Octavio Paz, hoy

MÉXICO, D.F. (Proceso).- Figura señera de la historia cultural de México, Octavio Paz creó una obra de pasmosa diversidad temática nacida de la unión de inteligencia, imaginación y pasión crítica. En el centenario del poeta-pensador, la vitalidad y vigencia de su legado se renuevan con la lectura de sus ensayos y poemas, sin necesidad de incienso ni bronce. Su defensa indeclinable de la libertad en el arte y la política, la brillantez de su mente y la luminosidad de su poesía lo situaron como protagonista de la literatura y la cultura mundiales del llamado siglo corto, iniciado con el estallido de la Primera Guerra Mundial en 1914 –fecha de su nacimiento–, y que concluyó como proceso histórico en 1989 con la caída del Muro de Berlín y la consecuente disolución de la Unión Soviética. Ambos acontecimientos fueron celebrados por el autor de Tiempo nublado como un triunfo de la libertad.

Desde muy joven, Paz detectó y criticó la raíz totalitaria del comunismo soviético. Fue uno de los primeros escritores de lengua española en denunciar la existencia de campos de concentración en la tierra de Stalin, condenó la invasión a Checoslovaquia y criticó el régimen de Fidel Castro. Todo ello le valió animadversiones e insultos que culminaron en la oprobiosa quema de su efigie frente a la embajada estadunidense. Su voz libertaria, fundamental en el proceso democratizador de México, aún resuena dentro de la caverna de una cultura política autoritaria que se niega a morir. La historia le dio la razón y se la sigue dando.

Su compromiso con la libertad y la ética guió también su propia creación poética, lo acercó a las vanguardias literarias y artísticas de Europa y América, convirtiéndolo en interlocutor privilegiado de los escritores, artistas y pensadores más destacados de su época. Muchos de ellos fueron colaboradores de las revistas literarias que él impulsó, fundó o dirigió (Barandal, Taller, El Hijo Pródigo, Plural y Vuelta). Su participación en el movimiento surrealista y en el Congreso de Escritores Antifascistas durante la Guerra Civil Española lo vacunó contra el opio de las ideologías y estimuló el espíritu crítico que inspiró su vida y su obra.

La portentosa vastedad de su horizonte intelectual, iluminado por la permanente alianza de rigor y belleza, abarca desde el arte precolombino hasta la poesía de Matsuo Ba­sho; del análisis crítico de la Revolución Mexicana y del sistema político que surgió de ella, a la condena de los excesos del capitalismo; de la exaltación del erotismo tántrico, a la reflexión sobre la fraternidad humana; del ensayo literario, a la crítica de arte; del análisis sobre el significado de ser mexicano, al mysterium tremendum de la metáfora y la creación poética.

El lenguaje –“la visible invisibilidad del espíritu”, como lo concibió Hegel– fue uno de los centros del pensamiento poético paciano, sustentado en la confluencia de creación y reflexión. Todo lo humano es lenguaje y significación, afirma Paz en El arco y la lira, obra seminal de su poética. “La poesía es conocimiento, salvación, poder, abandono. Operación capaz de cambiar al mundo, la actividad poética es revolucionaria por naturaleza; ejercicio espiritual, es un método de liberación interior. La poesía revela este mundo, crea otro. Pan de los elegidos, alimento maldito… Locura, éxtasis, logos”.

Conocedor, como Heráclito, de la armonía de opuestos que gobierna la existencia humana, nuestro Premio Nobel de Literatura emprendió una incesante búsqueda del ser del hombre en toda su complejidad. Nada de lo humano le fue ajeno: desde la grandeza de la inspiración artística o el goce erótico, hasta las miserias de la política o la mezquindad de la envidia, esa “caries del alma”, como la llamó María Zambrano.

El laberinto de la soledad está habitado por un sentimiento dual hacia México, análogo al expresado en un poema de Catulo: “Amo y odio, ¿por qué?, no sé, pero lo siento y me torturo”. Dicha dualidad crítica nutre también otros ensayos clave: Posdata, El ogro filantrópico y PRI: hora cumplida. La actualidad de esos y otros de sus textos políticos se refuerza frente al regreso del tricolor al poder, convirtiéndolos en lectura obligada ante el riesgo de un renacimiento autoritario encubierto bajo el manto de un laberíntico disimulo.

Así como Flaubert dijo en alguna ocasión: “Madame Bovary soy yo”, el autor de Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe tuvo una profunda admiración y afinidad con la monja nacida en Nepantla, en 1648, a quien considera uno de los mayores poetas de nuestra lengua, “sólo comparable hasta fines del siglo XIX, en la América hispana, con Rubén Darío y, en la América de lengua inglesa, con Whitman y Emily Dickinson”.

La obra de Paz y Sor Juana surgen de la misma Fuente Castalia, de donde emanaba la sabiduría en la mitología griega; pero con una diferencia: Paz pensaba que religión y poesía son dos tentativas por abrazar la otredad, ambas son una revelación, pero la poesía no tiene dogmas. Él tampoco los tuvo. Ni religiosos, ni mucho menos los surgidos de las ideologías políticas, “esas formas inferiores del pensamiento religioso”.

Acaso el tema primordial de su obra poética –para mí el más entrañable– es el del erotismo y el amor. De los poemas incluidos en Libertad bajo palabra (1935-1957) a los de Árbol adentro (1987) se experimenta un tránsito del erotismo blasfemo al amor como eucaristía. Un itinerario similar se da entre su ensayo Conjunciones y disyunciones (1969), nacido de un prólogo escrito para Nueva picardía mexicana, de Armando Jiménez, y La llama doble (1993). Por falta de espacio, sólo puedo invitar al lector a descubrir por sí mismo esa travesía apasionada y apasionante.

Concluyo con una nota personal. Conocí a Octavio Paz en 1974, después de una conferencia sobre Sor Juana en El Colegio Nacional. Me presentó con él y Marie Jo el padre Julián Pablo. De ahí nació una relación profesional y personal que me permitió dirigir dos series de televisión, Conversaciones con Octavio Paz y México en la obra de Octavio Paz, convertidas hoy en documentos históricos que nos reconcilian con ese medio de comunicación. También tuve el privilegio de ser testigo de la adoración que se profesaron él y Marie Jo, quien inspiró su poesía amorosa a partir de Viento entero, publicado en 1965, un año después de su boda en la India. El presente es perpetuo. Marie Jo es Esplendor en el prodigioso poema en prosa El mono gramático. A raíz de la lectura de Maithuna (cópula, en sánscrito) y de otros poemas contenidos en Ladera este (1962-1968), he sido ferviente lector de sus textos. El conocimiento de su persona y su obra ha iluminado mi vida. Gracias, Octavio.

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