El as de Putin en el póquer sirio

MÉXICO, D.F. (apro).- Ni tardo ni perezoso, el gobierno de Moscú aprovechó de inmediato la oportunidad que se le abrió para intervenir militarmente de manera directa en Siria. Según informó el 30 de septiembre la televisión estatal del país árabe, “aviones sirios y rusos realizaron ataques precisos contra posiciones terroristas en Hama, Homs y Latakia”, neutralizando “ocho objetivos identificados del Estado Islámico (EI)”.

El operativo se habría realizado a solicitud del régimen de Damasco, con previa autorización del Senado ruso y apoyo del Centro de Coordinación Antiterrorista de Bagdad, recientemente integrado por Rusia, Irán, Irak y la propia Siria. El presidente ruso, Vladimir Putin, declaró que los bombardeos se habían llevado a cabo en el marco de “la lucha conjunta contra el terrorismo” y que se había informado debidamente a todos sus “socios”.

Apenas dos días antes, ante el pleno de la Asamblea General de las Naciones Unidas, Putin y su homólogo estadunidense, Barack Obama, expusieron sus respectivas posiciones frente al empantanado conflicto sirio, y luego se reunieron por más de hora y media en privado, durante la cual puede suponerse que afinaron detalles y limaron asperezas.

A grandes rasgos puede deducirse que se dio un acuerdo tácito para combatir a los grupos islamistas más radicales, aunque cada quien desde su trinchera; y empezar a construir una salida política y ordenada al sangriento enfrentamiento que, según el Observatorio Sirio de Derechos Humanos, ha cobrado ya 300 mil vidas (una tercera parte de civiles), y llevado al éxodo a cerca de 9 millones de personas, causando una crisis de refugaidos en Medio Oriente y Europa.

El sentido de urgencia y la necesidad de cambiar estrategias fue perceptible en ambos líderes. Obama declaró que Estados Unidos estaba dispuesto a trabajar con cualquier nación, “incluidas Rusia e Irán”; y Putin comparó el virtual trabajo conjunto con la coalición conta Hitler liderada por Roosevelt y Stalin durante la Segunda Guerra Mundial.

En lo que los dos jefes de Estado no han podido ponerse de acuerdo es en las causas profundas del conflicto y en las medidas concretas para salir de él. Mientras que Putin ubica la guerra en Siria y el caos en general que impera en la región en la injerencia de Occidente, desde la invasión de Irak en 2003 hasta las “primaveras árabes”; Obama centra toda la responsabilidad en la represión ejercida por el gobierno de Bashar el Asad contra las manifestaciones populares que hace cuatro años salieron a las calles sirias para pedir democracia.

En consecuencia, Washington considera que cualquier salida a la guerra civil en Siria pasa por la caída del régimen de Asad, mientras que Moscú sostiene que éste, en realidad, es el único garante de una transición ordenada, si no se quiere repetir un vacío de poder como el que se creó en Irak, con la muerte de Sadam Hussein, o en Libia, con la de Muamar Khadafi; con el agravante, de que en Siria es precisamente el EI el que se ha posicionado como el más fuerte y mejor organizado de los grupos en contienda.

Estas divergencias de fondo inevitablemente tienen que manifestarse en las acciones militares de los noveles “aliados”, y ya lo hicieron de inmediato. Así, mientras Rusia afirma que los bombardeos del miércoles 30 fueron contra “blancos identificados del EI”, Estados Unidos, Francia y el Reino Unido sostienen que en esa zona de Siria no opera el grupo islamista, sino el Ejército Sirio Libre (ESL) y otras milicias integradas por opositores al régimen y desertores del ejército regular sirio.

El jefe de estas fuerzas, Jamil al Saleh, dijo que varios de sus hombres fueron alcanzados, y el Observatorio Sirio de Derechos Humanos reportó la muerte de por lo menos tres docenas de civiles, entre ellos seis niños. Además de los reclamos de las cancillerías británica y francesa, el secretario de Estado estadunidense, John Kerry, envió una queja a Moscú, exigiendo que los ataques se limitaran al EI, ya que de lo contrario serían “contraproducentes”.

