Mafia y poder

martes, 20 de junio de 2017
CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Esta semana pasaron en la televisión Bastardos sin gloria, la divertida fantochada pseudohistórica de Quentin Tarantino. Sin embargo, la Segunda Guerra Mundial tiene un pasaje todavía más tarantinesco. El 3 de julio de 1943 un avión caza estadunidense, con una bandera amarilla marcada con la letra L en la cabina, sobrevoló la población siciliana de Villalba y dejó caer un paquete. Un aldeano lo llevó a la casa del capo local de la Mafia, Calogero Vizzini, conocido como don Calò, quien abrió el paquete y halló otra bandera amarilla con la L impresa. Seis días después el ejército estadunidense desembarcó en la isla y el día 20 su vanguardia, que incluía oficiales descendientes de sicilianos, llegó a Villalba. Varios soldados ayudaron al capo a embutirse en un tanque que portaba la bandera amarilla con la L en la torreta. Desde entonces y hasta el día 27, los batallones estadunidenses avanzaron sin problemas por el centro y el oeste de Sicilia (Corleone, Castelverano, Termini Imerese y Cerda). Ahí terminó la misión del “general Mafia”, como lo llamaban los soldados invasores. Patton estaba acostumbrado a duros combates con su división blindada, pero el frente siciliano se desvaneció frente a él. El ejército italiano, desmoralizado por sus derrotas continentales, escuchó o fue obligado a escuchar a los mafiosi, que los animaban a desertar con el argumento de que 400 mil soldados aliados en la isla iban a barrerlos. Además, ayudaron a los desertores para que se alejaran del frente con ropas de civil. Cuando el tanque de la bandera amarilla regresó a Villalba escoltado por militares de Estados Unidos, éstos nombraron alcalde a Vizzini. Tras la ceremonia en que los lugareños gritaron vivas a don Calò y a los aliados, el nuevo funcionario les pidió a los militares que les dieran alcaldías de otros pueblos a ciertos amigos que habían pasado años en las cárceles de Mussolini. Eran asesinos. Los estadunidenses accedieron a los nombramientos y –dada la fuerza de la irrupción aliada en la península– el 26 de julio el rey Victor Manuel III destituyó a Mussolini del cargo de primer ministro. La letra L Con base en el libro La honorable sociedad, de Norman Lewis –un escritor que trabajó con la inteligencia británica en esa guerra–, el autor de no ficción Gay Talese apunta en su libro Los hijos que la Mafia siciliana trabajó sólo con las unidades encabezadas por oficiales de Estados Unidos y no con las inglesas. Al explorar la historia de su familia, Talese explica que en esa época había en Estados Unidos “dos millones de residentes con fuertes vínculos con Sicilia”, por lo que los padrinos de aquella isla ofrecieron al ejército sus servicios como intimidadores, asesinos, saboteadores y guías por rutas secretas para las patrullas de avanzada. Su interés era recomponer la imagen de la comunidad de origen italiano en su país de adopción y, sobre todo, respaldar la oferta de colaboración de un jefe de la Mafia nacido en Sicilia y residente en Estados Unidos: Charles Luciano Lucania, Lucky Luciano, en ese entonces el “enemigo público número uno” del país. Por aquel tiempo Luciano pagaba una sentencia de treinta a cincuenta años de cárcel en Nueva York por lucrar con la prostitución, aunque en un cartel de búsqueda del FBI anterior a su encarcelamiento se le acusa de crimen organizado, tráfico de heroína y asesinato. Después de la Guerra –dice Talese– el gobernador de Nueva York Thomas E. Dewey conmutó esa pena por la deportación, y en 1946 se reportó que Luciano participó con otros capos en un mitin separatista siciliano. La conmutación de la pena reconocía los servicios de Luciano en la invasión de Sicilia y, cuando fue deportado, sus abogados preparaban una denuncia contra el fiscal porque supuestamente manipuló a los testigos y al jurado del caso. Escritores Londres, 1955. En casa del poeta Stephen Spender se conocieron los novelistas Ian Fleming, el creador de James Bond, y Raymond Chandler, autor de Philip Marlowe. Un biógrafo del primero, Andrew Lycettn, anota que Chandler acababa de perder a su amadísima esposa y a su gato, pero el autor de Casino Royale logró que aceptara escribir un elogio