Viejos

martes, 4 de julio de 2017
CIUDAD DE MÉXICO (apro).- El sábado 1, cuando deambulaba por la colonia Doctores, desemboqué en el ala poniente de la Plaza de la Ciudadela. Era como la una de la tarde. Unas treinta parejas bailaban bajo las lonas y frente al entarimado donde personal de la Delegación Cuauhtémoc prodigaba danzones con un equipo de sonido. Unos cuantos maestros aprovechaban el buen alcance de la música para impartir clases a grupos y ciertas parejas aprovechaban el clima fresco para desplegar sus pasos preferidos fuera de las lonas, sin riesgo de chocar con otros respetables danzoneros. Es cierto que la mayoría son de la tercera edad –viejos, como me llaman mis hijos a mis 52– y se toman en serio su baile, pero rebosan buen humor. Y también hay jóvenes aprendices. Toda esa dispersión y variedad se une en el oleaje del sonido cuando arremete una pieza y la conductora, Rosalinda Aceituno, los conmina al ritual de descubrirse a sí mismos y a sus parejas en el gentil movimiento del cuerpo. Ese colectivo desplazaba la plaza, es decir convertían un espacio público en cosa muy privada. Igual que otros curiosos pude fotografiar su elegancia y su orgullo, pero nunca interrumpir sus charlas ni sus intercambios de sonrisas. Pocas parejas intercambian más que los saludos, aunque se conocen de siempre. No se forman corrillos. A eso de las dos, en un descanso entre piezas, se oyeron voces de disputa en la calle Emilio Dondé. Una familia se oponía a que unos policías de vialidad inmovilizaran con araña su auto. La música comenzó y volví a fascinarme, más que con las conocidas elegancias del baile, con el buen humor del que rebosaba toda esa gente. Sin embargo, en el otro descanso ya era un grupo más nutrido el que alegaba, ahora con más agentes de vialidad. Desde el micrófono, Aceituno llamó a mover los carros estacionados en ese lugar, aunque lamentó que, al instalarse un plantón en las cercanías de Gobernación, se invalidara sin previa advertencia el permiso que les gestionó la delegación a los bailarines para estacionarse en un lado de la calle. Transcurrieron a lo mucho dos piezas, cuando un señor subió a la tarima e invitó a todas las parejas a solidarizarse con los "compañeros" cuyos autos fueron inmovilizados. Con una sonrisa, pausadamente, los danzoneros avanzaron a la esquina de Dondé y Enrico Martínez, y en pleno cruce –ellos que han librado ya tantas encrucijadas– se pusieron a bailar sonrientes y pacíficos. Uniformados de Seguridad Pública les reclamaron, mintieron al acusarlos de estacionarse donde les daba la gana, el malencarado policía que grabó a los manifestantes con su celular sin Pegasus agredió verbalmente a una transeúnte por decirle que los señores tenían razón. Tras unos minutos en que los automovilistas bloqueados se hacían de palabras con los manifestantes, entre la faramallosa red de radios y celulares que los policías usaban como escudos para no dialogar, alguien tuvo la feliz idea de trasmitirle a un mando el argumento de los insumisos, a ese o a otro mando más alto se le ocurrió comunicarse con una autoridad de la delegación o de Espacio Público (tal cual, esa maraña burocrática) y por fin ocurrió el otro desplazamiento: la vuelta a la plaza, entre circunvoluciones y abanicos, porque la autoridad validó de nuevo lo que se había establecido desde el año 2000, cuando el arquitecto Legorreta tuvo a bien dedicar esa plaza al sano entretenimiento que la gente de la tercera edad convierte en unas horas de suave erotismo. Me acordé de mis padres, que bailaban danzón. Desplazamientos Poseo las historias de vida de dos migrantes a los que no me cuesta trabajo ubicar en esta plaza o en la película Danzón de María Novaro. La historia del misterioso danzonero veracruzano bien pudo ser la de cualquiera de ellos. Uno es michoacano y el otro poblano, los dos nacidos en 1931, y creo que una comparación sucinta de sus biografías, aun sin los detalles más interesantes, ilustrará algo de lo que vi en los rostros de los viejos que llenan de sus largas vidas el mencionado espacio público –más público que la oficina así llamada. Rafael nació en el sur de Michoacán en una familia campesina. Sostiene que su padre lo trataba con brutalidad y que su mamá estaba totalmente sometida y no podía defenderlo. No fue a la escuela. El único recuerdo bueno de su padre es que, cuando de niño le preguntó dónde vivía Dios, el señor lo llevó a un extenso trigal y mientras el viento soplaba le tomó la mano y dijo: "Este es Dios". Quizá esa forma sutil de recorrer el estado hizo que Dios no impidiera a los pistoleros aterrorizar la región. Pleitos de familias o la vil delincuencia solían vaciar los poblados, las fincas y los ranchos. Las primeras matemáticas y las primeras letras fueron las más útiles: las que sabían los comerciantes de la Merced, adonde la familia vendía papas. Para él, los números evocan monedas de 1940 y las letras se leerían mejor en papel de estraza. A los 14 años (1945) se corrió la voz en todo el estado de que el gobierno de Estados Unidos abriría las puertas de su país a cientos de trabajadores mexicanos para que cultivaran el campo, con pago en dólares y paso legal. Se aproximaba la Segunda Guerra Mundial. El fenómeno migratorio aún no tenía las dimensiones actuales, pero sí las connotaciones de discriminación y explotación que conocemos. El Mexican Farm Labor Program empezó en 1942 y acabó en 1964 por órdenes de John F. Kennedy, pero a instancias de sindicalistas gringos y agricultores chicanos organizados, que acusaban a los migrantes temporales de los bajos sueldos en el campo estadunidense. Rafael consiguió abordar