La no presencia de estos radicales en las áreas bombardeadas y, concretamente en Homs, es debatible, ya que a mediados de septiembre el general John Allen, enviado especial de Obama para la coalición global contra el EI, expresó su preocupación porque el grupo “acumula cada vez más poder en esa zona y la coalición no encuentra aliados para contrarrestarlo”, refiriéndose a que el ESL y las otras milicias moderadas han sido prácticamente reducidas a la intrascendencia.

Reunido en Bruselas con los aliados europeos, Allen les pidió más dinero para estabilizar y desarrollar las zonas liberadas de los yihadistas en Irak, y ampliar sus operaciones militares en Siria, recordándales que, a diferencia de los grupos afines a Al Qaeda, el EI gozaba de autonomía financiera gracias a los ingresos derivados de la venta de petróleo, el tráfico de esclavos y antigüedades, y la recaudación de impuestos y confiscación de depósitos bancarios en los espacios que iba ocupando.

En cualquier caso, las huestes del Kremlin sabían perfectamente lo que hacían. Según fuentes en el terreno y especialistas, en las localidades bombardeadas los que operan principalmente son el Frente Al Nusra y Ahrar al Sham, ambos vinculados con Al Qaeda, que han puesto por igual en jaque a las tropas del régimen y a las milicias más moderadas. Y, como se sabe, el gobierno de Damasco ha tachado de “terroristas” y “extremistas” a todos los grupos armados que luchan contra él.

Putin, por lo tanto, no faltó a su palabra de “combatir el terrorismo” y, de paso, fortalecer a su aliado sirio y defender sus propios intereses. No hay que olvidar que Damasco y Moscú han mantenido una alianza estratégica desde tiempos de la Guerra Fría, cuando gobernaba el padre del actual mandatario sirio, Hafez el Asad; y que su hijo Bashar se mantiene como cabeza del partido Baas, último remanente de los movimientos nacionalistas árabes de mediados del siglo pasado.

Según explicó a El País el especialista estadunidense en Siria, Joshua Landis, lo que buscó el bombardeo ruso en esa zona fue asegurar el corredor que une a Damasco con el Mediterráneo, donde Moscú mantiene su importante base naval de Tartus; y proteger Latakia, enclave de la minoría religiosa a la que pertenece el clan de los Asad y la mayor parte de la élite gobernante, y donde los rusos cuentan con instalaciones aéreas.

Además de los argumentos de legitimidad enunciados al principio, Putin esgrimió motivos de “prevención” para un mayor involucramiento militar en Siria. Más allá de que Rusia no quiere una creciente desestabilización en sus fronteras, el Kremlin calcula que unos 2 mil miembros del EI llegaron a Irak y Siria desde territorio ruso. Muchos de ellos son chechenos, minoría musulmana con la que Moscú ha librado durante los últimos dos decenios sangrientas guerras y cuyos miembros han protagonizado algunos de los peores atentados en territorio ruso.

El presidente ruso se amparó además en argumentos similares esgrimidos por sus pares de Francia y el Reino Unido. Aunque reacios a involucrarse más militarmente, François Hollande y David Cameron extendieron en las últimas semanas de Irak a Siria sus ataques aéreos contra el EI.

Apenas el 27 de septiembre pasado, el Elíseo informó que había realizado su primer bombardeo en territorio sirio contra un campo de entrenamiento del grupo yihadista. El primer ministro, Manuel Valls, dijo que se había actuado “en legítima defensa”, dado que se tiene conocimiento de que ahí se preparan terroristas que después actúan en suelo francés. Se calcula que unos mil 800 ciudadanos franceses se han incorporado a las filas del EI y Francia ha sido el país europeo más golpeado por lo atentados islamistas en los últimos años.

