Escritura y naufragio

domingo, 11 de marzo de 2018
CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- En Los orígenes perdidos del ensayo, John D’Agata nos revela la historia del primer texto literario, escrito hace casi 4 mil 700 años en Mesopotamia por alguien llamado Ziusudra. Lo que sabemos de él es lo que escribió en una serie de tablillas que, durante cinco siglos, los sumerios habían usado para llevar cuentas de costales vendidos, deudas, nombres del señor que no había pagado la dote de su hija. La escritura comenzó como una extensión material de la memoria. Pero lo que Ziusudra escribe es una lista de consejos de los sabios que ya han muerto. Hay que decir que escribe tras un naufragio: los dos ríos de Mesopotamia, Éufrates y Tigris, se desbordaron y arrasaron con toda la ciudad. Después de ese desastre es que Ziusudra toma sus tablillas y crea una lista de consejos en la que se mezclan lo práctico con el humor, las certezas con las dudas. El lector actual se siente un poco incómodo porque no sabe si lo escrito es un viaje desde lo concreto a una especie de metáfora de algo más trascendente. Lo que da una clave es que la lista sea atribuida a los sabios de Sumeria, pero el texto parece en broma. El primer consejo es: “No compres un burro que relincha porque ese es el que te pateará el trasero”. Siguen consejos para no contratar ni a las prostitutas que desecha el Palacio porque “son las del fondo del barril” ni a las de la calle, “porque son de las que muerden”. Hay recomendaciones éticas: “No te deshonres a ti mismo, no digas mentiras, no presumas, no chismees, y nunca discutas algo por demasiado tiempo”. También hay algunos puntos dedicados al poder, a cómo relacionarse con él: “Debes agarrar a un buey fuerte para cruzar un río caudaloso. Alíate a un hombre poderoso para que te guíe. Pero debes comprender que es fácil para alguien compartirte el pan mientras todavía está en el horno. Los ojos del mentiroso siempre giran como una rueca. El charlatán siempre trae su bolsa llena de semillas mientras que el arrogante la lleva vacía”. Son, en efecto, advertencias para quien ha visto una ciudad espléndida y próspera sucumbir a una inundación. La lista de Ziusudra termina con una certeza final: “El destino es como la orilla del río: existe para hacerte resbalar”. La idea de que el texto literario nace en los límites entre agua y tierra –en lo resbaloso del destino sumerio– ha perdurado. No en balde, la mitología griega atribuye la invención de la palabra escrita a Ío, una ninfa que es convertida en vaca por Zeus. El dios de dioses convierte a Ío en vaca para evitar que su esposa la vea y se dé cuenta de que, en realidad, es una más de sus amantes. La vaca huye del maltrato de los dioses que la tienen amarrada en un establo y va en busca de su padre, el río. Muda, escribe con su pezuña su nombre en la orilla del río, en la arcilla, y el agua la borra. Una y otra vez lo escribe tratando con desesperación de llamar a su padre. Ese es justo el sentido que tenemos de la escritura: un acto material que lucha contra la supresión del tiempo. Es un acto terrenal en el mismo sentido en que el que escribe sólo pertenece al suelo, no al agua. El naufragio hará su aparición muchos siglos después como metáfora existencial. Al igual que navegar el cielo –mito de Dédalo–, robar el fuego –Prometeo–, navegar las aguas es, para los griegos, una violación de los límites de las capacidades humanas. No es que esté mal, sino que hay que estar consciente de sus consecuencias. El naufragio será un resultado de navegar. Como metáfora política son, como siempre, los romanos los que dan el clavo. Lucrecio y Horacio extraerán enseñanzas varias de “la nave del Estado”, es decir, de la política como un adentrarse de los hombres terrenales en las aguas misteriosas del destino. Son los senadores, los generales del Imperio, los que harán la expedición hacia la nada. Los demás ciudadanos se quedarán en tierra firme como espectadores de “aquello que ya no existe porque no está a la vista”. En la comodidad de quien sólo es un espectador desde el muelle, el naufragio de los navegantes será motivo de regocijo –me he salvado– pero también de una pregunta: ¿Qué hubiera encontrado si me embarco? ¿Acaso la sabiduría? No se sabe la respuesta porque los que regresan de un naufragio lo hacen con la idea estoica de agarrarse de un leño que flota a la mitad del mar, es decir, de la existencia misma. Zenón de Citio, el fundador de los estoicos, extraerá de su naufragio conclusiones para regir la moral griega. Antes que filósofo, Zenón era un comerciante de púrpura fenicia. Pero, después de naufragar cerca de Pireo, regresa a Atenas diciendo: “Sólo como náufrago se puede conocer la felicidad del mar”. Esa frase críptica habla de una idea de la vida en los límites entre lo firme y lo líquido, entre lo humano y el destino. Recomendará, por ejemplo, que los padres no les den a los hijos “más que lo que pueda sobrevivir a un naufragio”. Es el náufrago, es decir el que regresa del mar a la vez derrotado y triunfante, el que interesa como metáfora existencial. El que se queda en tierra firme se ha perdido de algo, aunque se regocije con su propia tranquilidad. ¿Qué es ese espectador en tierra firme? Es todo aquel que pretende quedar intocado por los bandazos del destino, por las mareas, y las tempestades. El espectador absoluto sólo podría ser un dios. Hay algo que fascina de la permanencia en nuestra cultura del binomio tierra firme/océano y su orilla, la escritura. La seguridad y la libertad sólo serían dos de sus metáforas políticas. Lo sería, también, un límite menos a flor de piel entre la tribu familiar y la construcción de la ciudad. Se tienta al mar cuando se trata de unir en una ciudad lo que antes estaba dividido. De ahí el terrible mito de la Torre de Babel: Dios le pone un límite lingüístico a la grandeza humana. Señala, con su castigo, la dimensión tribal, hogareña, y en defensa de la seguridad de la vida en tierra firme, en la casa, cerca de la hoguera familiar. El discurso que habla de la política es una fantasía de la pertenencia mutua. Pero cuando escribo “fantasía” me refiero a ficciones que han causado guerras, no a un cuento de hadas. La idea de que, por ejemplo, lo acústico –el lenguaje y sus acentos, la música, la forma de no decir y decir– sea un rasgo tribal comparable a una bandera, es una ficción eficaz que moviliza en contra de otra tribu. Los antepasados son una imagen muy poderosa pues nos recuerdan a los muertos de nuestra actual supervivencia. Pero estamos obligados a pensar en la pertenencia mutua más allá de las familias o de la economía de nuestras casas precisamente porque, salvo Zeus, nadie puede ser un espectador absoluto. Nadie está a salvo del naufragio y el discurso de la política es una fábula para explicar el reparto de la crueldad que es nuestra forma actual de vivir el destino. Por eso me parece fútil pensar que uno se puede abstraer de la pertenencia mutua y de sus fábulas. Lo “apolítico” como neutralidad indiferente puede contener para algunos “pureza” o esa distancia del que sólo atestigua lo que jamás le afecta. Pero es tan poco probable como convertirse en un dios. Realmente lo único que puede hacernos a la vez náufragos y espectadores es la escritura. El texto es lo que convierte al náufrago en espectador de lo que él mismo experimenta. Hay en la escritura dos vidas: la de quien ha sido derrotado por el mar y la de quien celebra haber sobrevivido. Es la única que sabe que, tras el paso del barco o de su naufragio, en el agua no se dejan huellas. Esta columna se publicó el 4 de marzo de 2018 en la edición 2157 de la revista Proceso.

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