al tren porque el funcionario que supervisaba los documentos se conmovió hasta la risa con el bigote de carbón que se pintó para aparentar 17 años. Acostumbrado a deslomarse en su tierra michoacana, los naranjales californianos se le aparecían como emblemas del Paraíso: en la entrevista describió esos frutos que al amanecer y en el ocaso parecían dorados. Confesó que a veces se dejaba llevar por la tentación de comer uno, todavía cubierto de rocío. La primera muchacha con la que Rafael tuvo un amorío serio pertenecía a una comunidad de origen mexicano, pero ella había nacido en suelo estadunidense. Tuvieron una hija, pero la familia chicana no admitió al bracero como uno de los suyos. La convivencia se volvió imposible y Rafael tuvo que irse. Siguió trabajando allá, unas veces en la agricultura y otras en la construcción. De pronto gastó sus ahorros para irse a España, donde lo impresionó el temperamento del océano Atlántico. Al volver a Estados Unidos se interesó por la historia política de México. En un periódico que editaba un historiador con fuerte nostalgia porfirista aprendió que el general Díaz fue el mejor gobernante que ha tenido México, que Villa era un sanguinario robavacas y que Lázaro Cárdenas era el culpable de tanta violencia en Michoacán porque al repartir la tierra les dio armas a los campesinos dizque para defenderlas. Su gran orgullo como trabajador es que construyó una de las primeras casas de ladrillos y concreto en el sur de California, ya que allá se utilizan más las estructuras de madera. Después construyó otras dos: una en Estados Unidos, donde vivió con una gran amiga que después se convirtió en su mujer y murió de sida. Ella le hizo entrañable la otra cara de los estadunidenses. La recuerda comprensiva, fuerte, con una lengua afilada y viva inteligencia. Sabía hacer café vaquero en una fogata. En sus últimos días estuvo melancólica por la conciencia de su enfermedad y no consintió que él la asistiera en su muerte. Rafael rehizo su vida con otra pareja, mucho más joven, en Baja California Sur, pero nunca olvidó a “la gringa”. Años atrás se había puesto en contacto con su hija, con la que retomó su relación familiar y quien en tiempos de la entrevista –hace una década– era la presentadora estelar del noticiero en una cadena de TV californiana. Del campo a la ciudad Abraham nació en un pueblo del estado de Puebla, en 1931. Estudió hasta el sexto año de primaria en la ciudad más cercana, San Martín Texmelucan, hoy famosa por los ataques de huachicoleros, secuestradores y asesinos. En la región y en la época aun los estudios básicos eran un privilegio, y aunque el niño se sobreponía a la mala alimentación de su hogar campesino, esos años lo llenaron de resentimientos: los otros alumnos se burlaban de su vestimenta y de su falta de accesorios como zapatos y corbata para las fiestas. Al terminar el suplicio se le quedaron vivos los conocimientos y habilidades, pero tuvo que ayudarle a su padre, llamado Carlos, en el duro oficio de la albañilería. Siempre se identificó más con su madre, a la que vio ofrecer sus servicios de partera y herbolaria a cambio de unos panes o huevos o de plano sólo por las gracias. Cuando ella murió, Abraham compartió la vida con su padre y sus hermanas menores. Tuvo medios hermanos pero ellos llevaban aparte una existencia aventurera. Carlos y Abraham trabajaban como albañiles en Puebla y en la Ciudad de México. Cuando Carlos ya no pudo con ese esfuerzo se retiró a trabajar sus parcelas y volvió a casarse, para disgusto de su hijo. A los 25 años Abraham se casó con una muchacha de 19 y consiguió chambas por su cuenta en la capital del país. Cuando nació su primera hija, con tal de ganar dinero, aceptó todos los encargos, de preferencia a destajo, y así vivió infernales jornadas en Chiapas. Desde ahí le escribía cartas a su joven esposa con la pluma fuente que aprendió a usar en la primaria, tinta verde y una caligrafía de una belleza desconcertante, e imposible si se tiene en cuenta que escribía con las manos hinchadas de pegar ladrillos, mezclar cementos y cal, pulir pisos y colocar azulejos. Luego llegaron más hijos, construyó su propia casa y se curtió en miles de dobles jornadas de trabajo. En los ocios que pudo permitirse tras haberse convertido en contratista de obras, escribió lo que él llama sus "cuentos", que en realidad son trozos de vida. En los primeros cuenta las leyendas que corrían en su tierra sobre los volcanes Iztaccíhuatl y Popocatépetl, pero después esboza la ciudad de la posguerra. Varios tratan de la ingenuidad con que la gente de los estados llegaba a la Ciudad de México en busca de empleo y se encontraba con una dura competencia, discriminación y delincuencia. Un relato describe en una escena buñuelesca cómo un recién llegado pasa la noche en un cuarto en Nonoalco, hacinado entre enfermos, niños que lloran y parejas que no tienen otra forma de combatir el terror que con sexo. También escribió sus experiencias peores: cuando fue arrestado con su esposa, una sobrina y una cuñada por apoyar a los estudiantes en la Plaza de las Tres Culturas en 1968, y la ocasión en que fue víctima de secuestro en el Estado de México. Cuando sus hijos crecieron, Abraham y su mujer se fueron a una propiedad campestre en el Estado de México, donde trabajaron unas décadas más en una granja de truchas y un pequeño restaurante. Ahí lo secuestró un grupo de Michoacán, pagado por un vecino. Eso también lo escribió. Pocos años después su esposa murió y actualmente él tiene ganas de volver a su pueblo natal. _____________ carista@proceso.com

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