Londres, por su parte, reveló que el 21 de agosto pasado había autorizado un ataque aéreo con drones en Siria, en el que murieron dos ciudadanos británicos de origen árabe –Reyaad Khan y Rahul Amin– que representaban “una amenaza de seguridad específica para el Reino Unido”.

Gran Bretaña, que al igual que Francia tiene a varios cientos de sus ciudadanos combatiendo con los yihadistas en el frente sirio y ha sido objeto de varios atentados, apeló también al “derecho de autodefensa”, consagrado en el artículo 51 de la Carta de Naciones Unidas.

Washington, que ha protagonizado la mayoría de los ataques aéreos contra posiciones yihadistas en suelo sirio, ve con beneplácito la incorporación de más refuerzos afines. Y aunque de momento lo que se perfila en el horizonte son dos grandes coaliciones –una encabezada por Estados Unidos, sus aliados europeos, Arabia Saudita y los países del Golfo; y otra por Rusia, con Irán, Irak y la propia Siria– con posiciones divergentes y aun encontradas, cada vez se observan más puntos de convergencia.

Con una guerra empantanada en el terreno, una efervescencia yihadista que no cesa, el riesgo contínuo de atentados dentro y fuera de las fronteras sirias, el número imparable de víctimas inocentes y el éxodo masivo de refugiados que ha desbordado las capacidades de los países vecinos del Medio Oriente y de Europa, provocando una verdadera crisis humanitaria, se ha llegado a un punto de quiebre que obliga a replantear alianzas y estrategias.

Aunque todos mantienen sus intereses y su discurso inicial, hay evidencias de que los acercamientos entre aliados no hace mucho improbables están en marcha. A ello sin duda ha contribuido el reciente acuerdo nuclear de las potencias occidentales con Irán, en el que Rusia también jugó un papel importante. La política de la administración Obama de privilegiar la diplomacia por encima de las acciones militares también ha desempeñado su parte.

Pese a los reclamos verbales de que la incursión aérea rusa no habría golpeado blancos del EI, sino de la oposición a Asad, se sabe que ya existe una coordinación militar entre Moscú y Washington, obligada para evitar equivocaciones y accidentes. Lo mismo ocurre con París y Londres. Pero quizás lo más indicativo sea que el premier israelí, Benjamín Netanyahu, cuyo país también interviene en Siria a través del Golán, haya visitado a Putin en el Kremlin “para obtener garantías y evitar malentendidos”.

Nadie, por lo demás, quiere involucrarse en combates de tierra, por lo que todas las partes empiezan ya a hablar de “una salida política y ordenada”. Así que los acercamientos diplomáticos también ya se iniciaron. Hollande, por ejemplo, aprovechó la asamblea de la ONU para entrevistarse en Nueva York con el presidente iraní Hassan Rohani; y el 2 de octubre recibió a Putin en el Elíseo. Cameron tiene también ya algunas citas agendadas y las consultas con las monarquías del Golfo son intensas.

Pero sin duda, las principales señales provienen de Washington. Obama ha seguido sosteniendo que Asad debe irse para alcanzar una solución en Siria; ha sido su apuesta desde el principio y no puede desdecirse. Pero su encargado de la diplomacia, Kerry, ha matizado el cuándo. “No tiene que ser el día ni el mes uno”, dijo, dando a entender que podría ser al final de una negociación.

La expectativa de Estados Unidos es que las presiones de Rusia e Irán –los dos principales apoyos del régimen de Damasco– empujen a Asad a volver a la mesa de negociaciones en Ginebra. Esto obligaría a reconocerlo como interlocutor, tal como quiere Putin, pero también podría evitarle un final oprobioso como el de Husein o Khadafi. Y, sobre todo evitar el temido vacío de poder. A estas alturas del conflicto, exceptuando al EI y los otros grupos radicales, una solución pactada parecería la mejor salida para todos.

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