JEP

domingo, 25 de junio de 2017
CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- La mayoría en estas mismas páginas, los textos periodísticos de José Emilio Pacheco han sido, por fin, reunidos. Se trata de sus “Inventarios” en tres volúmenes, desde 1973 y el golpe a Allende, hasta 2014 y sus notas sobre la muerte de Juan Gelman. Pacheco escribió para su propósito fugaz más de 6 mil cuartillas, unas 150 por año, para el Excélsior de Julio Scherer y esta misma revista. Compilarlos se volvió uno de los mitos del municipio conurbado al que llamamos “república de las letras”: su abundancia requería un criterio temático –hay en ese laberinto textual desde crónicas, poesía, traducciones, notas biográficas, cuentos– y un editor inencontrable. Hubo, hasta donde sé, siete versiones que José Emilio rechazó con ese género del que fue amo: la excusa. Como todo lo publicado bajo su nombre –en este caso, bajo las siglas “JEP”– José Emilio sentía que debía revisarse incansablemente, precisarse, valorar su pertinencia, investigar más, reescribir. A la obsesión por leer, Pacheco le sumó siempre la de corregir: sus textos son heraclitianos, “en los mismos ríos entramos y no entramos; somos y no somos”. A esta obsesión por lo jamás acabado le sumó su modestia. Por eso los textos de “JEP” están disponibles sólo hasta ahora. El resultado es un paquete póstumo –casi un tercio de lo publicado– en orden cronológico, cribado por un grupo editorial con quien José Emilio fue leal, ERA. A petición del autor se eliminaron, nos dicen los editores, lo que fue después corregido para aparecer en otros libros: su poesía y versiones de sus traducciones. Uno de los temas recurrentes en las conversaciones con JEP, además de la cartografía literaria de la Ciudad de México, eran los libros. Recuerdo que él fue quien me avisó de la existencia de una novela que Flaubert escribió a los 15 años, tras haber sufrido su primer “desgarramiento atroz del alma y del cuerpo”, que le justificó una vida recluida y le dotó de un estilo: la persecución maniaca de la palabra precisa. Convaleciente, Flaubert lee sobre un cura, Vicente, que durante la quema de su monasterio en Santa María del Poblet, cerca de Barcelona, en 1835, arriesga su vida para proteger los libros. Algunos se le escapan porque los transeúntes los recogen de entre los escombros para venderlos. Así que fray Vicente comienza una lucha por recuperar los libros –entre ellos, Las Leyes y Ordenanzas del Reino de Valencia, editado en 1482 por Lambert Palmart, el primer impresor de poesía en España– y decide asesinar a media docena de personas para despojarlas. Flaubert –me cuenta Pacheco– escribe su primer novela, Bibliomanía (1837), para una revista de su natal Ruan, Le Colibrí, con el tema del bibliópata. –Él ya estaba decidido a dedicarse sólo a los libros –me dice Pacheco por teléfono. –Pero tenía epilepsia –le digo por responderle algo. –No era una enfermedad, lo de Flaubert. Era una decisión a favor de las palabras. Por eso le parece inspirador alguien que mata por un libro. Entrábamos y no entrábamos a esa región de enfermedades de la literatura que se enlistan justo en el prólogo de Camilo Ayala a la novela de Flaubert: después de todo, al misterioso padecimiento de Flaubert le dedicaron muchos diagnósticos, entre ellos, Jean-Paul Sartre y Roland Barthes. No era hipergrafía, sino pura literatura. Por ejemplo, el trastorno de Collyer, el de los que acumulan cosas sin lograr deshacerse nunca de ellas, debe su bautizo a unos hermanos, Homer y Langley, que murieron dentro de una casa en Nueva York en 1947. Habían pasado suficientes días como para que el olor alertara a la policía pero había tantas cosas adentro que tardaron cuatro días en sacar los cadáveres. Los hermanos tenían 250 mil libros. Pacheco los desdeñaba: “Casi todos eran de derecho”. Luego, hablábamos un poco de la bibliofagia, del emperador