Liberales

domingo, 18 de febrero de 2018
CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Cuando Sancho Panza le dice al Quijote que ha ido y vuelto en tres días para ver a Dulcinea, el caballero andante le atribuye tal milagro –la rapidez– a las artes de un sabio, de un “nigromante” que, según explica, es el mago responsable de que los jinetes vuelen por los aires y aparezcan de la nada en una batalla para ayudar a su amigo que está a punto de ser lanzado. El otro sortilegio que El Quijote le atribuye a los “nigromantes” es el de hacer que la gente común pueda caminar durante días sin mostrar cansancio. Cervantes no abunda en la nigromancia como adivinación del futuro en la que se consulta con los muertos como espíritus, ni tampoco en la terrible y pringosa aruspicina de los antiguos romanos, que es hurgar en las vísceras de un animal sacrificado con el mismo propósito profético. La “nigromancia”, para los liberales mexicanos del siglo XIX, era un arte de la palabra. Cuando Manuel Payno, Guillermo Prieto e Ignacio Ramírez fundan el periódico de crítica satírica Don Simplicio, se presentan cada uno con los versos que le dedica el otro. Prieto describe así a Ramírez: Y un oscuro Nigromante que hará por artes del diablo que coman en un establo Sancho, Rucio y Rocinante con el Caballero Andante Lo que enfatizan es el carácter parejo –igualitario, diríamos ahora– de la crítica de Ignacio Ramírez quien, a partir de 1845, a los 27 años, se le quedará como apodo, seudónimo, y carta de presentación. El Nigromante es nuestro liberal más notable: cuestionó la ilegitimidad de los gobiernos de Santa Anna, Comonfort, Maximiliano, Juárez, Lerdo de Tejada y Porfirio Díaz. Fue uno de los pensadores que creó la Constitución de 1857 y, por eso, se levantó contra Juárez cuando buscó la reelección como Presidente. Pero no sólo era un creyente en el régimen democrático y republicano, sino que lo excedió planteando una sociedad más equilibrada; hay una línea entre sus ideas y las de Flores Magón y, posteriormente, con las de José Revueltas en 1968. Traigo a colación al Nigromante porque esta semana algunos opinólogos se definieron como “liberales-conservadores” o “liberales demócratas sociales” en vistas de la elección de 2018. Los que se autodefinen como liberales en estos días lo hacen por la vergüenza de llamarse “neoliberales”, que es un sistema económico casi opuesto al liberalismo: hace crecer los monopolios y los corporativos; cree que la desigualdad es la forma del mercado de decirnos, “tú sobras”; favorece las decisiones que no pasan por las urnas –los organismos financieros y los ejecutivos de los bancos son los nuevos Santa Annas–; y cree que el dominio de “lo privado” solucionará los problemas del suicidio del Estado. Los liberales como El Nigromante creían en principios que los neoliberales vergonzantes –hasta Salinas de Gortari evitó la autodefinición al llamarse “liberal-social”– no sostienen: en lugar de Dios y las autoridades externas, colocaron al hombre y su Razón; a la jerarquía la sustituyeron con la igualdad; y la obsesión dictatorial por la “unidad”, le opusieron la pluralidad y la diferencia. Privilegiaban las elecciones y decisiones basadas en la razón por encima de las creencias religiosas y las instituciones sagradas. Es en función de la libertad de esa razón que nuestros liberales atacan a la jerarquía de la Iglesia católica y sacan a la educación pública de su tutela. El Estado se hace laico, es decir, se separa de todas las creencias espirituales. Aceptar que somos nosotros quienes hacemos las reglas de la obediencia y la rebelión provoca que el pensamiento reflexivo y la ciencia pasen a ser partes de la libertad y la autonomía. Pero hay en los liberales algo que jamás aceptarán los opinólogos neoliberales y es la primera frase de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, aprobada por la Asamblea Constituyente de la Revolución Francesa, el 26 de agosto de 1789: “Los hombres nacen y permanecen libres e iguales en derechos”. Esa frase excede con mucho a todos aquellos