de contratapa para el siguiente libro sobre Bond. Cuando se publicó Vive y deja morir, Fleming invitó a su admirado Chandler a un restaurante y le recordó su promesa. Alcohólico, inseguro, Chandler cumplió. Agradecido, Fleming le gestionó con sus amigos directivos del periódico Sunday Times que le pagaran a Chandler el viaje a Sicilia para entrevistar a Lucky Luciano. Era 1958. Antes de su encuentro, Chandler le hizo llegar a Luciano una carta: “Supongo que los dos somos pecadores a los ojos del Señor, y es muy posible que usted no haya sido presentado al público de mi país como realmente es. Sé que lo que decide no es lo que un hombre hace, sino lo que se expone ante los tribunales. Yo mismo corro cierto peligro en esto porque una entrevista simpática con usted podría causarme problemas, pero estoy dispuesto a correr este riesgo porque el objeto de mi vida es comprender a la gente… y no juzgarlos.” En vez de entregar un formulario de preguntas y respuestas, Chandler entregó un artículo con opiniones controvertidas titulado “My Friend Luco”, que el Sunday no publicó. Aun hoy muchos comentaristas, desde eminentes críticos hasta reseñistas y blogueros, afirman que ese texto muestra el lamentable estado mental de Chandler, que no se ve en él su afilada inteligencia y que simpatiza acríticamente con el famoso delincuente. En ese texto que se puede hallar en internet se puede ver su inteligencia y su temperamento crítico, sólo que no los dirige contra Luciano, como muchos esperaban: se vuelven contra ese complejo fenómeno político que designamos como “doble moral”, que se va instilando en la vida pública y acaba por empaparla toda. Por ejemplo, a Luciano se le acusa públicamente de vender licor durante la Prohibición. Para Chandler, claro que era ilegal, pero “la mayoría de nosotros íbamos a tabernas clandestinas y comprábamos bebida de contrabando abiertamente, y ‘la mayoría de nosotros’ incluye a jueces, oficiales de policía y funcionarios. Recuerdo que en un club nocturno de Culver City, ciudad cercana a Los Ángeles, donde están los estudios Metro Goldwin, había dos policías siempre de guardia, no para impedir que uno comprara bebida sino para impedir que uno llevara la suya en vez de comprar la de la casa”. Además acusa: “La Prohibición fue uno de nuestros peores errores. Enriqueció a las mafias y las hizo lo bastante poderosas como para organizarse a escala nacional, con el resultado de que hoy son casi intocables.” El caso de Luciano en Estados Unidos, apunta Chandler, es el de un chivo expiatorio “para crear la ilusión de que nuestras leyes se están cumpliendo rigurosamente”. Enemigos Los efectos perniciosos de la Prohibición en Estados Unidos se perpetuaron también en México. Por la época que Luciano vendía sus chíngueres, el emprendedor mexicano Juan Nepomuceno Guerra aflojaba con alcohol barato los controles aduaneros de Tamaulipas con la protección de líderes sindicales y políticos del estado, todos bajo la sombra de Emilio Portes Gil. Guerra surtía de whisky adulterado a los garitos de Texas. La fortuna ilegal que acumuló es lo de menos; acabó por fundar el Cártel del Golfo, que nació con su propia red de protección gubernamental. Años, sexenios y cárteles pasaron. En abril de 2010, muchos periodistas tuvieron la oportunidad de cuestionar a don Julio Scherer porque entrevistó al famoso narcotraficante Ismael El Mayo Zambada y se retrató con él. Filtradores de rumores, boletineros, voceros informales de políticos y transcriptores de declaraciones cuestionaron la ética y la calidad periodística del entrevistador. Otro tanto ocurrió con la entrevista del actor Sean Penn con El Chapo Guzmán y su crónica correspondiente. Una vez que han sido elevados al altar como chivos expiatorios, los enemigos públicos no deben hablar. Es peligroso para los acusadores, ya que aun en tiempos de relativa calma –nótese que no invoco la paz– en toda democracia hay instituciones que están en guerra. En sus oficinas impera la regla de que todo se vale, hasta pactar con el enemigo público, a fin de ganar. ¿Y quién gana en una guerra? No un país, no una facción, no los capos gustosamente convertidos en soldados, sino los jefes. _________________ carista@proceso.com.mx

Comentarios

Otras Noticias