de Etiopía, Melenick II, que tras su primer infarto en 1903, decidió comer páginas de la Biblia como cura, o de las ediciones etiopes de libros con cubiertas de piel humana, las de la Constitución francesa de 1793 con cutis de aristócratas guillotinados, o de los médicos del Hospital de Clamart en París que vendían “tela de pechos de mujer” para la encuadernación de literatura erótica. Fue él, Pacheco, quien alguna vez me contó, muy divertido, la historia de un joven lector, André Leroy, un gran admirador del poeta Jacques Delille, que profanó su tumba en Pere Lachaise para arrancarle la piel y forrar sus libros. Pacheco hubiera degustado los sainetes del cadáver de Luis Barragán o el Corán que le dicen que le encontraron a Saddam Hussein, caligrafiado con 27 litros de su sangre. Quizás Pacheco supiera por qué los correctores de galeras utilizaban tinta roja. Ya no se lo pregunté. De todas formas, Pacheco no había dejado de ver a las personas para dedicarse a los libros; si bien sí compartía con Flaubert la manía de la palabra exacta, buscada con insomnio y terror de no encontrarla. La última vez que lo vi, me lo topé con algunos investigadores de la Universidad Metropolitana, en un restorán italiano. Pícaro, se levantó con un bastón de la mesa para decirme un juego de palabras que no era apto para los solemnes académicos: –¿Sabes qué pedí de comer?–soltó una leve carcajada–. Un “penne a la Berlusconi”. –¿Y ése cómo es, José Emilio? –Te viene a la putanesca. A este José Emilio, a su JEP, es al que tenemos ahora en tres volúmenes. Hay en ellos muchas de las preocupaciones de la llamada generación de “medio siglo”, la de Carlos Monsiváis y Sergio Pitol. El mismo Pacheco describe así (1974) a la anterior generación, la de Salvador Novo y Los Contemporáneos: “Como el muralismo, la nueva literatura fue un arte subsidiado por el gobierno; los escritores recibieron la misión de informarnos de lo sucedido en el mundo durante la época en que México se cerró sobre sí mismo”. La de “medio siglo”, por su parte, fue una que, al igual que La Ruptura en la plástica, interrumpió con los géneros tradicionales –ensayo, poesía, teatro, novela– y los llevó al lugar del texto. Pitol valoró la literatura rusa y de Europa del este, y cultivó un género nuevo, entre el ensayo, la memoria y la ficción vistas como lecturas. Monsiváis desdibujó el comentario de la erudición, inventó un estilo de apropiación de la cultura como forma de atención, reintegrando a la palabra su carácter de burlona indignación. En ambos hay lo que Ricardo Piglia llamó “los escritores que actúan en el interior de la cultura de masas con una poética propia”. En efecto, ambos juegan con los discursos de los medios masivos pero no hacen cultura de masas. Si miramos la antología de los “Inventarios” de JEP, hay una postura, no sólo con respecto a Los Contemporáneos, sino ante la cultura de masas: la resignificación de la narrativa como un conjunto –para el caso, casi inagotable– de lecturas propias. De la Batalla del Álamo a Martín Luis Guzmán, de Rimbaud a Oscar Wilde, las columnas de JEP son, a la vez, el proceso de creación de una voz, de un sistema de valores y una tradición elegidas. Como en Pitol y Monsiváis, no existe una línea fronteriza entre las literaturas de los países, ni entre la historia y la ficción, ni siquiera entre la prosa y la poesía. Hay, por el contrario, un lector miope: el que, sacándose los lentes para ver de cerca, trae a la atención de sus lectores el interés por algo para situar en una cartografía –sentimental pero también de valores– a escritores y episodios históricos. Como él mismo cita a Cesare Pavese: “Los libros no son los hombres. Son medios para llegar a ellos”. He aquí, la trayectoria de ese mapa. Esta columna se publicó en la edición 2120 de la revista Proceso del 18 de junio de 2017.

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