Yemen, en la antesala del caos

RAMALLAH (Proceso).- El retorno a su país del presidente yemení, Ali Abdullah Saleh –quien pasó casi cuatro meses en un hospital de Riad, la capital de Arabia Saudita– intensificó la violencia y puso a Yemen en la antesala de la guerra civil.

El alzamiento popular que inició el pasado 27 de enero fue “secuestrado” por dos facciones pertenecientes al régimen y que ahora se enfrentan entre sí y contra el gobierno. Así lo asegura Letta Tayler, investigadora de Human Rights Watch (HRW) a cargo de Yemen, en un artículo publicado en la revista Foreign Policy reproducido en el sitio en internet de HRW el lunes 26.

De esta manera, apunta Tayler, se ha creado un conflicto a tres bandas que podría precipitar a Yemen hacia una situación de caos permanente y de Estado fallido similar al de Somalia, de la que podrían salir beneficiados los extremistas de Al Qaeda.

El martes 27, el Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) pidió a todas las facciones que detuvieran la violencia, pero no planteó sanciones contra Saleh y sus colaboradores. Tampoco surtieron efecto las presiones del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG) –organismo regional dominado por Arabia Saudita que reúne a los países árabes del Golfo Pérsico– que mantiene un plan para facilitar la dimisión de Saleh e iniciar una transición ordenada, a cambio de no someter al presidente a juicio en la Corte Criminal Internacional, un privilegio que no le fue ofrecido al libio Muamar el Gadafi.

Saleh abandonó Yemen el pasado 3 de junio, un día después de que sufrió quemaduras y heridas de metralla durante un ataque con lanzagranadas contra el complejo presidencial. Los observadores pensaron que su salida sería definitiva. Consideraban que los sauditas –los primeros interesados en estabilizar Yemen y los arquitectos del plan del CCG– lo retendrían como “huésped” forzado y que sus seguidores no tendrían más remedio que negociar con la oposición.

Pero ello no ocurrió. Su hijo, Ahmed Saleh, al mando del cuerpo militar de élite Guardia Republicana, se trasladó al palacio presidencial, asumió la autoridad de facto y endureció la represión en contra de los manifestantes desarmados.

El movimiento popular sostenía demandas similares a las de otros protagonistas de la llamada Primavera Árabe: libertades democráticas, oportunidades económicas, freno a la corrupción y lucha contra la pobreza. Sin embargo, la deserción de personalidades importantes del régimen y su paso a la revolución significó el “secuestro” de la misma, señala Tayler en su artículo.

Según la investigadora, los estudiantes y otros manifestantes “son las caras públicas del movimiento (…) y también son las víctimas principales de la violencia que ha desatado el gobierno”, pero su lucha “se ha visto opacada por un juego de poder entre los tres principales contendientes para gobernar el país: el general Ali Muhsin al Ahmar, un comandante renegado del ejército que fue alguna vez confidente del presidente; Hamid al Ahmar, un empresario multimillonario de la tribu Hashid (la más grande del país); y Ahmed, el hijo mayor del mandatario Saleh”.

Tanto el general Ali al Ahmar como el hombre de negocios Hamid al Ahmar (quienes no tienen parentesco) eran aliados del presidente. Rompieron con él para apoyar la revolución; uno con soldados y el otro con dinero. Sin embargo, “ambos hombres están imbricados en la misma estructura de poder que los manifestantes quieren desmontar”, afirma Tayler.

Su paso a la oposición no tiene que ver con los valores del movimiento, sino con sus aspiraciones presidenciales, frente a las cuales se presenta Ahmed Saleh, al frente de la Guardia Republicana, la cual ha lanzado los más sangrientos ataques contra los manifestantes pacíficos.

Ali Abdullah Saleh –de 69 años, 33 de ellos al frente del gobierno– anunció el pasado 2 de febrero que no se presentaría en las elecciones de 2013. Fue en un intento fallido para aplacar a los insurrectos. Pero la disputa por sucederlo se venía calentando desde tiempo antes del alzamiento popular.

 

El regreso

 

El viernes 23, cuando la atención del mundo estaba puesta en Nueva York debido a la solicitud de Palestina para ser reconocida como Estado pleno de la ONU, el presidente Saleh viajó de Riad a Saná, la capital de Yemen, donde de inmediato llamó a un cese al fuego y dijo que la única solución era negociar. Muchos yemeníes salieron a las calles a celebrar su retorno.

El domingo 25, Saleh apareció en televisión con la cabeza cubierta por un pañuelo tradicional y con las manos escondidas tras ramos de flores, para evitar que se vieran sus heridas. Pronunció un discurso en el que aseguró que venía “con la paloma de la paz y una rama de olivo”, y que estaba dispuesto a ceder el poder tras la celebración de elecciones adelantadas.

Ese mismo día, el periodista Jamal Jubran, del diario libanés Al Akhbar, dio a conocer que Saleh logró convencer a los sauditas de que él era la única persona capaz de terminar con la violencia en Yemen después que su hijo Ahmed había rechazado el enésimo intento de mediación por parte del CCG.

“Los repetidos intentos de Ahmed de bloquear un cese al fuego estaban diseñados para abrir el camino para el retorno de su padre, con la bendición de Arabia Saudita y Estados Unidos”, escribió Jubran.

La palabra de Saleh no valía mucho. Ya en tres ocasiones hizo falsas promesas de que firmaría el plan del CCG. De manera sintomática, ese domingo 25, la alocución pacificadora de Saleh fue acompañada por un ataque de la Guardia Republicana de su hijo Ahmed en contra de una multitudinaria manifestación pacífica en rechazo al regreso del presidente. El saldo fue de un muerto y 17 heridos.

Un día antes, el sábado 24, fuerzas de la Guardia Republicana se enfrentaron con soldados del general Al Ahmar y con combatientes tribales. El saldo fue de 40 muertos. En total, en las refriegas de esa semana hubo más de 100 muertos.

El general Al Ahmar, quien desertó en marzo después de que francotiradores mataron a 52 manifestantes, dio un paso hacia la confrontación armada: ordenó a sus hombres proteger los futuros actos realizados por los opositores.

El enviado del diario The Guardian, Tom Finn, reportó que una marcha de decenas de miles de personas, realizada el martes 27 en Saná, estuvo “flanqueada por cientos de tropas. Nunca había visto a los manifestantes tan bien cuidados. La sensación aquí es que los hombres del general están protegiendo a la revolución, que sin ellos serían masacrados. Eso puede ser verdad o no, pero es la vibra que siento”.

El periodista percibe estos eventos como un descenso hacia la guerra civil, que sólo podrá ser evitada si Washington y Riad, con apoyo de la ONU y del CCG, imponen sanciones contra el gobierno de Saleh para forzarlo a dimitir, y les hacen ver a las distintas facciones que “no tolerarán que hagan caso omiso de su deber de contenerse”.

De lo contrario, advierte Finn, “Yemen podría convertirse en una Somalia, un Estado fallido en el que los militantes islamistas han impuesto su dominio y la hambruna y el conflicto han devastado a la población. En ese escenario, el caos de la última semana podría ser sólo una probada de la matanza y el sufrimiento por venir”.

Comentarios