Rojo y Kraus: el lápiz, maravilla y nostalgia

MÉXICO, D.F. (Proceso).- Nadie que escriba o dibuje pasará por la vida sin amar un lápiz. Un lápiz en particular, un lápiz único que llama la atención por su tamaño, por la finura de su grafito, la suavidad y eficacia de su goma, la hermosura de sus colores. Un lápiz inolvidable, una suerte de talismán que dio tristeza consumir, perder, descuidar. Era el lápiz que le había dado como premio la maestra, el lápiz que le había prestado la niña que le gustaba, el lápiz que tenía un inconfundible olor a bosque y a fogata cada vez que le sacaba filo.

Precisamente de los lápices que se aprende a estimar porque el uso cotidiano los vuelve parte nuestra, entrañable, trata el libro del doctor Arnaldo Kraus y el artista Vicente Rojo, Apología del lápiz, es decir, alabanza y defensa de ese instrumento esencial para representar el mundo, sea a través de palabras o de dibujos.

Kraus es un médico destacado que ha escrito varios libros relacionados con temas de salud, sobre los que también reflexiona con frecuencia en periódicos y revistas, pero éste es, hasta donde sabemos, el primer libro específicamente literario que publica. Es un ensayo lírico en la tradición inglesa (juguetón, divagatorio), que recuerda mucho los textos que Hugo Hiriart reunió en Disertación sobre las telarañas, cercanos al juego, proclives a la asociación sorprendente e inesperada.

En Apología del lápiz, Kraus subraya cuán indispensables son los lápices, cómo se dividen según la hora y el lugar en que los usamos, y cuenta por qué se niega a desechar los que ha gastado tanto que casi resulta imposible asirlos, aun con un portalápiz. Los conserva en dos viejas cajas de puros que –dice– bien podrían llamarse “melancolía” y “nostalgia”.

Hoy, con el uso cada vez más extendido de la computadora, poca gente recurre a ese instrumento. Cada vez hay menos escritorios que ostenten un vaso con un ramillete de lápices bien afilados. El lápiz tiende a convertirse cada vez más en un accesorio confinado a la educación básica y al ejercicio plástico. Y él mismo se convierte cada vez más en un objeto plástico, estético, más cerca de la contemplación que del uso.

En este libro Vicente Rojo pone de relieve precisamente la calidad estética del lápiz, hace que nos asombremos de su belleza física y de la sencillez de su diseño.

Rojo, como Kraus, es un usuario consuetudinario del lápiz. Quienquiera que lo conozca sabe que el lápiz es parte de su fisonomía, el periscopio por el que asoma a la superficie de la página blanca, la extensión visible de su imaginación.

Apenas hace unos días alguien le ha preguntado cómo utiliza las nuevas tecnologías y él ha respondido con su característica franqueza:

“Ni las conozco ni las utilizo. Sé que están ahí, sé bien que son muy importantes, pero yo no he llegado a ellas. Sigo siendo entusiasta del lápiz, del compás, de la escuadra, de la goma de borrar; sigo trabajando a la antigüita.”

El lápiz es el eje y la rueda con que su mano se desplaza. De manera que es apenas natural que sea él quien se encargue de hacer su elogio visual en este esbelto volumen que bien puede considerarse como uno más de los preciosos libros de artista que Rojo ha hecho en combinación con escritores como Octavio Paz, José Emilio Pacheco, David Huerta, Coral Bracho y Juan Villoro. Pero, de cara al público lector, éste tiene una clara ventaja sobre todas esas elegantes y costosas ediciones limitadas 
–además, prácticamente inconseguibles–: Apología del lápiz tiene un tiraje de 5 mil ejemplares y su precio está por debajo de los 200 pesos.

En esta colaboración con el doctor Arnoldo Kraus, Rojo aporta una docena de láminas en color que muestran diversos conjuntos de lápices –su único defecto es que esos lápices no existen como objetos reales en las papelerías y debemos conformarnos con admirarlos igual que niños detrás de una vitrina.

Este es, en realidad, un libro cuyo contenido gráfico y textual invita a la constante relectura, un libro que puede disfrutarse como un juguete, un objeto maravilloso que nos recuerda que nunca dejamos de ser niños.

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