que creen que las desigualdades que provienen de la clase, el género y la etnia, son ‘naturales’ o que no deben ser competencia de la política. A esa creencia llamamos “derecha”. Los liberales como El Nigromante creyeron no sólo que las desigualdades debían atenuarse al máximo, sino que eran esos ciudadanos iguales por el solo hecho de haber nacido. El poder de esos ciudadanos es ilimitado y existe todo el tiempo, si acaso como ficción verdadera: la soberanía que entrega y quita legitimidad a un representante. La soberanía popular era, entonces, no sólo la que le gustaba a Porfirio Díaz –la obligación de obedecer– sino también su contraparte: el derecho a resistir, a tener iniciativa, a hacer política. Esto quiere decir que, mientras los neoliberales vergonzantes ven las desigualdades como dadas –enunciadas desde el poder económico que excluye de antemano a todos los que no son “exitosos”, es decir, los que hacen dinero fácil–, los liberales no creen en una igualdad preexistente sino en una forma activa de producirla: la política ciudadana. Por eso, desde El Nigromante podemos hoy hablar de democratizar la democracia, es decir, tomar la primera frase de la Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano y convertirla en un horizonte de utopía. Por supuesto que los neoliberales ya no están en condiciones de enunciar un futuro que no sea un “presente mejorado”: la misma desigualdad pero, ahora, se los juramos, sin corrupción, o con las herramientas de los “expertos”. Durante más de 30 años, aseguraron que todo lo que venía del Estado era superfluo, corrupto, y un desperdicio de dinero –educación y salud pública– y que la empresa privada era honesta, eficaz y honorable. Lo que hoy tenemos es a un secretario de Hacienda pasándole las bases de una licitación a los chinos, 11 meses antes de a los demás competidores, a cambio, quizás de una casita en Malinalco. El capitalismo de los cuates no puede articular ningún tipo de porvenir, en vista de los resultados de concentración de la riqueza, ampliación de las formas de pobreza, migración forzada, despojo. Dejaron un país en el que a las únicas que les va bien es a las cifras macroeconómicas. Reivindicarse “liberal” cuando se ha convalidado el modelo privatizador como si fuera inseparable de la democracia es vaciar de sentido al Nigromante, al que junta a Sancho y su burro con El Quijote y su jamelgo, al que los hace volar hacia Dulcinea. En su idea de política, los liberales creían que los conflictos debían ser parte de la esfera pública y no resolverse en los sótanos, en las periferias de la sociedad. Creían en el consenso como resultado inestable del conflicto, el disenso y el debate necesariamente públicos. Jamás creyeron en un presente perpetuo –“el fin de la Historia”, celebraban los neoliberales– ni en la nación eternamente unida. A pesar de haber sido secretario y ministro de Benito Juárez, El Nigromante le dedicó algunas de las críticas más severas. Justo el año, 1867, en que los liberales juaristas ganan la guerra contra el Imperio de Maximiliano y los conservadores, publica esta frase en El Correo de México: “El gobierno ha procedido de mala fe al confundir a los buenos con los malos, porque su ánimo ha sido formar un nuevo partido comprometiendo, por la vía del agradecimiento, a los traidores y, al mismo tiempo, humillar a los republicanos independientes, para no reconocer ni sus exigencias ni sus servicios”. El 12 de junio de 1879, El Nigromante pide permiso como juez de la Suprema Corte y muere al tercer día. Sus cinco hijos y su esposa, doña Sinforosa, no tenían para el féretro, el funeral y el entierro. Por Ignacio Manuel Altamirano, Porfirio Díaz se entera y llega a pagar por cuenta del gobierno todo el sepelio. Se sorprende de que el hombre que había tenido a su cargo los bienes expropiados a la Iglesia católica no tuviera en qué caerse muerto. Esa honradez hace hoy toda la diferencia. Esta columna se publicó el 11 de febrero de 2018 en la edición 2154 de la revista Proceso.

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