Billie Holiday en su centenario

La voz femenina más influyente en la historia del jazz no es la de la siempre clara y bien timbrada Ella Fitzgerald –a pesar de que se le llame Primera Dama del Jazz, Reina del Jazz o Lady Ella–, sino la más bien rasposa y dolorida voz de Billie Holiday, nacida el 7 de abril de 1915 en Filadelfia, Pennsylvania. Ninguna otra cantante toca tan hondamente el corazón de sus oyentes.

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Desde finales de los años noventa, si uno le preguntaba a Carlos Monsiváis qué música o qué cantantes estaba escuchando, solía responder que ya sólo le interesaba escuchar a Billie Holiday. Sonaba como una exageración pero, en realidad, no le faltaba razón: pasa con sus canciones lo que pasa con la gran poesía: uno quiere volver una y otra vez a ellas, las necesita.

Dueña de una voz singularísima, cultivada en la emulación de sus dos músicos favoritos –dos leyendas: Bessie Smith y Louis Armstrong–, comenzó a cantar a los 15 años en clubes de Harlem en los que la única paga eran las propinas de los clientes. Para fortuna del mundo, a los 17 fue descubierta por un músico muy sólido y cultivado, el cellista John Henry Hammond, metido a productor y cazatalentos, que tendría un papel muy destacado en la música popular de los Estados Unidos (la lista de músicos a los que descubrió y promovió va de Bessie Smith y Count Basie a Bob Dylan y Bruce Springsteen).

En 1933 Hammond reclutó a otro músico que estaba a unos pasos de volverse famoso: Benny Goodman, y en noviembre de ese mismo año produjo las primeras grabaciones de Billie acompañada por él y por un pequeño grupo: “Your mother’s son-in-law” y “‘Riffin’ the scotch”. Fue la primera vez que cantó ante un micrófono –y la primera vez que veía uno: el aparato le hizo sentir miedo.

A ella no le gustaron esas grabaciones (“Mi voz suena tan aguda y chistosa… Parezco una comediante”, diría en una entrevista en 1956) y su inconformidad le hizo mantenerse lejos de los estudios por más de un año. Todo cambió en julio de 1935, cuando Hammond logró convencerla de que grabara cuatro piezas con un grupo que cuesta trabajo imaginar mejor: Teddy Wilson en el piano, Roy Eldridge en la trompeta, Ben Webster en el saxofón tenor, Goodman en el clarinete, John Truehart en el bajo, y Cozy Cole en la batería. Con ellos cantó “Miss Brown to you”, “What a little moonlight can do”, “I wished on the moon” y “Sunbonnet blue”. Esas cuatro canciones forman parte del repertorio clásico de Billie Holiday. Para nosotros, ajenos a la dicha de escucharla en vivo, con esas grabaciones, realizadas cuando apenas tenía 20 años de edad, nace la cantante inmensa que reverenciamos.

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El jazz es una de las grandes aportaciones de los Estados Unidos a la cultura universal. Es una forma musical tan compleja, rica y diversa como aquella que en su conjunto llamamos música culta. Se cultiva en todas partes del mundo y asimila todo tipo de elementos sonoros. Cuando se toma esto en cuenta y se piensa en el peso que Billie Holiday ha tenido a lo largo de ochenta años entre quienes cultivan ese género músical (y la música popular en general) se comprende que sea considerada como una de las grandes figuras culturales de nuestro tiempo.

Parte de su fama, sin embargo, no se debe a su música, sino a los tintes de tragedia que hay en su biografía. Para mucha gente Billie Holiday es ante todo una mujer sufriente que de niña vivió la pobreza y el abandono de su padre; una efímera etapa de prostitución como adolescente, el sostenido maltrato de los hombres que decían amarla en la juventud y en la madurez, y una invencible adicción a la heroína y al alcohol durante toda su vida adulta. A ello habría que añadir el generalizado racismo de su época, doblemente cruel para una mujer.

Muchas de estas cosas las narró ella misma en Lady sings the blues (1956), su autobiografía, escrita con la ayuda de William Dufty, un viejo periodista de San Francisco casado con una de las amigas íntimas de Billie. Ella le contó su historia para ganar un poco de dinero en tiempos difíciles en los que, debido a un arresto por posesión de drogas, le estaba prohibido presentarse en los clubes de jazz neoyorquinos. Es un libro fascinante porque Dufty se empeñó en recrear la manera de hablar de Billie, y no quiso inflar ni falsear lo que ella le dijo. No obstante, está lleno de imprecisiones que en su mayor parte sólo se le pueden imputar a ella. Como es bien sabido, en los recuerdos que nos permitimos compartir casi siempre somos lo que habríamos querido ser. Billie jamás leyó el libro ni se tomó la molestia de verificar los hechos narrados o de desmentirlos.

