China: La defenestración de Zhou, el “gran tigre” de la corrupción

BEIJING, China (apro).– Un comunicado de tres líneas publicado el 29 de julio en la agencia de noticias oficial Xinhua finalizaba meses de rumores: Zhou Yongkang es investigado por “serias violaciones de la disciplina del partido”, el habitual eufemismo para la corrupción.

La caída en desgracia del temido antiguo jefe de seguridad nacional tiene una doble relevancia histórica: Es el mayor cargo investigado por corrupción desde que Mao Zedong fundó la República Popular y rompe la ley no escrita que asegura el retiro plácido de la cúpula. La decisión, por inédita, abre un panorama de imprevisibles consecuencias en la política china en los próximos meses.

El presidente Xi Jinping prometió en su llegada el poder, año y medio atrás, que la campaña anticorrupción alcanzaría tanto a “moscas” como a “tigres”; es decir, funcionarios locales y altos cargos.

El diario oficial tituló el día siguiente con triunfalismo que había sido “cazado el gran tigre”. La medida requería de un consenso para evitar que la paz no saltara por los aires en el seno del Partido Comunista de China (PCCh).

Xi debido acordar la investigación con sus dos predecesores: Jiang Zemin, jefe del clan de Shanghái y defensor de políticas liberales, y Hu Jintao, llegado al poder desde provincias más retrasadas e impulsor de medidas de corte social, según aseguraron fuentes próximas a Reuters.

Rumorología

En China se dice que el emperador reina hasta que muere y las sombras de los presidentes jubilados siguen proyectándose sobre sus sucesores.

Es difícil precisar cuánto hay de lucha anticorrupción y cuánto de pugnas políticas en la caída de Zhou porque ambas “van unidas”, señala Xulio Ríos, director del Observatorio de la Política China. “Lo que es evidente es que la actual campaña anticorrupción es de una intensidad inusual, como crucial es el desafío que enfrentan las autoridades para dar un salto cualitativo en el proceso de modernización del país”, opina en entrevista vía electrónica.

Zhou –nacido en 1942 en la provincia de Jiangsu– era el tercer hombre más poderoso de China antes de jubilarse en 2012. Se graduó en el Instituto de Petróleo de Beijing en 1966. Entró como técnico en el sector energético y tres décadas después alcanzó la dirección de China National Petroleum Corporation, la mayor compañía del país.

Pasó al terreno político como secretario general del PCCh en Sichuan, una de las mayores provincias de China. De ahí ascendió en 2002 al Ministerio de Seguridad y cinco años después, fue investido como miembro del Comité Permanente del partido, el órgano de siete miembros que pilota el país.

Zhou estaba al cargo de la estabilidad nacional. Bajo su manto cabían los tribunales, la Fiscalía, la policía, las fuerzas paramilitares y los servicios de espionaje. El presupuesto del aparato de seguridad del país durante su mandato alcanzó los 114 mil millones de dólares, superiores a los destinados al Ejército.

Durante su gestión lidió con las revueltas étnicas en Tibet y Xinjiang, supervisó la seguridad en los Juegos Olímpicos de Beijing 2008 y embridó los tímidos intentos de contagio de la Primavera Árabe. Era difícil que no aludiera en sus discursos a las “fuerzas hostiles” de dentro y fuera del país. También fue el responsable de atornillar la presión a los disidentes políticos.

Zhou defendió la inclusión en el Comité Permanente de Bo Xilai, el líder del partido de Chongqing, pero éste fue condenado el año pasado año por corrupción y abuso de poder a cadena perpetua. Hasta la caída de Zhou, ese fue el mayor escándalo de la política china en las últimas décadas.

La rumorología acerca de Zhou es abundante y su poder acumulado la convierte en verosímil. Fuentes cercanas han asegurado que ordenó pinchar las comunicaciones de los líderes del partido y planeó golpes de Estado. Incluso, intentó asesinar a Xi antes de su investidura, luego éste desapareció extrañamente durante meses de la escena pública. La certeza es que no era afín a las políticas presidenciales.

La confirmación de que estaba bajo investigación era esperada. Las autoridades lo cercaron en los últimos meses en un movimiento tenaza. Primero cayeron sus acólitos de Sichuan, después los del sector del petróleo, siguieron sus familiares –esposa, hijo y hermanos, entre otros– y acabaron sus subordinados en el Ministerio de Seguridad.
La prensa nacional ha publicado cada una de las detenciones con regocijo. Sólo cuando las autoridades recabaron todas las evidencias contra Zhou y la opinión pública ya estaba preparada, las autoridades fueron directamente contra él.

Los medios de comunicación occidentales informaron en los últimos meses que estaba bajo arresto domiciliario, que más de 300 familiares, aliados políticos y empresarios afines fueron investigados o detenidos y que al menos 90 mil millones de yuanes –14.5 mil millones de dólares, aproximadamente—fueron confiscados a su círculo más cercano.

Poder absoluto

Los analistas se preguntan si la facción de Zhou tiene capacidad de reacción o está descabezada. Muchos creen que detrás de las recientes informaciones en medios extranjeros de las fortunas amasadas por los líderes estaban las filtraciones de los defensores de Bo Xilai.

