Sudáfrica: la voluntad vencida

En febrero de 1974, en plena época del apartheid, Julio Scherer García viajó a Sudáfrica para realizar una serie de reportajes sobre ese país. En uno de ellos –publicado el 26 de febrero de ese año en el diario Excélsior–, describió la inhumana explotación de los trabajadores negros en las minas de Welkom. “De ese mundo de voluntades vencidas por la fatiga obtiene Sudáfrica parte de la inmensa riqueza que la ha hecho poderosa e industrializada”, escribió Scherer. Su texto –del cual se reproducen aquí fragmentos– es revelador: las atroces condiciones de trabajo de los mineros negros –que provocaron el pasado 10 de agosto las huelgas en las minas de Marikana– se mantienen 18 años después del fin del apartheid, con una diferencia: ahora los negros también son explotados por negros.

JOHANNESBURGO.- A 4 mil metros de profundidad desciende el negro en busca de los filones de oro de las minas, sabedor o no de que la roca puede estallar en cualquier momento bajo el peso de billones de toneladas y que pueden brotar de las fisuras de los muros, sin advertencia alguna, chorros de agua hirviendo.

De ese mundo en que los hombres ni topos son, recargado el miedo contra la piedra; de ese mundo en que el desprendimiento de una roca produce estrépito, como si la montaña completa se viniera abajo; de ese mundo que une el calor del desierto y el calor del trópico, al mismo tiempo la resequedad quemante y la humedad que consume; de ese mundo de voluntades vencidas por la fatiga obtiene Sudáfrica parte de la inmensa riqueza que la ha hecho poderosa e industrializada.

El director general de algunas de las minas más importantes del país, situadas al lado de la ciudad de Welkom, que al oro debe su nacimiento y sus 130 mil habitantes, confirmó que el minero de Sudáfrica y el minero de Mozambique han llegado juntos hasta donde nadie había llegado antes y trabajado bajo temperaturas de 40 grados centígrados en cámaras donde el techo de roca es tan bajo que apenas caben manos y brazos.

 

“Así es siempre”

 

En las minas al cuidado del ingeniero Bailey se cala a kilómetro y medio de profundidad y se extrae una tonelada de oro cada 15 minutos. Ochenta mil mineros trabajan en ocho unidades. No hay un negro con un puesto de mando. Si son empleados, son modestos; si han dejado la mina son sirvientes, el cuerpo derrotado y mal cubierto por ropas que lo agobian aún más.

Por el negro nadie vela. Importan sus manos y su trabajo ocho horas y media diarias. Seis días a la semana desciende al mundo sin piedad de los explosivos y las cámaras profundas como vías al centro de la tierra. Calaveras rojas y negros que a cada paso indican algún peligro y el sopor que es la vida en el corazón de la montaña, se convierten al final de cada jornada en signos de la misma especie: el rápido consumo de la propia existencia.

Pero nada cuenta para escapar de la discriminación, que lo persigue como demonio bajo la piel. Junto al tiro que ha de llevar a los negros hasta la superficie –los hemos visto–, una larga fila espera, algunos con uniformes de trabajo, otros sin él, en su mayoría camisas y pantalones pardos e inclusive algunos torsos desnudos. En otra fila unos cuantos blancos también esperan, todos con “overoles” claros que destaquen en la semioscuridad del laberinto. Lleno, asciende el primer elevador; casi un ascensor de hotel, el de los ingenieros, capataces y ayudantes.

–¿Así es siempre? –preguntamos al responsable del llamado “pozo número dos”, Dave Stevenson.

–Siempre.

–¿Siempre por caminos diferentes el blanco y el negro?

–Siempre.

–¿Siempre los negros pegados a la mina en las horas libres, siempre los blancos en Welkom?

–Siempre.

Vestido con su “safari” café claro, Stevenson está listo para reunirse con su esposa y sus tres hijos varones. Se queja del dolor en el oído, que no lo abandona desde sus vacaciones en el mar.

–¿Y los negros?

–Llegaron por avión y en ferrocarril del África Septentrional y de Mozambique. Habría resultado antieconómico el traslado de sus familiares.

Lejos de su mundo, un mundo les fue impuesto: la mina, sin derecho a séptimo día. Día sin trabajo, día sin paga.

 

“Dormitorios sin vida”

 

–¿Existe el salario mínimo en Sudáfrica?

El ingeniero en jefe mira a su jefe de relaciones públicas, Bill Flynn.

“Cada mina tiene sus propios salarios mínimos, medios y máximos”, responde Flynn.

El 11% de los negros de la región de Welkom gana 90 centavos de rand cada día –unos 15 pesos–, excluido su descanso semanal, excluidos los días en que ha de permanecer “arriba” por enfermedad.

“Es dinero para el bolsillo. En la mina todo les damos: cama, comida, deportes. No tienen para qué salir de aquí y no salen. En el almacén hay cuanto pueden necesitar”, narra la voz de las relaciones públicas.

Visitamos la tienda. El pequeño mostrador exhibe cigarros, cerillos, jabón, azúcar, tres o cuatro cosas más.

Visitamos la sala de primeros auxilios. Mercurocromo, algodón, alcohol. “Las medicinas están bajo llave”. Ni un doctor ni una enfermera. “Hay varios turnos; no deben tardar en presentarse”. El tanque para suministrar oxígeno es anticuado, inservible. “Las ambulancias trasladan a los enfermos al hospital”.

Visitamos los dormitorios. Alguna máquina de coser, algún mueble de hace 30 años con sus bocinas RCA Victor a los lados, pequeño lujo de museo. Ni mujeres ni niños. Dormitorios sin cortinas, dormitorios sin vida. Cemento en el piso, hierro en los camastros, vidrios que prologan los muros, ni una ventana por la que penetre, franco, el sol.

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