La mitificación de la vida de Billie Holiday ha producido una veintena de libros de todo tipo, entre los que hay algunos muy documentados y muy legibles, como las biografías de Donald Clarke: Billie Holiday, Wishing on the moon (1994) y Stuart Nicholson: Billie Holiday (1995), escritas prácticamente al mismo tiempo, o la magnífica investigación de Farah Jasmin Griffin: If you can’t be free be a mistery: In search of Billie Holiday (2001), que combate la vulgaridad de ciertos mitos alrededor de la gran cantante así como algunos libros que compilan entrevistas, notas críticas y artículos, como el imprescindible The Billie Holiday Companion. Seven decades of commentary (2000), de Leslie Gourse.

Gran parte de ellos son, sin embargo, mal vino viejo en odres nuevos, reiterativos de una imagen estereotipada que conviene evitar. Billie Holiday puede haber sufrido mucho, pero estuvo lejos de ser una mujer débil y autoconmiserativa. En tal sentido, sin duda su peor representación fue la absurda película protagonizada por Diana Ross, supuestamente basada en la autobiografía. Todos los que conocieron a la cantante y vieron la cinta salieron de la sala maldiciendo.

Billie Holiday fue una mujer extraordinariamente valiente y decidida que luchó por lo que creyó y por crecer como cantante. No fue una gran artista merced a sus adicciones o sus malas decisiones en cuestiones amorosas sino a pesar de ellas.

Un claro ejemplo de su fuerza e inteligencia está en el hecho de que en 1939 grabara “Strange fruit” (“Extraño fruto”), la emotiva canción compuesta por el poeta Abel Meeropol que habla de los linchamientos de negros en el sur de los Estados Unidos colgándolos de los árboles. La canción se convirtió en un emblema de la lucha contra el racismo y a favor de los derechos humanos. (Hay que subrayar, por si acaso, que la segregación racial en ese país no terminó –formalmente– sino hasta mediados de los años sesenta. Por algo, en 1999, la revista Time destacó “Strange fruit” como la canción más importante del siglo XX.)

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Cuenta el gran Wynton Marsalis que cuando tenía 24 años de edad dedicó un año entero a escuchar a Billie Holiday –sólo a Billie Holiday–; que escuchó absolutamente todas y cada una de sus canciones muchas veces, y que aprendió mucho de música al escucharla. El pasado 3 de abril, a propósito del centenario del nacimiento de Billie, hizo unas declaraciones para la revista Life que es importante reproducir aquí:

“En Billie Holiday encontramos el refinamiento de Louis Armstrong en forma femenina. Lo que ella hace es algo que sólo podría lograr una mujer. Hay en ella una sabiduría que los hombres no tenemos. Cuando frasea lo hace en grupos de tres notas en vez de dos o cuatro, que es lo usual. Y aun así siempre cuadra en términos de ritmo. Flota a través de la melodía. Urbaniza, por así decirlo, cosas propias de la música rural. Su comprensión de la armonía y de la melodía era extraordinariamente refinada. Es un grave error atribuir su forma de cantar a las penurias de su vida, porque se debe más bien a su sensibilidad lírica y a la substancia poética de su visión. Algo que nadie sabe por qué posee una persona. […] Es un don espiritual con el que se nace.”

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La vida de Billie Holiday es legendaria por muchos motivos, y no es extraño que sea la protagonista de varias novelas –unas escritas en Estados Unidos, otras en Francia– y el objeto de una veintena de poemas escritos por poetas como Langston Hughes, Frank O’Hara, Rita Dove y Maya Angelou. (Probablemente Julio Cortázar, quien se inspiró en Charlie Parker para imaginar las cimas y simas metafísicas de un jazzista, habrá pensado alguna vez en cuán extraordinario personaje para un cuento sería Billie.)

No obstante, la razón por la que sus canciones han perdurado por más de sesenta años, es que nadie logra conmover como ella a la hora de interpretar una canción y, en especial, las canciones de amor que integran la mayor parte de su repertorio. Billie Holiday canta como si viviera entrañablemente cada una de las palabras que salen de sus labios, como si todas y cada una de ellas le pertenecieran, y encarna siempre a las mujeres vulnerables y desamparadas que protagonizan sus canciones. La nostalgia y melancolía que transmite con su delicado fraseo es avasallante. Sin embargo, quienes la conocieron bien han afirmado siempre que no era una mujer sentimental, que cantaba sobre el amor sin creer en el amor, con una suerte de desesperanza y nihilismo. Cuesta trabajo suponerlo.

Cantaba, dicen, con la cabeza ligeramente echada hacia atrás, como retando al destino, que siempre miró con desconfianza. Cantaba con una suavidad capaz de domesticar fieras:

“Te veré en todos los lugares familiares que este corazón mío atesora/ en el pequeño café, en el parque al otro lado de la calle,/ en el carrusel infantil, en los castaños, en el pozo de los deseos.// Te veré en cada día de verano, en todo lo que es luminoso y alegre. Así te recordaré siempre.// Te encontraré en el sol matinal, y en cada nueva noche./ Miraré la luna/ pero será a ti a quien vea.”

Quizá Billie Holiday le hizo concebir a José Carlos Becerra aquellas líneas:

“Me acordaré de ti, me acordaré de ti,
en vino corriente, en silbidos, en
ascensores”.

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