Los informes de los que dispondría Zhou, lo más parecido a un Edgar Hoover chino, darían muchos quebraderos de cabeza a Beijing si trascendieran.

Múltiples indicios apuntan a una guerra enconada en el seno del partido. La televisión pública acusó al Banco de China el mes pasado de ayudar a evadir capitales, un hecho sorprendente en dos órganos estatales.

Para Edward Friedman, catedrático de Ciencia Política en la Universidad de Wisconsin-Madison, es imposible saber qué pasará en el futuro, pero subraya que los intereses de los líderes se han dividido.

“Unos creen que nada debería detener el auge del país y su enriquecimiento personal, así que piensan que Xi, un líder hambriento de poder, lo está poniendo innecesariamente en peligro. Y otros, pensando en las protestas ciudadanas masivas, las burbujas económicas, la rápida polarización y la cruel corrupción, creen que la dictadura del partido sólo puede ser salvada por un líder poderoso como Xi”, señala en entrevista realizada por correo electrónico.

De la campaña emergió un líder chino con un poder desconocido en las tres últimas décadas. Ni Hu Jintao ni Jiang Zemin hubieran podido investigar a alguien del peso de Zhou ni acometer la actual limpia de altos cargos en la política, banca, ejército y empresas estatales. Xi ya no es el “primero entre iguales”, como se explicaba el funcionamiento colegiado del Comité Permanente del partido, sino alguien con una fuerza casi absoluta.

La insistencia de la prensa nacional en glosar sus éxitos sugiere un culto a la personalidad que había enterrado Deng Xiaoping, el arquitecto de la nueva China. Deng juzgó que capítulos traumáticos de la Historia reciente como la Revolución Cultural (1966-1976), que aún atormenta a los chinos, sólo se explican por el desaforado culto al líder y concluyó que ninguna persona debía acumular tanta reputación por el bien del país.

La prensa estatal rebajó desde entonces su foco en el presidente para extenderlo hasta el partido en su conjunto. Hasta la llegada de Xi, todos los líderes desde entonces han tenido menos poder que el anterior. El mes pasado, un estudio de la Universidad de Hong Kong tradujo en números esa tendencia al examinar al Diario del Pueblo, principal órgano de propaganda del gobierno, durante los 18 primeros meses de mandato de todos los presidentes.

El nombre de Xi apareció 4 mil 725 ocasiones. Sus predecesores apenas alcanzaron la mitad: Jiang Zemin fue nombrado 2 mil una veces y Hu Jintao, 2 mil 405. Xi sólo es superado por Mao Zedong, inalcanzable con 7 mil referencias. Pero la distancia se reduce si se examinan sólo las veces que los nombres han aparecido en la portada del diario: Mil 411 para Mao y mil 311 para el actual presidente.

“A Xi le gustaría parecerse a Mao en algún aspecto, pero no puede. Carece de su inteligencia y su prestigio, y Mao no tuvo que lidiar con una sociedad con Internet y consciente de sus derechos. El juego de parecerse a Mao es peligroso. Sus rivales podrían contraatacar y tumbarlo. Con Mao les fue imposible”, explica por correo Perry Link, profesor de Estudios Asiáticos de la Universidad de Princeton y autor de varios libros de Historia china.

“Y no olvidemos a Deng Xiaoping. Era más poderoso e inteligente que Xi y al menos tan despiadado como él”, añade.
Beijing anunció dos semanas atrás el envío de un equipo especial de expertos a Shanghái para fiscalizar sus cuentas en una campaña que durará dos meses. La llamada capital del Río de la Perla es el fortín tradicional del Jiang Zemin. Tanto Bo Xilai como Zhou Yongkang eran apadrinados del octogenario presidente. Éste, según los mentideros de la política, no ha dejado de entorpecer las políticas de Beijing.

Los expertos vislumbran fragorosas batallas intestinas tras las cortinas del poder. Incluso Xi dibujó un paisaje bélico a principios de mes en una charla ante los cuadros del partido:

“Los dos ejércitos, uno corrupto y otro contra la corrupción, están enfrentados y hemos llegado a un callejón sin salida”, dijo según los asistentes. “El futuro y el destino del partido y del país nos ha sido entregada y tenemos que gestionar esa responsabilidad”, añadió. Después la información fue borrada.

Las pugnas entre familias nunca habían llegado tan lejos ni se habían quebrantado códigos tan pétreos; tampoco se había detenido a tan altos cargos ni se había perturbado la jubilación de los líderes. Del resultado depende el futuro del país, que las reformas cruciales que China ha aplazado durante años por la resistencia numantina de los sectores más reaccionarios se lleven a cabo.

La campaña de Xi es “deslumbrante”, opina Scott Kennedy, director del Centro de Investigación de Negocios y Políticas Chinas. “Los resultados serán complejos. Ayudará a China a mantener un crecimiento económico a largo plazo, pero consumirá muchos esfuerzos necesarios para levantar instituciones de gobierno necesarias en el siglo XXI como un sistema de justicia, medios de comunicación y ONG”, concluye.

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