samaniego de esa misma fábula– es qué hizo la zorra cuando despreció lo que tanto anhelaba y no podía tener. ¿Se resignó como los que tienen miedo? ¿O fue impermeable a la crítica como los que tienen demasiada esperanza? Quizás volvió a un futuro en que las uvas crecían a ras de tierra. Esta columna se publicó en la edición 2111 de la revista Proceso del 16 de abril de 2017.

Otras Noticias